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*Un aporte
de Santiago Marín Arrieta, Historiador - Comunicador Audiovisual
Toda
la poesía griega es canción, toda ella tiene en su origen
acompañamiento musical; los grandes poemas de Homero no eran
sino cantos de glorias; las elegías de Teognis se cantaban
en los banquetes. El primer poeta cantor de importancia que
se menciona es Terprando, que ganó muchos premios musicales
en Delfos y Fu‚ vencedor de las Fiestas Carneas de Esparta.
Ahora, por lo general, estos vencedores de los primeros tiempos
eran míticos.
Los griegos fueron los primeros
en denominar "estilo" las diferentes formas de afrontar
el arte, el carácter de la obra, y los dividieron es frigio,
jónico, dórico, hipodórico, hipofrigio, lesbio, etc. Sobre
las características de cada uno de ellos hay gran variedad
de opiniones y algunas contradictorias, lo que hace prácticamente
imposible una definición certera al respecto. También clasificaron
los instrumentos en un sentido moral según la tradición socrática.
De esta forma, la Cítara y los instrumentos de cuerda eran "morales"
pues permitían al hombre libre seguir siendo dueño de sí.
Por el contrario los instrumentos "aulos", como
la flauta, el clarinete, el caramillo, volvían al hombre frenético,
lo ponían fuera de sí y era propio de bribones. Ni que decir
que estos eran los instrumentos favoritos de los espartanos.
Notable era también la participación
de la mujer en el canto poético. La cantidad de poetisas que
hallamos en el siglo VII a. C. es contundente: Corina y Mirtis
en Beocia, Telesila en Argos, Praxila en Sicione, Erina y
Safo en Lesbos. Todas ellas señalan una realidad indiscutible
y es que la mujer, cuando es sutil y sensual, logra una profundidad
y pureza insuperables.
Aclaremos, finalmente, algunas
confusiones bastante comunes: el ditirambo se considera siempre
como un canto en sí mismo como lo expresara Aristóteles, lo
que es incorrecto, pues es principalmente un himno a Dionisos,
como el pean lo es a Apolo y el idemo un
canto de enfermedad y muerte, tal como el treno y el episodio.
Por otra parte, la tragedia nada tuvo que ver en su origen
con lo que hoy entendemos por ella, pues este género deriva
directamente del ditirambo, canto de carácter sensual -en
algunos casos lascivo- en el que participaban sátiros, mitad
hombre y mitad macho cabrío, seguidores de Pan.
La sensualidad y la violencia
-sea épica o lírica- está siempre presente en la poesía griega.
Sin embargo, en algunos casos, la sensualidad escapa de la
violencia y nos enfrentamos a un erotismo pleno de sensibilidad,
de suavidades extrañas a un mundo del cual tenemos la idea
de ser tremendamente bárbaro. ¿Cómo comprender la delicadeza
de Safo en un pasado cruel y despiadado? Quizás sólo por la
ley de los contrastes. Pero sin duda que aquellos cantos de
amor carnal no tienen gota de barbarie, sino que son un verdadero
llamado al placer natural en su plenitud amorosa.
II
Anacreónte:
un modelo esencial
Poco se sabe de su vida. Se le
cree nacido en Teos, ciudad de la Jonia, por el 560 a. C.
Estuvo la mayor parte de su vida al servicio de Polícrates,
tirano de Samos en la Magna Grecia, amante de las artes. A
pesar de haber compuesto gran cantidad de himnos, odas y epígrafes,
hasta nosotros ha llegado sólo un puñado de trozos dispersos
que no hacen sino abrir el apetito, pero jamás saciar el hambre.
Se le han atribuido obras que por su carácter -algunas de
tipo bélico- resultan extrañas a su estilo y forma de pensar,
como lo veremos luego. De todos modos, lo que poseemos nos
permite reconocer su sensibilidad, elegancia, precisión en
la idea, suave emoción, sobriedad y delicadeza para mencionar
aún aquello que podría resultar chocante. Conocedor de la
vida y del hombre, no rehuye la naturaleza sino que, por el
contrario, la exalta como una virtud, la propala con alegría,
con la alegría de quién no tiene malicia en el corazón. Esta
sutileza y elegancia -propia de la escuela eólica de la cual
es principal exponente- sirvieron de modelo a Safo y Erina
posteriormente, para confeccionar sus incontables obras.
Anacreónte, luego de perder a
su protector Polícrates derrotado por el sátrapa de Lidia,
aceptó la hospitalidad de Hiparco, otro mecenas de entonces.
Finalmente volvió a su ciudad natal, donde falleció de avanzada
edad.
III
Su poesía viva
Tenemos de Anacreónte 61 pequeñas
obras, 18 fragmentos de otras obras y una docena de breves
epigramas. En ellos hay dos ideas que se repiten: la paz y
el amor.
Aborrece la violencia, la masacre,
al punto de exclamar:
"Dadme la lira de Homero
pero sin sus cuerdas
teñidas de sangre."
Pide luego a Vulcano le cincele
plata pero no para armadura:
"... sino una copa hueca
tan profunda como sea
posible..."
La decoración de la copa es clara; solo
vides, prensas de vendimia, sátiros, etc. Al soldado dice:
"Mejor quedar tendido
en el suelo
dominado por la borrachera
que no por la muerte."
Cree en la diversión, el disfrute. Pero
no es un vulgar hedonista, pues éste va cada vez depravando
más su condición en la búsqueda del placer mórbido; Anacreónte
se deleita con un poco de vino y una muchacha hermosa; ese
es su simple placer. No le atrae el poder que crea enemigos
ni el dinero que atrae envidiosos. Lo único que desea es vagar
por lo campos, caminar bajo las vides:
"... ¡llevando abrazada
por la cintura
a una graciosa jovencita
encendida en los ardores
de Venus!"
Entonces le increpan la edad y que está
cano. Reclama con ternura que:
"... los placeres convienen
tanto más al anciano
cuanto que se encuentra
más cerca
del término fatal."
"No huyas de mí al ver
mi pelo cano
y porque te hallas en
la plena flor
de tu juventud
no rechaces mi amor.
Mira como en una corona de
lirios
las rosas se adaptan
perfectamente."
Entre la búsqueda del placer y
la huida de la violencia, la vejez le persigue, le atenaza,
le atormenta:
"¡Ojalá me muriera!
No veo ningún otro medio
de librarme de los males
que sufro."
Pero recupera ánimos y grita:
"¡Traedme agua y vino,
esclavo!
Tráenos también coronas florecidas.
Voy a luchar contra el amor..."
*
* El concepto de luchar
"contra" el amor es un juego de palabras relacionado
con el "ataque" amoroso, sexual. Tiene un doble
sentido, pues debes recordar que el Amor es Cupido, "cuyos
dardos vuelven insensatos a los hombres", "luchadores
en la guerra del amor (deseo)".
Toda su obra trasunta esa sensualidad
natural como debió haberlo conocido el hombre de los tiempos
ignotos, cuando aún no existía la fuerza del pecado, el remordimiento
y todas aquellas fórmulas inventadas por los hombres para
torturar las conciencias. Hay una luz espiritual en cada uno
de sus deseos carnales quizás porque se atisba esa ingenuidad
propia del alma del niño carente de malicia.
Muchos han visto en los poetas
griegos, en aquellos trozos de cruda descripción carnal, vulgar
lascivia y depravación y algunos eruditos literarios han manchado
su honra intelectual al poner, por ejemplo, bajo los títulos
de los idilios XII y XXVII de Teócrito:
"No se ha traducido por
su realismo".
Extraña cosa es esta realidad
que no se permite conocer. ¿Vale más la mentira? Han causado
con esta actitud grave daño a la historia, a la literatura
y a la sanidad espiritual. Al leer aquellos idilios descubre
uno que nada dicen que ya no se sepa, con una virtud adicional:
se dice con arte, con gracia, con sutileza o con cruda armonía.
IV
El amor
Sin duda sobre el amor se ha cantado
de todo, agotando los temas, por lo que sólo queda repetir.
Allí Anacreónte es un maestro indiscutido:
"Yo querría convertirme
en espejo,
para que tú me miraras siempre;
quisiera ser túnica
para que me llevaras puesto
siempre;
yo quisiera ser, amiga mía
el agua con que bañas tu cuerpo,
la esencia con que te perfumas,
la bandeleta que sostiene tus
pechos,
la perla que adorna tu cuello;
y hasta quisiera ser sandalia
porque así, por lo menos,
podría vivir a tus pies."
Es la sencillez con que dice todo, sin
palabras ni estructuras rebuscadas, lo que le da aquella frescura
incomparable que después de más de 2500 años le hace parecer
recién escrita. La descripción que hace de una pintura de
Cipris es otro ejemplo:
"Flota como un alga blanca,
sus manos de pálidos reflejos
hienden las olas que sostienen
su cuerpo
y la impulsan hacia adelante.
Encima de sus pechos rosados,
encima de su cuello delicado,
el agua profunda viene a chocar
con su garganta;
y en la transparencia azulada
del mar apacible
Cipris aparece semejante
a un lirio
rodeado de violetas."
Pero tiene también un límite en su sensualidad;
es necesario no dejarse arrastrar por la presión abrumadora,
debe dominarse el deseo para así poder hacerlo siervo y no
ser uno su esclavo. Por lo demás, los viejos deben disfrutar
observando a los jóvenes en su deleite maravilloso y natural.
Entonces, y al fin, dice a sus iguales:
"Imita a Anacreónte el
cantar armonioso.
Vacía en honor de los jóvenes
la amable copa que inspira
la elocuencia;
busquemos en el dulce néctar
un consuelo
que nos permita huir de los
ardores del amor.”
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