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En la Biblia no aparece una prohibición expresa
de su práctica, pero sí en forma elíptica y alegórica como
el caso de la transgresión de Onán, ya que todo acto
sexual no destinado a la procreación era punido, pues el objetivo
principal era el crecimiento y supervivencia del pueblo judío
("creced y multiplicaos" dice el precepto
del Génesis).
En los comienzos del siglo XVIII, un
monje inglés edita un panfleto donde profiere terroríficas advertencias contra la
masturbación y la rebautiza onanismo. La idea de que es un acto pecaminoso, contra
natura, comienza a transmitirse de generación en generación, hasta que en 1758 este
delito de confesionario pasa a ser aceptado por la medicina de la época. Un médico suizo
llamado Tissot se convierte en su abanderado y llega a afirmar que la masturbación
era la más mortífera y siniestra de las prácticas sexuales. Como producto del
contubernio religión-medicina comienza a desplegarse, de allí en más, un amplio
catálogo de enfermedades. Tissot no sólo le atribuyó a la masturbación ser la causa de
agotamiento, nerviosismo y locura, sino que llegó a sostener que al daño físico
y psíquico sobrevenía un daño moral con el castigo divino consiguiente.
Para ese
médico y sus secuaces el onanismo producía:
Melancolía.
Crisis histéricas.
Ceguera.
Impotencia.
Esterilidad.
Oligofrenias y demencias (locura masturbatoria).
Cardiopatías (llegó a
describirse un corazón del masturbador).
Adelgazamiento, falta de apetito y tuberculosis.
Calvicie.
A lo
enumerado habría que agregarle las afirmaciones de la mitología popular de que la
práctica masturbatoria hace aparecer pecas en la cara, pelos en la palma de las
manos, acné, suicidios, crecimiento de verrugas; lleva a que se sequen los testículos, o
se caiga el clítoris (en el caso de las mujeres), o se reblandezca el cerebro. En un
viejo texto encontré que el autor decía que quien se masturba se convierte en
violador, preverso, animal, prostituta, drogadicto, borracho, vagabundo, abandonado,
pecador..."
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