Consideramos
la subcultura sadomasoquista, por usar una locución cara
a nuestra amiga Gayle Rubin. No creo en absoluto que esa
multiplicación de prácticas sexuales guarde ninguna relación
con la actualización o la revelación de tendencias sadomasoquistas
escondidas en el profundo de nuestro inconsciente. El
sadomasoquismo es mucho más; es la creación efectiva de
nuevas e imprevistas posibilidades de placer. La creencia
de que el sadomasoquismo guarda relación con una violencia
latente, que su práctica es un medio para liberar esa
violencia, de dar rienda suelta a la agresividad es un
punto menos que estúpida.
Es bien sabido que no hay ninguna agresividad
en las prácticas de los amantes sadomasoquistas; inventan
nuevas posibilidades de placer haciendo uso de ciertas
partes inusitadas del cuerpo, erotizándolo. Se trata de
una suerte de creación, de proyecto creativo, una de cuyas
notas destacadas es lo que me permito denominar desexualización
del placer. La creencia de que el placer físico procede
simplemente del placer sexual y de que el placer sexual
es la base de cualquier posible placer es de todo punto
falsa. Las prácticas sadomasoquistas
o que prueban es que podemos procurarnos placer a partir
de objetos extraños, haciendo uso de partes inusitadas
de nuestro cuerpo, en circunstancias nada habituales,
etc. La identificación entre placer y sexo está pues superada.
Así es. La posibilidad de hacer uso de nuestro cuerpo
como fuente de una pluralidad de placeres reviste una
enorme importancia. Si nos atenemos a la construcción
tradicional del placer, comprobamos que los placeres físicos
o carnales tienen su origen siempre en la bebida, en la
alimentación y en el sexo. A mi juicio, ahí quiebra nuestra
inteligencia del cuerpo, de los placeres. No se trata
sino de sondear el placer y todas sus posibilidades.