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Publicado
en: Revista de Sash, Año IV, N° 1, Noviembre De 1990, Bs.
As.;
Revista Argentina de Psiquiatría Forense, Sexología y Praxis,
de La Asociación Argentina de Psiquiatras, Año V, Vol. 3,
N° 1, Julio De 1998, Bs. As.
El Consejo
Editorial de la Revista Terapia Sexual (Sao Paulo, Brasil)
le otorgó el Premio al Mejor artículo publicado
en el Vol. III (2): 87-96, año 2000, de dicha revista.
 "Sé
que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; doy mis
miembros a otro que está en mí, que está en guerra con mi
ley. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"
San Pablo, Epístola a los romanos
SUMMARY
It is intented to show two apparently antithetic
poles: Sexuality and Death, in fact interpenetrate themselves,
disguising the fear of death, or the desire to die, Erosworld.
Different expressions of culture are analyzed, especially
the one known as The Profane Time, the time for work, which
is characterized by the submission to interdicts (prohibitions)
and, on the other hand, the Time for Joy or The Sacred Time,
characterized by the transgression of such prohibitions. Its
relationship with the interdicts violations in the sexual
as well as in the death arena is analyzed in order to connect
the human beings fear in the presence of the unrestraint,
the overflow and the abandonment of the time established for
work that would imply free sexuality. The latter is connected
with some conclusions that could be considered useful in the
field of Sexual Therapies, with a certain critical look at
the mechanist settlement applied to those treatments.
RESUMEN
Se intenta mostrar cómo, dos polos aparentemente
antitéticos, la muerte y la sexualidad, en realidad se interpenetran,
siendo el temor a la muerte, o el deseo de ella, el mundo
del Eros. Se analizan diversas manifestaciones de la cultura
y en particular lo que se dio en llamar el tiempo profano,
del trabajo, caracterizado por el sometimiento a los interdictos
en el campo del sexo y de la muerte y, por otro lado, el tiempo
sagrado caracterizado por la transgresión de esas prohibiciones.
Se conecta luego el temor del ser humano ante el desborde,
el descontrol y el abandono del tiempo del trabajo que implicaría
la sexualidad. Esto se liga con ciertas conclusiones que pueden
ser de utilidad en el campo de las Terapias Sexuales con una
mirada crítica sobre el reduccionismo mecanicista aplicado
a veces a estos tratamientos.
INTRODUCCIÓN
Los poetas antiguos, que dos mil años de
cristianismo han hecho olvidar, sostenían que los dioses habían
ocultado a los hombres la felicidad suprema de la vida: la
felicidad de la muerte. Pero lo que se oculta no queda del
todo oculto. A veces la locura de los sentidos ha señalado
el camino, otras veces lo hace el sentido común, que rechaza
la idea de muerte; pero el amor loco (lamour fou)
a veces la acepta y otras la reclama.
En Francia, en el lenguaje popular, se denomina
como la "pequeña muerte" (la petite morte)
al momento orgásmico donde los amantes se pierden. ¿Qué mujer
no ha dicho alguna vez a su amante: querría morir en tus
brazos; qué varón enamorado no sugirió alguna vez : haz
de mí lo que quieras? Víctimas ejemplares que se
abandonan con gozo a la perdición, a ese misterio atroz y
fascinante por el cual los cuerpos someten al ser, lo embriagan,
lo destruyen. La voluntad de poseer por entero al objeto amoroso,
la obsesión de matar a su macho, como lo hace la mantis
religiosa, aparece como una fantasía habitual en muchas
mujeres, ejemplificado también en la figura de la viuda
negra. Tal vez nada pueda halagar al varón como este deseo,
aunque también pueda hacerlo huir de ese ser que le recuerda
a su madre, quien le ha dado la vida pero, en ese mismo instante,
lo ha constituido en un ser para la muerte; y es posible que,
en el encuentro sexual, sintamos renacer el horror que en
los mitos antiguos dejaron las religiones femeninas - Kali,
Astarté, Ishtar- donde la muerte y el amor pertenecían a la
égida del poder de las mujeres. Al ser padres le damos a nuestros
hijos la alegría de la vida pero también los condenamos al
supremo dolor -al menos tal cual concebimos nosotros a la
muerte como lo Indeseable-; y tal vez nos condenamos
nosotros: bien decía Hegel que el nacimiento de los hijos
es la muerte de los padres (aunque esto puede tener diversas
lecturas). Quizás la eyaculación sea un anticipo del fin:
afirma la especie contra el individuo, en ese embrión se abre
el ciclo que culmina con la muerte. Simone de Beauvoir nos
dice que la madre destina al hijo a morir porque sólo se
hace deshaciendo (1).
EROS Y TÁNATOS
Bataille menciona que, en las religiones
de sacrificio, los participantes se confundían uno con el
otro en el curso de la consumación, y ambos se perdían en
la continuidad establecida por ese acto de destrucción (2)
. Ya habíamos visto cómo uno de los amantes desea a
veces la desaparición del amado: mejor matarlo que perderlo;
en otros casos, y la crónica policial nos lo recuerda casi
cotidianamente, desea o busca su propia muerte. Si la unión
de los dos amantes es el resultado de la pasión, ésta apela
a la muerte, al deseo de destrucción o al suicidio. En Edipo
Rey, el protagonista, en su búsqueda apasionada por saber,
sólo culmina su unión sexual mediante el asesinato y la automutilación.
En la novela de James Cain -al igual que en sus tres versiones
fílmicas- El cartero llama dos veces, los dos amantes
pueden consumar su pasión a través de un homicidio atroz,
con connotaciones casi rituales (hecho que también se muestra
en el film chino Jou Dou). Esta escena aparece con
frecuencia en la gran narrativa norteamericana: en Una
tragedia americana de Theodore Dreiser, llevada al cine
con el sugestivo título -en los países de habla hispana- de
Ambiciones que matan, el protagonista, en complicidad
con su amante, ahoga a su esposa en el lago entremezclando
así el homicidio y la pasión, lo que no deja de ser una vuelta
de tuerca de la tragedia de Macbeth o del asesinato del padre
de Hamlet. Un hálito similar recorre las obras de ONeill
como en Deseo bajo los olmos, drama sobre los desbordes
de un amor incestuoso. Volviendo a Shakeaspeare, observamos
que refleja, en La tragedia de Romeo y Julieta, esa
consumación del amor en la muerte: después de escuchar el
canto de la alondra y de yacer ambos en el último lecho de
amor, deberán inmolarse para inmortalizar su pasión. Algo
parecido vemos, en este dramaturgo, en su Antonio y Cleopatra;
en el Dante cuando en sus inolvidables versos -La divina
comedia- describe el drama de Francesca da Rimini; o en
la historia real de esos amantes infortunados que fueron Abelardo
y Eloísa que hoy yacen juntos en el cementerio del Père Lachaise
en París.
Lo que realiza Sada con su amante Kichizo
en el film de Oshima, El imperio de los sentidos, basado
en un hecho policial del Japón en 1936, no es otra cosa que
convertirse en una Isolda moderna que sacrifica a su Tristán,
en una Ménade que destroza a su Orfeo, en nombre del imperio
de las pasiones. Freud describe a la horda primitiva (3),
y para el caso no importa si ha sido cierto o no, concluyendo
que el deseo de los hijos por el objeto materno se cierra
con la muerte del padre. Para amar con pasión habría que matar,
morir o configurar esa muerte en un sentido aunque más no
fuera simbólico y ritual. Realizadores tan diversos como Chaplin
(con su Monsieur Verdoux), Buñuel, Truffaut, Cronemberg,
Cóppola, Bertolucci o Almodóvar (retomando el mito de la
viuda negra en su film Matador) -entre otros- han
sido motivados por este tema. Y quizás deberíamos pensar en
la tenaz persistencia de la leyenda del vampiro (Drácula,
Nosferatu, Vampyr, Elizabeth Bathory -la condesa sangrienta-,
Carmilla) como una conjunción de acendrados tabúes: la
sangre, la virginidad, el erotismo y la muerte.
Para Bataille la sexualidad y la muerte no
serían más que momentos agudos de una fiesta que la naturaleza
celebra y ambas tienen el sentido del despilfarro ilimitado
en contra del deseo de durar que es lo propio de cada ser
y afirma que el sentido último del erotismo es la muerte (2).
Hecho que también planteó Freud, si bien de otra manera -muy
discutida y discutible por cierto- cuando hablaba del instinto
de muerte como fin último de la materia viva (3).
Diana Rabinovich agrega que: "La muerte muestra la
fragilidad misma del ser humano, siendo indisociable de la
sexualidad -Freud y Lacan lo han señalado muchas veces-. La
sexualidad , para la Antigüedad era, a través de la procreación,
un remedio frente a la muerte, gracias al mantenimiento de
la continuidad de una familia, de un linaje." (4)
El marqués de Sade decía en su obra Justine
que "no hay mejor medio de familiarizarse con
la muerte que aliarla a una idea libertina", y nos
propone un hecho angustioso: que el movimiento del amor, llevado
al extremo, es un movimiento de muerte, y este vínculo no
debería ser paradójico ya que el exceso del que proceden la
reproducción y la muerte no pueden ser comprendidos más que
uno con la ayuda del otro. Es interesante ver cómo los interdictos
más antiguos afectan uno a la muerte (no matarás) y
el otro a la sexualidad (no fornicarás, no desearás a la
mujer de tu prójimo, no derramarás la simiente, no yacerás
con tus consanguíneos).
"Nada detiene al libertinaje",
profetizaba el divino Marqués, " la verdadera
manera de extender y multiplicar sus deseos es querer imponerle
límites...no hay nada que lo contenga". Es una manera
de decir: nada reduce la violencia. Pero la humanidad se las
ha ingeniado una y otra vez para transgredir las prohibiciones
(hecho atractivo en sí mismo): no hay interdicto sin su prohibición
y viceversa. Al interdicto del asesinato ha opuesto la posibilidad
de la guerra, de los sacrificios rituales, de la pena de muerte,
y de la petite morte. El marqués de Sade dedicó sus
obras a la afirmación de valores inaceptables: que la vida
es búsqueda de placer y que este placer era proporcional a
la destrucción de la vida. Es decir: Eros alcanza su mayor
grado de intensidad en una negación aterradora de su principio;
y propone vincular la sexualidad con la necesidad de hacer
daño y matar. Otra vez Eros y Tánatos caminando juntos.
TIEMPO PROFANO
Y TIEMPO SAGRADO
Roger Caillois, en El hombre y lo sagrado,
habla de que existirían dos tiempos: uno es el tiempo
profano, que es el tiempo ordinario, el del trabajo, caracterizado
por un respeto de los interdictos y, por otro lado, el
tiempo sagrado que es el de la fiesta, que en el plano
del erotismo es, a menudo, el de la licencia sexual y en el
plano propiamente religioso sería el tiempo del sacrificio
que es la transgresión al interdicto del asesinato (2).
En el plano de nuestra existencia, el exceso
se manifiesta en la medida en que la violencia vence a la
razón. Pero el tiempo del trabajo exige una actitud razonable,
en la que los movimientos exasperados y desbordantes que se
liberan en el tiempo de las transgresiones (la fiesta, el
juego) no son admitidos. Desde las eras remotas en las cuales
el hombre se convirtió en homo faber (el materialismo
histórico fue el primero en plantear que el trabajo es el
que nos funda y constituye permitiendo el paso del mono al
hombre) el trabajo introdujo en aquellos tiempos azarosos
un momento de sosiego, a expensas del cual el hombre cesaba
de responder al impulso inmediato, que regía el deseo. La
colectividad ha sabido oponerse, en el tiempo reservado al
trabajo, a esos movimientos contagiosos en los cuales no existe
más que un abandonarse al exceso, o sea: a la violencia del
deseo. Sin los interdictos no hubiese llegado a ser -la colectividad
humana- ese mundo del trabajo que en esencia es, ya que el
trabajo se opone a la animalidad.
El hecho necesario de vincular
la represión de la sexualidad y el placer con la necesidad
de trabajo alienado coloca en el centro de esta teoría la
relación entre el tiempo del trabajo y la factibilidad de
satisfacción sexual, entre ocio y trabajo alienado. El trabajo
no obedece al tiempo del placer, sin embargo el hombre sólo
es instrumento de trabajo durante las jornadas laborales;
el resto sería, en principio, libre por sí mismo. Marcuse
dice que una persona está ocupada por su trabajo unas 10 horas
diarias incluyendo los viajes y los preparativos. Necesita
un tiempo equivalente para dormir y comer. De modo que, sobre
las 24 horas le quedan 4 horas libres que podría emplear para
su placer. Pero la alienación del trabajo y la represión de
la sexualidad como fuente de goce sobrepasan el tiempo del
trabajo sobre el tiempo libre. Las extensas horas de labor
y la rutina exigen que el ocio se convierta en un simple descanso,
una relajación pasiva y una reposición de la energía con
vistas al trabajo futuro (5) . Sin contar que
otras circunstancias han llevado a la banalización del sexo:
libros, revistas, films y el bombardeo publicitario de una
sociedad aparentemente permisiva como la actual, han logrado
que actitudes y deseos por ella promovidos se consuman como
propios. Creo que esta sexualidad obligatoria que ha impuesto
un erotismo ficticio también contribuye a debilitar la energía
erótica configurando lo que Marcuse llama "desublimación
represiva" , es decir: "una liberación
de la sexualidad en sus modos y formas que debilita la energía
erótica. En ese proceso, la sexualidad se extiende a áreas
hasta hace poco consideradas tabúes; sin embargo en lugar
de recrear estas relaciones a imagen del placer, es la tendencia
opuesta la que se afirma, el principio de realidad afirma
su poder sobre Eros" (5). Esta preponderancia
de una "desublimación de gran alcance -nos sigue
diciendo Marcuse- ¿acaso significa la preponderancia de
Eros, que conserva y exalta la vida sobre su adversario fatal?"
(6), agregando que "en la concepción
freudiana el conflicto entre la sexualidad (en tanto fuerza
del principio del placer) y la sociedad (como instinto del
principio de realidad) desempeña un papel central". Un
erotismo que nace de sexualidades estereotipadas, que se ajustan
a la media y a las estadísticas y que rara vez llegan a un
encuentro. Quizás el verdadero erotismo, como nos propone
el film de Oshima, nace de la diferencia. Cuando la pareja
sea capaz de moldearse a su propia imaginación diferenciadora
podrá hallar la libertad del rito amatorio.
Cabría preguntarse entonces si
las constantes transgresiones a las prohibiciones no estarían
negando estos enunciados. Bien dice Bataille que el interdicto
está allí para ser violado: el tabú nos incita a su violación.
La transgresión no niega el interdicto sino que dialécticamente
lo completa y supera; jamás la prohibición aparece sin la
revelación del placer ni jamás el tiempo de la fiesta sin
el sentimiento de la interdicción.
Si hemos sostenido que el hombre
es por esencia homo faber, y que se somete al trabajo,
debe renunciar por esa causa a una parte de su sexualidad.
Por eso debemos pensar que no hay nada de arbitrario en las
prohibiciones sexuales: cualquier ser humano posee una cantidad
de energía limitada y si dispone de una parte para el trabajo
lo hará a expensas del consumo erótico, sacrificará su anhelo
de exuberancia en aras de la productividad y el esfuerzo,
quedando reducido el erotismo a una mínima parte. Para Bataille
la "animalidad", que es el movimiento del desborde,
del exceso sexual, es en nosotros aquello por lo que no podemos
ser reducidos a cosas. En cambio la "humanidad",
en lo que tiene de específico en el tiempo laboral, tiende
a hacer de nosotros cosas, a expensas de la exuberancia sexual.
Por eso el amor de Sada y Kichizo se va centrando cada vez
más en sí mismo: las relaciones de la pareja con el entorno
se van haciendo cada vez más escasas. Sólo se interesarán
por la adoración de sus cuerpos como una búsqueda de lo absoluto,
de lo sagrado a través del erotismo ritual. Pero esa clase
de amor elegido los irá arrastrando también al sacrificio:
la transgresión constante del interdicto sexual los llevará
a la violación del interdicto del asesinato, ambos se enaltecerán,
y glorificarán su sexo con la disolución de sus cuerpos. Kichizo
dirá mientras experimenta la cercanía de la "pequeña
muerte" y de su propia destrucción: siento que me
pierdo en ti, que me inunda un gran mar de sangre.
Si el ser humano se definió como
homo faber regido por la conciencia y la razón, debió
desconocer o moderar y a veces condenar en sí mismo el exceso
sexual ya que éste se halla fuera de la razón vinculante con
la noción de trabajo. El ser voluptuoso se burla del trabajo
porque prescinde de las consecuencias: el "mundo del
hampa" lo llama Bataille analizando los trabajos
de Kinsey, quien encuentra mayor desborde sexual en este mundo
marginal. En el momento del desborde sexual dilapidamos nuestras
fuerzas sin medida ni control y evoca en nosotros un verdadero
desorden. Pero, en realidad, también malgastamos nuestra energía
en otras situaciones no tan placenteras alienándolas en lo
que Bataille define como esos simulacros que se llaman
los demás, Dios, el ideal (2) y, por cierto,
el trabajo.
El matrimonio, si bien en sus
comienzos tuvo el sentido de una transgresión, entraría, hoy
en día, en el campo de lo permitido como parte del tiempo
del trabajo. Es posible que, como piensa Levy-Strauss, el
matrimonio haya sido una consecuencia del interdicto del incesto:
el varón (padre-hermano) que hubiera podido disfrutar libremente
de las mujeres (hija-hermana) realizaba una donación (7).
Esa donación de las mujeres fue tal vez el sustituto del acto
sexual, convirtiéndose en un compromiso entre el respeto y
la actividad erótica, y si bien vemos que el matrimonio conserva,
como pasaje, algo de aquella transgresión también naufraga
en el universo de las madres, de las hermanas y de las hijas,
neutralizando, de alguna manera, los posibles excesos. Ese
movimiento, que el cristianismo tiñó de pureza, que es la
pureza de la madre, de la hermana, de la virgen María, pasa
lentamente a la esposa convertida en madre. Entonces se entiende
la afirmación de Bataille de que el estado matrimonial salvaguarda
la posibilidad de llevar una vida humana en el camino del
respeto por los interdictos opuestos a la libre satisfacción
de nuestras necesidades animales. "Incluso para San
Pablo", cita Rabinovich, "la sexualidad matrimonial,
el matrimonio mismo, era una defensa contra el deseo, un mal
menor, en el que incurría quien no podía ser célibe...necesario
en la medida en que algunos no podían acceder a la renuncia
total al deseo sexual. El matrimonio era pues una situación
intermedia, un antídoto contra el deseo sexual". (4)
Si concluimos
con que el tiempo profano debía aceptar de entrada
la existencia del mundo del trabajo; la libre sexualidad por
un lado y el homicidio, la guerra, la muerte por el otro,
constituyen en relación con aquel tiempo serias contradicciones,
y no es para asombrarse que lo sexual haya sido reprimido
y censurado de una manera casi universal y colectiva.
CONCLUSIONES:
SU RELACIÓN CON LA CLÍNICA
Sostengo que las Terapias Sexuales
se mueven en una zona que va del interdicto a la transgresión
y no siempre se pasa con fluidez de un estado al otro: en
ese tramo que va del interdicto a su violación deberíamos
estar algo precavidos para no caer en el facilismo reduccionista
de creer que los pacientes cumplirán con alguna prescripción
o tarea con sólo darles el permiso, que muy sencillamente
podrán aceptar otras pautas que den por tierra con siglos
de prohiciones. Pienso en un cierto anclaje de lo ancestral,
lo arquetípico, lo transmitido de cultura en cultura, haciendo
sentir en algunos una peligrosa cercanía entre el placer sexual
y una cierta vivencia de muerte. Pero no digo que siempre
haya que conservar ídolos y mitos sino que no deberíamos esperar
que sean tumbados con una mera prescripción. En muchas personas
se palpa ese miedo arcaico de ligar el desenfreno sexual con
el abandono de sí mismo, con la idea de muerte o destrucción,
con el sentimiento de descontrol, de locura, y por supuesto
también esa ligazón entre trabajo alienado y disminución del
deseo. Hay, por otro lado, una llamativa repetición en el
relato de mujeres que pensaban que si tenían relaciones sexuales
con penetración serían despedazadas, mutiladas o incluso asesinadas.
Que si eran demasiado fogosas o tenían orgasmos intensos caerían
irremisiblemente en el "mundo del hampa"
(la prostitución) o en la locura. O en varones con claras
fantasías de castración ante la idea de la penetración vaginal
(8).
Trato de mostrar con esto que
no es solamente un aspecto individual de unos espíritus perturbados
sino que se remonta a situaciones históricas y estructurales,
que algunos pueden vencer y superar mientras otros sucumben
y se someten. A estos últimos son a los que nosotros podríamos
acompañar en el camino de su mejoría, evitando la idealización
del Sexólogo que es el que sabe, el que detenta el poder y
la verdad, el que señala el camino, el que permite las transgresiones
porque él mismo las ha superado.
En cierta manera son vanas las
triviales afirmaciones de que el interdicto sexual es un simple
prejuicio del que ha llegado la hora de deshacerse como de
una vieja prenda: sería lo mismo que afirmar que deberíamos
arrasar con todo y volver a los tiempos de la animalidad,
de la libre devoración y de la indiferencia por las inmundicias
(7). Y no hablo de esto dando un juicio de valor
negativo: en muchas fantasías apocalípticas -verdaderas cosmogonías
invertidas- de la ciencia-ficción, nos encontramos con estos
hechos regresivos, desbordados, canibalísticos. Tal vez sea
cierto cuando la ciencia-ficción nos dice, al igual que Bataille,
que la humanidad resulta de movimientos de horror seguidos
de la fascinación que ese horror nos provoca.
Para graficar esas afirmaciones
triviales de las que hablaba antes, voy a mencionar frases
sueltas que, debido al simplismo de creer que sólo con su
permiso estandarizado las personas se librarán de todas las
prohibiciones pretéritas, configuran verdaderos mitos antimíticos:
- ¡Se necesita tan poco para gozar
libremente de la sexualidad!
-
Las prohibiciones
y tabúes no cuentan: son simples prejuicios producidos
por la falta de información.
-
No debe haber
limitaciones para el sexo: todo vale.
-
Hay que poner más
pasión en nuestras vidas.
-
Si tiene mejores
relaciones sexuales será feliz.
- El mejor afrodisíaco es el amor.
Estas sentencias
conllevan claramente un afán voluntarista, una apelación inefable
al sentido común y a lo que se supone que "debe ser",
pero no tienen en cuenta los miedos y ansiedades, que yo relaciono
con la idea de muerte o similares: locura, castración, animalidad,
abandono y perdición, que tiene raíces muy hondas y que no
son solamente producciones neuróticas individuales, aunque
también lo sean. Hay que bucear más lejos, en lo antropológico,
en los modelos culturales, en los mitos (9) (10),
en el paso de la animalidad a la cultura, en la Historia.
Será una mejor manera de entender que lo que llamamos interdictos
o prohibiciones tiene una fuerte raigambre y no es tan sencillo,
aunque no imposible, de desarmar: es preciso algo más que
una mera y sentenciosa indicación; aunque desde un supuesto
saber nos creamos, tan siquiera en nuestro rol de terapeutas
curadores, casi todopoderosos.
BIBLIOGRAFÍA
1- Beauvoir, S. de : El segundo sexo.
Ediciones Siglo XX, Bs. As., 1984
2- Bataille, G: El erotismo. Tusquets
Editores, Barcelona, 1979
3- Freud, S.: Obras completas. Ediciones
Amorrortu, Bs. As., 1981
4- Rabinovich, D. S.: Modos lógicos del
amor de transferencia. Ediciones Manantial, Bs. As., 1992
5- Münzer, Th.: "Sexualidad y trabajo",
en Sexualidad y represión. Carlos Pérez Editor, Bs.
As., 1969
6- Marcuse, H.: "El envejecimiento del
psicoanálisis", en Sexualidad y represión. Carlos
Pérez Editor, Bs. As., 1969
7- Levy- Strauss, C.: Las estructuras
elementales del parentesco. Paidós, Bs. As., 1985
8- Sapetti, A.: Los varones que saben
amar. Editorial Galerna, Bs. As., 1986
9- Campbell, J.: El poder del mito.
Emecé Editores, Barcelona, 1988
10- Jung, C.G.: El hombre y sus símbolos. Luis de
Caralt Editor, Barcelona, 1984
Dr. Adrián Sapetti.
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