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A veces nos preguntan
si hay causas orgánicas en su génesis: prácticamente son inexistentes.
Podría observarse en algunos casos donde hubiese una alteración
neurológica o prostática, pero esto ocurre en un mínimo porcentaje.
En la mayoría es una mezcla de ansiedad mal canalizada, un
deficiente aprendizaje o situaciones de conflicto con su pareja.
Cuando hablamos de mal aprendizaje nos referimos a que ese
individuo no aprendió cómo demorar la eyaculación. En este
sentido pueden hacerse muchas analogías con la masturbación.
Por ejemplo, vemos aquel que en su adolescencia se masturbaba
mirando una revista pornográfica y lo hacía estimulándose
sin solución de continuidad hasta eyacular. También vemos
el otro que lo hacía con pequeñas paradas: ojeaba la revista,
pero deteniendo la estimulación al pasar la página o bien
cuando sentía la llegada del orgasmo. Muchos eyaculadores
precoces responden al primer modelo, no saben adentrarse en
las sensaciones previas al orgasmo y allí detener la intensidad
del bombeo. El segundo modelo responde al individuo que fue
incorporando conductas de autocontrol, aunque fuera de modo
inconsciente, las que hoy lleva a la práctica en su vida sexual.
Es interesante
detenernos en las reacciones que pueden tener las parejas
de quienes no controlan el orgasmo y, como en muchos aspectos
relacionados con la sexualidad del eyaculador precoz,
dependerá de cada una de ellas. Hay un tipo de mujer que comprende
el problema del compañero, no complicará la situación haciéndolo
sentir obligado a cumplir y, en el mejor de los casos, se
ofrecerá a acompañarlo a consultar con un especialista. Pero
también existen las mujeres que ponen a sus parejas entre
la espada y la pared diciéndoles que no pueden terminar si
no es a través de la penetración, lo cual es demoledor para
un varón con las limitaciones de un eyaculador precoz
o con dificultades erectivas.
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