Hay
otros casos donde lo que impera es el temor al éxito, es
decir que la persona -tanto varón como mujer- teme permitirse
un orgasmo desenfrenado o una entrega total sin inhibiciones.
La mujer piensa que su pareja la verá como a una mujer
de mala vida y el varón teme ser considerado un sátiro,
un perverso o, en el otro polo, quedar a merced y cautivo
de la mujer.
Al pasar el umbral de los 40 muchos hombres
lo sienten como un condicionante psicológico negativo que, sumado a los cambios
físicos, suele ser disparador de conflictos. Por atravesar esta década se
sienten verdaderos fracasados y comienzan una etapa de balance donde el resultado
lo perciben netamente desfavorable, aunque hayan tenido éxito en sus vidas:
les pesan las cosas que no consiguieron, las oportunidades que creen haber
perdido, la fortuna que no lograron ni lograrán. Comienzan a conectarse con
la idea de su propia muerte -la castración por excelencia- siendo conscientes,
por primera vez, de su finitud, lo que se agrava si han muerto sus
progenitores; un paciente, luego de morir su padre, me decía: “hasta la
muerte de mi viejo jamás había pensado que yo también me iba a morir, sí...
sabía que yo era mortal, pero desde lo teórico; ahora lo siento encarnadamente,
tengo la certeza de que eso me va a ocurrir, y me da miedo”. Todo esto
lleva al varón a una crisis -la llamada de la mediana edad de la vida-
donde la libido puede verse afectada sintiéndose amenazado por el temor de
fracasar sexualmente.
Después de los 50 el porcentaje de fracasos, considerados
estos como la imposibilidad o dificultad de lograr un coito satisfactorio,
es sensiblemente mayor. Lo que ocurre es que en esa etapa la erección tarda
más en conseguirse, son muchas las veces donde no se consigue o necesita más
estímulo directo para alcanzarla. Una vez que eyaculó requiere de períodos
de tiempo más prolongados para volver a erectar. El individuo que acepta estas
limitaciones buscará disfrutar más de los juegos preliminares, así como de
otras variantes sexuales. Mientras que otros comenzarán a hacerse planteos
existenciales: “¿no entiendo cómo vino a pasarme esto justo a mí?, ¿qué
me pasará que ya no funciono como antes?”, son las preguntas habituales.
Pero una adecuada orientación permitirá aceptar el paso del tiempo y comprender
que crisis existenciales y emocionales, exigencias elevadas del desempeño
masculino, depresiones y pérdidas, tanto como la diabetes, la secuela de muchos
años de tabaquismo, los problemas arteriales, la hipertensión, ciertos medicamentos,
por citar sólo algunos ejemplos, explican la aparición de determinadas dificultades
erectivas.
El miedo al fracaso puede manifestarse no solamente
como temor a la mujer desde el punto de vista corporal, sino como una manera
de eludir compromisos afectivos. Algún tipo de disfunción a la hora del coito
es una manera de cortar una relación y de esa manera evitar responsabilidades.
Hay varones que también temen a las mujeres con mucha iniciativa, que son
maduras y por ende abiertas a una propuesta interesante o inteligente por
parte del compañero; éste piensa que no podrá satisfacerla y eso lo acobarda.
Si alguien vive obsesionado por el temor a fracasar, a no rendir frente a
una mujer, se convierte en un ser evasivo, que no incita a su pareja a hacer
el amor y, cuando ella lo hace, siempre está cansado o lo posterga para más
adelante.
Uno de los mitos que se escuchan seguido es que
todo individuo vital, enjundioso, ganador en la vida, también
tiene que serlo en el terreno sexual. Es falso, no existen
leyes al respecto. Es más, el estrés que pueden sufrir las
personas que están en la cresta de la ola, puede llevarlos
a que no funcionen satisfactoriamente.
| El que vive obsesionado
por el temor a fracasar, a no rendir frente a una mujer, se convierte en
un ser evasivo, siempre está cansado o lo posterga para más adelante. |
Es frecuente escuchar a mucha gente decir: “lo
que pasa es que no cortó el cordón, es un edípico”, al referirse a un
varón dependiente de su madre. Para la teoría psicoanalítica el complejo de
Edipo y los conflictos neuróticos pueden llegar a estar relacionados con individuos
que inconscientemente alimentan la fantasía de que, al mantener relaciones
sexuales con cualquier mujer, lo estarían haciendo con su madre. Se afirma
que los conflictos edípicos van acompañados tanto de sentimientos incestuosos
como de culpa. Cuando no son resueltos satisfactoriamente, se evocan cada
vez que se intentan relaciones sexuales y la erección es imposible o dificultosa.
La impotencia actuaría entonces como una defensa contra la ansiedad que surge
de un reavivamiento de sentimientos edípicos (estar haciendo el amor con la
madre). No podemos dejar de mencionar que hay corrientes que desestiman esta
teoría y pueden resolver estos conflictos sexuales sin mediar un largo tratamiento
psicoanalítico.
El miedo no siempre es confesado por quienes lo
sienten, aunque a veces el poder verbalizarlo permite exorcizar
los fantasmas. Todo varón puede tener, aunque sea excepcionalmente,
problemas en la erección o en el deseo. Nosotros hablamos
de una verdadera disfunción erectiva cuando las fallas superan
un 25 % del total de los intentos. De todas maneras
entendemos que los cuadros de impotencia constituyen una
de las situaciones más dolorosas que afectan a los hombres.
Para la gran mayoría la erección es sinónimo de capacidad
para practicar o disfrutar el acto sexual. Por eso la pérdida
transitoria o repetida de la rigidez es considerada
como señal de declinación y un estigma para la virilidad.
| Hablamos de una verdadera disfunción erectiva cuando las fallas superan un 25 % del total de los intentos. |
En códigos no escritos de la cultura machista
se establece que son los varones los que deben iniciar sexualmente a las mujeres,
despertar en ellas el deseo y hacerlas maduras y enseñarles a gozar. Por supuesto
estos mandamientos también establecen que no se puede fallar: hacerlo representa
una pérdida de hombría. Tantas presiones juegan de manera negativa en el individuo
y, cuando no puede cumplir con todas esas demandas aparecen sentimientos de
culpa que hace que se sienta inservible. Los pacientes lo describen
bien cuando dicen: “cada vez que funciono mal me siento un inútil”.
Por ello, cuando alguien se obstina en el momento
donde siente que está tenso y supone que no va a funcionar, es mejor:
· No insistir: cuando
hay una vivencia de miedo, tensión o ansiedad (con sensación
de nerviosismo, manos sudorosas, frialdad) se produce un
tono adrenérgico ya que el organismo segrega adrenalina.
Justamente esta substancia es la que produce la pérdida
de la erección por la contracción vascular que genera; entonces
mientras persista ese estado: no insistir.
· Es preferible realizar alguna
técnica de relajación, darse un baño, hacerse masajes, leer
un poema o ver una película erótica.
· En esos momentos siempre
es mejor interrumpir: no hay que aliarse con el
síntoma.
· Puede ser un eficaz recurso
distraerse con una fantasía o recorrer con la mirada el
cuerpo de la compañera antes que observar “al enano que
se negó a funcionar” (palabras escuchadas en mi consultorio).
· Recordar aquel axioma, que
repiten algunos pacientes, que dice: “más la busco, menos
la logro y cuando menos la espero, aparece”. Lo que
nos recuerda aquella frase de Picasso cuando decía: “yo
no busco, encuentro”.
El miedo al fracaso engendra el fracaso,
enfrentar los miedos de una manera racional y sensata nos
indica el camino de la solución, contra el oscurantismo,
los mitos machistas y las sobreexigencias desmesuradas de
los varones.
| De hecho, hay numerosos casos que hoy encuentran alivio,
solución o cura para problemas sexuales que, décadas atrás, eran insolubles
y eso nos abre una brecha de optimismo para la sexualidad del porvenir. |
* Dr. Adrián Sapetti, psiquiatra, sexólogo clínico