Anorgasmia (Parte II)
 

por el Lic. en Psicología, Andrés Moltedo Perfetti

CuntflowersCausas

“El origen de los problemas orgásmicos de las mujeres no está tan bien comprendido como la mayoría de otras disfunciones sexuales”.
Para Juan Carlos Kusnetzoff, las causas más frecuentes de anorgasmia son: "1) un conflicto conyugal no del todo resuelto cuyos sedimentos reaparecen solapadamente en el instante de la entrega total; 2) una falla orgásmica accidental debida a cansancio, preocupaciones, desconcentración u otra causa inmediata, que instala una duda sobre la propia capacidad sexual e inhibe el desempeño ulterior; 3) la ingestión de medicamentos inhibitorios, en particular psicofármacos; 4) un estado,  advertido o no, de depresión, estrés o problemas orgánicos”. Las causas de la anorgasmia se pueden dividir en factores biológicos u orgánicos por un lado, y factores psicosociales, por otro (en donde se incluirían factores del desarrollo, personales e interpersonales).

Factores orgánico-biológicos:

Para Masters, Johnson y Kolodny, la disfunción orgásmica se encuentra relacionada con factores orgánicos “en menos del 5% de los casos”, cifra que concuerda con los datos obtenidos por el CUAS. De acuerdo a la mayoría de los autores, esta porción de casos de anorgasmia se asociaría con trastornos circulatorios de la región pélvica y las condiciones que afectan los nervios de la misma (como la esclerosis múltiple, los tumores o traumas de la médula espinal, o la neuropatía diabética); sin embargo estos problemas no son muy frecuentes. Los factores ginecológicos que pueden conducir a disfunciones orgásmicas serían las anomalías anatómicas de la vagina, del útero o de las estructuras de soporte de la pelvis, así como también la vaginitis recurrente grave. Los trastornos endocrinos más comunes que causan dificultades orgásmicas son la diabetes y la deficiencia de estrógenos (carencia hormonal). Otras causas orgánicas incluyen las enfermedades graves crónicas, el alcoholismo, la adicción a narcóticos, además de muchas otras substancias o drogas empleadas en el tratamiento de la hipertensión y la depresión que pueden interferir en la respuesta sexual normal femenina. También se incluyen las infecciones, traumatismos o desgarros de origen quirúrgico. Sin embargo, para la American Psychiatric Association, “enfermedades  crónicas como la diabetes o el cáncer pélvico suelen alterar fundamentalmente la fase de excitación sexual, pero mantienen intacta la capacidad para experimentar orgasmo”.[1]

De acuerdo a algunos investigadores, pareciera haber quedado establecido que en la mayoría de las mujeres el fortalecimiento de los músculos pubococcígeos aumenta la capacidad y la intensidad de los orgasmos. Sin embargo, y a pesar de las investigaciones de Kegel y sus partidarios, según Heiman y LoPiccolo el asunto no es sencillo ya que “diversos estudios han demostrado que no todas las mujeres que no alcanzan el orgasmo tienen debilitados estos músculos”[2]. En conclusión, las causas orgánicas o biológicas se reflejan en una porción muy pequeña de casos e, incluso, se ha llegado a dudar que dichos factores jueguen un papel gravitante en la imposibilidad orgásmica, si bien su influencia es más clara en trastornos de la excitación.

Factores psicosociales

“Los problemas emocionales, psicológicos, tienen una doble vía, como si fueran dos caras de una misma moneda. Por una parte, tienen estrecha relación con los vínculos, con las relaciones interpersonales establecidas durante mucho tiempo con nuestros familiares más cercanos y que se manifiestan claramente en las relaciones cotidianas con los compañeros, los maridos, los hijos”[3]. Una relación deficiente con los padres, una familia que traspasa a sus hijos una actitud negativa ante el sexo, falta de información, condiciones negativas culturales, una experiencia sexual traumática durante la infancia o adolescencia, una identidad sexual en conflicto, factores interpersonales, falta de concentración y angustia pueden predisponer al individuo para que, al alcanzar la madurez sexual y ser sexualmente activo, presente uno o más tipos de trastorno sexual.

El orgasmo puede ser inhibido por haber adquirido un significado simbólico, o porque su intensidad aterra a la mujer. “La ambivalencia de la paciente respecto a su compromiso de cara a la relación conyugal, el temor a ser abandonada, el temor a afirmar su independencia, el sentimiento de culpabilidad sexual y la hostilidad hacia su compañero pueden también jugar  un papel en la formación de ese hipercontrol involuntario del reflejo orgásmico que, en último término, produce una disfunción orgásmica”[4].

Reibstein y Richards afirman que a pesar de la importancia de las madres en el cuidado de los niños, no se ha demostrado que la calidad de la relación de una hija con su madre afecte su desarrollo sexual. Por el contrario, el papel del padre está demostrado que es fundamental en este aspecto: “las mujeres que manifiestan haber tenido una magra relación con sus padres, o cuya relación se vio interrumpida durante la infancia porque el padre se ausentaba durante largos períodos a causa del trabajo o de un divorcio, son las más proclives a tener dificultades para alcanzar orgasmos”[5]. Sin embargo, las hijas que tienen recuerdos felices del padre durante la infancia se sienten más cómodas y menos ansiosas frente a los hombres que aquellas cuyas relaciones tempranas fueron tensas o se vieron interrumpidas. Por lo tanto, concluyen que una buena relación con el padre, contribuye al desarrollo de la sexualidad de la hija, y que en general una buena relación durante la niñez puede ayudar a construir la autoestima y la confianza que necesita para estar bien consigo misma y con su cuerpo.

Estos mismos autores afirman que la atmósfera general del hogar durante la  niñez también parece jugar un papel importante: “las mujeres que informan que sus padres tuvieron un buen matrimonio y que el sexo no era un tema tabú en las conversaciones familiares, tienen más posibilidades de establecer buenas relaciones sexuales”[6] Por el contrario, también se han reportado casos en que la atmósfera reinante ha afectado negativamente la capacidad orgásmica. Una parte importante de mujeres anorgásmicas “ha percibido sus objetos masculinos sexuales, en particular el padre, como ausentes o inconstantes; también tenían más recuerdos infantiles con ideas de separación y pérdida que las mujeres que alcanzan el orgasmo con facilidad”[7]. Es indudable la importancia de la figura paterna en estos casos. No sólo la ausencia o lejanía del padre debe considerarse. El rol que éste ocupa en el hogar y la forma de relacionarse con la hija juegan un papel relevante.  Un padre dominante “puede inhibir el orgasmo femenino inculcando remordimientos de fuerza considerable”[8]. Estos padres influyen con su imagen de protectores, prohiben la actividad sexual a sus hijas, les advierten los males que de ella derivan, insisten a sus hijas que vistan con recato y procuran ahuyentar a todos los jóvenes que muestran el menor indicio de interés erótico en ellas. “Al condenar la ‘obscenidad’, demuestran un interés excesivo por lo mismo que están tratando de superar. Prestar tanta atención al cuerpo de su hija equivale a estar obsesionado por la conciencia del mismo”.[9] Cuando estas mujeres logran tener una relación de pareja, no pueden desechar la vigilancia y censura del padre, lo cual les dificulta alcanzar el orgasmo.

En desacuerdo con Reibstein y Richards, Offit sostiene que “la presencia de la madre puede perpetuarse en la alcoba cuando hace ya mucho tiempo que se ha alejado de la mente de la mayoría de las hijas. Para encarnar el complejo de Edipo, o, como prefiero llamarlo, el complejo de Venus, por inducción materna, puede representar un papel con innumerables variaciones”[10]. La primera de dichas variaciones consiste en la madre que no disfrutó ni obtuvo placer con su sexualidad y se entregó a ésta en cumplimiento de un deber, como sacrificio, con un hombre débil de carácter. La imagen de dicha madre perseguirá a la hija como diciéndole “yo fracasé y tu también debes fracasar”[11],  “me utilizó y me arrojó como un pañuelo desechable. No seas el pañuelo de ningún hombre”[12], o, “guárdate de los hombres, nadie lo hará por ti. Pide ayuda a Dios”[13]. Otra variación es la de aquellas madres que conocieron a un hombre o a muchos, y que consideran que su experiencia es insuperable para la hija, “su hija no debe tener más que ella ni hacerlo mejor. Haga lo que haga, nunca llegará a su grado de perfección. Así como Venus desterró a su hija Psique a una montaña solitaria porque esta se estaba haciendo muy bella e iba a conquistar el amor de Cupido, la madre agresivamente sexual intimida a su hija de igual forma”[14]. La causa general de los casos de frigidez, con sus diversos grados de intensidad, se encuentra en una educación de la niña en la cual se instala  un vínculo asociativo entre las ideas de sexualidad y de peligro. Así, cuando es adulta no puede disociar ambos conceptos y ve la sexualidad como peligrosa, por lo cual le cuesta vivirla plenamente sin temores. No sorprende que la mujer tenga poco desarrollados sus aspectos libidinales e inhibida su capacidad de placer sexual, pues frecuentemente se ejerce sobre ella no una educación normativa tendiente a prepararla para su desarrollo sexual, su función de madre e integrarla adecuadamente a la pareja matrimonial, sino que, por lo contrario, desde muy niña sufre el peso de los tabúes que tanto el hombre como ella misma tienen acerca de la función sexual. Por lo común se la mantiene, durante el mayor tiempo posible, en la ignorancia acerca de sus funciones fisiológicas y, finalmente, cuando se le permite adquirir un conocimiento acerca de la  sexualidad, se le hace vivir que, en su condición de mujer, esos aspectos son vergonzosos, peligrosos, degradantes; que debe ocultarlos lo más profundamente posible, pues ninguna mujer “decente” tiene semejantes deseos, pues conducen a una conducta reprobada por la sociedad. De este modo, se hipertrofian fantasías preexistentes y se afianzan conductas ambivalentes que no pueden integrarse.

De acuerdo con Masters, Johnson y Kolodny, en muchos casos de mujeres que nunca han tenido orgasmos (anorgasmia primaria) parece haber implicada una educación religiosa severamente negativa respecto del sexo. De acuerdo a los datos obtenidos por los autores, resalta el hecho de que un alto porcentaje (no especificado) de las mujeres que sufren de anorgasmia o disfunción orgásmica primaria fueron educadas con la idea de que la sexualidad y el sexo son cosas esencial e inherentemente malas y pecaminosas, sus genitales son a su vez algo sucio, y la masturbación es maligna, perversa y acarrea peligrosas consecuencias. Para los autores, este tipo de educación negativa respecto del sexo no se encuentra únicamente circunscrita o limitada a familias religiosas. No establecen una relación causal inevitable entre este tipo de educación con disfunciones sexuales, conflictos, o culpabilidad sexual en la vida adulta. No hay forma, dicen los autores, de establecer el  porcentaje (que suponen alto) de mujeres que habiendo sido educadas en familias con esta visión negativa del sexo, han llevado una vida sexual plena y satisfactoria en la vida adulta. “Aunque la educación negativa respecto al sexo no predestina a los problemas sexuales de la edad adulta, tampoco facilita las cosas”[15].

Los casos de experiencias sexuales traumáticas, tanto físicas como psicológicas, se encuentran con frecuencia en los antecedentes de las personas que padecen algún tipo de trastorno en esta área. Este tipo de experiencia traumática puede provocar miedo al enfrentarse a una interrelación sexual, en otros casos puede que la mujer reaccione evitando cualquier tipo de contacto íntimo o desencadenar un sentimiento de culpa posterior a un acercamiento sexual.

Según Reibstein y Richards, es importante para alcanzar una plena satisfacción sexual en la mujer la cantidad de experiencias sexuales positivas que han tenido con o sin compañero. “Las mujeres que tuvieron una o más relaciones sexuales satisfactorias antes del matrimonio, y en particular aquellas que comenzaron a masturbarse antes o en las primeras etapas del matrimonio, pueden experimentar orgasmos regulares con su esposo”[16]. Esto sugiere que las mujeres necesitan experiencias positivas para aprender a tener orgasmos regulares. Necesitan oportunidades para aprender a ser sexuales.

Según Kusnetzoff, al igual que en otros aspectos de la sexualidad femenina, la desinformación, las creencias erróneas, los prejuicios religiosos, escolares y familiares, han hecho estragos en la capacidad orgásmica de la mujer. “Hoy sabemos que no hay ninguna razón para que una mujer que enfrenta sin problemas las dos primeras etapas de la Respuesta Sexual no pueda obtener uno o más orgasmos durante una relación. El primer fantasma que la mujer debe ahuyentar es el temor a ser tildada de ‘frígida’; ello la lleva a poner toda su voluntad en alcanzar el orgasmo, con lo cual se impide a sí misma el indispensable abandono a las sensaciones gozosas, o bien a simular el clímax para satisfacer a su compañero y evitar el supuesto ridículo. Cualquiera de estas dos actitudes la dejarán frustrada e insatisfecha, e iniciarán un círculo vicioso muy difícil de romper”[17].

Afirma que muchas mujeres se sienten presionadas y fingen tener orgasmo. “Algunas piensan -porque lo han oído alguna vez, o han sido educadas así- que los varones abandonan a las compañeras que no alcanzan el orgasmo, o por lo menos las agreden o humillan”[18]. Para este autor, son dos los factores que siguen liderando la lista de las causas de este problema: la ignorancia y la culpa o vergüenza. De más está decir que ambos factores tienen en común el origen: la educación recibida, la cultura donde esta educación se dio, el medio y el conjunto de creencias que pululaban en él. Existen miedos de carácter personal que pueden bloquear la respuesta sexual. Entre éstos se encuentran: miedo al embarazo, a contraer una enfermedad venérea, miedo a que la excitación sea tal que se pierda el control, miedo a que la relación sexual resulte dolorosa, miedo a la intimidad o incluso miedo al éxito.

Son muchas las parejas que presentan alguna molestia o irregularidad de tipo sexual. Gran porcentaje de adultos solteros encuentra dificultades en el momento de encontrar una pareja “compatible” en el ámbito sexual. Se quejan de que sus experiencias sexuales les producen más agobio que placer y que en ocasiones su respuesta sexual sufre inhibiciones y frustraciones, lo cual aumenta la ansiedad y disminuye el goce.

Dentro de las anomalías sexuales más comunes que limitan el placer sexual se encuentran: “las inhibiciones y el sentimiento de culpa, la ansiedad ante el desempeño sexual, la inapetencia erótica y la aceptación no razonada de los tópicos o la información errónea sobre la sexualidad humana”[19]. Factores como la falta de información acerca de ciertos tópicos sexuales, o la aceptación irracional de mitos culturales, pueden   desempeñar un papel de gran importancia en lo que se refiere a las disfunciones sexuales. En el caso de la anorgasmia, el simple hecho de no conocer la ubicación del clítoris, o los diferentes tiempos de excitación, entre otros, pueden estar al trasfondo de la disfunción.

Hoy en día existe mayor franqueza al abordar los temas relacionados con la sexualidad, sin embargo, siguen existiendo inhibiciones. Éstas y los sentimientos de culpa continúan dándose en un alto grado, afectando la vida sexual de los que las presentan. Las inhibiciones surgen desde distintos ámbitos. Pueden surgir de religiones o creencias que establezcan una visión de la sexualidad como algo pecaminoso y sólo destinado para la procreación, por lo cual el realizar el acto sexual con fines de placer es algo que genera mucha culpa y que es visto como un acto penado. También pueden surgir inhibiciones en las personas que presentan inseguridad con respecto a sus atractivos físicos, lo cual se ve acrecentado en la cultura actual que bombardea por los medios de comunicación un ideal de prototipo estético casi perfecto. Por otro lado hay una verdadera obsesión en nuestra sociedad por los atractivos físicos de los sujetos. De este modo los hombres y mujeres que no cumplen con este patrón perfeccionista de atributos físicos, tienden a juzgarse con gran severidad en lo relacionado a su atractivo erótico, sienten que son poco deseables por el sexo opuesto y a veces esta inseguridad es perceptible en su comportamiento sexual mostrándose con inhibiciones y vergüenza frente a su cuerpo. Así, del mismo modo que el hombre se subestima al creer que tiene un pene muy pequeño, lo que le acarrea inseguridad y a proceder sexualmente con dubitaciones, así también la mujer que considera que su cuerpo no es atractivo y que es poco deseable, tiende a retraerse ante las situaciones eróticas, lo cual disminuye su goce.

Masters, Johnson y Kolodny afirman que “los problemas de imagen son otra causa común de la disfunción orgásmica primaria, aunque éstos parecen ser menos problemáticos en las mujeres que tienen orgasmos en otras actividades sexuales con un compañero (anorgasmia secundaria). Por otra parte, es frecuente encontrarse con que las mujeres que tienen orgasmos durante la masturbación solitaria pero no con un compañero, se sienten perturbadas por cuestiones de atractivo personal y propia valía sexual, y al mismo tiempo tienen conflictos respecto de la relación en sí”[20].

Es necesario aclarar que no todas las inhibiciones o sentimientos de culpa impiden un adecuado desempeño sexual, sin embargo lo común es que reduzcan de forma notable las posibilidades de disfrute erótico. A su vez, la inhibición puede presentarse en sujetos que padecen una ansiedad prematura sobre la calidad de prestación sexual que van a efectuar. Esta ansia patológica de rendir como es debido termina por desviar la atención del individuo y bloquear el fluir espontáneo de las sensaciones y emociones al momento de realizar algún tipo de acto sexual. Esta ansiedad no se traduce sólo en dificultades en el ámbito orgánico sino que se extiende a la totalidad de la respuesta del individuo, es decir no hay una pasión, ternura, intimidad ni sensibilidad al momento de compartir con su pareja.  Esto se debe a que el individuo al darse cuenta que está ansioso, se obsesiona de tal manera con su ansiedad, trata de controlarla y al no poder hacerlo se pone aún más ansioso hasta participar en menor grado de la interacción sexual y por ende disfrutar muy poco. Cuando la persona ansiosa se esfuerza por mostrarse espontánea y receptiva, termina concentrándose en todos los pormenores del juego erótico provocando una verdadera disección del acto de tal forma que resulta prácticamente imposible disfrutarlo. Sin embargo, en ciertas ocasiones la ansiedad no inhibe el incentivo sexual o incluso lo estimula aún más (por ejemplo realizar el coito en lugares prohibidos), pero cuando la ansiedad  transforma su participación en el acto sexual en un constante cuestionamiento acerca de si su ejecución es o no la adecuada, sin lugar a dudas se produce un bloqueo de la respuesta erótica.

En ocasiones el temor a no desempeñarse en la interacción sexual de la forma   adecuada, lleva a evitar cualquier tipo de contacto sexual o a disminuir abruptamente su frecuencia. Esto hace que en ocasiones la pareja interprete en forma errónea la situación y se sienta rechazada o piense que se le es infiel. Indudablemente esto repercute en la relación y ésta puede volverse muy problemática. La apatía sexual también acarrea grandes inhibiciones. Ha sido muy discutido si una larga convivencia acarrea necesariamente, en un mayor o menor grado, una reducción del erotismo.  En el caso de las mujeres, no se quejan mayormente de hastío de su vida sexual, lo cual es explicado por sus expectativas más realistas con relación a ésta. En cambio, su queja es mayor en relación con la falta de intimidad y comunicación. A pesar de varios factores que contribuyen a la falta de respuesta orgásmica femenina, “la causa más inmediata de la ausencia de orgasmo es notablemente uniforme en mujeres que tienen una fase de excitación sexual normal: presiones de actuación y las ansiedades que éstas producen”[21].

Offit en su libro “El yo sexual” hace un estudio sobre la anorgasmia femenina y su relación con los rasgos de personalidad. Comienza con las mujeres dependientes, afirmando que cuando una mujer excesivamente dependiente no puede alcanzar el orgasmo, las razones son claras: “no puede hacer nada  por ella misma… si se diera satisfacción, caería en el abandono”[22]. En la adolescencia, la mayoría de las mujeres suelen explorar sus propios genitales, descubriendo sus singulares dones; mientras que las mujeres dependientes pasivas no hacen ninguna tentativa, pues confían que todas las recompensas les serán concedidas. “Cuando una mujer inhibe el orgasmo porque teme cargar con demasiada responsabilidad, ser demasiado dominante o entrar en excesiva competición con su madre, masturbarse hasta el orgasmo parece ser un acto definitivo y terrible de autocontrol e independencia. Sin la plenitud del elogio, la aprobación o cuando menos la aceptación tácita del hombre, la existencia parece vacía, no hay vida sin un hombre que guíe sus pasos. Se supone que los hombres cargan con todas las responsabilidades. El orgasmo sin el hombre o no causado por el hombre, parece una obscenidad solitaria, una depreciación. A su vez, el temor a desempeñar un papel ‘masculino’ puede inhibir los orgasmos autoprovocados y los experimentados con otros. Este temor empieza a manifestarse bastante pronto en la vida de una mujer, y cobra alas en la adolescencia, cuando la muchacha empieza a fracasar para que sus compañeros la protejan y se sientan superiores a ella”[23]. Respecto a las mujeres agresivo-pasivas, Offit señala que se dañan a sí mismas y a los demás más por lo que no hacen que por lo que realizan activamente. “Al masturbarse, se excitan hasta un punto determinado, y luego se cortan”[24]. No pueden llegar al orgasmo, aunque estén muy cerca de él. Esto se interpreta como un deseo de frustrar por inacción lo que el mundo espera de ellas, lo cual se aplica en las relaciones sexuales al permitir que el hombre las lleve hasta el grado más alto de excitación y luego interrumpiéndose con igual resolución, frustrando a su pareja.

Es común que las mujeres cuyos padres les planteaban exigencias tiránicas, imponiendo su voluntad o cercenando la de su hija, se vuelvan agresivo-pasivas. Esta mujer, para defenderse contra la idea de que alguien, algún mecanismo  o incluso su propio cuerpo pueda adueñarse de ella misma, “impide la descarga orgásmica mediante un espectacular acto de voluntad, una afirmación del yo que está basada, como todas las defensas, en la necesidad de orgullo y dignidad humanos”[25]. Luchan por ser dueñas de sí mismas a toda costa, aún prescindiendo de su propia satisfacción.

Las mujeres agresivas, a su vez, compiten constantemente, aún contra sí mismas. Su principal objetivo es lograr la superioridad y el control: “Si estuvieran satisfechas, los hombres pensarían que habían realizado un buen trabajo. Muchas no se permiten ni un solo orgasmo”[26]. Pueden temer el orgasmo porque al sentirse satisfechas verán mermado el control que ejercen sobre sus compañeros. “No tendrán orgasmos ni formularán elogios sexuales por las mismas razones que un jefe autoritario se guarda de fomentar la confianza en sí mismo de sus empleados”[27]. La explicación de la autora, es que esto se genera en una dinámica familiar donde los padres son aparentemente encantadores, y el papel de la hija es el de vivir todas sus fantasías hostiles, haciendo lo que ellos quisieron hacer y no pudieron, y ganándose de esa manera su respeto y aprobación.

En el caso de la mujer esquizoide, a quien la intimidad  trae recuerdos sumamente dolorosos de empobrecimiento emocional, “el orgasmo supone a menudo la autoaniquilación” [28], puesto que aparte de la pérdida de fuerza y control, puede significar una pérdida total de identidad. Teme quedar  vacía, perder su sustancia, “el hombre le arrebatará el placer, y la mujer privada del esqueleto del yo, del armazón de la personalidad, va a desaparecer”[29]. Otra es la situación de las mujeres con muy baja autoestima, las cuales interrumpen el orgasmo por no sentirse identificadas con sus compañeros: “todas las relaciones interpersonales, aun las más sexuales, para funcionar bien requieren cierta capacidad de sentir como la otra persona, comprenderla e identificarse con ella”[30]. Por lo tanto, la mujer que no logra identificarse no puede advertir que gusta a un hombre, su autoestima es insuficiente. Para poder creer que el hombre siente placer durante el acto sexual se requiere tener una opinión elevada de sí misma, o al menos estable, mientras que estas mujeres, presas de sus propias inferioridades, inhiben la descarga orgásmica. Este es el caso de las mujeres que tuvieron madres muy críticas y padres que las rechazaban, puesto que no pueden superar el trauma de un padre totalmente desinteresado. Estas mujeres se hallan reducidas a una búsqueda perpetua del afecto que nunca han tenido, quedan atrapadas en su infancia vacía. No pueden madurar para brindar al prójimo el don de su propia sexualidad, no pueden tener un orgasmo completo.

Las mujeres compulsivas anorgásmicas suelen ser personas muy apegadas. Pueden estar obsesionadas por el sexo, haciendo mil tentativas y fracasando siempre, o pueden desviar su obsesión hacia otro tema. La motivación más fuerte del compulsivo es la de tener el control, no tanto de los demás como de sí mismo. Para satisfacer la  necesidad de control del cuerpo, las mujeres compulsivas suelen ser adictas a la masturbación solitaria para lograr el orgasmo, puesto que  siendo una conducta  privada que escapa a toda vigilancia, proporciona una sensación de dominio. Y, lo que es más importante, la mujer capaz de satisfacerse a sí misma no necesita depender de otro, puede escoger el momento y el lugar, se siente libre. Por otro lado, algunas creen que deben abstenerse, si esto es posible, de cualquier acción corporal no sujeta totalmente a la voluntad, como es el caso del orgasmo que constituye un espasmo involuntario. Controlar, con las riendas de la obsesión firmemente sujetas, todos los posibles aspectos de la vida, ha constituido el único camino para conseguir el autodominio que respetaba su familia. No puede perder el control en ningún momento y no puede exponerse a la posibilidad de que un hombre la domine o a confiar en sus cuidados, cualquier cosa que haga será fruto de su propia voluntad.

Las mujeres histriónicas, a su vez, “generalmente carecen de confianza sexual aunque tengan cierta capacidad de respuesta. Pueden comportarse como si no sintieran la menor duda sobre sí mismas, sin embargo, llegado el momento del contacto íntimo pueden sentir una frialdad repentina”[31]. La histriónica realiza un doble juego: se viste provocativamente, se comporta seductora y estimulante; pero, a la vez, evita los encuentros sexuales abiertos. “El orgasmo, o incluso la mera excitación, representa para muchas histriónicas una pérdida potencial de armamento emocional. Adquirir unos lazos emocionales, aunque sean temporales, con el riesgo consiguiente de pérdida, constituye el principal peligro”[32].

La mujer parece ser más sensible que el hombre en todo lo concerniente al amor y a la sexualidad, por lo cual no es raro que elabore numerosas fantasías inconscientes en torno a las funciones sexuales. La vida sexual exige un aprendizaje de la pareja como unidad. La falta o la torpeza de uno de los cónyuges en la ejecución del acto sexual puede enfermar a la pareja, y por lo tanto hacer que ésta, y no sólo uno de los cónyuges, deba ser tratada. En este caso, lo que se requiere es una gran comunicación acerca de lo que le agrada y le desagrada a cada uno, una educación mutua, una adaptación de ambos cónyuges para la integración y obtención del logro sexual como pareja más que individualmente.

La mayoría de las veces que una mujer consulta por problemas de intensidad del deseo  o porque se cree ‘frígida’, el problema radica en el escaso tiempo dedicado a ella en los ‘juegos amorosos previos’. Hay hombres que suelen atribuir su rapidez a una supuesta  eyaculación precoz, cuando en realidad lo que la mujer desea es alargar los acercamientos preliminares. “Hay efectivamente un problema de tiempos pero de tiempos preparatorios, y no de duración de un pene erecto dentro de la vagina”[33]. Muchas veces la pareja no comunica sus necesidades, por lo cual resulta casi imposible que se pongan de acuerdo con respecto a los tiempos requeridos por cada miembro. Según Joseph LoPiccolo, el rol del esposo (o pareja masculina) como un efectivo y no-demandante compañero sexual para la mujer es, obviamente, crucial en la disfunción orgásmica, especialmente en la disfunción secundaria. En un sentido, puede ser argumentado que si una mujer puede obtener orgasmo a través de la masturbación, pero no alcanzarlo con su pareja, él sería el disfuncional. Esto se relaciona con la vieja máxima: “No existen las mujeres frígidas, sólo los hombres torpes”. En muchos casos, esto es verdad: la respuesta sexual femenina es enteramente normal, pero su pareja es sexualmente inepto. El principio de la responsabilidad mutua, sin embargo, apunta a que algunas mujeres han fallado en el entrenamiento a su pareja para que sean un amante efectivo para ellas. Esto sugiere una revisión de dicho adagio: “Existen las mujeres frígidas y los hombres torpes, y generalmente se casan entre ellos”.

Una pareja que no posea una comunicación eficiente no sólo en el tema relacionado con la sexualidad, sino en todos los aspectos de la vida tanto personal, de los hijos, de la relación misma, determinan que dentro de la pareja se vayan fortaleciendo una serie de hostilidades que repercuten en todos los ámbitos, incluyendo el sexual. Asimismo, las luchas de poder dentro de la pareja o la desconfianza pueden traspasarse al ámbito sexual, cayendo en una relación más bien insana que podría conllevar a una disfunción.   También contribuyen a la creación de un clima no propicio para el pleno disfrute de la sexualidad, los antagonismos en los esquemas de valores o una gran diferencia en cuanto a las preferencias sexuales. Es necesario dejar en claro que estos factores pueden no relacionarse con disfunciones sexuales, sin embargo no pueden dejar de mencionarse en el momento de hablar de éstas.

Palabras Finales

A pesar de que recientemente están surgiendo encuestas acerca de la conducta sexual de los chilenos y de la satisfacción de éstos y éstas, la magnitud real de las disfunciones sexuales es algo que permanecerá en el velo del misterio ante la imposibilidad de lograr, ya sea una inducción perfecta o un censo sexual sin distorsiones.No obstante lo anterior, así como el término impotencia era una carga adicional al padecimiento subjetivo de los hombres con problemas erectivos; asimismo el término frigidez estigmatizaba de frías a mujeres con deseo sexual inhibido, así como con anorgasmia o inhibición orgásmica femenina, tratándose de dos sintomatologías completamente distintas (aunque en ocasiones se confunden al darse simultáneas o al conducir la una a la otra).

Siendo más grave la estigmatización en las mujeres con problemas orgásmicos, ya que éstas sienten deseo sexual y fallan en la fase de orgasmo de la respuesta sexual, por lo tanto no se trata de mujeres "frías" ante la sexualidad. El problema está, sin duda, al centrar los esfuerzos en cuantificar y clasificar la presencia de la disfunciones sexuales o en valorar mecánicamente la felicidad de las personas de acuerdo al número de orgasmos por relación, antes que valorar la sensación subjetiva. Es así, como muchas mujeres se ven arrastradas por sus pares o amistades a tener que fingir orgasmos de magnitudes cinematográficas. Cargan por dentro el calvario de no gozar y de creerse secretamente frías.

Viña del Mar, Chile, 2001

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BIBLIOGRAFÍA

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