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Vamos, es un incidente sin consecuencias, que pasará pronto.
- No, Clawdia, sabes perfectamente
que lo que dices no es verdad, lo dices sin convicción, estoy seguro. La fiebre
de mi cuerpo y las palpitaciones de mi corazón enjaulado y el estremecimiento
de mis nervios son lo contrario de un incidente, se trata nada menos que de
mi amor por ti, ese amor que se apoderó de mí en el instante en que mis ojos
te vieron, o más bien, que reconocí cuando te reconocí a ti, y es él evidentemente
el que me ha conducido a este lugar....
- ¡Qué locura!
- ¡Oh! El amor no es nada si no es la locura, una
cosa insensata, prohibida y una aventura en el mal. Si no es así es una banalidad
agradable, buena para servir de tema a cancioncitas tranquilas en las llanuras.
Pero que yo te he reconocido y que he reconocido mi amor hacia ti, sí, eso es
verdad, yo ya te conocí antiguamente, a ti y a tus ojos maravillosos oblicuos,
y tu boca y la voz con que me hablas; una vez ya, cuando era colegial, te pedí
tu lápiz para entablar contigo una relación social, porque te amaba sin razonar,
y es por eso, sin duda, por mi antiguo amor hacia ti, por lo que me quedan esas
marcas que el médico ha encontrado en mi cuerpo y que indican que en otro tiempo
yo estaba ya enfermo... te amo, te he amado siempre, pues tú eres el Tú de mi
vida, mi sueño, mi destino, mi deseo, mi eterno deseo.
- ¡Vamos, vamos! dijo ella-.
¡Si tus preceptores te viesen!
- Me tienen sin cuidado todos....
la República elocuente, el progreso humano en el tiempo, pues ¡te amo!
Ella acarició dulcemente con la
mano los cabellos cortados al rape en la nuca.
- Pequeño burgués dijo.
Lindo burgués de la pequeña mancha húmeda. ¿Es verdad que me amas tanto?
Exaltado por ese contacto, ya sobre las dos rodillas, la
cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, él continuó hablando:
- Oh, el amor, ¿sabes.....? El cuerpo, el
amor, la muerte, esas tres cosas no hacen más que una. Pues el cuerpo
es la enfermedad y la voluptuosidad, y es el que hace la muerte; sí, son carnales
ambos, el amor y la muerte, ¡y ese es su terror y su enorme sortilegio! Pero
la muerte, ¿comprendes?, es, por una parte, una cosa de mala fama, impúdica,
que hace enrojecer de vergüenza; y por otra parte es una potencia muy solemne
y muy majestuosa (mucho más alta que la vida riente que gana dinero y se llena
la panza; mucho más venerable que el progreso que fanfarronea por los tiempos)
porque es la historia, y la nobleza, y la piedad, y lo eterno, y lo sagrado,
que hace que nos quitemos el sombrero y marchemos sobre la punta de los pies....De
la misma manera, el cuerpo, también, y el amor del cuerpo, son un asunto indecente
y desagradable, y el cuerpo enrojece y palidece en la superficie por espasmo
y vergüenza de sí mismo. ¡Pero también es una gran gloria adorable, imagen milagrosa
de la vida orgánica, santa maravilla de la forma y de la belleza, y el amor
por él, por el cuerpo humano, es también un interés extremadamente humanitario
y una potencia más educadora que toda la pedagogía del mundo....! ¡Oh, encantadora
belleza orgánica que no se compone de pintura al óleo ni de piedra, sino de
materia viva y corruptible, llena del secreto febril y de la podredumbre! ¡Mira
la simetría maravillosa del edificio humano, los hombros y las caderas y los
senos floridos a ambos lados del pecho, y las costillas alineadas por parejas
y el ombligo en el centro, en la blandura del vientre, y el sexo oscuro entre
los muslos! Mira los omóplatos, cómo se mueven bajo la piel sedosa de la espalda,
y la columna vertebral que desciende hacia la doble lujuria fresca de las nalgas,
y las grandes ramas de los vasos y de los nervios que pasan del tronco a las
extremidades por las axilas, y como la estructura de los brazos corresponde
a la de las piernas. ¡Oh, las dulces regiones de la juntura interior del codo
y del tobillo, con su abundancia de delicadezas orgánicas, bajo sus almohadillas
de carne! ¡Qué fiesta más inmensa al acariciar esos lugares deliciosos del cuerpo
humano! ¡Fiesta para morir luego sin un solo lamento! ¡Sí, Dios mío, déjame
sentir el olor de la piel de tu rótula, bajo la cual la ingeniosa cápsula articular
segrega su aceite resbaladizo! ¡Déjame tocar devotamente con mi boca la Arteria
femoralis que late en el fondo del muslo y que se divide, más abajo, en
las dos arterias de la tibia! ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar
tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la
tumba, y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!
No abrió los ojos después
de haber hablado, permaneció sin moverse, la cabeza inclinada, las manos que
sostenían el pequeño lapicero de plata, separadas, temblando y vacilando sobre
sus rodillas.
- Eres en efecto, un galanteador
que sabe solicitar de una manera profunda, a la alemana- dijo ella y le puso
un tricornio de papel.
- ¡Adiós, príncipe Carnaval! ¡Esta
noche la línea de tu fiebre será muy mala, te lo predigo!- al decir esto se
levantó de la silla, se dirigió a la puerta, dudó un momento en el umbral, dio
media vuelta elevando uno de sus brazos desnudos, con la mano en el pestillo
y, por encima del hombro, dijo en voz baja:
- No te olvides de devolverme
el lápiz.
Y salió.
*
diálogo entre Hans Castorp y Clawdia Chauchat, extractado de La montaña
mágica novela escrita entre 1911 y 1923 por Thomas Mann.
Nota del Dr. Sapetti: en el año
1972 me encontraba trabajando como médico en Fusagasugá, localidad colombiana
cercana a Bogotá. En ese tiempo un amigo que residía en esa capital, Juan Carrillo
Constain, me prestó un libro al que devoré apasionadamente - en mis noches del
Hospital San Rafael, de esa bella ciudad de Fusagasugá (atardecer de sangre
en el idioma indígena) que estaba en el valle- cuando la Guardia nos daba respiro:
se trataba de La montaña mágica. Rápidamente amé a sus personajes,
especialmente al joven Hans Castorp, visitante de ese lujoso Hotel-Hospital
para tuberculosos, en Suiza. Mucho tiempo después, exactamente 30 años, mi amigo
Juan viviendo en Barcelona y yo en Buenos Aires, llegó a mis manos, a través
de una gentileza de la licenciada Liliana Vazquez, un artículo que escribió
Rodrigo Fresán para el suplemento Verano 12, del diario argentino Página 12,
y que llamó Hans Castorp se declara, donde se transcribe una parte
de la novela; entonces recordé emocionado aquellas lecturas juveniles, la querida
y sufrida tierra colombiana, los afectos de amistades lejanas, y con este diálogo
quise recuperar para sexovida.com la genialidad del escritor alemán Thomas
Mann (1875-1955) a quien se le otorgó el Premio Nobel de Literatura en 1929.
¿Se acuerdan del film de Luchino Visconti, con Dirk Bogarde y Silvana Mangano,
inspirado en Muerte en Venecia, otra de sus maravillosas novelas?
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