Parafilias (Parte VII)

Por Andrés Flores Colombino*

Cuadernos de Sexología nº 7, 1988

"gwendoline", J. Willie, 1946CONCLUSIONES

El Capítulo de las Parafilias nos sumerge en un campo de estudio común de la Psiquiatría, la Psicología, la Jurisprudencia, la Sociología, la Axiología, la Filogenética. Y sobre todo la Antropología social y cultural. Cada escuela ha efectuado sus aportes porque se trata de una temática que muestra de manera clara la compleja naturaleza humana y todos desean desentrañar sus misterios.

Lo terminamos por la trascripción de una reflexión y luego esbozamos algunas conclusiones.

El psicoanalista  Marcel Eck (15) dice que “No se trata de justificar los comportamientos desviados y menos aún los parafílicos. Junto a Henry Ey, he llegado a considerar que si la condenación inapelable es una injusticia, la negación de toda conciencia moral es un grave error. Comprensión no quiere decir complacencia y aún menos glorificación. La desviación sexual no es nunca una elección, es un destino. ¿Cómo puede vivirse ese destino?”

"Todo el problema consiste" -continúa- "en hacer que el sujeto forme conciencia de que debe vivir su sexualidad desviada con los mismos criterios de moralidad que los que presiden el ejercicio de la sexualidad ortodoxa. Nadie es responsable de sus tendencias, sino solamente de la forma en que las vive. Recordemos que la más ortodoxa de las sexualidades puede ser vivida en forma perversa". Y concluye: "Si el desviado sexual observa el respeto a los demás, ¿con qué derecho vamos a intervenir para obligarlo a abandonar una tendencia que, al menos aparentemente, lo satisface?".

Pero nos quedan algunas interrogantes junto a otras conclusiones.

1.       Las parafilias se tratan de actividades sexuales anómalas, patológicas y frecuentemente asociales.

2.       Son actividades alejadas de la función reproductiva –lo que siempre provocó el rechazo de las parafilias por la religión y las ciencias clásicas- y también de la función erótica en sus manifestaciones amorosas  vinculares y comunicacionales. El predominio narcisista de sus manifestaciones hace que el placer sexual obtenido, con ser intenso, está viciado en su naturaleza, pues solo apunta a un placer individual y no compartido.

3.       El carácter incoercible al tratamiento que los inviste en su gran mayoría crea frustración en los equipos terapéuticos y abre interrogantes sobre la necesidad de nuevas técnicas y teorías que expliquen mejor y puedan resolver estos casos y prevenirlos. Por ahora, las técnicas tienden a incorporar la parafilia a la actividad sexual coital, como un recurso excitatorio que permita realizar este acto vincular. Pero no siempre se logra la remisión de la parafilia. Y sabemos lo resistentes que son los componentes narcisísticos a las psicoterapias de cualquier tipo. Por eso es pertinente la afirmación de Isabel Boschi (9) de que “el terapeuta más adecuado para ese paciente será quien tenga más variedad de recursos apropiados para modificar la situación, mejor conciencia de sus propias parafilias, menos respeto por los medios terapéuticos convencionales, a los maestros, y mayor creatividad”.

4.       La frecuente comisión de delitos sexuales por parte de los parafílicos, plantea una necesidad de comprensión y prudente tolerancia al lado de una firme actitud en la aplicación de sanciones y el consiguiente tratamiento de los ofensores sexuales, hecho siempre postergado ante la necesidad evidente de atender primero a las víctimas. Para ello deben ajustarse las leyes al grado de comprensión de estos cuadros, pues la simple represión  no previene de nuevas incursiones en estas conductas compulsivas.

5.       Las parafilias suelen ser tratadas con criterio nihilista por parte de los profesionales, en el cual interviene la poca comprensión del tema, así como el mal manejo de los propios componentes parafílicos de los terapeutas, lo cual crea una contratransferencia negativa muy intensa. Nadie quiere a los parafílicos fuera de la cultura parafílica. Por ello se reúnen para tratarse en Grupos de autoayuda como “Sexofílicos Anónimos” o “Sexahólicos” que utilizan el método de los Alcohólicos Anónimos y tratan a las parafilias como adicciones.

6.       Los estudios etiológicos revelan la enorme importancia que tienen los padres y sustitutos en la fijación de conductas parafílicas a través de actitudes y actos que pueden considerarse erróneos, poco naturales y bloqueantes del desarrollo psicosexual. Surge la necesidad de la educación sexual de los padres como prevención primaria en salud mental.

7.       La reivindicación del carácter normal de las parafilias por parte de los propios parafílicos organizados o no, y de parte de grupos profesionales, debe ser escuchada, no rechazada a priori. Pero opinamos que la Sexología no puede embanderarse en estas campañas, pues su papel debe constituirse en una contribución desapasionada, científica y humanística, a la comprensión más acabada y actualizada posible, para que las ciencias del hombre la recojan y conjuguen para revisar, establecer y corregir si es necesario, su sistema preceptual y epistemológico, que defienda la salud y la convivencia armónica de las personas.

8.       El hecho precedente plantea la situación clásica de pretender patologizar toda conducta considerada inmoral para un sistema de valores determinado, sea este religioso, científico o filosófico. La ampliación de los criterios necesarios para aceptar lo normal en Sexología es una propuesta válida. A ello ha contribuido la Clasificación de Enfermedades Mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana, así como el formidable trabajo sobre las Enfermedades en Sexología del Dr. Fernando Bianco (7) que fuera aprobado por la FLASSES en Belo Horizonte, en 1992.

9.       Los problemas planteados por el hecho de que los parafílicos no consultan en su gran mayoría, son varios. El estudio clínico y psicopatológico, así como la sistematización de terapéuticas eficaces, están comprometidos y se dispone de material limitado y no significativo. También lo está el registro de datos estadísticos confiables, pues solo puede inducirse  de  la frecuencia de  procesamientos por delitos sexuales o de otro tipo que algunos individuos portadores de algunas formas de parafilias pueden llegar a protagonizar. Este subregistro muestra solo la punta de un iceberg.

10.    Es de celebrar que se hayan eliminado de la categoría de enfermedades  y por ende de la lista de parafilias a conductas preferentes, excepcionales y variantes, cuyos portadores  no le hacen daño a nadie, ni aun a quienes las practican, y que se haya estandarizado el criterio de diagnóstico y las características principales de cada parafilia típica y de las no especificadas, pues de lo contrario asistíamos a una lluvia de parafilias concebida por cada autor, de acuerdo a su particular formación teórica, moral y hasta de su propia psicopatología.

Cuando Kaan y Krafft-Ebing, a fines del siglo pasado, debieron encarar estos temas, no pudieron eludir la consideración moralizante de los mismos, y luego de descripciones detalladas que hicieron las delicias de los pornófilos y curiosos en todos los idiomas, pese a su pretensión inicial de escribir en latín para desalentar a los no iniciados, bautizaron cada parafilia con nombres infamantes como “degeneraciones”, “aberraciones” y luego “perversiones”. Esta última, con nueva semántica, se adentró bastante en el siglo XX.

Cuando Freud, quien también pagó tributo a su época, habló del niño “polimorfo perverso”, reconoció que en todo ser humano existe un núcleo parafílico y los estructuralistas reconocieron el carácter placentero de la trasgresión sexual, las desviaciones pudieron ser encaradas como  parafilias, y de ellas se excluyeron las conductas no coitales, siempre que no dañaran a los demás o su extravagancia fuera tan sólo una preferencia de refinamiento sexual.

 Ya mencionamos las “desviaciones” que fueron excluidas en las sucesivas clasificaciones de parafilia. Pero la exclusión injustamente menos celebrada pero de gran importancia, fue la de la gerontofilia, o afición hacia los viejos o viejas mayores de 60 años por parte de jóvenes, sin mucho criterio de distancia etaria. Hoy, excluyendo a la niñez prepúber que debe ser protegida, todas las personas capaces que consienten libremente, pueden vivir una sexualidad mucho más rica y placentera, sin la culpa de una patologización prejuiciosa y represiva por diferencia de edad. Las personas adultas mayores o viejas de ambos sexos, no son enfermas ni están deserotizadas ni condenadas a la castidad geriátrica, como en otras épocas. Los avances de la Gerontología han liberado al hombre de su marginación, también sexual, de otras épocas de la historia. Se puede decir que, gracias estos cambios, la sexualidad es más libre y menos libertina.

* Dr. Andrés Flores Colombino

  Médico Psiquiatra, Geriatra Gerontólogo y Sexólogo Clínico

  Miembro del Advisory Committee de la World Association for Sexology (WAS)

 Presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Sexología y Educación Sexual  (FLASSES),  Fiscal de la Sociedad Uruguaya de Sexología.

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