Carta a mi esposo*

(OSCAR WILDE)

(* La autora de esta carta ficcional, Susana Sisman, recibió por este trabajo el Primer Premio del concurso “Cartas de amor y desamor” organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, con un jurado compuesto por  los críticos literarios Jorge Dubatti y Alan Pauls, y contó con el apoyo de Editorial Colihue y la Embajada de México.)

Toulouse Lautrec - "Retrato de Oscar Wilde"Querido Oscar:

Antes de escribir esta carta comencé escribiendo el sobre. Quería saber qué se siente dirigirla a un esposo cuya dirección postal es una de las cárceles de Su Majestad.

Desde que te llevaron a prisión; desde que la ciudad entera se convirtió en un escenario donde tu apellido, el apellido de nuestros hijos, está unido a titulares tales como: “Condenado por graves actos de indecencia”; desde que la disparatada prepotencia de la vida se instaló en nuestra casa y en nuestra familia, fueron muchas las personas que me preguntaron eso mismo: “¿Qué sientes Constanza?” y yo no he podido responder. Como no puedo responder a los interrogantes instalados en los ojos de Cyril o en las manitas de Vyvyan cuando ambos se quedan silenciosos, parados frente a la mesa de la sala mirando y acariciando el retrato de ese padre que los condenó a una prisión de conmiseraciones y vergüenzas. Tampoco entiendo por qué continúo leyéndoles los cuentos que has escrito para ellos, pues ya no les ocasiona ningún goce. No sé si hago bien, ni siquiera sé si lo hago por ellos o por mí, pero el hecho es que en algún momento de la lectura siento que mis palabras naufragan, y ya no reciben la atención de esos dos pares de ojos tan profundamente azules como los tuyos y tan poco azules como los míos.

Miro a mis hijos y quisiera también preguntarles: “Qué sienten mis ángeles...”  pero no me atrevo. Creo que mi corazón ha estallado en mil pedazos y no tiene cobijo suficiente para recibir su respuesta. Pero ese estallido no sucedió el 27 de mayo, cuando abandonaste el Cadogan Hotel empujado dentro de un deplorable vehículo por ese policía cuyas manos jamás habrán sostenido ninguno de tus libros. Tropezaste al salir, me contaron. Y habías tropezado también en el rellano de la escalera, justo delante del retrato de Queen Victoria, porque ese horrible oficial tironeaba de tu chaqueta sin siquiera mirar tu cara, ni tus manos inmovilizadas por esos grilletes que sujetaban tus muñecas, tan cerca del anillo de amatista,  y del otro, el anillo nuestro...  ¿o ese ya no lo estabas usando...? No Oscar, mi corazón no estalló ese día, eso había sucedido mucho antes.

            Desde el primer día dijiste que nuestro matrimonio nunca envejecería, como no envejece la levedad de un aroma... el encanto de un matiz... o el cosquilleo de la piel... Lo decías a diario casi como en un juego, sonriendo, y convirtiendo nuestra casa en un paraíso.  Siempre has sido un torbellino de vida,  y  yo me sentía orgullosa de que me hubieras elegido; pero aún en los días más felices, mi fragilidad apenas podía asomarse a tu magnificencia.

Sé que para ti lo más valioso en la vida es la imaginación y yo he carecido de ella;  es así cómo Dios me imaginó. A ti Él te ha imaginado libre, y puedes enriquecer el mundo con un color distinto, con palabras púrpuras, con caricias nuevas... A mí me imaginó con los colores quietos de una tarde de invierno, con sus melancolías, con sus silencios... Si hubieras adivinado en esos días, cuánto deseaba agradarte... pero no sabía cómo. Tu presencia era demasiado intensa para mí y yo te adoraba desde mi lejanía, como se adora una imagen desde la soledad de una plegaria. Te fallé. No supe acompañarte; bruscamente el maravilloso tiempo de nuestra travesía juntos llegó a su fin y cayó en la oscuridad sin misterio, en los desencuentros, o en los encuentros sin alegría. Y la vorágine de tu alma no se detuvo. Te enamoraste Oscar. De un hombre.

Estoy en el cuarto de juego de los niños. Ellos no están conmigo. Levanto la vista y casi puedo verte divirtiéndote con ellos, arrodillado en el piso arreglando algún juguete, o desplazándote en cuatro patas para que Vyvyan, o los dos, paseen a horcajadas sobre tu espalda. Miro ese cuadro que componías con nuestros hijos y me veo entonces, eligiendo callar, tejiendo pausadamente una mentira al ritmo de las pacientes puntadas que colocaba en el bordado sobre mis faldas, refugiada en la certeza de poder amarme a mí misma porque creía que sabía amarte. Ahora me pregunto: ¿no era esa complacencia una forma de no amar?  ¿no fue también una forma de no amar impedirle a mi corazón el privilegio de poder odiar? Cuando tomé esta hoja y esta pluma no sabía que la palabra perdón se instalaría en estas líneas. Sí Oscar, quiero pedirte perdón por no haber sabido ver. Perdón por el pudor de no haber sabido odiar.

En estos días en que nuestro Imperio está conquistando las geografías del mundo, se resguarda muy bien de odiar a esos pueblos que invade, porque sabe que ser digno de ser odiado es en cierto modo merecer un título de nobleza que no quiere otorgar. Yo te negué mi odio Oscar, recién ahora lo comprendo, y aunque tarde, quiero regalártelo.

Escribo esa palabra, odio y la miro. Miro el dibujo que la tinta dejó al escribirla. Antes me hubiera parecido similar al dibujo que dejaría la palabra cielo, o la palabra honor...o no importa cuál. Las palabras no tenían ningún significado para mí. Sin embargo, cuando durante el juicio vi la cara de Lord Queensberry al señalarte con el dedo mientras te gritaba: "Maldito sodomita..!, pederasta..!, monstruoso pervertido..!”, sentí envidia por su odio...Al llenarte de insultos, ese hombre estaba más unido a ti de lo que yo nunca estuve.

Te odiaré toda mi vida mi adorado Oscar y me odiaré también. No por no haber sabido comprenderte. La naturaleza no necesita que la comprendan cuando estalla en la belleza de un capullo, en los ojos nauseabundos de una rata, o en el sublime momento en que una hembra se dispone a amamantar. Te odiaré siempre y me odiaré porque sé que aún en esa enorme noche en que ahora vives no soy yo la que se ha ganado el derecho de ocupar tu mente y tu corazón.

Tal vez ésta, mi nueva forma de amarte sea desconocida para ti. Has perseguido al amor en todas sus formas y no importa a través de qué tormentos o qué paraísos, jamás renunciaste a tus intentos de hallarlo. Los que estuvimos a tu lado fuimos presenciando esa búsqueda y en tu eterna lucha entre resistencias y flaquezas, presenciamos también un extraño cosmos que sólo puede ser habitado por un poeta, donde tus ojos se posaron sólo en las cosas bellas, porque para ti allí está el amor, tal como lo estuvo en las palabras que le regalaste al mundo, en la flor que a diario colocabas en tu solapa, o en el placer que descubriste en las entrepiernas de Alfred Douglas.

  No verás nunca más a tus hijos. Por el momento les he dicho que padeces una grave enfermedad y lentamente se acostumbrarán a la idea de haberte perdido. Su consuelo será el recuerdo de las largas horas que has pasado jugando con ellos. El mío, en cambio, es descubrir que este odio que me ha nacido en tu nombre me permitirá amarte mucho más que cuando te amaba.

Adiós mi adorado Oscar. He dicho que te odiaré siempre y prometo ser fiel a mi promesa hasta la última célula de mi cuerpo y aún más allá de mis despojos. Es la única forma que conozco de honrar mi vida a tu lado y de honrarte.

Constanza

Nota de la autora, Susana Sisman: Constanza Wilde cumplió con su promesa más allá de su muerte. Sus albaceas habían recibido estrictas órdenes de no grabar en su lápida el apellido de su esposo.

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