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El empleo de la palabra
impotencia es cuestionable, poco preciso e implica una connotación
peyorativa. Cuando decimos que un varón es impotente pensamos
que no solo no logra la erección sino que también
es un fracasado, un ser desvitalizado, sin empuje ni fuerzas para
encarar las responsabilidades que esta sociedad carga sobre sus
hombros. Lo más correcto sería hablar de disfunción
erectiva o de trastornos de la erección. Algunos no logran
la erección en determinados situaciones o momentos del coito;
otros la logran y luego la pierden al intentar penetrar o incluso
dentro de la vagina. Otros no la logran en absoluto o sólo
con determinadas parejas. Las hay totales y absolutas, también
llamadas primarias, en las cuales el varón nunca ha logrado
la erección en ninguna forma y en ninguna situación
(hecho que por suerte no es tan frecuente y que remite a situaciones
orgánicas o psiquiátricas severas). Podemos definir
a la disfunción erectil como la incapacidad, parcial o completa,
y reiterada (en más de un 25 % de los intentos), para obtener
y mantener erecciones con rigidez suficiente para permitir un coito
con penetración. La padece un 10 % de la población
adulta (aunque aumenta al 35-50% en los diabéticos); pero
solo un 1 a 2% son tratados. En general vemos aquellas que se dan
en algunas situaciones o que empiezan a perder capacidad erectiva
a determinada edad, pero no deberïa pensarse que la disfuncón
erectiva sólo es privativa de "los viejos" ya que
son también jóvenes quienes nos consultan. Respecto
a esto diria que pocas consultas, ya sea con el médico o
el farmacéutico, son vividas con tal sentimiento de humillación
y fracaso: yo la llamo la consulta vergonzante.
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