Desde
que tengo memoria, el deseo sexual formó parte de mi ser.
Por supuesto, que de una forma incipiente en el comienzo
pero, por ejemplo: no recuerdo con exactitud, debería andar
por los 5 años, cuando me reprendieron seriamente por levantarle
las polleras a una mujer, que estaba de visita en mi casa.
Fui precoz en otros aspectos, algo así como un niño prodigio,
si bien el término me incomoda; y tal vez como dijo Nabokov:
todos los niños inteligentes son unos pervertidos.
Mi iniciación sexual, fue anterior a
mi capacidad de eyacular; tenía 11, y mi compañera de juegos
sexuales, fue una vecinita de mi edad, en realidad ella
tomó la iniciativa; porque creció en un cierto hacinamiento
que le permitió descubrir la sexualidad de sus padres muy
temprano. Pero el verdadero motivo que me decidió a enviar
este mensaje es respecto al fetichismo
del pie femenino, que también descubrí tempranamente en
primer grado, lo recuerdo con claridad porque me sorprendió
tanto el agitamiento interior que me produjo, cuando dos
compañeritas (que además eran de las que me parecían más
lindas) preguntaron a la maestra, ya que empezaban los días
calurosos, si podían venir al colegio con Skipies (con algún
posible error en alguna vocal, esa era la marca) -eran unas
sandalias infantiles que dejaban ver los deditos al aire-,
y en el mismo momento que lo dijeron, el entusiasmo o mejor
la euforia, se apoderó de mí, como si hubieran dicho, “si
podían venir desnudas”.
Desde entonces, esta parte de mi sexualidad, tiene la suficiente
importancia, como para determinar una elección de pareja. Por hermosa que
sea en todo lo demás una mujer, sino tiene lo que yo considero unos pies atractivos,
nunca colmará mis expectativas. Esta característica mía, si bien me proporciona
una fuente extra de placer, tiene la desventaja de achicar mi horizonte de
posibilidades, sumado a mi marcada preferencia por las mujeres jóvenes.
He resumido tanto esta carta, que al leerla me parece
tan incompleta como si la hubiera escrito otro y no yo; circunstancias, anécdotas,
matices; como por ejemplo, que la simple cercanía de una chica hermosa, de
piel muy blanca (otro de mis fetiches) bien arreglada, sexy y con hermosos
pies, lo más descubiertos posible, podría aún hoy producirme una erección
espontánea; que ni siquiera la pericia en el disimulo que dan los años, me
protegerían de la zozobra y el nerviosismo lógicos.
G., 46 años, 2004
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