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En el extremo opuesto vemos a
quienes el trabajo les demanda una dedicación absoluta, algunos
denominaron a estos como workalcoholic, verdaderos
adictos al trabajo. En algunos de estos casos, los individuos
erotizan otros aspectos de su vida: se libidiniza la profesión,
el éxito, la imagen empresarial o profesional, la posesión
de dinero, y se relega o relativiza el plano amoroso. El homo
faber ha triunfado sobre el dios Eros.
Más allá de los
casos particulares, existe en la sociedad una tendencia a
valorizar los aspectos materiales y externos, antes que aquellos
que podrían suponerse primarios o esenciales: quizás lo fálico
de un varón no esté tanto en su genitalidad como en el
poder que posee, ya sea económico o político y en el ostentar
un coche, un yate o una mansión. Una posición encumbrada subyuga
más que el compromiso afectivo y la entrega amorosa, aspectos
que llegan a verse como una cierta pérdida de tiempo.
Podríamos hablar
entonces de un erotismo del éxito. Orson Welles, en
su memorable película El ciudadano, nos muestra que
si alguien se decide a alcanzar el éxito y el poder como única
meta, podría lograrlo. Pero nada debería desviar su atención
de ese propósito excluyente, llámense amistades, familia,
afectos, ideales y ciertos parámetros éticos; dentro de esta
lista el amor es un elemento más a dejar de lado. En un tratado
sobre la depresión, el psiquiatra español Castilla del Pino,
señala algo bastante ilustrativo: "es común que
un individuo se suicide por la pérdida de su empresa, por
la ruina económica, pero no es tan común que se quite la vida
por la pérdida de un hijo".
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