|
Estaba
nadando en la piscina del club. El sol fuerte del mediodía
rebotaba en el agua que estaba fresca, celeste y transparente,
lo que me permitía ver el fondo. Afuera la temperatura superaba
los 35 grados.
Nadar con soltura permite pensar.
Se automatizan los movimientos y la respiración cada 4 brazadas
obliga a aspirar profundamente, retener y expirar con fuerza.
Quizás esta respiración estimula la mente.
Al principio sólo disfrutaba el
deslizarme hacia delante, el estirar al máximo los brazos,
flotar casi en la superficie y visualizar el nivel del agua,
una línea en movimiento que divide el “mundo de afuera”
y el que está en la profundidad.
Pensaba entre brazada y brazada,
avanzando, respirando, y de vez en cuando nadando debajo del
agua, rozando con pecho el piso de la piscina, reteniendo
el aire y mirando el agua celeste transparente.
Leí hace tiempo que los especialistas
en etología habían descubierto que muchas especies tenían
conductas con el sólo propósito de probar sus habilidades.
Por ejemplo los grajos de la costa oeste de California, se
tiraban volando en picada hacia abajo para probar sus alas
en el aire. Y también los osos Panda de China, que se deslizaban
en tobogán en colinas cubiertas de nieve, para probar su habilidad.
Ninguna de estas conductas se explicaba como búsqueda de alimento,
ni acercamiento sexual, ni de defensa o ataque.
Al hombre también le gusta probar
sus habilidades. El arte en todas sus manifestaciones desde
la aparición de nuestra especie quizás sea una manifestación
de este placer. Si no fuera así, para qué un homo sapiens
hace 70.000 años labraba el mango de un cuchillo o se pintaba
la cara. También preferimos caminar por suelos blandos donde
dejamos nuestras huellas. ¿Quién no lo hizo en la arena?
Entre brazada y brazada pensé
en el desarrollo de la autoestima, la valorización de la imagen
de nosotros mismos y la relación con el desarrollo de habilidades.
Pero “mi delirium acuosus” siguió mas allá: ¿por
qué mi vida, y la de los que disfrutan de nadar, no podía
ser “cómo en el agua”, flotando sin angustia,
avanzando con facilidad, con la “blandura” del
agua cuando la atravesamos con los brazos y piernas, con los
movimientos libres de crítica que hacemos cuando nos sumergimos,
con la visión a veces de horizontes infinitos?
En el camino, me había cruzado
con perros, una vaca, un caballo y varias palomas. Desde el
delirio sumergido pensé: estaban todos desnudos, sin corpiños
ni pantaloncitos que cubrieran las partes de su cuerpo vinculadas
a la sexualidad. Pensé que aunque casi siempre nadamos con
prendas que cubren nuestro sexo, nos permitimos estar mucho
más descubiertos que en la vida cotidiana y eso también es
un placer.
¿Tendrá todo esto que ver con
la libertad?
El agua fue nuestro primer medio
ambiente dentro de la placenta. Casi todos hemos vivido alrededor
de nueve meses en el agua, respirando en ella, flotando, alimentándonos
automáticamente a través del cordón umbilical y con toda la
protección del vientre materno. Quizás este fue el primer
placer vinculado con el agua.
En los últimos largos en la piscina
completé mis metáforas. Quisiera vivir así, deslizándome hacia
adelante en un medio blando, estirarme sin miedo a chocar
con nadie, poder sumergirme a bucear en mis profundidades
cuando quiera y salir a la superficie, ver con transparencia
el futuro, flotar sin miedo de hundirme, respirar de una forma
adecuada a las necesidades de mi cuerpo.
Y mientras hago todo esto, pude
pensar en un mundo justo y feliz para todos, dónde pudiéramos
vivir como en el agua.
*Lic. Jorge Miguel Brusca
Psicólogo
Bs. As., Argentina
volver |