-La vigencia
de un clásico-
"Había
llegado al término de la blanca ...Entonces vivía en un
tugurio del barrio indígena de Tánger. Desde hacía más de
un año no me había bañado ni me había cambiado de ropa.
Ya ni siquiera me desvestía, salvo para plantar, a cada
hora, la aguja de una jeringa hipodérmica en la carne gris
y fibrosa, carne de madera del estadio final de la droga."
William
Burroughs, “Festín Desnudo” (The Naked Lunch)
Burroughs entró en la droga alrededor de l945,
comienzos de la posguerra y se quedó “pegado” durante mucho tiempo. En 1959
a partir de la publicación de “The Naked Lunch” la intoxicación ocupa un
lugar principal en su obra. Su escritura aparece plagada de desechos, el más
importante es un sujeto que está simultáneamente en todas partes y en ninguna.
Es quizás en razón de la experiencia de la droga que hace caer al “yo” de
sí mismo hasta el anonimato. Un carrusel de visiones diversas sin espacio
y sin tiempo, plagado de sonidos discordantes y onomatopéyicos. Deshechos
de sí mismo que necesita mostrar para testificar la hipocresía de esa sociedad
de postguerra que sólo podía aceptar "The American way of life" vendido
como lo único reconocible y salvador.
Burroughs era oriundo de Saint Louis, ciudad de
contrastes, racista y paradigmática, presente subjetivamente en determinados
momentos en el Festín desnudo: "los chicos que callejean comiendo
algodón de azúcar, que se manosean alrededor del Palacio al son de la Danza
del vientre, que juegan a la paja mecánica en la gran rueda salpicando con
leche la luna que se levanta del otro lado del río, roja y vaporosa, por encima
de las fundiciones. Un negro ahorcado y colgando de un álamo delante de un
palacio de justicia sureño". Bordes de cuentos crueles que sostienen paradojalmente
como telón de fondo a la manera de una escenografía bizarra, imágenes dignas
del Tío Tom, íconos desgarradores de la Norteamérica pueblerina. En realidad
describe todos los ciclos de la condición humana, comenzando por el de la
procreación y de la muerte, cuando en su libro nos relata sobre "los muchachos
salvajes, esa sociedad secreta de adolescentes marginales y asesinos que quieren
escapar de esa herencia pesada de corrupción hereditaria para salir del mundo
de las tinieblas de los mandatos hipócritas y encontrar la luz".
En este contexto hay una escena que retorna como
una obsesión, “una voz sin cuerpo”, un estadio terminal donde ya nada sucede.
Desde esta escritura descarnada, Burroughs y su Festín Desnudo pasan
a constituir los anaqueles de los clásicos, esos textos que sitúan los espacios
interminables del dolor y la nada en que la condición humana transita, siendo
la exposición del cuerpo a la manera sacrificial una constante, cadáveres
frente a las agujas o los equivalentes de éstas, los tridentes que inundan
el Festín. Cuerpos que oscilan entre el grito y el silencio. El grito es el
llamado, pero también la explosión donde se derrumba y de la que nace el mundo.
Burroughs describe un viaje donde "la identidad se desvanece en un espacio
vacante, el último flash es una iluminación bajo forma de gran blanco, pero
del cual al día siguiente, ya no queda más nada salvo lo que ya estaba allí."
Metáfora poética, que permite asociar imágenes
que vuelven a nuestra mente una y otra vez: “el hongo de la implosión de la
bomba atómica” y más recientemente el hongo de polvo de los escombros de la
caída de las Torres Gemelas. El grito, la explosión y la nada para volver
a nacer en el eterno festín al desnudo de la condición humana.
"In extremis, no message", William Burroughs
Lic. Liliana Vazquez
Directora de AABRA--Centro de Asistencia, Docencia e
Investigación en Patologías de Consumo-- .Bs. As.- Argentina
vazbar@fibertel.com.ar
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