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Son dignos de atender los poéticos consejos del Kama Sutra
(siglo III de nuestra era): "Las personas deben imitar las diferentes costumbres
de animales y pájaros. Estas diferentes clases de unión sexual, que se utilizan según
las fantasías de cada individuo, son las que encienden el amor, la amistad y el respeto
en el corazón de las mujeres." Ubicados en el extremo opuesto a este concepto,
algunos teólogos cristianos sostenían que el placer era obra del demonio y la mujer
sinónimo de tentación. En los manuales de confesión del medioevo se indicaban preguntas
destinadas a indagar sobre la existencia de placer en las relaciones matrimoniales y, de
haberlas, eran objeto de condena. Desde estas afirmaciones, el orgasmo y el goce de la
mujer eran innecesarios y pecaminosos: ellas eran meros instrumentos de los deseos del
varón a quienes provocaban. A partir del Concilio Vaticano II, bajo el papado de Juan
XXIII, comienzan a reconocerse las relaciones placenteras como vehículo de
fortalecimiento de la unión matrimonial. Tomando en cuenta esta óptica, todas las
posiciones coitales serían naturales. La sexología considera que, tanto dentro
como fuera de la ley del matrimonio, no existen posiciones únicas, ni naturales, ni
aconsejables, ni sanas, sino que son válidas todas aquellas que produzcan placer y
satisfacción mutuas.
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