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Luego de que
James Cook conquistara Samoa, llegaron los misioneros anglicanos a las islas y, con
horror, verificaron que los nativos no asociaban el coito con la reproducción, ya que
esta última era atribuida al espíritu totémico. Así disfrutaban libremente del sexo;
por otro lado, vieron que la posición más usada era la de la mujer arriba o en
cuclillas. Entonces intentaron enseñarles las virtudes del coito "natural" que
era el del varón arriba y con finalidad meramente reproductiva: esos nativos,
irónicamente, llamaron a ese modo coital "la posición del misionero".
Más allá de
su historia, lo que condiciona al varón de hoy son los mandatos que trataron de imponer
una posición natural o de establecer que la cantidad es lo mejor. Hay
parejas que sólo utilizan para sus encuentros sexuales una única posición, con escasas
variantes y juegos, lo que va creando una cierta rutina y chatura en los encuentros;
incluso sin tener en cuenta que hay posturas que pueden ser más placenteras para un
miembro que para el otro. Acaso sea por eso que, desde tiempos lejanos, los seres humanos
vienen buscando variaciones que les permitan hacer renacer la pasión o aumentarla.
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