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La buena salud es un concepto
integral, al que no escapa la sexualidad. La escisión que
habitualmente se crea entre sexo y salud, hace que muchos
individuos que padecen disfunciones se alejen de la verdadera
causa del problema y la compliquen. Un hipertenso o un obeso
que padece una impotencia, difícilmente la asocie con su dieta
y hábitos de vida. Sin embargo, existe una relación cierta
entre colesterol alto, hipertensión o diabetes, y los problemas
sexuales. Una buena irrigación sanguínea es fundamental para
la respuesta sexual masculina y cualquier enfermedad que afecte
los vasos comprometerá también el rendimiento erótico. Quienes
han descuidado todas sus variables, con un sobrepeso marcado
y el metabolismo desajustado (y muchas veces sin saberlo),
que llevan una vida sedentaria, son grandes fumadores o beben
en exceso; no están muy conectados con el erotismo en sentido
amplio, sino en mayor medida con algo autodestructivo y de
abandono. Son los que sostienen que los gustos hay que
dárselos en vida, aunque esto implique ponerla en peligro
y privarse tempranamente de una vida sexual plena.
Como esa axioma
ridículo que sostiene que todo lo que es rico y me gusta me hace mal, por ende me lo
van a prohibir por lo que, siguiendo esta falsa lógica, todo lo que hace bien y es
saludable, es algo soso y aburrido. No pueden ir unidas una salud en deterioro con
la buena sexualidad, entendida ésta como la actividad erótica plena y placentera.
Alguien que no cuida su cuerpo -que no es un mero envoltorio que lo lleva de un lado para
el otro-, ni hace actividades físicas, que no atiende su dieta, tarde o temprano
comenzará a manifestar un menoscabo de su organismo. Y los genitales no están separados
del resto del cuerpo.
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