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Esto parte de la idea
-en un mundo de presuntos triunfadores sexuales- que justo
a él le vino a tocar y cae prisionero de una cultura
que ha identificado el falo (pene erecto) y la penetración
como símbolos de poder ("potencia"), de hombría
y óptimo rendimiento; sin pensar que una pérdida de
la erección no significa un menoscabo en sus condiciones
como ser humano ni es sus potencialidades. Tal vez sería
pertinente citar una frase que dice "un varón que
no haya tenido alguna vez pérdida de la erección debería
ir corriendo a una consulta psicológica".
La mitología machista encuadra
la potencia sexual dentro de la figura del semental,
un varón fabulosamente dotado con una capacidad eréctil
inquebrantable. En acuerdo con esta prescripción o mandato,
todo aquél que se precie deberiá ser capaz de alcanzar
la erección en cualquier lugar y circunstancia. Este modelo,
lejos de colaborar como estímulo, sólo ha servido
para ocasionar complejos y frustraciones a sus seguidores.
Son frecuentes las disfunciones derivadas
del deseo de alcanzar marcas ajenas a su propia naturaleza.
Una cierta concepción sugiere como paradigma de varón
potente aquel que, además de poseer un miembro enorme,
es capaz de mantenerlo rígido muchas horas y llegar a
tantos orgasmos como su pareja o su deseo lo demanden. Esta versión
magnificada y totalmente distorsionada de la sexualidad masculina
va acompañada con la idea de que, además, debe desplegarla
todos los días, fuera y dentro del matrimonio y que, con
sólo proponérselo por un simple voluntarismo, bastaría
para lograr una erección inmediata y plena. Es una sexualidad
que no conoce fallas ni disminuciones, bajo ningún atenuante.
El fantasma de lo opuesto, la impotencia, planea de manera
ominosa sobre casi todos los varones, sean jóvenes o maduros,
homo o heterosexuales. Este es otro mito: si no logra la respuesta
eréctil se vería acosado por el miedo a la homosexualidad,
como si ser gay fuera sinónimo de impotente.
Para desarticular esta teoría,
basta analizar cualquiera de sus enunciados: aquél que sostiene
que la erección no necesita ningún estímulo
previo y que, siempre que se plantee la posibilidad de mantener
una relación sexual, el pene respondería a voluntad.
Desde este punto de vista erróneo, un tanto cartesiano, la
secuencia sería: tengo la erección luego hago el
amor. Su contraparte negativa afirma que: sin erección
no puedo comenzar a hacer el amor, con lo cual se va perdiendo
toda posibilidad de contacto afectivo y erótico. En realidad
la ecuación sería: primero hago el amor, me excito
y la excito, por eso es que logro la erección.
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