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“El que siente
deseo, desea lo que no tiene a su disposición y no está
presente, lo que no posee, lo que él no es y aquello de que
carece, desea aquello de que está falto, y no desea si está
provisto de ello”.
Platón (El Banquete)

La palabra andrógino proviene etimológicamente
del griego andrógynos compuesto de andrós –varón-
y de gyné –mujer-. Hoy popularmente se designa así
a quien tiene características indefinidas, con rasgos de
varón y mujer.
Otros lo equiparan al concepto de hermafrodita. Pero veamos lo que
nos cuenta el genio de Platón (circa 428-347 AC) en sus diálogos
sobre el amor conocidos como “El banquete” -obra de
obligada lectura-. Nos describe así el Mito del andrógino,
en boca de Aristófanes:
“En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente
de lo que es hoy. Primero había tres clases de hombres: los
dos sexos que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos,
el cual ha desaparecido conservándose sólo el nombre.
Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino,
porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no
existe y su nombre está en descrédito.
En segundo lugar, todos los hombres tenían formas redondas,
la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos,
cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a un cuello circular
y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos
dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos
de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción.
La diferencia, que se encuentra entre estas tres especies de hombres,
nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo
masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos,
que participa de la tierra y del sol.
De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse,
que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y
de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea
de escalar el cielo, y combatir con los dioses. Zeus examinó
con los dioses el partido que debía tomarse y se expresó
en estos términos: ‘Creo haber encontrado un medio
de conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y
consiste en disminuir sus fuerzas.
Los separaré en dos; así se harán débiles
y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número
de los que nos sirvan; marcharán rectos sosteniéndose
sólo en dos piernas, y si después de este castigo
conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo,
los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar
sobre un solo pie’.
En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase
el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había
hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo
los hiciese más modestos. Hecha esta división, cada
mitad hacía esfuerzos desesperados para encontrar la otra
mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban
ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar
en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían
de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin
la otra.
Cuando una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía
buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad
de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una
mitad de hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose.
Zeus, movido a compasión, imagina otro maniobra: poner delante
los órganos de la generación, porque antes estaban
detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no
el uno en el otro, sino en tierra como las cigarras.
Zeus puso los órganos (Nota: algunas traducciones dicen
‘las vergüenzas’) en la parte anterior y de
esta manera la concepción se hace mediante la unión
del varón y la hembra.
Entonces, si se verificaba la unión del varón y la
mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón
se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto
y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de
la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente
los unos a los otros; él nos recuerda nuestra naturaleza
primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos
en nuestra antigua perfección.
Cada uno de nosotros no es más que una mitad que ha sido
separada de su todo, como se divide una hoja en dos. Estas mitades
buscan siempre sus mitades. Los varones que provienen de la separación
de estos seres compuestos, que se llaman andróginos, aman
las mujeres; y la mayor parte de los adúlteros pertenecen
a esta especie, así como también las mujeres que aman
a los varones y violan las leyes del himeneo. Pero a las mujeres,
que provienen de la separación de las mujeres primitivas,
no llaman la atención los varones y se inclinan más
a las mujeres.
Del mismo modo los varones, que provienen de la separación
de los seres, buscan el sexo masculino. Mientras son jóvenes
aman a los varones; se complacen en dormir con ellos y estar en
sus brazos; son los primeros entre los adolescentes y los adultos,
como que son de una naturaleza mucho más varonil. Sin razón
se les echa en cara que viven sin pudor, porque no es la falta de
este lo que les hace obrar así, sino que dotados de alma
fuerte, valor varonil y carácter viril, buscan sus semejantes;
y lo prueba que con el tiempo son más aptos que los demás
para servir al Estado.
Estos varones a su vez aman a los jóvenes, y si se casan
y tienen familia, no es porque la naturaleza los incline a ello,
sino porque la ley los obliga. Lo que prefieren es pasar la vida
los unos con los otros en el celibato. El único objeto de
los varones de este carácter, ya sea que amen o sean amados,
es reunirse a quienes se les asemeja. Cuando el que ama a los jóvenes
o a cualquier otro llega a encontrar su mitad, la simpatía,
la amistad, el amor los une de una manera tan maravillosa, que no
quieren en ningún concepto separarse ni por un momento”.
Nota al pie: tal vez de aquí deriven los conceptos de “la
media medalla”, “la media naranja” y “los
partió con un rayo”.
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