El veneno*
 

Nota del editor: este cuento, del libro “Un tajo en el tiempo” (Editorial Del Castillo), de Carlos Soto Payva -nuestro colega de Rosario-, es uno de los 15 relatos que conforman la obra. La temática gira alrededor del transcurrir del tiempo y la sexualidad, cuando por ignorancia o violencia ejercida por inescrupulosos, se desatan conflictos y dramas inesperados.     

La “Pelu” nunca supo por qué ni para qué lo hacía.

Lo disfrutaba nomás.

En las siestas ardientes del verano o en las frías noches de junio, cuando la llovizna obligaba a buscar temprano el abrigo de la cama, sus manos iniciaban un itinerario conocido.

Después de un suave masaje a los senos púberes, tomaba entre el pulgar y el índice sus pezones incipientes y los abandonaba recién cuando sentía que estaban duros, firmes y erectos. Tras un breve recorrido llegaba a las caderas, estiraba levemente el elástico de la bombacha y con un quejido entrecortado titilaba ese tibio, pequeño y húmedo botón, que mágicamente le proporcionaba un  universo siempre renovado de delicias.

La “Pelu” llevaba varios años dedicados a ese juego secreto y solitario. Un fuego interior lo alimentaba. Parecía nacer muy adentro entre las piernas, para luego extenderse al bajo vientre y explotar por fin en todo el cuerpo, haciéndola contonear entre gemidos, apenas acallados por la almohada.

Poco a poco, una calma laxitud la iba envolviendo, su soledad se esfumaba entre suspiros y allá quedaba la bombacha, arrollada en los tobillos. Mudo testigo presencial de lo ocurrido.

Cuando la “Pelu” lo hizo por primera vez era chica. Cuatro años apenas. Era verano y su padre vivía aún.

La gran casona que su abuela les había dejado por herencia, se había convertido hacía tiempo en casa de huéspedes. Allí se alojaban los viajantes que estaban de paso en el pueblo por uno o dos días.

__Es donde mejor nos atienden_ decían, intencionadamente_ ¡Tanto la madre como la hija!

Aquel verano, su padre había venido del bar que tenía frente a la plaza como siempre, después del mediodía.

Y como siempre, empezaron los gritos y discusiones con su madre. Las acusaciones. Las palabrotas. Primero, él. Después, ella, jurando inocencia.

Ahí fue cuando, cansada ya de escuchar tantas agresiones, corrió a refugiarse en el galponcito del fondo. Casi segura que desde allí no oiría nada.

Pero siguió escuchando:

Los insultos. Los muebles que se corrían empujados con violencia.

Se tapó las orejitas cubiertas por ese pelo rubio que causaba siempre los elogios y la admiración de los huéspedes.

Ellos... ¿también estarían oyendo?

Algunos nombres y apellidos se distinguían claramente entre los gritos.

¿Se enterarían todos, que su padre “sabía” lo que ella recién empezaba a comprender en esas palabras repetidas una y otra vez, siempre que se producía una pelea?

Tantas veces las había escuchado, que su curiosidad le hizo preguntar  a las cocineras, qué significaban. No esperaba la respuesta que le dieron. Tampoco la alegró.

Sintió mucha vergüenza.

Los vecinos...el pueblo todo... ¿Pensarían “eso” de su madre?

Doña Leonor… ¿“Era”, lo que los otros decían?

Comenzó a llorar.

Lloró con un llanto quedo. Atragantado. Interrumpido por hondos suspiros que se escapaban desde el fondo de su angustia.

Encogió las rodillas para apoyar en ellas la cabeza. Llevó las manos a la entrepierna para no morderse los nudillos, blancos de apretar.

Y fue entonces que ocurrió.

Los puños juntos, frotando alternadamente contra el pubis transformaron su tristeza en una cosquilla inefable que se hizo más exquisita a medida que el ritmo crecía.

De pronto, no escuchó más los gritos. Ni ningún otro sonido que no fuera el de su propio corazón. Acelerándose. Acelerándose como si quisiera romperle el pecho, mientras oleadas de calor le envolvían el cuerpo y la cara le ardía a pesar que se sentía empapada de un sudor extraño que nunca antes había percibido.

Cuando el orgasmo se manifestó  de improviso, creyó que se moría. Pero el placer era tan grande que no intentó parar. Solo extrajo un puño, y con él se cubrió la boca, gimiendo atolondrada.

Le costó recomponerse.

Sin  comprender totalmente lo ocurrido, había encontrado un momento de paz. Una tranquilidad inusual que la mantuvo un rato sentada en el piso de tierra del galponcito.

No podía decir cuanto tiempo había pasado. Ni cuándo terminó la discusión de sus padres. Pero estaba segura de haber descubierto la forma para combatir, de aquí en más, la tristeza que ello le causaba.

Una siesta, estaba tan abstraída dándose placer, que no oyó el chancletear de su madre por la galería.

__ ¿Qué estás haciendo, puerca de mierda?_ gritó doña Leo_ ¡Eso no se toca! ¡Es para que la usen o la chupen los hombres! ¡Que no te vuelva a ver toqueteándote, porque te corto las manos!         

Esa fue su primera charla de educación sexual.

La chiquilina quedó pensativa y confusa. Pero no por eso interrumpió la práctica.

Poco a poco todo adquiría otra dimensión. No sólo sus sensaciones, a las que se entregaba con deleite cuando el aburrimiento o la angustia la desbordaban.

El mundo conocido ampliaba sus márgenes. A medida que iba modificando sus paseos y caminatas, se daba cuenta de cuánto le faltaba conocer.

El cine Splendid, frente al almacén El Suizo tenía un pequeño bar, también de su padre, donde éste había autorizado que le dieran gaseosas y golosinas cuando las solicitara. Por eso, siempre que podía y arriesgándose a un castigo, escapaba de la vigilancia materna para llegarse a saborear esas delicias. Los chiclets Adams, las masitas de Terrabusi y las Crush,  endulzaban brevemente los opacos días de su existencia.

A veces volvía por la vereda de enfrente. Porque desde el patio de la escuela indígena, los chicos le gritaban cosas que la hacían  reír y  despertaban su curiosidad.

Cruzando la calle, la tienda del turco Hallabí tenía una vidriera donde los corpiños y zapatos de taco alto, focalizaban su atención. Pegaba su carita al vidrio y quedaba como hipnotizada, deseando que los años pasaran cuanto antes.

El pueblo mismo, parecía extenderse. Los límites que conocía no eran estables ni definitivos. Eran otros. A menudo hablaba con los huéspedes. Ellos le aseguraban que viajando en cualquier dirección, menos hacia el este donde el río marcaba una frontera, había mucho para ver y disfrutar.

Pasando la estación de ferrocarril, un camino de tierra conducía a la zona de las estancias y arroceras. Y continuaba más allá, llegando hasta las poblaciones del norte de la provincia. Hacia allí iban o desde ahí venían, las personas que se hospedaban en su casa.

Después del cementerio, hacia el sur, la ruta provincial número uno llevaba a Santa Fe.

Hasta ese momento, ella pensaba que a la capital se iba únicamente en tren.

Una vez había viajado en tren con su familia. Para las fiestas de fin de año. A la casa de los tíos.

Ellos los habían invitado muchas veces. Pero ese año, sus padres aceptaron.

La experiencia del viaje le resultó maravillosa:

Preparar las valijas. Esperar en el andén, mientras su padre compraba los boletos. Las nubes de vapor que expelía la locomotora. El bullicio de la gente para encontrar asientos y acomodar los bultos en los porta equipajes, esperando el silbido largo y potente que anunciaba la partida.

Eran recuerdos imborrables. Profundamente guardados.

Le había gustado desayunar en el vagón comedor, mirando los grupos de animales pastando a lo lejos, como sumergidos en el verdor inmenso de los campos.

Aún recordaba el acompasado traqueteo sobre los durmientes. La modorra y el sueño que le había provocado. Y cómo, a pesar de intentarlo, le fue imposible contar los postes telegráficos que  pasaban velozmente ante sus ojos, sin detenerse jamás.

__ ¡Entrá la cabeza y quedate quieta!_ la reprendió entonces, su madre_ ¡Siempre andás haciendo lo que no debés!    

__ ¡Leo, para ella todo es nuevo_ terció su padre_ dejala que disfrute!

Siempre había sido así. Su madre retándola por cualquier cosa. Aún delante de terceros. Y su padre haciendo esfuerzos para protegerla de esa actitud tiránica y desconsiderada.

Pero su ángel guardián duró poco.

__Fumaba mucho…y se hacía mucha mala sangre…_ explicó el médico.

A los cuarenta y siete años, cuando la “Pelu” tenía  ocho y cuando más lo necesitaba, su padre murió.

Se sintió aturdida. Sola. Desprotegida. Prisionera de los mandatos que su madre le haría cumplir.

Durante muchas noches, luego del velatorio, lloró la pérdida a su manera. En un duelo íntimo y personal. Legítimo. Interminable.

Su madre vendió el Bar Plaza al mejor postor. Y también el que estaba en el hall del cine.

A partir de entonces, y con muchos morlacos en el Banco Provincial, doña Leo tuvo cancha libre para hacer de las suyas.  

En todos los sentidos.

La “Pelu” creció rápido.

El cuerpo delgado y armónico, que hasta poco tiempo atrás hubiera podido confundirse con el de un muchachito, modificó su estructura, hasta que los senos se hicieron evidentes y tuvo la primera menstruación.

Entonces, esa mujer en ciernes, sintió que la invadían pensamientos inquietantes y contradictorios.

¿Le crecerían un poco más las tetitas? ¿Podría usar corpiño?

¿Por qué perdía sangre por abajo? ¿Estaba enferma?

Ella no había tenido fiebre ni vómitos. Ni dolor alguno.

Sólo la sangre, que apareció una noche de repente y le ensució la bombacha.

Pero nadie le explicó nada.

__ ¡Ahora sí tenés que cuidarte!_ advirtió su madre.

__ ¿De qué?

__ De los hombres. Son todos unos hijos de puta.

__ ¿Todos?

__ Todos.

__ Papá no era así…era un hombre bueno…

__ ¡Eso decís vos, porque siempre te estaba defendiendo!

__ No. No es por eso… Todos dicen que era un hombre bueno… ¡Demasiado bueno, dicen todos!

__ ¡Y yo te digo que no! ¡Además, los hombres tienen el veneno en la cabeza!

__ ¿Qué veneno?

__ Sos muy chica para preguntar tanto. Ya te vas a enterar cuando sea el momento. Mientras tanto_ sentenció, apuntándola con el dedo_ andá sabiendo que todos los meses vas a andar cuatro o cinco días con bandera de  remate. ¡Acordate de tener algodón a mano para no manchar de nuevo las bombachas! ¡Y si te duele, tomate un Evanol!

Esa fue la segunda vez que doña Leo habló de sexo con su hija.

Fue más de lo que su propia madre había hecho con ella.

Tampoco era cuestión de no decirle nada, y dejar que le pasara algo, ahora que se había desarrollado. Después de todo, entre mujeres había que hablar de ciertos temas.

Hubo cosas que la “Pelu” no entendió. Pero no la preocuparon.

Ya encontraría a alguien que le explicara lo que necesitaba saber.

Julio Arriaga era un conocido viajante de Santa Fe. Antiguo huésped de la casa.

Una vez al mes iba hacia el norte con la maleta llena de muestrarios de las firmas que representaba. Luego de visitar los comercios que integraban su frondosa cartera de clientes, volvía a la capital.

A la ida y al regreso, descansaba un par de días en lo de doña Leo. Revisaba las cuentas, acomodaba las facturas y si la gira había resultado beneficiosa, como para festejar, le gustaba cenar con colegas o disfrutar algunos vicios.

Era buen mozo, fuerte, simpático y mujeriego. Doña Leo podía dar fe.

El a su vez, podía recordar con lujo de detalles, la desbocada lujuria de esa cuarentona promiscua. Guardaba jugosas anécdotas de cada noche pasada en su compañía, donde por unos mangos extras, se podía obtener cualquier servicio. Desde hacía años, cuando su marido aún vivía.

Pero la discreción y el negocio obligaban a un pacto de silencio que  ninguno de los dos transgredía. Frente a los otros se trataban con respeto y cordialidad. De esa manera, la rueda de la impunidad seguía girando.

Con excelentes y gratificantes resultados.

Arriaga había visto crecer a la “Pelu”. Año tras año.

Había alimentado su deseo, postergándolo en el tiempo. Regándolo con abundante vino, e igual dosis de paciencia.

Hasta que creyó el momento justo.

Esa mocosa estaba más linda y apetitosa que su madre.

Era un durazno a punto, de piel suave y aterciopelada. Un cuerpo de mujercita que ya incitaba a los mordiscos voraces y a los besos. Algo que había que disfrutar, gozosamente, antes que alguien se adelantara.

En los últimos viajes había intentado algunos acercamientos. Cuidando que no hubiera testigos, le había regalado alguna que otra chuchería. Baratijas que extrajo de los tantos muestrarios que llevaba consigo.

Pero para la chiquilina fueron pequeños tesoros que guardó ocultos, para que su madre no los descubriera.

Nadie, desde la muerte de su padre, le había obsequiado nada.

Cuando ella se lo comentó, Arriaga le pidió que guardara el secreto. Había empezado a bosquejar un plan, para el cual tenía que cuidar todos los detalles.   

Hasta ahora la “Pelu” había cumplido. Nunca había compartido un secreto con alguien que no fuera su padre.

¡No sería ella, precisamente, quien denunciara a ese señor tan bueno, que le hacía  regalos y le brindaba más atenciones que nadie!

A la “Pelu” le gustaba que alguien la tuviera en cuenta. Cada vez que iba a la pieza para llevarle el desayuno o la merienda, sentía un hormigueo extraño en el estómago.

El hombre era amable, considerado, y siempre tenía una sonrisa a flor de labios. Además de los regalos, le dedicaba tiempo. Un tiempo que para ella era precioso, porque podía informarse de todas las cosas que ignoraba y aquellas por las que sentía profunda curiosidad.

Siempre le había interesado saber cómo se vivía en otros lugares.

Había temas que desconocía y de los que nunca había hablado. Le daba vergüenza preguntar. Pero a medida que conversaban y lo iba conociendo, se daba cuenta que con él sí podía hacerlo.

Arriaga le contó cómo se vivía en la capital. Que había clubes, pizzerías y negocios inmensos cuyas entradas estaban iluminadas con carteles de neón. Que las personas viajaban de un lugar a otro, en tranvías o colectivos urbanos.

Que había heladerías, parques con lagos artificiales y muchos cines que daban funciones en continuado todos los días.

__ ¿Qué es un continuado?

__En la ciudad, los cines abren después del mediodía. Dan dos o tres películas, que se repiten hasta medianoche. Podés verlas todas las veces que quieras.

__ ¿Por el mismo precio?

__ Sí.

__ ¡Cómo me gustaría vivir allá!

Arriaga no se sorprendió. Era una típica adolescente pueblera. Inexperta y curiosa.

Sobre todo en cosas de la vida.

Pero esa ignorancia le venía bien. Estaba seguro que si se mostraba confiable y dispuesto a aclarar sus dudas, avanzaría provechosamente en el camino que se había propuesto recorrer.

A partir de entonces, el viajante utilizó la astucia de un estratega.

En cada viaje cumplía con la premisa de acercarse a la “Pelu” cada vez más. El objetivo era ganarse su confianza. Y cada etapa la desarrollaba con rigor y exactitud. Premeditadamente.  

Conocía que la relación entre madre e hija no era buena. Doña Leo tenía una sola preocupación: Que los huéspedes estuvieran “bien atendidos”.

El lo sabía de sobra.

A esa mujer, todo aquello que no formara parte de sus intereses económicos era algo que le pasaba lejos. Sin rozarla. El resto del mundo no le importaba. Ni le dedicaba mayor atención. Y a su hija, menos.

El le brindaría eso. Toda la atención que fuera necesaria.

Arriaga tenía la certeza que a corto plazo, la “Pelu” caería víctima de ese circuito de prostitución encubierta que su madre había iniciado. Con el proxenetismo de doña Leo, el descenso al infierno de la promiscuidad y el vicio era un viaje seguro y sin retorno.

No había mucho tiempo por delante. Por eso, se propuso dar los pasos apropiados. Medidos. Cautelosos. Pero sin demoras innecesarias

Como el ensayo de una coreografía cuyo debut estaba próximo.

Aguardándolo.

__ ¡Aprovechá bien este fin de semana, porque el lunes se te acaba la joda!

__ ¿Y yo qué hice, ahora?_ protestó la “Pelu”.   

__ Nada… ¡Como siempre!

__ ¿Y entonces?

__ Lo que te estoy diciendo es que vas a tener que poner el lomo. Nada de “ayudarme”, únicamente cuando falta alguna de las mucamas. Ahora ya sos una mujer. Así que vas a tener que ganarte lo que comés.

__ ¿Cómo?

__ ¡Con la concha, si fuera necesario! ¡O pensás vivir como una princesa como quería tu padre!

Doña Leo estaba furiosa.

Una perdigonada de emociones contradictorias le atravesaba el pecho, desde hacía meses. Insidiosamente. Sin darle tregua.

Sentía que los años se le venían encima. Como una marejada. Con las canas, las arrugas y los achaques que el tiempo acarrea inexorablemente.

Por eso, en cierta medida le satisfacía que su hija creciera sana y saludable. De esa forma podía trabajar. Igual que ella. En lo que fuese.

Además, un par de brazos más no le vendrían mal para aliviar las tareas de la casa. Sobre todo si eran gratis.

Las habitaciones de los huéspedes eran muchas, grandes y estaban siempre ocupadas. Y el médico ya le había dicho que ese dolor en el pecho y la falta de aire que a veces la obligaban a parar lo que estaba haciendo, no se debían únicamente a tanto fumar.

__ Espero que no quiera terminar como su marido, Leo. ¡Cuídese! Usted tiene una hija que merece lo mejor.

__ ¡Yo no creo que esa malcriada se merezca algo! Pero… si usted lo dice…habrá que ir dejando el pucho…

__ Y lo demás…Leo… ¡También lo demás! ¡Hágame caso! La “Pelu” está creciendo y poco a poco se puede ir haciendo cargo del trabajo.

__“¿De qué trabajo? ”_ pensó doña Leo.

Pero no lo tradujo en palabras. Y nunca supo si el doctor adivinó sus pensamientos.

Hacía tiempo que la mujer venía notando cómo los hombres miraban a su hija. Primero los ojos se achicaban. Luego enrojecían. Y terminaban poniéndose vidriosos, al paso de la “Pelu”.

¡Lo único que faltaba! ¡Que su propia hija le hiciera competencia!

__ ¡Señor! ¡Señor, paramos media hora!

Arriaga abrió los ojos con dificultad. Sentía gusto a tierra en la boca. Lo último que recordaba era el resplandor del camino y el polvo filtrándose cada vez que el ómnibus se detenía. Miró el reloj y comprobó que había dormido dos horas.

__ ¡Gracias!_ dijo al morocho que lo había despertado_ Si no fuera por usted, sigo de largo.

__ ¿Usted se queda acá?_ preguntó el otro, con ganas de seguir hablando.

__Un par de días, no más. Arreglo unos asuntos pendientes y sigo a la capital_ respondió el viajante, desperezándose.

__ Yo voy para allá ahora, chamigo. Dicen que es linda la ciudad. Que hay trabajo de sobra. Si es cierto, prontito le escribo a mi güaina para que se venga con el cunumí. Ahora me bajo “a echar un orín”.

Arriaga sonrió mientras tomaba la maleta de mano. Su interlocutor era de alguna zona rural. Un correntino, seguro. Todos los que había conocido hablaban así:

Insertaban vocablos guaraníes y las elles resaltaban en medio de un acento inconfundible.   

__ ¡Que tenga buen viaje!_ dijo, mientras el otro extendía una mano fuerte y callosa que Arriaga estrechó sin empacho al despedirse.

Desde el Hotel Internacional, que era donde paraba el ómnibus, hasta el hospedaje de doña Leo, había cinco cuadras.

Arriaga las caminó despacio, disfrutando el hecho de estirar las piernas después de estar varias horas sentado.

La gira por el norte le había ido bien. Las facturas eran suculentas y salvo la incomodidad del colectivo y la monotonía de un viaje que conocía de memoria, podía sentirse más que satisfecho.

El fresco del atardecer y las estrellas que empezaban a asomar tímidamente en el cielo despejado, anunciaban una hermosa noche de abril.

Pensó en las horas venideras. En la amplia habitación con la cama recién tendida. Imaginó a la “Pelu” esperándolo. Con sus preguntas, sus ojitos curiosos y sus ganas de dar y recibir cariño.

Se reconocía un solterón empedernido. Con mujeres siempre disponibles en cada localidad que visitaba. Sin comprometerse con nadie, las había conocido de toda apariencia y color. Podía contabilizar los kilómetros de catreras transitadas. Pero en los años que llevaba viajando, nunca se había entusiasmado tanto como con esa pendeja.

Hizo un balance mental de todo lo que había avanzado y obtenido de ella hasta el momento.

Y su ánimo se colmó de expectativas.

La “Pelu” estaba recién bañada.

El cabello lacio y rubio, formaba un gracioso flequillo que no alcanzaba a opacar el fulgor de sus ojos almendrados. A los costados, caía hasta los hombros formando una cascada ondulante como trigo al sol.

Una blusa blanca sin mangas insinuaba sus senos de adolescente. Y el vello suave y dorado de los antebrazos, daba a su piel esa apariencia de durazno maduro que invitaba a tiernos bocados y lamidas voluptuosas.

Estaba colocándose unos aritos que  le había regalado Arriaga, cuando oyó nítido y sonoro, el inconfundible taconear del hombre en el zaguán, y el clásico saludo:

__ ¡Buenas y santas…! ¿Dónde está la gente en ésta casa?

Una ola súbita de rubor le inundó la cara.

El recuerdo de los momentos que había vivido con el viajante durante su última estadía, le invadió el pecho provocando una sensación conocida, pero no por eso menos perturbadora.

Arriaga había trabajado bien. Con la dedicación de quien sabe lo que hace, cuando se trata de seducir a una chiquilina simple y carente de afectos como la hija de doña Leo. A su edad y con su experiencia, conocía todos los trucos necesarios para hacerla caer en la trampa.

Primero fueron las explicaciones y las anécdotas. Luego, los regalos secretos. Después el beso cariñoso de despedida.

Las mejillas de la chica ardieron ante cada contacto y a partir de allí, el hombre supo que estaba ganando terreno rápidamente.

En su último viaje, avanzó más que nunca. Apeló a un recurso vulgar, que nunca había usado antes. Pero le dio resultado.

Sabiendo que la “Pelu” iría a arreglar la pieza, había dejado como al descuido una revista pornográfica abierta sobre la cama. Fue una prueba piloto. Para chequear sus reacciones.

La muchacha había quedado con la vista clavada en las imágenes.

El, “comprensivamente” la abrazó con ternura, la besó muy cerca de la boca y le dijo que, cuando se quieren mucho, las personas hacen esas cosas.

__ ¡Como vos y yo…por ejemplo! Si no se lo contás a nadie, en el próximo viaje te explico mejor.

Eso había sido todo.

Pero desde entonces, esas fotos rondaron la mente de la “Pelu” como una noria. En forma insistente, agitaron sus sueños.  Provocándole tanta ansiedad, que cedió a la tentación compulsiva de disfrutar a diario aquel juego íntimo  aprendido en su niñez.  

__ ¡“Pelu”! Yo voy  hasta el correo. ¡Andá a atender al señor Arriaga! ¡Llevale toallas limpias y cualquier otra cosa que necesite!

Doña Leo no tuvo necesidad de repetir la orden.

Porque la chica ya estaba en camino.

Con las mejillas ardiendo y un tambor batiéndole el pecho.

La “Pelu” golpeó la puerta y sin esperar, entró asomando la cabeza.

__ ¡Don Julio!

Los ojitos almendrados recorrieron ansiosamente la habitación.

__ ¡Don Julio!_ reiteró, avanzando unos pasos.

De pronto, la puerta se cerró detrás de ella, y giró sorprendida, dejando caer las toallas.

El hombre estaba contra la pared. Recién había salido del baño y tenía el cabello mojado y revuelto mientras el agua, escurriéndose lentamente por el cuerpo bronceado, formaba un pequeño charco a sus pies.

La “Pelu” lo miró de arriba abajo. Nunca había visto a un hombre desnudo. Pero no le resultó desagradable.

Las imágenes que un mes atrás grabó en sus retinas y que tanto la inquietaron, se fundían ahora una con otra, conformando esa realidad viva y palpitante.

Una atracción fuerte y misteriosa, desconocida e inevitable, la mantuvo con la vista fija en los genitales.

__ Vení…_dijo suavemente Arriaga.

La “Pelu” no se movió. Una tempestad  incontrolable nació en su pelvis y ascendió a las sienes, con ritmo acelerado y pulsátil. La cara le ardía y sintió húmeda la entrepierna.

Arriaga sonrió y extendió el brazo derecho con la palma de la mano hacia arriba, como invitándola.

Eso fue suficiente.

Ella también extendió la mano. Y se aferró a la de él.

De pronto, ese brazo se transformó en un puente que posibilitó cruzar el  abismo. Todos los abismos. Sus dudas y temores desaparecieron, montadas en un mágico carrusel que las llevó lejos. Tan lejos como para que nunca más volvieran a angustiarla.

Casi sin darse cuenta se encontró abrazada a ese cuerpo fibroso que la cobijaba con ternura, mientras sentía la ropa mojada por el contacto y oía  susurrar:

__ ¡Tranquila…no tengas miedo…no te voy a hacer mal! Aflojate, que  voy a enseñarte lo que prometí.

__ Pero…_ musitó ella con la carita escondida en el cuello del hombre.

Arriaga le acarició la cabeza suavemente. Luego tomó una de las manos que se habían posado en sus hombros, y en un recorrido lento y acariciante la llevó hacia su sexo que ya estaba en erección.

La muchacha abrió los ojos. Sólo un instante. Porque Arriaga se apoderó de su boca y el beso fue tan intenso que los ojitos almendrados volvieron a cerrarse y la “Pelu” se hundió en una inmensidad dulce y profunda, de la que no quiso emerger.

Y donde ya no tuvo plena conciencia de lo que pasaba.

Mayo había sido muy crudo.

Heladas precoces, despedían a un otoño que se alejaba compadreando.

Los chicos iban a la escuela, con las narices llenas de mocos y las orejas machucadas por los sabañones producidos por el frío de la mañana.

Sin embargo, la “Pelu” disfrutaba jugando y sintiendo crujir bajo sus pies, la escarcha acumulada en el pasto y los charcos de la vereda.

Aunque después sufriera las consecuencias.

Su cuerpo siempre reaccionó al frío con espasmos bronquiales, fiebre, o las clásicas placas en la garganta, que tanto le dolían al tragar.

Los médicos del pueblo tenían sus consultorios a igual distancia de su casa. Dos cuadras apenas. Uno frente a la plaza. El otro a pocos metros de El Suizo.

Pero uno era el médico de la familia, y la había ayudado a nacer. Conocía todas sus dolencias. Y ella siempre acató sus indicaciones. Cataplasmas, vahos, sellos de sulfa preparados en la farmacia El Águila y friegas con Vic Vaporub, formaron parte del arsenal terapéutico con que la había tratado.  

Un tiempo atrás, cuando estuvo enferma, sumó a su experiencia algunas inyecciones. El doctor le explicó que las hacían con un hongo que alguien descubrió por casualidad y que su efecto había sido probado durante la guerra.

 Todo eso no le importaba. El polvo que venía en el frasquito, se transformaba en  una leche espesa cuando le agregaban líquido. Y ardía como fuego cuando se la inyectaban. Eran muy dolorosas y le dejaban la nalga y la pierna entumecidas.

Pero ahora, sentía algo distinto.

Hacía dos semanas que estaba muy molesta. Era una sensación fea, que le llenaba la boca de saliva y a la que no le encontraba explicación, ni sabía como aliviar.  

__ ¿Se puede saber qué te pasa a vos, que andás a las boqueadas como pato atragantado con tripa?

__ No se. Tengo asco…

__ ¡No habrás comido alguna fruta verde! ¿No?

__ ¡No! Tengo arcadas hace como quince días…

__ ¿Vomitaste?

 __ ¡No puedo! Tengo ganas…pero no puedo…

Doña Leo frunció el ceño. Una sospecha se instaló en su mente.

__ ¿Con quién te anduviste revolcando, puerca de mierda?

__ No creo que te importe.

El sopapo le hizo sangrar la boca. Pero no emitió sonido y enfrentó a doña Leo con los ojos cargados de lágrimas.

__ ¡Soy tu madre, carajo, y tengo derecho a saber!

__ ¡Y yo no te lo voy a decir! ¡Vos dijiste que ya soy una mujer y puedo ganarme la vida! ¿Lo dijiste o no?

__ ¡Sí! ¡Pero no dije que te hagas llenar la cocina de humo!

__  La forma como lo hicimos no es para quedar preñada.

__ ¿Ah no? ¿Y cómo lo hicieron?

__ La cabeza nada más. Me puso sólo la cabeza…para no hacerme doler.

Doña Leo se puso roja. Pestañeaba repetidamente y le temblaba la barbilla. Parecía a punto de estallar. Y cuando pudo hablar, lo hizo a los gritos.

__ ¡No te dije, grandísima puta, que ahí, en la cabeza, estaba el veneno! ¡El resto es para que vaya y venga...nada más!

Esa fue la tercera vez que doña Leo hablo de temas sexuales con su hija.

Pero al ver los ojos llorosos y la carita compungida, donde el bofetón había dejado su marca, tuvo la presunción que no lo había hecho del todo bien. 

Y luego la certeza, de haber llegado tarde.

Demasiado tarde.

* Carlos Soto Payva

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