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Un texto del Conde de Lautréamont
Isidore-Lucien Ducasse -tal era su verdadero nombre- nació
en 1846 en Montevideo, a la sazón sitiado por las tropas
de Rosas. Su padre era funcionario del consulado francés
y su madre muere cuando el niño tenía dos años.
A los 14 viaja a Francia, a los 20 escribe “Los cantos de
Maldoror” (“Les chants de Maldoror”, título
pareciera provenir de Mal de L´aurore –Mal de la aurora-).
Maldoror es un personaje satánico con un discurso por momentos
psicótico, hermético, cruel y sádico.
Su famosa comparación «bello como el encuentro fortuito,
sobre una mesa de disección, de un paraguas y una máquina
de coser» configura uno de los rasgos más distintivos
del irracionalismo surrealista: la conjunción de realidades
incoherentes, desbordadas, sangrientas, oníricas, locas
El
libro fue acusado por su editor de sacrílego y obsceno y
la propia familia, luego de su muerte, abominó de la vida
y obra de Isidore a la que tildó de apologética del
mal, blasfémica y cargada de locura. El movimiento surrealista
(André Breton, Dalí, Man Ray, Magritte y otros) lo
rescató del olvido.
El hermafrodita
“Allí, en un bosque rodeado de flores, con profundo
sopor, duerme el hermafrodita, sobre el césped mojado por
sus lágrimas. La luna ha desprendido su disco de la masa
de nubes, y acaricia con sus pálidos rayos el suave rostro
de adolescente. Sus rasgos expresan la energía más
viril, al mismo tiempo que la gracia de una virgen celestial. Nada
parece natural en él, ni siquiera los músculos de
su cuerpo, que se abren paso a través de los armoniosos contornos
de formas femeninas.
Tiene el brazo curvado sobre la frente, y la mano apoyada sobre
el pecho, como para contener los latidos de un corazón cerrado
a todas las confidencias y abrumado por el pesado fardo de un secreto
eterno. Cansado de la vida y avergonzado de caminar entre seres
que no se le asemejan, la desesperación ha alcanzado su alma,
y va solo, como el mendigo del valle. Almas compasivas velan de
cerca por él, sin que sospeche esta vigilancia, y no lo abandonan:
¡es tan bueno!, ¡tan resignado! Con gusto habla a veces
con aquellos que tienen un carácter sensible, sin estrecharles
la mano, manteniéndose a distancia, temeroso de un peligro
imaginario.
Si le preguntan por qué ha escogido la soledad por compañera,
sus ojos se elevan al cielo, reteniendo con dificultad una lágrima
de reproche; pero no responde a esa pregunta imprudente que esparce
por la nieve de sus párpados el rubor de la rosa matinal.
Si la conversación se prolonga, se inquieta, gira los ojos
hacia los cuatro puntos del horizonte, como buscando la forma de
huir de la presencia de un enemigo invisible que se aproxima, dice
con la mano un adiós brusco, se aleja sobre las alas de su
pudor en alerta, y desaparece en el bosque.
Generalmente lo toman por un loco.
Un día, cuatro hombres enmascarados que habían recibido
órdenes, se arrojaron sobre él y lo sujetaron de manera
que no pudiese mover más que las piernas. El látigo
dejó caer sus rudas cuerdas sobre su espalda (…). Cuando
recibía los golpes, se puso a reír y a hablar con
tanto sentimiento e inteligencia sobre las muchas ciencias humanas
que había estudiado, demostrando una gran instrucción
en quien no había traspasado aún el umbral de la juventud,
y sobre los destinos de la humanidad, revelando la nobleza poética
de su alma, que sus guardianes, espantados por la acción
que acababan de cometer, soltaron sus miembros heridos, se arrodillaron
a sus pies, rogándole un perdón que les fue concedido,
alejándose con el testimonio de una veneración que
no se concede habitualmente a los hombres.
Después de este acontecimiento, del que se habló mucho,
su secreto fue adivinado por todos, aunque aparentaban ignorarlo
para no aumentar sus sufrimientos; y el gobierno le concedió
una pensión honorable para hacerle olvidar que por un momento
se le quiso internar por la fuerza, sin previa verificación,
en un hospicio de alienados. Él emplea la mitad de su dinero,
el resto se lo da a los pobres.
Cuando ve a un hombre y una mujer paseando por alguna avenida de
plátanos, siente que su cuerpo se parte en dos de arriba
a abajo, y cada una de las nuevas partes va a abrazar a uno de los
paseantes; pero no es más que una alucinación, la
razón no tarda en recobrar su imperio. Es la causa por la
cual no mezcla su presencia ni con hombres ni con mujeres, pues
su pudor excesivo, que ha nacido con la idea de que sólo
es un monstruo, le impide conceder su simpatía abrasadora
a quienquiera que sea.

Creería profanarse y profanar a los demás. Con orgullo
repite este axioma: «Que cada cual persista en su naturaleza».
Pues teme que uniendo su vida a un hombre o a una mujer, le reprochen
tarde o temprano, como una falta enorme, la conformación
de su organismo. Entonces se retrae en su amor propio, ofendido
por esta suposición impía, que sólo vienen
de él, y persevera en permanecer solo en medio de los tormentos,
sin consuelo. Allí, en el bosque rodeado de flores, con profundo
sopor, duerme el hermafrodita, sobre el césped mojado por
sus lágrimas. Los pájaros, despiertos, contemplan
encantados esa figura melancólica, a través de las
ramas de los árboles, y el ruiseñor no quiere hacer
oír sus cantos de cristal.
El bosque se ha tornado augusto como una tumba por la presencia
nocturna del infortunado hermafrodita. ¡Oh viajero perdido!,
por tu espíritu aventurero, que te ha hecho abandonar a tu
padre y a tu madre desde la más tierna edad; por los sufrimientos
que te ha causado la sed en el desierto; por tu patria que acaso
buscas, después de haber vagado proscrito largo tiempo, entre
las comarcas extranjeras; por tu corcel, tu fiel amigo, que ha soportado
contigo el exilio y la intemperie de los climas que te hacía
recorrer tu humor vagabundo; por la dignidad que dan al hombre los
viajes por tierras lejanas y mares inexplorados, en medio de los
témpanos polares o bajo la influencia de un sol tórrido,
no toques con tu mano, como si fuera un estremecimiento de la brisa,
esos bucles esparcidos por el suelo que se mezclan con la verde
hierba.
Apártate unos pasos y será mejor. Esa cabellera es
sagrada; él mismo así lo ha querido. No desea que
labios humanos besen religiosamente sus cabellos perfumados por
el aire de la montaña, ni tampoco su frente, que en ese momento
resplandece como las estrellas del firmamento. Más vale creer
que es una estrella que ha descendido de su órbita, atravesando
el espacio, hasta su frente majestuosa, a la que rodea con su luminosidad
de diamante como una aureola. La noche, apartando con sus dedos
la tristeza, se reviste de sus encantos para festejar el sueño
de esa encarnación del pudor, de esa imagen perfecta de la
inocencia de los ángeles: el ruido de los insectos es menos
perceptible.
Las ramas inclinan sobre él sus altas frondas, a fin de protegerlo
del rocío; la brisa, haciendo sonar las cuerdas de su arpa
melodiosa, envía sus alegres acordes a través del
silencio universal hacia sus párpados cerrados, que creen
asistir inmóviles al concierto cadencioso de los mundos suspendidos.
Sueña que es feliz, que su naturaleza corporal ha cambiado,
o que, por lo menos, vuela en una nube púrpura hacia otra
esfera habitada por seres de su misma naturaleza.
¡Que su ilusión se prolongue hasta el despertar de
la aurora! Sueña que las flores danzan en ronda a su alrededor,
como inmensas guirnaldas enloquecidas, y lo impregnan con sus perfumes
suaves, mientras canta un himno de amor entre los brazos de un ser
humano de mágica belleza. Sus brazos sólo estrechan
un vapor crepuscular y, cuando despierte, no estrecharán
nada. Hermafrodita, no te despiertes aún, te lo suplico.
¿Por qué no quieres creerme?

Duerme… duerme todavía. Que tu pecho se dilate, persiguiendo
la quimérica esperanza de la dicha, te lo permito, pero no
abras los ojos. ¡Ah, no abras los ojos! Quiero dejarte así,
para no ser testigo de tu despertar. Acaso un día, con la
ayuda de un libro voluminoso, en conmovedoras páginas, cuente
tu historia, asombrado de lo que contiene y de las enseñanzas
que de ella se desprenden.
Hasta aquí no lo he podido hacer, pues cada vez que lo he
intentado abundantes lágrimas caían sobre el papel
y mis dedos temblaban, sin que fuera por vejez. Pero quiero tener
por fin ese valor. Duerme… duerme siempre; pero no abras tus
ojos. ¡Adiós hermafrodita! Ningún día
dejaré de rogar al cielo por ti (si fuese por mí,
no rogaría). ¡Qué la paz sea en tu seno!”.
Conde de Lautreámont, de “Los Cantos de Maldoror”
Canto segundo- Estrofa 7
En 1870, Isidore Ducasse muere en París por una infección,
en circunstancias poco claras. Apenas tenía 24 años.
Su vida y su obra siguen siendo un enigma. He elegido este bellísimo
texto que describe poéticamente, con una mezcla de nostalgia,
veneración y piedad, la vida de un mítico hermafrodita.

El Enigma de Isidore Ducasse de Man Ray
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