VARONES SIN DESEO (Parte II)
Frente a la ausencia de deseo la más malsana de las reacciones es la presión, la recriminación o el enojo, de ellas sólo surgirá mayor resistencia y dolor. Hay que entenderla como una reacción vivencial que representa un evidente alejamiento o un modo inconsciente de mostrar los conflictos personales o de la relación; por ello es que la falta de deseo siempre debe ser tenida en cuenta y evaluada como un factor de riesgo tanto para la armonía individual como de la pareja. No hay que confundirse atribuyendo esta carencia a bruscos desniveles hormonales, ni aceptar remedios mágicos para el desamor. Dice un refrán popular “donde fuego hubo cenizas quedan” y aunque reavivar las cenizas dormidas no es una tarea sencilla, con dedicación, tolerancia y ayuda es posible lograrlo.
Para terminar quisiera ofrecer a los lectores el ejemplo de una terapia centrada en el deseo sexual.
Tomás tenía 36 años cuando llegó a la consulta, seis años de matrimonio mas dos de noviazgo. Su deseo sexual había desaparecido.
Siempre que aparece un problema definido con tanta claridad, la entrevista se orienta a detectar los factores que determinan esta reacción. Mi experiencia me hace creer que por lo general logramos encontrar en la maraña confusa de datos que presentan los consultantes, aquellos elementos significativos que nos permitirán comprender la situación y a veces generar soluciones.
Ejemplo: Para Tomás no era una experiencia desconocida, en otras parejas le había sucedido un proceso similar, pero no con la intensidad actual.
Su mujer, Patricia, tenía 28 años. Su actitud frente al problema había transitado por distintas reacciones. Sorpresa, ira, enojo, hasta llegar a una silenciosa resignación.
Lo paradójico aparente de esta pareja es que en el inicio de la relación su vida sexual era en palabras de Tomás: “algo de otro mundo” “hacíamos de todo y en todo momento”, sin ser tan enfática Patricia concuerda en que las relaciones eran intensas y placenteras.
Aquí, en este tramo de cualquier entrevista, suele aparecer la curiosidad y la pregunta por las razones por las que algo, definido como intenso y placentero deja de serlo y transita hacia la distancia emocional y corporal.
Por sentido común, se puede entender que la primera reacción de cualquiera que esté involucrado en un problema se dirige a identificar el porqué, como y cuando se produjeron las circunstancias que llevaron al conflicto. Lamentablemente este proceso no es tan sencillo, porque cualquier hipótesis explicativa está cargada de subjetividad y cada cual enfatiza aquellos aspectos en los que cree firmemente. En ese acto de producir lo verdadero, las personas suelen bloquearse defensivamente y se cierran a la diferente visión que el otro puede tener sobre el origen y las razones por las que el problema se inició y por las cuales persiste.
Para Tomás su distancia comenzó a raíz de las reiteradas peleas que comenzaron a tener, por razones poco definidas, pero explicadas a partir del “carácter fuerte de los dos”.
Tomás la considera oposicionista, rebelde y furiosa. Patricia, aunque no se define “como un angelito”, “sino como fuerte e independiente” señala que sus reacciones de pelea, gritos e insultos, siempre tenían que ver con el estilo seco e irónico que el utilizaba “casi porque si”. La dinámica de los conflictos producía una asombrosa rotación donde el acababa por sentirse maltratado y aplastado por ella. Su repliegue físico y emocional, la distancia severa sin palabras, terminaba por producir interminables arrepentimientos y disculpas por parte de Patricia.
Este circuito repetido se terminó en un cierto momento, tal vez por fatiga, pero las secuelas se siguieron expresando en una convivencia “de amigos”, sin sexo, ni contacto físico explícito.
En el momento en que llegaron a terapia, no había entre ellos ironías, maltratos o gritos, sino una relación de cariño fraternal, cómplice y entretenida.
Ninguno de los dos expresó un deseo de separación. Pero era evidente que ese fantasma flotaba amenazadoramente sobre su proyecto marital.
El conflicto silenciado se expresaba de modos distintos en cada uno.
En Patricia a través de la negación de la importancia de la vida erótica: “Yo lo amo y puedo vivir sin sexo”. Esta afirmación puede ser cierta para algunas personas, pero aquí expresaba una opción desesperanzada. Un dolor resignado ante los rechazos reiterados a sus aproximaciones sexuales.
En Tomás se comenzó a expresar en tensiones musculares, jaquecas reiteradas, trastornos de ansiedad. Lo que le llevó a sucesivas consultas médicas, y al uso de ansiolíticos y antidepresivos.
Después de dos años de casi ausencia de relaciones sexuales, Tomás se asume como responsable del distanciamiento. Ya no puede explicarse su desinterés. ¿Será que ella ya no me atrae como antes?, pero esta pregunta, posible para muchos, demanda una respuesta creíble, y él, en el fondo no está convencido de que sea cierta. No quiere perderla, y no imagina un matrimonio sin sexo, sin hijos, sin deseo. Sabe que hay un bloqueo en su capacidad amorosa, pero ignora la razón. Quiere cambiar, pero no sabe de que modo hacerlo.
Como terapeuta entendí que ambos estaban atrapados en una historia de resentimiento, en un pasado odioso que dejó secuelas expresadas en el distanciamiento erótico. Lo complejo era el modo en que ambos estaban compensando este vacío a través de una relación de compañerismo. Eran dos seres heridos que no entendían como sanar el daño, pero que tampoco querían perderse mutuamente.
Lo doblemente complejo era construir un camino de reencuentro amoroso sensual, obviando cualquier tarea típicamente sexual para la cual no existía viabilidad, si no se lograba primero una modificación en las corazas emocionales defensivas.
Cuando como terapeuta formulamos una hipótesis explicativa en el marco de una terapia con objetivos, deberemos tratar de que las acciones que se proponen sean congruentes con ella.
En este caso la línea por la que opté fue la de significar el conflicto expresado por Tomás dentro de la cerrada y belicosa tendencia que había caracterizado a la pareja en sus inicios. Las fuerzas confrontadas allí, se corporizaban en dos estrategias diferentes: la de Patricia en su violencia emocional, la de Tomás en su distanciamiento.
Patricia cambió, desistió de la fuerza y el conflicto; pero eso no fue suficiente para él. En su interior la pelea continuaba y alimentaba su defensa, el temor irracional que lo atrapaba era ser vencido, pero el costo personal de esta determinación era su ansiedad constante.
Recuerdo un momento específico en la terapia que marcó el principio del cambio en la actitud de Tomás. Recuerdo que le dije algo así como:
-Bueno, tu ganaste, ella cedió, pero ¿estás dispuesto a asumir el costo de seguirla derrotando todos los días? Cada vez que no la deseas la golpeas de forma infinitamente superior a lo que ella hacía con sus gritos e insultos-.
Es evidente que un señalamiento aislado no determina una sanación espontánea y automática, pero cuando es aceptado por el paciente abre el camino para otras propuestas. Eso es lo que sucedió lenta, pero persistentemente en Tomás. Lo que reinstaló también en Patricia el deseo de buscarlo.
La terapia del bajo deseo sexual es posible y eficiente, siempre y cuando no se cometan dos errores básicos. El primero por minimizar el valor que una buena vida erótica tiene para la cohesión de la pareja; el segundo por dejar de lado el peso de los conflictos de pareja en el distanciamiento sexual.
Ambos elementos deben ser tenidos en cuenta para lograr una adecuada propuesta de trabajo que le permita a la pareja superar uno de los escollos más duros que se le presentarán a lo largo de su proyecto vital.
* Roberto Rosenzvaig, Psicólogo, Sexólogo
www.robertorosenzvaig.cl