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Por
Andrés Flores Colombino
Cuadernos de Sexología Nº 7, 1988
II. PARAFILIAS POR ALTERACIONES
EN EL ACTO SEXUAL
1.
EXHIBICIONISMO
Es
“una parafilia masculina por la que se realizan actos
repetidos de exposición de los genitales a un extraño, con
el objeto de alcanzar la excitación sexual, sin intentos posteriores
de efectuar relaciones sexuales con el mismo. Es necesario
que el otro se sorprenda o espante como requisito para la
excitación” (20). A veces el individuo se masturba durante
la exposición o durante la fantasía de exhibición. Conforma
uno de los polos de patologización del erotismo de la mirada.
Proviene del latín “exhibere” (enseñar).
Como se trata de una parafilia
específica, debe cumplir con dos criterios establecidos por
DSM IV (4): “A. Durante un periodo de por lo
menos 6 meses, fantasías recurrentes y altamente excitantes,
impulsos sexuales o comportamientos que implican la exposición
de los propios genitales a un extraño que no lo espera.
B. Estas conductas provocan malestar clínicamente significativo
o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de
la actividad del sujeto”.
La erotización de la mirada
es un hecho normal, pero cuando la mirada de los otros sobre
ciertas partes de nuestro cuerpo como los genitales, es fuente
de placer único, sobre todo si provoca espanto y sorpresa,
estamos frente a una patología o parafilia, llamada exhibicionismo.
La intención de sorprender a veces es consciente, a veces
no. Es una desviación del acto, ya que no se busca
agredir de otra forma a la persona o las personas víctimas
de la exhibición. El acto sexual es la exhibición.
Lo común es que el individuo,
se masturbe después del episodio, con la fantasía de que la
o las personas sorprendidas se excitaron sexualmente con su
pene, o simplemente recordando el espanto que provocaron.
Es decir, el exhibicionista necesita siempre de espectadores
que se asusten. Si las personas no se asustan, el episodio
fracasa en su eficacia excitatoria. Por eso, el exhibicionista
realiza el acto frente a niñas que nunca vieron un pene, pues
con una mujer mayor o con experiencia, el asombro puede no
provocarse, o más bien puede provocar risa o burla, lo que
frustra gravemente al exhibicionista. Es común que cambie
de barrio o lugar de actuación, para no ser atrapado.
La motivación psicológica,
según el psicoanálisis, radica en que el paciente padece de
una angustia de castración, tiene dudas con respecto a su
pene, su tamaño y utilidad. Al exponer su pene, busca inconscientemente
dos cosas: Primero, que le reafirmen que tiene pene,
pues reaccionan frente a su vista. Segundo, que su pene
atemoriza a la persona, con lo cual él ya no tendrá miedo.
Pueden haber otras motivaciones inconscientes, como: “Te
muestro lo que quiero que tú me muestres a mí”. Como
las personas sorprendidas suelen ser mujeres, podría suponerse
que buscan que ellas también muestren sus genitales, pero
se afirma que lo que buscan los exhibicionistas es que ellas
también muestren un pene, al igual que lo fantasean los transvestistas.
La erotización de la mirada
está en la mirada de los otros, no en la del exhibicionista.
Puede creerse que éste desearía encontrarse con un voyeurista
que goce mirándolo, pero no es así, como ya vimos.
El cuadro comienza generalmente
en la infancia, se manifiesta antes de los 18 años, aunque
puede empezar a cualquier edad, no se ven casos de denuncia
más allá de los 40, por lo que se estima que el cuadro disminuye
su intensidad con los años (4). No debe confundirse con el
individuo a quien le gusta desnudarse frente a una pareja
que consiente, o al bañista que porta un minúsculo slip de
baño o tanga, en que los genitales se notan con claridad.
No se trata de una parafilia, aunque sí de una conducta exhibicionista
normal, que puede ser de mal gusto para algunos y divertido
para otros.
El acto exhibicionista,
por el escándalo que provoca, es un atentado contra la moral
y las buenas costumbres, y por tanto, es un acto delictivo:
es un delito sexual de ultraje público al pudor.
El exhibicionismo como
parafilia no existe en la mujer. Pero la exhibición de partes
no genitales del cuerpo es más común en la mujer que en varón.
Rodrigues y Furlaneto (48) estudiaron 106 mujeres en Sao Paulo,
de entre 19 y 52 años, una media de 25 años, y sólo un
6 % podría clasificarse como exhibicionista, mientras
el 48 % sentía placer sexual al exhibir sus genitales y el
43 % sentía excitación sexual al hacerlo, y las encuestadas
opinaban que el 66 % de las personas frente a quien se exhibían
sentía placer y un 26 % se excitaba. Cuando mostraban otras
partes del cuerpo, sentían placer el 45 % y excitación sexual
el 37 %. Ninguna de ellas fue denunciada por Atentado público
al pudor, y aunque los autores no lo dicen, es la norma. Es
el varón exhibicionista aunque sea con el pene fláccido, que
suele ser denunciado con irritación por las víctimas o sus
padres. La mujer posee mayor capacidad de atracción exponiendo
todo el cuerpo, pues teme ser fea o ridícula, y a su vez,
trata de fascinar mágicamente a los espectadores para obtener
lo que desea. En los pocos casos en que la mujer muestra una
franca tendencia a exhibir sus genitales, el psicoanálisis
aduce varias explicaciones: también expresaría la envidia
del pene, equivalente al temor a la castración masculina,
pues al exhibirse castrada pretende castrar al espectador,
mágicamente, pero al mismo tiempo, posee la ilusión de tener
un pene. Suele tener preferencia por el cunnilingus, donde
se da la oportunidad de mostrar a su pareja, por largo rato,
sus genitales. Por último, al ostentar su encanto y belleza
femenina, hacen caer a los hombres en la admiración y sometimiento
de dependencia frente a lo que antes despreciaron.
Tengamos en cuenta que
el exhibicionismo, como las demás parafilias, es una expresión
inmadura y narcisista de la sexualidad, que poco tiene que
ver con el otro, más que como objetos de uso o cosificación
para sus satisfacciones no genitales. El exhibicionista tiene
dificultades para amar, para cortejar adecuadamente, para
formar pareja. El trastorno es básicamente masculino, y quien
lo sufre padece además de un deterioro significativo en su
vida. París (40) dice que el exhibicionista no puede pasar
al acto y se conforma con mostrarse. Que hay un monto sádico-agresivo
porque pretende asustar, masoquista porque se expone a ser
castigado.
Palem (39) dice que “el
exhibicionista es, esencialmente, un inadaptado social. Ignora
las técnicas de seducción, es tímido, vive alejado de las
mujeres, no pide nada a la mujer pues teme ser rechazado.
No sabe bailar, cortejar, convencer, no usa el verbo como
el humano, usa la exhibición como los animales. Es una muestra
patética de la hipocresía de una sociedad represiva”.
2.
VOYEURISMO
Es una parafilia específica,
complementaria del exhibicionismo, provocada por la erotización
patológica de la mirada del paciente. El nombre proviene de
un galicismo o barbarismo: ”voyeur” (veedor).
Los criterios que el DSM IV (4) exige para el diagnóstico
son: “A. Durante un periodo de la menos 6 meses,
fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos
sexuales o comportamientos que implican el hecho de observar
a personas desnudas, desnudándose o que se encuentran en plena
actividad sexual. B. Estas conductas provocan malestar
clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de
otras áreas importantes de la vida del paciente.” El
DSM III (3) agregaba que “este tipo de observación es
el método repetidamente preferido o exclusivo para conseguir
la excitación sexual”. También forma parte del diagnóstico
que la persona no busca establecer ningún tipo de relación
sexual con la persona observada, aunque puede tener una fantasía
que mantiene un contacto sexual con la misma. Los sinónimos
del voyeurismo son: inspeccionismo, mironismo (de mirón),
visionismo, escoptofilia, atisbamiento.
Lo característico del voyeurista
es que se oculta para observar, espía, atisba. Las personas
a quienes mira suelen ser desconocidas, o por lo menos no
están informadas de que alguien les está mirando, es decir,
no consienten que se las mire. Por tanto, no es voyeurismo
mirar a una persona que se desviste en la playa, o a la esposa
en el momento de desvestirse y menos si lo hace como acto
de provocación erótica explícita: si se observa a un ser amado
desnudándose y se siente placer, ello es normal. A todos los
gusta mirar como forma de comunicación sexual, pues la mirada
es el sentido más poderoso en el lenguaje del cortejo a distancia.
Tampoco es voyeurismo el mirar material pornográfico para
incrementar el deseo sexual, como acto preparatorio de la
actividad sexual. El voyeur –dice París (40)- sustituye
la acción por la mirada. Cita a Henry Ey, quien dice que “el
voyeurista realiza el más breve de los coitos: el coito visual.”
El trastorno empieza en
la infancia, se instala antes de los 15 años de edad y su
curso es crónico. En su forma más grave, mirar o balconear
como espectador la vida sexual de los demás es su única forma
de actividad sexual. Los voyeuristas compran potentes catalejos
para espiar la vida íntima de sus vecinos de enfrente, modifican
sus horarios para poder estar a la hora en que la vecina se
acuesta, se cambia de ropa o hace el amor con su pareja o
se desnuda para ir al baño. Hay voyeuristas que alquilan piezas
de pensiones antiguas desde donde pueden espiar a través de
la cerradura o hendijas hacia la pieza vecina, o efectuado
orificios en puertas y hasta paredes. A veces se asocia con
el escuchismo, oyendo los ruidos del placer en las
piezas vecinas. La recorrida discreta por las “villas
cariño” o lugares de la vía pública con poca iluminación,
como ramblas o costaneras, parques y plazas, donde las parejas
van en automóviles o a pie para acariciarse o hacer el amor,
es una práctica habitual. Allí toman toda clase de precauciones
para no ser descubiertos mientras mira, pues ello interrumpe
su placer y les provoca gran frustración y angustia. Suelen
llegar al orgasmo mientras miran o se masturban después con
la evocación de lo visto con fantasías agregadas.
Para el psicoanálisis (19),
el voyeurismo posee la misma psicopatología que el exhibicionismo,
pero la angustia de castración suele fijarse por haber presenciado
la escena primaria o el coito de los padres, o bien, al contemplar
los genitales de los adultos. Cuando miran el desnudo o el
coito de otros, tratan de asegurarse de que no hay peligro
de perder su pene, como castigo por la transgresión, repitiendo
en calidad de espectador, las escenas temidas. Es decir, repiten
la escena traumática con el deseo de ejercer un control sobre
él. A veces lo que tienen que mirar posee un carácter específico,
determinado por el tipo de situación traumática vivida en
la infancia.
Pero el voyeurista no se
calma totalmente cuando mira estas escenas, aunque le provoca
una gran excitación sexual y, luego o concomitantemente si
se da el caso, se masturba con las fantasías o la visión de
la realidad que observa. Esto lo lleva a ser insaciable y
a incrementar sus experiencias, exponiéndose a ser descubierto
o denunciado, tratando de ver más y más, o repitiendo con
mayor frecuencia sus incursiones de atisbamiento y espionaje.
A veces, desplazan su interés solo a los juegos preliminares
del coito o incluso a aspectos pregenitales de la sexualidad.
Si utilizan videos pornográficos previo al coito, luego no
realizan el coito, pues su sexualidad está saciada con mirar.
Esta parafilia es casi
exclusivamente masculina, pero cuando se ve en mujeres, en
lugar de curiosear el coito, los actos se desplazan hacia
escenas sádicas o destructivas, como disfrutar mirando películas
de terror, escenas de catástrofes, accidentes, guerras, operaciones
quirúrgicas, escenas de hospital, etcétera.
Como toda parafilia, el
voyeurismo, tiene una
fuerte estructura narcisística, así que tampoco sus portadores
son capaces de amar. Sus fantasías y conductas invaden de
tal modo sus vidas, que les dejan poco tiempo para una vida
sexual normal, perturban su vida laboral y se sienten incompletos.
No obstante ello, como en toda parafilia, no consultan por
esta causa, sino que es un hallazgo cuando consultan por una
disfunción sexual, trastornos del humor o ansiedad.
3.
MASOQUISMO SEXUAL
El masoquismo
es una parafilia específica, y constituye uno de los
pares parafílicos junto al sadismo sexual de la erotización
del dolor. La caracterización de la misma está dada porque
el modo preferido o exclusivo de producir excitación sexual
es el hecho de ser humillado o atormentado, o de participar
intencionalmente de actividades en que se es lesionado físicamente
o pone en peligro su vida para sentir placer sexual (20).
Hay sustitución del acto sexual coital por otro que produzca
dolor.
El DSM IV (4) establece
dos criterios para su diagnóstico: “A. Durante
un período de al menos 6 meses, fantasías sexuales recurrentes
y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos
que implican el hecho (real, no simulado) de ser humillado,
pegado, atado o cualquier otra forma de sufrimiento. B.
Estas conductas provocan malestar clínicamente significativo
o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de
actividad del individuo”.
La parafilia comienza en
la infancia, y se debe a experiencias de violencia vividas
en el ámbito familiar, pero se manifiesta en forma de fantasías
masturbatorias en la adolescencia y a través de conductas
en la edad adulta. Una vez que aparecen las conductas, suelen
ser de curso crónico, con periodos de mayor intensidad, vinculados
con el estrés o simplemente con el paso del tiempo, aunque
puede estabilizarse sin incremento de la frecuencia por años.
Otra característica es que tiende a repetirse la misma conducta
por años. Cuando ya no se conforma con conductas menores y
medianas, el aumento del dolor y la exposición al peligro
puede ser mayor, poniendo en riesgo la vida hasta perderla.
Una o dos personas por
millón de habitantes y por año, según estadísticas, mueren
en Estados, Unidos, Canadá, Australia e Inglaterra, por la
práctica masoquista de la hipoxifilia, que consiste
en la privación de oxígeno para incrementar el placer sexual,
a solas o en pareja, mediante bolsas de plástico en la cabeza,
compresión de tórax o nudos en el cuello, generalmente a causa
de errores de procedimiento o accidentes.
Pero las conductas masoquistas
sexuales son varias: las formas de ser humillado comprenden
el ser orinado, defecado, obligado a arrastrarse, a imitar
animales, a suplicar, a vestirse con ropa del otro sexo. El
ser vendado y encapuchado implica sumisión sensorial. Por
algo la tortura comienza con la capucha que despersonaliza
al sujeto. Aquí lo que predomina es la humillación verdadera,
el sentir la dignidad propia reducida a cero. También puede
pedir ser tratado como un niño en el infantilismo, o que le
efectúen perforaciones en la piel o los genitales (infibulación).
Las fantasías de humillación suelen ser aun más atrevidas
y ricas que la realidad: estar en situación de ser torturado
con picanas, violado o violada por múltiples personas, castigado
con todo tipo de objetos hasta la muerte. Hay una suerte de
tanatofilia o afición por la muerte, por parte del
masoquista. También se fantasea ser siervo o esclavo al servicio
incondicional de amos abusivos, o ser agredidos en un callejón
oscuro por una patota que le propina una feroz golpiza o le
insulta soezmente, por ejemplo. Cuando se trata de fantasías
que no son preparatorias de actos masoquistas, son indispensables
para excitarse durante la masturbación o el coito.
Los castigos reales pueden
ser producidos por la pareja, con látigos, palos, picanas,
cortes, pinchazos y coscorrones o con cualquier objeto, hasta
que la lesión mane sangre o simplemente duela lo suficiente.
También el masoquista se autocastiga en la flagelación, se
pinchan con agujas, se producen descargas eléctricas o se
atan con alambres. La inmovilización o restricción de movimientos
para que uno se pueda escapar, puede ser de las muñecas y
tobillos atados a la cama, con vendajes en los ojos o no,
todo lo cual implica sumisión a la pareja, que puede hacer
lo que quiera con él, aun matarlo.
Con frecuencia, tienen
dificultades para encontrar parejas que consientan practicarle
estas conductas agresivas y entonces se autoagreden. Cuando
encuentran parejas que les practican actos humillantes o lesivos,
lo que es un progreso para sus vidas solitarias y una posibilidad
de salir de ese encierro pesadillesco, éstas se horrorizan;
pero luego consienten en practicarles pequeños actos que son
siempre insuficientes y piden cada vez más. París (40) afirma
que “el masoquista sexual se identifica con su verdugo,
se siente despreciable y necesita que el otro le castigue,
le humille”. Las mujeres que aceptan “con amor
y resignación” las humillaciones a que su marido sádico
la somete, suelen revelar con ello un masoquismo encubierto.
Se registra en los casos de violencia doméstica, en que aquéllas
denuncian al marido castigador y luego retiran la denuncia
en forma periódica y reiterada. Como todas las parafilias
se presenta casi exclusivamente en el sexo masculino, pero
con mayor presencia femenina, aunque la relación es de
20 varones por cada mujer masoquista, como ya lo
vimos.
Leopoldo Von Sacher Masoch
(1836-1895) era un profesor de historia y escritor premiado
y famoso, Caballero de la Legión de Honor e hijo del Jefe
de Policía de Lemberg, su ciudad natal. Con 10 años de edad,
escondido en el ropero de su tía la condesa Zenobia, asistió
sin desearlo a un acto sexual de la misma con su amante. Estaba
envuelto en un tapado de pieles. El conde sorprende el acto,
pero lejos de amedrentarse, la tía castiga con un látigo al
marido. La excitación de Leopoldo es tan intensa que cae entre
las pieles y la tía también lo castiga a él, por fisgón. Huye,
pero no muy lejos, pues descubre que le fascinan los gritos
del conde que sigue siendo golpeado. Por algo, el látigo y
las pieles son sus símbolos favoritos. Krafft-Ebing en 1886
toma el nombre de Masoch para designar la erotización del
dolor recibido, pues ese año éste publica su libro “Venus
con abrigo de pieles”.
La historia de Sacher Masoch
agrega otros datos de interés para comprender esta parafilia.
Se casó, y como su esposa se negó a flagelarlo, la obligó
a presenciar el castigo que le infligía su doncella. Convencida,
la esposa pasa a flagelarlo para darle placer, pero no era
suficiente: también debía serle infiel. Para ello puso un
aviso solicitando un hombre vigoroso dispuesto a mantener
relaciones con su esposa, todo un adelantado en la correspondencia
de intercambio. Pero su mujer no acepta y lo abandona. La
historia finaliza con que Sacher Masoch se casó por segunda
vez, esta vez con su secretaria que lo complacía en todo.
El campo de las parafilias
suele despertar la curiosidad de los profanos, porque todos
rechazamos estas conductas raras y extravagantes. Pronto se
descubre el lado siniestro, la soledad y la búsqueda obsesiva
del dolor donde debe reinar el placer, aparentemente incompatibles
pero indisolublemente unidas en el masoquismo sexual. Se diferencia
el masoquismo sexual del masoquismo como rasgo de personalidad.
El masoquismo y el sadismo tiene como sinónimo la algolagnia
del griego “algos” (dolor) y “lagnia”
(atracción patológica).
4.
SADISMO SEXUAL
Se trata de una parafilia
específica en que hay modificaciones del acto sexual por la
erotización del dolor, completando el par sadismo masoquismo,
en que el placer obtenido proviene del sufrimiento ajeno.
En el DSM III (3) se utilizaban los siguientes criterios para
su definición. “Con una pareja que no consiente, el
individuo ha infligido repetida e intencionalmente
sufrimiento psicológico o físico con objeto de obtener excitación
sexual. Con una pareja que sí consiente, el modo repetidamente
preferido o exclusivo de obtener excitación sexual combina
la humillación o sufrimiento corporal simulado o ligero. Y
tratándose también de una pareja que consiente, se le han
infligido lesiones corporales que son intensas, permanentes
o posiblemente mortales, con el objeto de obtener excitación
sexual.”
En el DSM IV (4), el criterio
diagnóstico es más explícito y exige dos condiciones. “A.
Durante un periodo de al menos 6 meses, fantasías recurrentes
y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos
que implican actos (reales, no simulados) en los que el
sufrimiento psicológico o físico (incluyendo la humillación)
de la víctima es sexualmente excitante para el individuo.
B. Estas conductas provocan malestar clínicamente significativo
o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de
la actividad del individuo”.
Desde luego, hay grados.
Desde quien evoca fantasías sádicas durante el acto sexual,
en que el sujeto controla totalmente a una víctima aterrorizada
por la situación amenazante, pero que no las lleva a cabo
en la realidad, pasando por conseguir víctimas que consienten
ser agredidas, a someter contra su voluntad a personas para
provocarles sufrimiento. Las fantasías pueden ser muy variadas,
ya que economizan la realidad, pero a veces los actos
cometidos en la realidad son muy complejos y truculentos.
Estos actos o fantasías
sádicas pueden ser: inmovilizar físicamente a la víctima,
atarla con los ojos vendados a la cama o contra un objeto
firme, darle una golpiza, azotarla, pincharla o perforar el
cuerpo con objetos punzantes, quemarla con cigarrillos, aplicarle
descargas eléctricas, efectuarle cortes, intentos de estrangulación,
obligar a la víctima a arrodillarse, a comer excrementos,
encerrarla en una jaula y finalmente, el homicidio. La violación
con penetraciones anales y vaginales violentas y todos su
prolegómenos forman parte de los actos sádicos posibles. Hay
casos en que se deben realizar cada uno de estos actos. Otros,
se conforman con uno solo de estos actos, por ejemplo, estrangular,
sin intentar siquiera violar a la víctima. Basta con verla
sufrir, disfrutar su dominio total sobre ella o presenciar
su agonía.
Un cierto monto de agresividad
forma parte de las actividades sexuales normales, pero en
el sadismo sexual esta agresividad es excesiva y responde
a otras causas. El psicoanálisis reconoce componentes sadomasoquistas
normales en todos los seres humanos, pero su expresión
es regulada por la adecuada resolución de los conflictos de
la etapa anal-sádica del desarrollo psicosexual, así como
la elaboración de las situaciones traumáticas agresivas a
los que el niño se vio expuesto. Estas situaciones son fantaseadas
con relación al acto sexual de los padres con la violencia,
por ejemplo, pues escucha quejas y gritos que interpreta como
dolorosos. Por la identificación con sujetos agresivos
–como el padre o la madre- o con personas agredidas que
desean vengar, como la madre humillada o el padre despreciado
o los hermanos castigados, cuando llega a la adolescencia
y a la adultez, el individuo adopta conductas sádicas.
Así como el voyeurista
suele ser exhibicionista, el sádico suele ser masoquista al
mismo tiempo o sucesivamente. París (40) dice que el sádico
se identifica con su víctima, suele sentirse culpable de sus
actos e inconscientemente tiende a volver su agresividad contra
sí mismo. Pero no es frecuente el sentimiento de culpa, pues
pueden ser portadores de severos trastornos de la personalidad,
con antecedentes infantiles y adolescentes de frialdad y violencia
con animales y otros niños, así como con las mujeres. Las
parejas sadomasoquistas de manifestación menor, disfrutan
viendo películas de violencia sexual o terror, o con la sujeción
a la cama, o por el uso de ropas de cuero negro y brillante,
que son símbolos de autoritarismo y poder. Se puede asociar
con fetichismo.
A falta de estímulos de
humillación y violencia, el sádico sexual puede padecer de
disfunciones sexuales, pero en sentido contrario, las fantasías
sádicas actúan como “gatillo” disparador para
provocar la respuesta deseada. No es común que él consulte
al médico, aunque sí lo hace su mujer, aterrorizada por las
“cosas monstruosas” que le proponen hacerle o
han intentado hacerle o incluso le ha practicado contra su
voluntad.
Las fantasías sexuales
sádicas suelen comenzar en la infancia y los actos
comienzan a la edad adulta joven. El curso suele ser estable,
pero los periodos de estrés o depresión pueden hacer que se
incremente el deseo de avanzar en prácticas cada vez más violentas
hasta que la muerte de la pareja lo lleva a la prisión. A
veces, los crímenes seriados con o sin descuartizamiento y
ocultamiento de los cadáveres, obedecen a etapas peculiares
de la vida del sádico, como la muerte de un progenitor, el
duelo por una decepción amorosa o cualquier otra experiencia.
Los casos famosos de la realidad protagonizados por sádicos,
como “Jack el destripador” o versiones noveladas
como “American Psycho”, llevan al extremo tragedias
que forman parte de la casuística legal y policial de todos
los pueblos del mundo. La tanatofilia evidente de los sádicos,
hace que cada acto sea una amenaza o una antesala del homicidio.
El “scarfing” es la excitación sexual
por reminiscencias del goce de muerte por estrangulación que
provoca al individuo el observar un pañuelo, echarpe o bufanda
alrededor del cuello del otro (9). Los sádicos sexuales son
los “niños terribles” de la sexualidad y nadie los quiere,
ni como pacientes ni como parejas. Son los “ofensores sexuales”
por excelencia.
El nombre de esta parafilia
proviene del asignado por Krafft-Ebing, inspirado en la obra
del Marqués de Sade o Donatien Alphonse François (1740-1814),
noble oficial del ejército y escritor francés quien describió
sus actividades, escandalizando a su época y que le costó
la cárcel. Educado por el rigor y los castigos físicos, alejado
de todo contacto afectivo con sus padres, lo que era común
en la época, el “divino” Marqués, se casó antes
y después de haber protagonizado reuniones orgiásticas con
prostitutas y criadas a las que nunca practicó todo lo que
escribió en sus libros. Se sabe que una vez hizo cortes en
la piel a una mujer y luego los llenó de cera caliente, y
otra vez flageló y proporcionó altas dosis de cantárida a
una criada para lograr su excitación, quien casi muere por
la diarrea y la intoxicación. Fue denunciado en ambas oportunidades
y luego de recorrer varias cárceles francesas, la influencia
de la familia de la esposa hizo que terminara en la célebre
Bastilla, donde estaba cuando advino la Revolución Francesa.
Nunca se rehabilitó socialmente, escribió su frondosa obra
en cautiverio y murió a los 74 años en el asilo de alienados
de Charenton. Pero su recuerdo como “liberador sexual”,
fue reivindicado en este siglo por Camus y Simone de Beauvoir
en su carácter de libertino, liberado de la esclavitud,
luego librepensador y licencioso, el verdadero iniciador del
arte enajenado, del envilecimiento como un acto de conversión
e inspiración para escritores como Baudelaire quien escribió
a su vez “el placer único y supremo del amor reside
en la certidumbre de que se está haciendo el mal”. Dice
su biógrafo Hayman (27) que Sade deseó desaparecer en la historia,
pero sobrevivió en ella porque “tuvo el valor de llegar
tan lejos como le fue posible en una dirección que jamás habría
elegido si se le hubiera dado la libertad de escoger, pues
la prisión y la sexualidad solitaria fueron su escenario literario,
junto a su fecunda y patológica fantasía”.
BIBLIOGRAFIA
* Dr. Andrés Flores
Colombino
Médico Psiquiatra,
Geriatra Gerontólogo y Sexólogo Clínico
Miembro del Advisory
Committee de la World Association for Sexology (WAS)
Presidente de la Federación
Latinoamericana de Sociedades de Sexología y Educación Sexual
(FLASSES), Fiscal de la Sociedad Uruguaya de Sexología.
Nota del Dr. Adrián Sapetti:
este artículo, debido a su extensión, ha sido dividido en
partes, las que se irán publicando en meses sucesivos.
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