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Por Andrés
Flores Colombino
Cuadernos de Sexología Nº 7, 1988
LO NORMAL EN
SEXOLOGIA
Antes
de intentar una definición de parafilia, que veremos en
el ítem siguiente, vale la pena reflexionar con otros
autores lo que se considera normal en Sexología, pues
el hecho de que se haya despatologizada buena parte de
las conductas sexuales antiguamente consideradas anormales,
no significa que vale todo o nada es anormal. Para definir
lo anormal debemos saber de qué se trata lo anormal. Desde
el vamos, ya comprobamos que la historia también
es un factor que cambia la valoración científica de los
mismos hechos.
Suponemos que toda cultura posee sistemas
valorativos y normativos para el ejercicio de la sexualidad
de sus integrantes, como pautas deseables, buenas o virtuosas.
Ya vimos más arriba la normatización del mismo por preceptos
religiosos registrados en el Viejo y en el Nuevo Testamento.
Pero cada cultura diferente posee y poseerá un Sistema
de Valores sexuales propio.
Siempre se consideró
la existencia de una norma o regla que cumplir y un castigo
por no hacerlo. Descartes, en el siglo XVII, describe la representación
gráfica de dos variables y Gauss y Laplace dibujan sobre la
base de una abscisa y una ordenada, la distribución
de frecuencia estadística de un fenómeno dado, en su célebre
Campana de Gauss o Curva Normal. Ella posee una media
aritmética, su moda o valor que se repite con mayor frecuencia
y una desviación standard máxima y mínima, equidistante en
sus límites de la media. Los datos restantes, que no caben
en la desviación standard, constituyen una desviación de
la norma.
La curva normal determinó
para cada variable estudiada qué era normal o anormal, y los
médicos extendieron el concepto de normal a lo sano,
y de anormal a lo enfermo. Pero este aporte, con ser
valiosísimo, solo muestra el aspecto de frecuencia estadística.
También el aporte moral, valorativo, es de gran importancia,
pero ambos son insuficientes para determinar la seguridad
absoluta de lo normal o anormal, desviado o justo. Dice Alonso
Fernández (1) que ambas normas, la estadística y la
valorativa, en cuanto puntos de referencia para determinar
si un fenómeno psíquico o somático es normal o no, solo tienen
una validez parcial: la norma estadística, por su relativismo;
la norma ideal, por su subjetivismo. Gallardo (23) propone
un tercer criterio: el fenoménico, en que da una síntesis
entre el criterio valorativo y estadístico, entre el deber
ser y el darse, entre lo valorativo y lo
descriptivo.
Las diferentes fuentes
animistas, religiosas, filosóficas o científicas de las categorizaciones
y enfoques de cada problema o fenómeno, como el sexual, determinan
modos típicos de comportamiento, que sin embargo cambian
permanentemente, en un dinamismo relativista y realista al
mismo tiempo.
La aplicación del criterio
puramente estadístico para determinar lo normal en Sexología
colocaría dentro de la normalidad, dada su frecuencia, a las
disfunciones sexuales, el chantaje masculino-femenino y la
infidelidad. Y sería anormal un varón que nunca se ha masturbado,
dice Alvarez-Gayou (2) o según Gallardo (23), los varones
que han tenido relaciones sexuales con una sola persona del
sexo opuesto en toda su vida. No basta, pues, la norma estadística.
Y lo que es valorativamente normal para una cultura -como
la iniciación sexual de una mujer por su padre- no lo es para
otra. En la alternativa del concepto fenoménico, a los conceptos
de respeto, aceptación voluntaria, mutua satisfacción, ausencia
de daño o lesión física o psicológica, que según este autor
deben estar presentes en el acto sexual normal, debemos agregar
el de libertad sexual, responsabilidad por la consecuencia
de sus actos sexuales, es decir, capacidad plena de los participantes.
Marcel Eck (15) al comienzo
de la década del setenta consideraba que había cinco factores
que hacen que la balanza se incline del lado de lo anormal
en las conductas sexuales y no de una simple desviación normal.
Serían:
1. La
transgresión voluntaria, consciente y erotizada.
Bataille (6) fue quien codificó esta noción de transgresión:
el erotismo no puede culminar más que en la superación de
la prohibición. El compañero erótico no es más que el instrumento
de la posibilidad de transgredir una prohibición que radica
sobre la elección del objeto o en la forma de servirse de
él. Llegó a afirmar que no hay erotismo sin transgresión.
El sistema metafísico de Bataille estaba coronado por un Jano
que a un tiempo era Eros y Angustia. ¿Representa la transgresión
el símbolo del rechazo a la ley del padre, la violación del
tabú del incesto? Se ha pretendido ver en ella dice
Eck- una autoafirmación revolucionaria y contestataria. Pero
la transgresión voluntaria vendría a ser un equivalente del
concepto psicoanalítico de perversión: está mal, pero lo hago.
2. La
absolutización del mal. El desviado normal no valora
su transgresión porque esta es el mal. El anormal pierde interés
en su desviación si ésta no fuera la encarnación del mal,
acompañada con la necesidad maniquea de un reconocimiento
del bien, aunque no sea más que para negarlo, o aún más, para
escarnecerlo.
3. La
justificación. El anormal encierra la contradicción
de que mientras busca el placer mediante la transgresión y
el mal, se pretende justo. Como no puede desear otra cosa,
es justo que desee lo desviado. En casi todos los parafílicos
dice Eck- existe un fondo paranoico reivindicativo
y un fondo mitómano justificativo.
4. La
destrucción. Hay en la conciencia parafílica una
voluntad de aniquilación, una especie de ruptura con el principio
de realidad y un rechazo de la autenticidad. La mascarada
se convierte en una forma de destrucción. El erotismo parafílico
es más cerebral que pragmático. Lo imaginario y el juego prevalecen
a veces sobre lo vivido, y el escándalo es rehuído por el
desviado normal, no así por el parafílico.
5. El
proselitismo. Los parafílicos se agrupan, se reclutan
y se entrenan. No hay parafílicos que no conozcan a otros.
A veces es dual, otras social, en orgías. Los parafílicos
saben localizar perfectamente a sus homólogos en el medio
en que actúan habitualmente. Naturalmente, los hay solitarios,
aislados.
No podemos aceptar sin crítica esta propuesta
de Eck, pero la presentamos para entender las diferentes aproximaciones
a que se debe recurrir para determinar los patrones claros
sobre normalidad y desviación en sexualidad.
Morton Hunt (29) autor
de la investigación sobre las conductas sexuales en la década
del 70, responsabiliza en parte a Kinsey por el caos conceptual
de nuestra época. Este genial investigador sexual de la década
del 50, en su afán de reemplazar la reflexión moralista
por otra de investigación científica desapasionada y neutral,
amplió demasiado el significado de la palabra normal.
Propuso que aquello que era considerado común y normal para
los mamíferos superiores, constituía una herencia filogenética
que otorgaba normalidad a idénticos comportamientos humanos,
así como lo común y normal en seres humanos de diversas sociedades,
era biológica, psicológica y antropológicamente normal para
los seres humanos de todo el mundo. Hunt dice que esto posee
una validez relativa y es erróneo en muchos casos. También
acusa a Albert Ellis de preferir apartarse de toda crítica
y de todo juicio, al afirmar que las prácticas sexuales
poco habituales como ser golpeado en el coito o copular con
animales sólo puede ser llamado raro, peculiar, inusual estadísticamente,
pero no de anormal, perverso o anómalo.
Para Hunt (29) los radicales
y liberales sexuales sospechan de los términos anormal
y anómalo como peyorativos, pues encerrarían la misma
connotación que pecaminoso, perverso,
degenerado o aberrante. Pero considera
como un imperativo para una sociedad liberada, continuar
con las distinciones entre anormal y normal, adecuado o anómalo,
pues sólo así podremos evaluar las posibles consecuencias
para el individuo y la sociedad, lograr conclusiones racionales
al respecto y manejarlas de modo constructivo e inteligente.
Este criterio se opone al del colaborador de Kinsey, Wardell
B. Pomeroy, quien citado por Gindin (25) dice: Sería
más fácil borrar la palabra normal de nuestro
vocabulario antes de contestar a la pregunta ¿Soy normal?.
Nuestra atención debe estar dirigida al ser humano individual
-dice- y no al irrelevante, ilógico y psicológicamente
dañino encasillamiento de las conductas sexuales en normales
o anormales. No obstante ello, Pomeroy hace la
propuesta más interesante en el tema de la dilucidación de
lo normal en Sexología, cuando plantea que se puede intentar
la aplicación de cinco criterios principales para
definir la conducta sexual como normal o anormal.
1. Estadístico:
Si la mitad o más de la población la practica, la conducta
sexual es normal. Depende del lugar, la época, la cultura
y la clase social.
2. Filogenético:
Si corresponde con el comportamiento sexual de los mamíferos
o de los primates superiores, es normal.
3. Moral:
Los preceptos de una comunidad son muy variables en cada cultura
en diferentes épocas, pero suele haber un consenso temporal,
registrados en usos, costumbres, creencias. Preserva los valores
individuales y colectivos.
4. Legal:
El registro de normas escritas y sanciones para defender a
las personas y sus propiedades o derechos también abarca lo
sexual. Las leyes se cambian y son diferentes en un lugar
y otro, pero marcan el consenso.
5. Social:
Las conductas socialmente dominantes que no dañan a la sociedad
o a sus miembros, son normales, correctas, adecuadas.
Si cada conducta sexual es pasada por
el tamiz de estos cinco criterios, podemos establecer el grado
de normalidad o anormalidad de la misma.
| Criterio |
Masturbación |
Homosexualidad |
Sexo no marital |
Sexo Oralgenital |
| Estadístico |
Normal |
Anormal |
Normal |
Normal |
| Filogenético |
Normal |
Normal |
Normal |
Normal |
| Moral |
Anormal |
Anormal |
Anormal |
Normal |
| Legal |
Normal |
Normal |
¿? |
¿? |
| Social |
Normal |
Normal |
Normal |
Normal |
| Criterio |
Paidofilia |
Violación |
| Estadístico |
Anormal |
Anormal |
| Filogenético |
¿? |
¿? |
| Moral |
Anormal |
Anormal |
| Legal |
Anormal |
Anormal |
| Social |
Anormal |
Anormal |
Observamos
que todas las conductas sexuales consideradas presentan algún
tipo de cuestionamiento en cuanto a su normalidad.
Las dos únicas conductas unánimemente anormales son la paidofilia
y la violación, con interrogantes desde el punto de vista
filogenético. Y la única conducta unánimemente normal es el
sexo oral-genital, con la interrogante legal, pues en algunos
Estados de los EEUU siguen vigentes leyes que la prohíben,
aunque no se aplican. Cuando vemos que el criterio moral considera
anormal también a la masturbación, a la homosexualidad y al sexo no marital,
tampoco tiene validez absoluta, pues depende del rigorismo
o el laxismo de dicha moral. Hay corrientes morales ortodoxas
y otras liberales o permisivas, que consideran normal a la
masturbación, la homosexualidad y al sexo no marital. El Catecismo
de la Iglesia Católica afirma que la masturbación y la homosexualidad
son graves desórdenes morales pero no afirma -ni
puede hacerlo, pues opera en planos diferentes- de que sean
anormales.
Si bien en
Sexología podría utilizarse fácilmente esta propuesta de Pomeroy
para discernir sobre lo normal y anormal, parece que la inclusión
del criterio moral es el principal elemento discordante desde
fuera de la disciplina. No obstante, la Sexología utiliza
el criterio de Pomeroy de personalizar cada situación
para establecer la normalidad en cada caso, y la aplicación
de estos criterios, que son modificables y cambiantes, habrá
de efectuarse de acuerdo a los avances más recientes en cada
disciplina.
DEFINICIÓN DE PARAFILIA
Etimológicamente, proviene del griego pará
al lado, desviado y philéo, atracción, amante.
Las diferentes definiciones van dando elementos que nos servirán
para la nuestra propia. En los diccionarios antiguos simplemente
dice: sinónimo de perversión sexual y citan a Stekel, mientras
en otros no figura la palabra.

Quijada (44) en 1982 dice que se trata de una preferencia
sexual desviada. Money y Erhardt (37) citados por Alzate
(5) definen las parafilias como estados psicosexuales
de reactividad obsesiva a estímulo desusado o inaceptable
y dependiente de él, que buscan iniciar o mantener una situación
sexual con el fin de facilitar el orgasmo. En el Manual
Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, se fueron
elaborando diversas definiciones: En el DSM III (3) de 1978
se afirmaba que las parafilias se caracterizan
por la excitación como respuesta a objetos o situaciones sexuales
que no forman parte de los estímulos normativos y que, en
diversos grados, pueden interferir con la capacidad para una
actividad sexual efectiva recíproca.
En la
última de 1995, el DSM IV (4) dice que: La característica
esencial (Criterio A) de la parafilia es la presencia
de repetidas e intensas fantasías sexuales de tipo excitatorio,
e impulsos o comportamientos sexuales que por lo general engloban:
1) objetos no humanos; 2) sufrimiento o la humillación de
uno mismo o de la pareja, o 3) niños u otras personas que
no consienten, y que se presentan durante un periodo de al
menos seis meses. Pero también (Criterio B) esos impulsos,
comportamientos y fantasías deben provocar malestar
clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras
áreas importantes de la actividad del individuo.
Para establecer
un diagnóstico diferencial con otras conductas sexuales
no patológicas, el DSM IV dice que las fantasías, comportamientos
u objetos son considerados parafílicos sólo si provocan malestar
o alteraciones clínicamente significativas, como:
-
son obligatorias,
-
producen disfunciones sexuales,
-
requieren la participación de otros individuos en contra
de su voluntad, conducen a problemas legales
-
interfieren en las relaciones sociales.
Tampoco deben
coincidir estas conductas con el curso de enfermedades mentales
tales como retraso mental, demencia, cambio de personalidad
debido a una enfermedad médica, la intoxicación por sustancias,
un episodio maníaco o la esquizofrenia. Aquí las conductas
sexuales anormales son inusuales, aisladas, no obligatorias
y solo duran lo que dura el trastorno mental de fondo.
Los periodos de estrés y depresión también son mencionados,
pero como desencadenantes de episodios parafílicos, fuera
de tales periodos el individuo funciona normalmente. Money
(37) señala como característica importante de las parafilias,
la hiperorgasmia que las acompaña, a diferencia del
menor número habitual de orgasmos de las personas no parafílicas.
CLINICA DEL PARAFILICO
La edad
de comienzo del trastorno suele remontarse a la infancia
y las primeras etapas de la adolescencia, donde aparecen conductas
parafílicas, pero se definen recién en la adolescencia y la
adultez joven.
Las fantasías,
impulsos y comportamientos pueden ser elaborados o simples,
de una sola serie o de varias parafilias asociadas. La duración
debe ser mayor de seis meses, como vimos, pero lo común es
que sean recurrentes, se cronifiquen y duren toda la vida,
con tendencia a disminuir a lo largo de los años. Pueden haber
periodos de mayor expresión, coincidentes con periodos de
estrés, como también vimos, y también cuando la persona se
encuentra con oportunidades existenciales de practicar sus
fantasías y actos. Tal el caso de los que eligen trabajar
o se ofrecen como voluntarios en comercios de venta de lencería
o zapatos de mujer (fetichismo), trabajar con niños en guarderías
y hogares (pedofilia), conducir una ambulancia o cirugía,
la carrera militar combatiente o la carnicería, así como la
policía política en los regímenes de fuerza (sadismo sexual),
enfermería (frotteurismo), o en morgues (necrofilia), o empleados
de los hoteles de alta rotatividad (voyeurismo).
La repercusión
social del trastorno parafílico es variable, pues hay
casos en que el portador lleva una vida social activa que
no permite sospechar trastornos íntimos, como en otras patologías
del carácter. Pero otros se aíslan en sus fantasías y comportamientos,
con graves repercusiones sobre su rendimiento laboral, estudiantil
o su vida conyugal o social. Compran o roban y coleccionan
material fotográfico, películas o prendas referidas a su trastorno
exclusivo y eso les basta como toda vida sexual. El exhibicionismo
y el voyeurismo así como el sadomasoquismo, pueden llevar
a situaciones que violan la Ley y sus portadores terminan
encarcelados o procesados. Otros, sufren un deterioro social
progresivo o temporario. O llevan una doble vida: privada
y pública. La mitad de los parafílicos está casado.
Muchos tratan de imponer a sus mujeres sus fantasías
o conductas, lo cual conlleva peligro de vida o lesiones en
caso de sadomasoquismo, o delitos en caso de pedofilia. Hay
parejas de parafílicos que llegan a una transacción de vida
muy pintoresca y peculiar. Otras, se divorcian con frecuencia
y se vuelven a casar, buscando comprensión.
La frecuencia
es difícil de establecer, ya que los parafílicos no suelen
consultar por su trastorno, sino por sentimientos de culpa,
depresión o vergüenza con intentos de autoeliminación, disfunciones
sexuales, trastornos de personalidad o incapacidad de amar
o de sentimientos recíprocos. O bien por indicación judicial.
La concepción psicoanalítica de que los parafílicos no sufren,
no luchan, pues la perversión es el reverso de la neurosis,
ya no es aceptable en todos los casos. No es la norma que
los parafílicos no sufran por su trastorno, incluso pueden
considerar sus actos o fantasías como inmorales, pero
hay quienes no tienen ningún tipo de malestar, mientras no
reciban el rechazo social y vivan su parafilia en la intimidad.
Un índice de prevalencia -de validez relativa- es el alto
consumo de material pornográfico a temática parafílica. Pero
en las clínicas especializadas los diagnósticos más frecuentes
son la pedofilia, el voyeurismo
y el exhibicionismo, que además, son los casos que con mayor
frecuencia son procesados por delitos sexuales. El masoquismo
sexual así como el sadismo sexual se ven con menor frecuencia.
Las demás parafilias tienen una frecuencia aun menor. Kinsey
solo registró estadísticamente la frecuencia de la zoofilia
en su estudio de la década del 50.
La distribución
por sexo de las parafilias nos muestra que se tratan de
trastornos exclusivamente masculinos, excepto en el
masoquismo sexual en que hay mujeres, pero en una relación
de una cada 20 varones. Money y Ehrhardt (37) señalan que
las muchachas no tienen sueños orgásmicos en la adolescencia
-sí de los 20 a los 40 años- se masturban menos que los muchachos,
y tienen fantasías romántico-sentimentales en relación con
experiencias reales, una narración de amor o una película
romántica. En cambio los muchachos pueden horrorizarse al
enfrentarse en sus sueños con imágenes de tipo homosexual,
sádico, voyeurista y otras parafilias. No se animan a revelarlas
a sus padres ni a nadie, las soportan y algún día las pondrán
probablemente en práctica. Estos autores hablan de una
fragilidad psicosexual del varón, porque así como
le resulta más fácil a la naturaleza producir una hembra
que un macho y a este último hay que añadirle algo -el
llamado factor aditivo de Money-, la naturaleza
incurre en más errores en el varón. Este es más agresivo
por su tenor de testosterona, la hormona masculina que incrementa
el deseo sexual. June Reinisch (45) estableció esta relación
de manera fehaciente, sobre todo por la impregnación hormonal
prenatal, lo cual fue confirmado por Maccoby y Jacklin (34)
en su estudio clásico The Psychology of sex differences.
El factor T (testosterona) no es ajeno a este predominio
masculino de las parafilias. Para el caso de la erotización
de la mirada por el voyeurismo y el exhibicionismo, se
ha demostrado que los varones, condicionados culturalmente
para la caza y el ejercicio del poder y la propuesta, a diferencia
de los animales, efectúan un aprendizaje ontogenético o experiencial
de imágenes extrañas sexualmente excitantes, de claro contenido
psicopatológico y parafílicas.
Leonor Tiefer
(51) formada en psicología fisiológica, manifiesta su preocupación
de que las parafilias se refieren generalmente a varones
y no a mujeres. Para explicar estas diferencias, dice que
se manejaron tres teorías: Primera, que el varón debe
identificarse precozmente con su madre, la más cercana figura
vincular y de sexo femenino. Esto no es un problema para la
mujer. Segunda: si el varón posee un mayor impulso
sexual, es más fácil que se desvíe. Tercera: la teoría
plantearía que no hay diferencias en la frecuencia de
las desviaciones sexuales, pero generalmente dichos
comportamientos no se reconocen como una desviación cuando
son aplicados a las mujeres. Por ejemplo, si un
varón mira a través de una ventana abierta mientras una mujer
se desviste, es arrestado por fisgoneo. Si un
varón se desviste ¡él puede ser acusado de exhibicionista!
En ambos casos es al varón que se considera desviado. En la
Ley no se reconoce la posibilidad de que la mujer cometa un
abuso sexual. A ellas se les permite con mayor frecuencia
el uso de ropas tradicionalmente aceptadas como masculinas
que al contrario.
* Dr. Andrés
Flores Colombino
Médico Psiquiatra, Geriatra Gerontólogo y Sexólogo Clínico
Miembro del Advisory Committee de la World Association for
Sexology (WAS)
Presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades
de Sexología y Educación Sexual (FLASSES), Fiscal
de la Sociedad Uruguaya de Sexología.
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