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Donatien Alphonse François de
Sade (París, 2 de junio
de 1740 – Charenton, Val-de-Marne, 2 de diciembre de 1814),
más conocido como el Marqués de Sade, fue un
escritor, noble, militar y funcionario de la Revolución Francesa,
autor de “Justine o los infortunios de la virtud”, “Filosofía
en el tocador”, “Los crímenes del amor”
y otras novelas, obras de teatro, relatos cortos y numerosos escritos
políticos.
Pasó a la historia, según una mirada simplista, como
un “vicioso, pervertido y adicto a todas las aberraciones
sexuales”.
Por momentos nos desconcierta pues sus textos son sexualmente revulsivos,
agresivos, escatológicos y en otros se los percibe cargados
de humanidad, de rechazo hacia el daño, de una comprensión
del sufrimiento humano y hasta con tintes moralizantes.
“Pienso que si existiera un Dios, habría menos
maldad en esta tierra. Creo que si el mal existe aquí abajo,
entonces fue deseado así por Dios o está fuera de
sus poderes evitarlo. Ahora, no puedo temer a un Dios que es o malicioso
o débil. Lo reto sin miedo y sus rayos no me preocupan ni
un comino”.
“Mi manera de pensar, dices, no puede ser aprobada. ¡Pues,
qué me importa! ¡Bastante loco es quien adopta una
manera de pensar como la de los demás! Mi manera de pensar
es el fruto de mis reflexiones; está implicada en mi existencia,
en mi organización. No soy dueño de cambiarla; y aunque
pudiera no lo haría. Esa manera de pensar que censuras es
el único consuelo de mi vida; alivia mis penas en prisión,
constituye todos mis placeres en el mundo y la quiero más
que a mi vida. No es en absoluto mi manera de pensar la que ha hecho
mi desgracia; es la de los otros”.
Sade, Carta a su esposa Renée, noviembre de 1783
Les Oréades, W. Bouguereau
Trato de dar una imagen menos frívola y obscena , pues creo
que además del mote simplista de “escritor pornográfico”
y de su probable caracteropatía, fue un librepensador, un
ser al que de tanto querer liberarse de sus amarras termina prisionero
de ellas, con el sometimiento a la ley de que hablaba Lacan, convertido
en un disciplinario, un sargento del sexo –al decir de Foucault-,
que quizás utilizó ese lenguaje tan cargado de desviaciones
sexuales -para usar un término un tanto demodé- como
una manera de llamar la atención y permitirse dialogar sobre
la existencia de Dios, sobre la virtud y el pecado, sobre la hipocresía
sexual y la opresión social, sobre la muerte y la inmanencia
del existir.
“Mi único consuelo aquí es Petrarca. Lo
leo con deleite, con una pasión sin igual. ¡Qué
bien escrito está el libro! Laura me da vueltas en la cabeza
(Nota: se refiere al amor idealizado de Francesco Petrarca -poeta
italiano que vivió entre los años 1304-1374- por Laura
de Noves, la “donna angelicata” a la cual exalta en
su “Cancionero”).
Soy como un niño. Leo todo el día sobre ella y sueño
con ella toda la noche. Escucha lo que soñé anoche
con ella, mientras el mundo seguía ajeno a mí. Era
más o menos medianoche. Acababa de quedarme dormido con la
vida de Petrarca en la mano. De repente se me apareció. ¡La
vi! El horror de la tumba no había deslucido su belleza,
y sus ojos despedían el mismo fuego que cuando Petrarca los
alabó. Iba vestida de crespón negro, con su hermosa
cabellera rubia suelta con despreocupación. ¿Por qué
te quejas en la Tierra? —me preguntó.
Ven conmigo. No hay males, no hay dolor, no hay problemas en la
vasta extensión que habito. Ten el valor de seguirme allí.
Al oír estas palabras, me postré a sus pies, diciendo:
¡Oh, madre mía! Y mi voz quedó ahogada por los
sollozos. Ella me tendió la mano y yo la bañé
con mis lágrimas; ella también lloró. Cuando
yo moraba en el mundo que odias —dijo—, me gustaba contemplar
el futuro; conté a mis descendientes hasta llegar a vos,
y no encontré a otro tan infeliz como vos".
Carta de Sade a Renée durante su encierro en Vincennes.
“Prefirieron matarlo. Al comienzo a fuego lento en el
tedio de los calabozos y, después, por la calumnia y el olvido”.
S. de Beauvoir, de « ¿Hay que quemar a Sade ? »
Creo que también cargaron sobre él
porque no le perdonaban que, siendo noble, fuera republicano y revolucionario;
que fuera ateo y escribiera en contra de las religiones y de la
existencia de un Dios (“La idea de Dios es el único
error que no puedo perdonar a los hombres”), como ocurre en
su “Diálogo entre un sacerdote y un moribundo”,
que no es un libro sobre sexo y sí una larga reflexión
de alguien desencantado de la religión y de la existencia
de Dios:
“El moribundo (al sacerdote): -La razón,
amigo mío; sí, sólo la razón debe advertirnos
que perjudicar a nuestro semejante no puede jamás hacernos
felices, y nuestro corazón avisarnos, que contribuir a su
felicidad es lo más grande que la naturaleza nos haya acordado
en la Tierra. Toda moral humana se encierra en esta sola frase:
hacer a los demás tan felices como uno mismo desea serlo,
y no causarles nunca un mal que no quisiéramos recibir.
Estos son los únicos principios que debemos seguir y no hay
necesidad de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos:
sólo se necesita un buen corazón. Pero siento que
me debilito, predicante.
Abandona tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin
temor y sin esperanza, abandona tus dioses y tus religiones. Todo
esto sólo es bueno para poner cadenas en las manos de los
hombres, y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter
más sangre en la tierra que todas las otras guerras y plagas
juntas. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies
al placer de ser feliz y de hacer la felicidad en éste.
Esta es la única manera que te ofrece la naturaleza para
duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad
siempre fue el más querido de mis bienes, le he ofrecido
incienso toda mi vida, y quiero terminarla en sus brazos. Mi fin
se aproxima. Seis mujeres más bellas que el día están
en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de ellas
tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos
los vanos sofismas de la superstición y todo los imbéciles
errores de la hipocresía”.
Marqués de Sade, de “Diálogo entre un
sacerdote y un moribundo”
Si hoy el ser humano común se sumerge en la conciencia de
lo que significa para él la trasgresión y hacia dónde
lo llevará la violación del interdicto, tal vez a
esa oscura eternidad, a esa pequeña plenitud perdida en el
vacío donde pareciera que cualquier trasgresión sexual
y social es posible, es porque Bocaccio, Chaucer, Shakespeare, Dante,
Cervantes o Rabelais hasta llegar a Sade, prepararon el camino.
"Sí, soy un libertino, lo reconozco; he concebido todo
lo que puede concebirse en este sentido, pero ciertamente no he
hecho todo lo que he concebido, ni lo haré jamás.
Soy un libertino, pero no soy un criminal ni un asesino y, ya que
se me fuerza a colocar mi apología junto a mi justificación
diré pues que, tal vez, sería posible que aquellos
que me condenan tan injustamente como lo han hecho pudieran contrapesar
sus infamias con mis buenas acciones tan probadas como las que yo
puedo oponer a mis errores."
Marqués de Sade, carta a su esposa, 1781
Con la lectura de la obra del Marqués ahora sabemos que nuestra
conciencia debía abrirse a lo que más profundamente
nos exaspera; lo que con mayor violencia nos subleva, aquello que
nos incomoda, nos horroriza y espanta –como también
lo devela Stevenson con su Dr. Jekyll y Mr. Hyde-, esa pulsión
de muerte de la que nos hablaba Freud, está en nuestra interioridad
presta para surgir de las profundidades del ser y, como profetizaba
el Marqués, debemos aceptar que el deseo sexual transita
por múltiples caminos con infinitas prácticas y variantes
insospechadas en el camino dialéctico entre Eros y Tánatos.
Ese creo que fue el legado –que aún perdura- de Donatien
Alphonse François de Sade, que pasó a la historia
como el libertino demente del Hospicio de Charenton.
* Dr. Adrián Sapetti (extractado del capítulo “El
Marqués de Sade: la demencia ibertina”, en el libro
“Locura y arte (parte 3)”.
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