¿No se trata más de un efecto placebo y cultural?
 

Si la comida, además, es presentada de una manera armónica, colorida, aromatizada, estéticamente agradable, visualmente incitante y se acompaña con dos copas de vino o de champagne, esto puede actuar como facilitador de la sensualidad, creando un clima erótico. Todo tiene que ver con la creación de un ambiente que agasaje los sentidos: olores, sabores, texturas, colores y formas. Las ostras tanto como el jengibre, la pimienta de Cayena o la canela, tienen sustancias estimulantes y energizantes, por citar unos pocos ejemplos. De allí a decir que esa comida sea afrodisíaca (del latín aphrodisiacus y del griego Afrodita, diosa de la belleza, del amor y de la procreación) dista una prudente distancia que va de la realidad a la mitificación.

Si hemos visto cómo el cuidado de la salud (entre los que está la alimentación) favorece la sexualidad, cabe preguntar si ésta favorece a aquella. Creemos que una vida sexual satisfactoria trasunta en un mayor bienestar afectivo y personal.
Al hacer el amor se liberan sustancias químicas, tal vez un tipo de endorfinas, que producen bienestar. No se trata tan sólo de una vivencia a nivel psicológico, donde basta con haberla pasado bien. Y esto vale tanto para un coito con penetración como para todos los juegos que permiten una sexualidad enriquecedora: dormir abrazados o bañarse juntos, darse un masaje, besarse tierna o apasionadamente, también provocan los efectos positivos a los que me refiero. Sin llegar a afirmar de una manera reduccionista y simplista que el sexo es la solución de todos los problemas y el paradigma de la felicidad, que no lo es (pero, ¿hay algo que lo sea?) creo que produce una intensa comunión con el otro, en lo corporal y espiritual, una sensación de plenitud y trascendencia que nos enaltece, llevándonos a esferas donde, tal vez, sólo el erotismo y la experiencia mística nos pueden llevar.

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