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La masturbación responde a una pulsión, a una
necesidad de reconocimiento corporal o de satisfacción del
deseo a través de caricias en los genitales. No me refiero
solamente a la etapa puberal: también lo vemos en los niños
muy pequeños, que incluyen el hecho de tocarse entre
sus juegos más recurrentes. Hay quienes piensan que esta actividad
en los pequeños debería reprimirse, pero el castigo del toqueteo
o de la autoestimulación genital no tiene ninguna utilidad
ni resultado positivo: en la práctica no resulta.
En este
sentido podría citar una infinidad de recursos aberrantes que se probaron con ese fin:
Atarlos con sogas y cadenas.
Quemarles las manos con ladrillos calientes.
Sujetar el pene con unos bragueros o atarles campanillas.
Cinturones de castidad.
Jaulas con clavos, rodeando el pene, que lastimaban al erectar.
Operaciones mutilantes y castratorias.
Clitoridectomía -extirpación del clítoris- en la mujer.
Cauterización de la médula dorsal para desensibilizar los genitales.
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