|
En
el último tiempo, los avisos clasificados que aparecen en distintos diarios
de nuestro país han evidenciado un importante crecimiento de su rubro
servicios útiles para el hombre
y la mujer. El rótulo es una forma eufemística o encubierta de llamar a
los servicios sexuales o, dicho en buen romance, al negocio de la prostitución.
Sin embargo,
la oferta no se agota en los ya populares saunas o servicio de acompañantes
-léase prostíbulos y prostitutas- y abunda en variantes sui generis donde se agrupan lugares swinger - intercambios de pareja-, sadomasoquistas, travestis, auténticas
futuras mamás (sic) y colegialas, entre otras opciones.
Nuestro especialista analiza este fenómeno y trata de
separar la paja del trigo y encontrar ese siempre controvertido límite entre la libertad
y libertinaje. Aunque, como se verá, la cuestión plantea las diferencias entre una
elección sexual, una tendencia a lo perverso o lo
definidamente patológico.
P: En la actualidad, resulta llamativo la
cantidad de anuncios ofreciendo servicios sexuales que aparecen en los diarios. Además de
la cantidad, llama la atención la variedad y el tipo de ofertas que se publican: lugares
exclusivos para matrimonios dispuestos al intercambio de pareja, colegialas, dos
lesbianas dos y, últimamente, embarazadas y lluvia
dorada -personas especializadas en orinar al cliente que lo requiera-.
¿Qué lectura hace usted de este fenómeno?
R: Debo
decir que ninguna de las variantes mencionadas me resulta nueva ni me sorprende.
Basta pensar en las orgías que se celebraban en Roma en las fiestas saturnales, o en el
antiquísimo Kamasutra, o en el Ananga Ranga, para darnos cuenta que el tema está
instalado desde hace mucho en la sociedad. Lo que no se puede negar es que, en los
últimos años y democracia mediante, ha ido ganando mucha presencia en los medios. En
todo caso, el hecho de que ahora se publicite o explicite en los medios gráficos y, en
algunos casos, también en la TV por cable sería, por decirlo de algún modo, lo único
novedoso. Pero dejemos por un momento el caso de nuestro país. En los Estados
Unidos hay calles exclusivas para quienes buscan experiencias sexuales de
todo tipo. Antes de la aparición del SIDA existía un lugar llamado Platoo
donde uno podía encontrar todas la variantes citadas y mucho más: intercambio de
parejas, sadomasoquismo, distintas formas de la sodomía, sexo grupal, racial -
con un negro o una oriental -, con un perro, con aparatos.
Vale decir que lo que ocurre en nuestro medio no tiene
nada de nuevo, hasta me atrevería a decir, sin emitir juicio de valor, que estamos
llegando tarde a algunas cosas que hace rato suceden.
P: De lo que nos está hablando también es
de que existe una sexualidad oculta, enmascarada, que está acorde con la oferta, o la
genera dialécticamente, de distintos caminos de la sexualidad que transitan sendas no
tradicionales, alejándose de una sexualidad oficial.
R: En algunos casos encubren serias
dificultades en los contactos sexo-afectivos y humanos en general y recurren a los avisos
como una manera anónima de relacionarse sin compromiso amoroso o emocional. Son aquellos
que no pueden apasionarse o excitarse si hay una relación afectiva con una mujer. Al
punto que he conocido casos que para ir, con travestis o con una menor, necesitaban
alcoholizarse o drogarse con cocaína o psicofármacos. Como si de alguna manera vivieran
estas variantes sexuales con una gran carga de culpa que la conciencia crítica de estos
individuos sólo así podría acallar. Hay otros en cambio que realizan estas prácticas
sin remordimiento alguno o encuentran en el castigo, paradójicamente, el paradigma del
goce.
P: ¿no es llamativo el carácter masivo
que han alcanzado estas ofertas, otrora clandestinas o reservadas para círculos muy
exclusivos?
R: Esto tiene que ver con la importancia
que han adquirido los medios masivos de comunicación. Si hoy todo es
mediático, por qué no habrían de utilizar este recurso quienes se publicitan en el
rubro al que nos referimos. Decía Simone de Beauvoir que desde que una profesión
es rentable siempre habrá alguien para ejercerla; ahora se disponen de los medios
para hacer llegar esa oferta a millones de personas. No estoy culpando con esto a la mass media, creo que es un hecho que ocurre, y
vuelvo a plantear una interrelación diádica entre el consumidor y el que le ofrece el
producto a consumir.
P: ¿Qué nos puede decir acerca del
contenido perverso de muchas de las ofertas sexuales que se publicitan?
R: Convengamos que el término perversión
puede ser muy discutido. No significa lo mismo para el psicoanálisis que para
la medicina legal. También la sexología actual tiene su propia
perspectiva acerca del tema; de hecho no habla de perversión sino de parafilias, es
decir, prácticas que se desvían de una norma tomada como estándar. Pero yo no adhiero a
una sexualidad que inflija daños al otro, sin consentimiento, que someta o humille; que
sea violatoria o se practique con menores, muchas veces aprovechándose de severos cuadros
de necesidad o indefensión de estos últimos.
P: ¿Por qué alguien puede desear ser orinado, flagelado
o mantener relaciones sexuales con un travesti?
R: No creo que haya causas generales que
puedan darse como reglas inmutables y pontificiales, habría que indagar en la vida de
esos seres: qué historia han tenido con el castigo corporal en su infancia o, para hacer
una simplificación, con el haber mirado alguna vez a su madre mientras ella orinaba. Hay
un célebre caso histórico-literario: Sacher Masoch, que dio lugar al término masoquismo, con su novela La Venus de las pieles, donde describe la pasión
por ser flagelado por una mujer cubierta por un tapado de pieles y esto se remonta a un
recuerdo traumático-excitatorio de la infancia. En cuanto a la flagelación había en la
antigüedad una creencia de que castigos en las nalgas producían mayor congestión
genital y, por ende, mayor excitación. Como el mito del ahorcado que llevó a varios a
apretarse el cuello con sogas hasta terminar, accidentalmente, con sus vidas. En el caso
de los travestis creo que es algo más complejo aún y allí intervienen la fascinación
de la ambigüedad sexual, la bisexualidad, la mujer con pene que no ha sido castrada
negando de esa manera la propia castración o el hecho de ser penetrado por una mujer -ser
mujer con una mujer- que, por otro lado, es un fantasía recurrente en muchos varones; es
la corporización de nuestra bisexualidad, la reedición del mito platónico del
andrógino. Y es llamativo que los clientes de los travestis son, en su mayoría, casados
con parejas heterosexuales.
P: ¿No existe el riesgo que la presencia de estas
propuestas no convencionales en los medios termine planteándose como modelo?
R: Ni lo afirmo ni lo descarto, en una
época pensaba que la influencia era relativa y mínima. Hoy pienso que puede ser que
lleve a cuestionarse las pautas sexuales que uno lleva, sobre todo si tiene una vida
sexual poco satisfactoria, o creerse que puede ser una nueva manera de encender la
pasión; lo que pueda llevar a alguien, con un terreno fértil, a querer realizar ciertas
prácticas que, quizás en otras épocas, las fantaseaba en silencio. Pero no creo que
exactamente generen un modelo.
P: Analicemos
un caso puntual. Por ejemplo, las parejas swinger, que buscan el intercambio
sexual con otras. ¿No desvirtúa esto la idea más elemental de una pareja o,
si se quiere del amor, para la cual un amante debería hallar la completud en el
otro, sin necesidad de invitar a terceros a la cama?
R: La fantasía de imaginar a la propia
pareja disfrutando con un tercero es más común de lo que se piensa. Muchos matrimonios
inventan historias de supuestas aventuras extramaritales para excitarse. Esto está
magistralmente presentado en el último film del genio de Stanley Kubrick (Eyes wide shut). En muchos casos de infidelidad o
de situaciones triangulares, suele ocurrir que el engañado -o engañada- pide a su
compañera que le cuente como lo hace con el otro. Recuerdo a un paciente que era
engañado y que le reclamaba a su esposa detalles de sus encuentros: Contame qué hacés con él, le decía,
supuestamente ofendido, aunque, en el fondo, eso era algo que le ocasionaba placer.
En esto podríamos decir que el invitar a terceros en la cama también implica algún
componente homoerótico, pero no me parece que sea la única vía para escapar a las
noches monótonas de la monogamia coercitiva, ni creo que siempre sea beneficioso o
excitante contarle a la mujer las experiencias de infidelidad: hay personas muy frágiles,
inseguras o con baja autoestima que estas sinceras
confesiones -muchas veces más parecidas a agresiones- las terminan derrumbando
psíquicamente. A veces, antes de contar: mejor abstenerse.
P: ¿Puede
compararse la crítica y nefasta asociación que muchos hacen del sexo alternativo en
los medios y la degradación moral, con aquella que en los años 60 se hizo con el
rock y las drogas?
R: Creo que tienen las mismas raíces
sexofóbicas y represoras de querer censurar o prohibir, con la excusa de que
corrompen, que son la madre de todos los males, que el sexo es pecaminoso, que el rock
incita a la violencia. Son los mismos que quieren perseguir a los homosexuales, encerrar a
los infectados por el HIV, matar a transexuales o a periodistas, coartar el erotismo y el
deseo de amar. Cuando surgió el fenómeno hippie,
que cuestionaba las guerras y al modelo de consumo frívolo, de limpieza aséptica, de
vínculos familiares desafectivizados, de una vida sin amor, de un sexo encadenado;
salieron con el cuento de la perversión, el comunismo, la degeneración de las drogas y
la promiscuidad. Recuerdo la defensa que hacíamos del pelo largo -llevado con desenfado-
la reivindicación de la flor, del sexo, de la alegría, de la paz y la solidaridad. Deja entrar el sol, decía la canción, mientras
por el otro lado les colgaban el sayal de la degradación. En el fondo les molesta el
ejercicio de la libertad y, en la cama, de a dos, tres, muchos o solo, poder sentirse
libre, no vigilado por el gran papá censor.
P: Pensemos
en la supuesta liberalidad que proponen las parejas abiertas. ¿Responde realmente a
un modelo o filosofía de vida? ¿Son tan abiertos con la educación sexual de
sus hijos?
R: Para responder voy a seguir el hilo
conductor de mi respuesta anterior: la fantasía del intercambio es algo muy
frecuente, aunque son pocos los que se animan a concretarla o tan sólo a
confesarla. Es muy probable que su presencia responda a patrones arcaicos, cuando las
parejas eran endogámicas y hasta eran comunes las relaciones incestuosas. En
relación a esto, ¿por qué hubo que prohibir la poligamia, la fornicación (el
coito por mero placer), el adulterio y el incesto? Simplemente porque existían. No
hay que engañarse en este sentido. El modelo monogámico por el que se rige nuestra
sociedad fue impuesto de manera coercitiva, por prescripción. Pero los hechos
demuestran que la sexualidad humana es mucho más polimorfa de lo que se pretende mostrar.
Pero no creo en el nuevo mito antimito de
que hay que ser una pareja abierta, ser bisexual o swinger: las recetas de unos no sirven para los
otros, de lo contrario se estarían generando nuevas exigencias y supuestos ideales. Como dijo Shakeaspeare, en su siempre actual
Hamlet: Hay más cosas en el cielo y en la
tierra, Horacio, que lo que sueñan tus filosofías.
P: ¿Cuáles
de estas cosas que aparecen en los clasificados podrían definirse como
perversas o parafílicas?
R: Cuando representan un acto excluyente,
reiterativo y sólo con él se puede gozar. Cuando no permiten una salida plástica
al placer y si no está presente ese rasgo, actitud, práctica, objeto o lo que sea, no
puede excitarse ni disfrutar. A las parafilias
le tendría que dedicar un artículo aparte.
P: Supongamos
que una persona tiene una pareja sexual estable pero, cada tanto, paga ya sea
para ser flagelado, penetrado por un travesti u orinado por otro? En el momento
que recurre a estos servicios, aunque no lo haga de forma reiterativa o excluyente, ¿no
está evidenciando una patología?
R: En estos casos podríamos hablar de
ciertas conductas parafílicas, pero no una parafilia en un sentido estricto. A un varón
heterosexual un día se le puede ocurrir ponerse las ropa interior de su pareja porque le
resulta divertido, eso no lo convierte ni en un homosexual ni en un travesti.
Distinto sería si ese varón sólo lograra excitarse vistiéndose de mujer o teniendo
contacto con la ropa femenina. Entonces sí podríamos decir que esa persona es un
fetichista.
En el ejemplo de los hombres que buscan ser
penetrados por un travesti. ¿Será por aquello de que uno siempre desea lo que no
tiene y de lo que está carente? En relación a esto, yo me pregunto: ¿por qué ganó
tanta popularidad en nuestro medio el fallecido travesti Cris Miró? Una posibilidad
es que su ambigüedad era algo que el inconsciente colectivo aceptó como tentador y
excitante. En términos psicoanalíticos resulta muy perturbadora la idea de una mujer no
castrada. Los propios travestis reconocen que no se operan porque su pene forma parte
del atractivo erótico que ven en ellos sus clientes. Los varones que contratan sus
servicios son los que en el fondo quieren ser poseídos por una mujer con pene.
P: muchas
personas fantasean con variantes no tradicionales pero no se atreven a concretarlas. ¿Por
qué algunos pueden dar ese paso y otros no?
R:
La pregunta plantea una gran generalización. Para responder en el mismo tono podría
decir que habrá quienes se cuestionan los valores tradicionales, en tanto otros
se aferran a los conceptos morales o religiosos que han aprendido. Que habrá quienes
buscan permanentemente la transgresión, en tanto otros no se caracterizan ni por la
audacia ni por poseer una fantasía exuberante. En definitiva todo pasa por la libertad de
elegir, con una gran salvedad: que no se fuerce, someta ni lastime al compañero de
juego. La misma aclaración vale para las conductas delictivas como el abuso de
menores o la violación, y toda forma de violencia o acoso sexual.
|