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La masturbación puede acompañar a una persona hasta sus últimos
días. Insisto en la idea de que se trata de una práctica íntima,
privada, que puede asociarse o no con la relación que se tenga
con los otros. Es una manera de mantener activo el erotismo
y muchos recurren a la autoestimulación en momentos donde
no pueden, por circunstancias especiales, tener relaciones
sexuales con sus compañeros; por insatisfacción; por soledad
o como una variante más en el infinito marco de posibilidades
que permite el encuentro amoroso. Pero la sociedad condena
a los viejos, de una u otra manera, a marginarse en todo sentido,
aún en lo sexual. Se le ponen motes de viejos verdes o viejas
locas, negándoles un auténtico derecho: disfrutar de su sexualidad.
El deseo no tiene límites de edad. En los geriátricos es elocuente:
ahí no se permite que los ancianos tengan un libre juego sexual
y eso lleva en algunos casos a la masturbación. El paso siguiente
es horrorizarse "porque los viejos se masturban"
y utilizar drogas que actúan como desexualizantes biológicos
para sedarlos y domesticarlos.
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