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El umbral de rendimiento
entre los varones es muy variable, mientras algunos alcanzan
uno o dos orgasmos por encuentro, otros pueden superar esa
cantidad. Otra vez la respuesta pasa por la singularidad.
¿Por qué alguien es Gardel y otro es un pobre cantor de provincias,
por qué hubo un Mozart, un Leonardo y otros no pasan de pintar
paredes o componer canciones de calesita? ¿Por qué algunos
logran lo que sus pares no pueden? Obviamente que se debe
a un entrecruzamiento de múltiples causas y con la sexualidad
de cada ser ocurre lo mismo: tal vez factores genéticos, hormonales,
vasculares, neurológicos y emocionales, que en cada caso se
combinan de manera única e irrepetible.
Lo mismo vale para lo psicológico:
dos individuos reaccionan de diferente manera frente a una
misma situación, debido a la conformación de su aparato psíquico,
a su medio social, a la familia y la época en que les tocó
vivir. Hay individuos a quienes nada los afecta, otros son
muy sensibles y vulnerables, y un comentario hecho por sus
parejas los derrumban. Esto sin entrar en el terreno de la
psicopatología donde podemos encontrarnos con individuos fóbicos,
que rehuyen el acto sexual porque temen la penetración, la
vagina los intimida o los asusta el compromiso.
No hay dudas de que una mujer,
ya sea por su atractivo, su belleza, su tacto, sensibilidad,
capacidad de amar o grado de entrega, puede modificar la respuesta
sexual del varón. Recuerdo aquella frase de García Márquez
cuando decía que "todo hombre es impotente hasta que
venga una mujer y le demuestre lo contrario". A quien
no pueda lograr una erección o se sienta inseguro, no le resultará
lo mismo recibir un estímulo que una burla o una desaprobación.
Imaginemos que un varón en ese trance escucha frases como:
"¿pero qué clase de hombre sos vos? o si
no logras penetrarme lo nuestro se termina". Frente
a una disfunción, momentánea o crónica, está la mujer que
se ofrece para acompañarlo a un especialista y está quien
lo condena diciéndole: "andá que te curen y después
volvé".
Cuando los varones pasan los
40 suelen tener cambios marcados en la capacidad erectiva.
Algunos se van adaptando, y otros no los aceptan y luchan
contra lo irrebatible e incontrastable. En estos últimos,
el temor a fracasar es un caldo de cultivo para un desenlace
frustrante. Asimilan los cambios en otras áreas físicas pero
en ésta no los pueden tolerar. Así, como lo he remarcado en
otras oportunidades, el temor al fracaso engendra un nuevo
fracaso. Vamos a detenernos en el llamado temor al
fracaso: el miedo a que éste ocurra también podría verse
como la anticipación del mismo. El varón teme no obtener una
buena erección y es esa misma ansiedad (quizá basada en que
alguna vez le ocurrió) la que dificulta aún más el éxito del
intento, su estado de nerviosismo puede desembocar en una
aparente impotencia o en una eyaculación rápida.
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