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por el Dr. José Treszezamsky
Siempre en la búsqueda de lo desenterrado
hice un viaje a Pompeya en compañía de mi familia. Luego de
dedicar un día a visitar las ruinas volvimos a Nápoles. Allí
se completa la visita recorriendo el Museo Arqueológico Nacional
de Nápoles.
Al
entrar al edificio nos encontramos con un amplio hall de planta
baja cuyo trayecto central está bordeado de altas estatuas
de mármol de la época del Imperio Romano. Todas ellas eran
desnudos y con una hoja de parra de yeso en la zona de los
genitales. Al pasar a su lado no imaginábamos qué sentido
tenía tal cambio de material: toda la estatua de mármol y
la hoja de parra de yeso.
En la oficina de recepción del museo solicité
visitar la sala donde se guardaban las reliquias de arte erótico
de Pompeya. Me contestaron que el lugar estaba cerrado y que
sólo con autorización podría entrar. Solicité hablar con alguna
autoridad del museo. Una vez lograda la entrevista me reiteró
lo que me había dicho anteriormente el empleado a lo cual
le pregunté de quién necesitaba autorización. Lo poco que
entendí del italiano me hizo comprender que me estaban dirigiendo
a algún ministerio en Roma. Les dije que yo venía de Buenos
Aires y que debía retornar en pocos días por lo cual me sería
imposible ir allí para obtener la autorización. En ese instante
me dijeron que yo era muy afortunado pues acababa de arribar
al Museo una delegada del ministerio de Roma y que si ella
me autorizaba no tendrían inconveniente. Luego de hablar con
esta persona y lograr su autorización me encontré con otro
obstáculo. Tan pocas veces se habría la sala de arte erótico
que ahora no encontraban la llave.
Una
vez que encontraron la llave llamo a mi mujer para que me
acompañe a la visita. Objeción: - Una mujer no puede entrar
en esa sala.- Por favor, mi mujer es mayor de edad, es profesional,
se ocupa de la vida íntima de las personas.... Hasta que
los pude convencer. No sé si apelando a lo ilógico de su posición
o a la presión que podía ejercer el hecho de que esgrimí que
intervenía en un programa de radio en Buenos Aires y que me
vería precisado, lamentablemente, por supuesto, a decir qué
era lo que estaba pasando en ese museo. O quizás lo único
que necesitaban era transmitirme la sensación de que estaban
haciendo algo excepcional por mí.
Una vez aprobada la entrada a mi mujer,
llamo a mi hijo mayor, y ahí otra objeción: -Que no, que
un jovencito no puede entrar. -Pero, por favor, mi hijo es
estudiante de medicina, se encuentra con cuerpos desnudos
desde el comienzo de su carrera, no hay que proteger su moral
y además, le puedo dar todas las seguridades de que él no
echa una mirada obscena sobre los desnudos. Por supuesto
que tuve que repetir un argumento similar cuando llamé a mi
hijo menor para que se uniera al grupo, sólo que esta vez
hablé de que él estudiaba psicología y cosas por el estilo.
Como
resultado de todos estos escarceos logramos ir a la sala tan
deseada. Al llegar el empleado abrió varios candados, y abrió
un par de puertas enormes con un ruido característico de película
de misterio. Dentro nos encontramos con una sala oscura, sucia,
descuidada, con telarañas y con los penes de mármol de las
estatuas del hall de entrada en el suelo, además de otras
piezas valiosas. No nos permitían sacarnos fotos dentro de
la sala porque podría ser un documento que denunciara que
alguien pudo entrar sin los trámites correspondientes.
Pudimos recorrer así la colección de arte
erótico pompeyano.
¿Cómo
se originó esta colección secreta del Museo de Nápoles?
A mediados del siglo XVIII el rey de Nápoles,
que luego sería Carlos III de España, se interesó por los
hallazgos cercanos al Vesubio. En 1763 comienzan las excavaciones
sistemáticas de la Pompeya recién hallada. Como este rey deseaba
transformar a Nápoles en una capital artística trasladó gran
cantidad de obras de arte que le pertenecían desde Roma y
Parma. La mayor parte de la colección artística y arqueológica
tenía más de dos siglos y provenía del Papa Pablo III, de
quién era descendiente. Una parte de la colección fue al museo
de Capodimonte y otra, la de las ruinas de Pompeya y Herculano,
al Museo de Portici. Pero la colección arqueológica de las
ruinas sepultadas bajo la lava del Vesubio iba en aumento
y su destino original era estrecho.
En
1773, cuando Clemente XIV disuelve la Compañía de Jesús, Fernando
IV toma posesión de algunos de sus bienes y en uno de ellos
encuentra un lugar adecuado para las antigüedades que se estaban
rescatando de las ruinas de Pompeya y Herculano. En 1822,
se exhibían al público las obras recuperadas. En 1819, Francisco
I, futuro rey de Nápoles, visita el museo en compañía de su
hija y al observar las piezas de arte erótico sugirió al conservador
del mismo que toda pieza que tenga ese carácter sea guardada
en una sala exclusiva para personas maduras y 'de buena reputación
moral'.
Así, prontamente se creó un Gabinete de
Objetos Obscenos, donde el conservador colocó 102 obras que
eran consideradas en esa época como ofensivas "a la sana moral
y al pudor". Poco después la sala se tituló: "Gabinete de
objetos reservados" y se mostraba sólo a quienes exhibieran
un permiso regio controlado por las autoridades.
Luego
del movimiento revolucionario europeo de 1848, y como reacción,
la situación empeoró más aún. Al año siguiente se terminó
de clausurar las puertas de la colección luego de habérsele
agregado un sinnúmero de piezas pictóricas y escultóricas
de desnudos y en 1852 se trasladaron todas las obras a una
sala remota y apartada, buscando dejarla en el olvido.
En 1860 Giuseppe Garibaldi nombra director
del museo a Alejandro Dumas padre quién fue un fiel seguidor
suyo. Éste, con un espíritu progresista, inventarió y catalogó
toda la colección y le dio el nombre de "Colección Pornográfica".
Influida
por los cambios políticos y la presión religiosa, la colección
fue teniendo distintos tratamientos. En general se exponían
sólo algunas obras y con el permiso correspondiente para evitar
la curiosidad morbosa. Durante el fascismo este criterio se
endureció y se corrió el riesgo otra vez de prohibirse totalmente,
ya que en 1931 el Ministerio ordenó su cierre pero las autoridades
del museo ignoraron la disposición. En 1934 el Alto Comisario
para la ciudad y provincia de Nápoles dispuso por razones
de moralidad que sólo puedan visitar la Colección los artistas
provistos de documentos en regla que acrediten su profesión
y, ocasionalmente, personalidades en visita oficial
y que así lo requieran especialmente.
Todavía en 1995, cuando yo visité el museo,
no se había puesto en práctica una disposición que posibilitara
la completa y definitiva exposición al público de esas obras
de arte, testigos del origen remoto del arte erótico.
Dr. José Treszezamsky, médico, psicoanalista
Bs. As. , Argentina
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