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Publicado en: Actualidad
Psicológica, año XXIII, n° 259, Bs. As., noviembre de 1998;
Revista Argentina de Psiquiatría Forense, Sexología y Praxis,
de la Asociación Argentina de Psiquiatras, año VI, Vol. 3,
N° 2, mayo de 1999, Bs.As.; Revista Terapia Sexual, Vol. II
(2), Sao Paulo, Brasil, 1999
"Si no me encuentras al principio no te descorazones /
si no estoy en una parte, búscame en otra / en algún lugar te espero".
Walt Whitman , "Hojas de hierba"
Introducción
El rasgo esencial de una fobia
sexual es el temor persistente e irracional asociado al deseo compulsivo de
evitar sensaciones o experiencias sexuales, con la característica que el individuo
reconoce este miedo como irracional o excesivo. Estos pacientes fóbicos pueden
llegar a evitar por completo el sexo, o su evitación y ansiedad la restringen
a determinadas facetas de la sexualidad: a los genitales, a las secreciones
y olores genitales, a penetrar o ser penetrada, al orgasmo, a que sean vistos
desnudos, al beso profundo, a la masturbación, al embarazo, al sexo oral genital.
Hay pacientes que su aversión al sexo los lleva a mantenerse vírgenes durante
toda la vida, no se casan y se convierten en individuos con verdaderas fobias
sociales (1).
En los casos en que el síntoma
fóbico en sentido amplio, sexual o no sexual, aparece con claridad -fobia a
la penetración, claustrofobia o agorafobia- el diagnóstico es relativamente
claro, pero no lo es tanto en el llamado carácter fóbico, donde lo que se detecta
es una forma estable de comportamiento, con una manera automática de regulación
de la angustia, con un conjunto de rasgos que lo caracterizan, pero sin la presencia
de verdaderos síntomas. Lo podríamos definir por un permanente estado de alerta
y exploración del medio ambiente, ya que para el fóbico la relación con el otro
pierde su neutralidad para convertirse en la posibilidad de un peligro inminente
y próximo. Un rasgo típico es su tendencia hacia la huida (de las parejas, de
la relación sexual, de su vocación, de la vagina o el pene, del tratamiento).
Aunque también observamos como mecanismo contrafóbico una "huida hacia
adelante", donde para vencer la fobia arremete contra su dificultad; es
el paciente que viene a la consulta y nos dice: "vuelvo a estudiar y
apruebo todas las materias en un año" o "a partir de hoy cambio mi
vida: con el primer muchacho que salga me acuesto", o "esta vez es
la definitiva, conocí una mujer en el trabajo y en un mes me caso";
aunque después, como el personaje de una obra de Gogol, salte despavorido por
la ventana mientras la novia se prueba el vestido en la habitación contigua.
Es que, como decía Graciela Peyrú: "una cosa es hacer algo contra la
fobia y otra, una contrafobia".
Las diferentes estructuras psicopatológicas
no presuponen el mismo abordaje terapéutico. Este hecho, que es bien conocido
en el campo de las psicoterapias de orientación psicoanalítica y en las conductuales,
es válido también en el campo de las Terapias Sexuales. Freud ya hablaba del
"descubrimiento de que las distintas formas patológicas no pueden ser curadas
con la misma técnica" y se planteaba la tarea de adecuarla a nuevas y variables
condiciones (2). El paciente fóbico, dada sus características de
ser alguien que "está siempre por irse" (3), en viaje permanente,
nos plantea algunas dificultades particulares que muchas veces no llegan a evidenciarse
debido a un aspecto nuclear en el curso del tratamiento: la frecuente deserción.
La fobia se nos presenta como una
estructura defensiva construida sobre una serie de evitaciones, prohibiciones
y precauciones ante determinados objetos o situaciones cuya proximidad despiertan
angustia. Recordemos que el paciente se mantiene, gracias o a pesar de, a través
de las defensas (3), en un cierto estado de equilibrio y recurre
a la consulta cuando ve que los demás se casan y él no, cuando su pareja amenaza
con dejarlo o hay ciertas presiones sociales y, por supuesto, por disfunciones
sexuales.
La conformación de una fobia
Si bien es demasiado complicada
para definirla aquí, básicamente el psicoanálisis habla del temor a la castración,
pero con la característica de que en las fobias se exterioriza y hasta se confiesa.
Sobre una fobia infantil se va estructurando la fobia del adulto, las situaciones
peligrosas son reavivadas permanentemente en épocas ulteriores y la castración
se actualiza bajo diferentes formas. Para Lacan, el surgimiento de una fobia
en el adulto requiere el precedente de una castración simbólica defectuosa,
pues falla la función paterna, o sea, una falta de estructuración simbólica
del deseo edípico. La fobia expresaría así, de manera ambigua, tanto el deseo
como el temor a la castración; el fóbico tiene miedo, dice Diana Etinger, de
olvidarse de que tiene miedo (4). Este aspecto nuclear deberíamos
tenerlo presente ya que el fóbico desea y teme al mismo tiempo, se asoma y huye,
desea curarse pero teme que eso mismo ocurra, anhela la penetración o el orgasmo
pero siente miedo ante lo que pueda pasarle.
Casos clínicos
Algunos de los que se presentan
fueron asistidos por mí, otros son basados en comunicaciones de psicoterapeutas
que habían derivado sus pacientes a Terapias Sexuales, y otros casos fueron
detectados en supervisiones.
Caso 1: una arquitecta
de 32 años, soltera, consulta por vaginismo. Luego de la segunda entrevista
diagnóstica, cuando se le explicita el contrato de concurrir una vez por semana,
manifiesta: "yo estoy muy apurada y urgida por esta situación y quisiera
venir dos veces por semana". El terapeuta accede y observa que viene
a una y falta a la otra, o llega tarde, casi faltando pocos minutos para la
finalización, aduciendo problemas laborales. Luego empieza a faltar hasta que
abandona, ya que tenía "graves problemas que atender" y agrega
que "cuando los solucione volvería a pedir turno".
Caso 2: paciente
de 38 años que consulta por disfunción erectiva; tiene en su haber varios noviazgos
que fracasaron poco después de fijar la fecha de boda. Dice estar en pareja
y teme que "por la impotencia no pueda lograr lo que tanto anhelo: que
es casarme, sobre todo ahora que conocí a una chica excepcional". Sobre
el final de la primera entrevista, cuando el terapeuta le plantea la posibilidad
de trabajar conjuntamente con él y su pareja, dice: "bueno, yo no estoy
seguro que N. quiera venir y, además, no sé si quiero seguir con ella".
El paciente no concurre a la segunda entrevista aduciendo telefónicamente que
"tenía que hacer un viaje al interior".
Caso 3: un joven
ingeniero consulta por eyaculación precoz; es derivado por su psicoterapeuta.
Refiere que nunca había penetrado a una mujer porque "siempre eyaculaba
muy rápido, incluso en el calzoncillo". Cuando a la cuarta entrevista
se le pide, luego de ejercicios de autoestimulación con parada-arranque, de
realizar la penetración estando su pareja arriba, llama por teléfono diciendo
que iba a dejar el tratamiento puesto que había peleado con la novia después
de haber perdido la erección al intentar penetrarla y eso "lo había
desilusionado mucho". Se lo insta a retomar el tratamiento y allí cuenta
que, en realidad, lo que más le molestaba, y no lo había contado antes, era
una hipersensibilidad en el glande. Agrega que cuando el terapeuta, en una sesión
anterior, le había explicado los métodos anticonceptivos se sorprendió del lugar
en el que iba colocado el DIU puesto que creía que "se colocaba en la
vagina y que el pene se podía enganchar en el espiral". Ante la presunción
de que la eyaculación precoz encubría una fobia a la penetración, se decide
cambiar la estrategia.
Caso 4: paciente
de 41 años, soltero, concurre a una entrevista sexológica por haber presentado
una disfunción erectiva con una mujer a quien había conocido recientemente.
Durante varios años había mantenido una relación homosexual sin presentar episodios
de impotencia. Se le recomienda Terapia Sexual con una terapeuta mujer. El paciente
acepta sin retaceos, pero luego no concurre a la entrevista. Dirá luego, en
otra consulta con el terapeuta varón: "dije que sí a pesar del pavor
que eso me produjo porque pensaba que la mejor manera de vencer el miedo a las
mujeres era tratarme con una de ellas, pero cuando lo pensé mejor me dije:
ella no me podrá entender".
Caso 5: una mujer
casada de 28 años, con un hijo, cuenta que sólo una vez tuvo un orgasmo que
fue "extraordinario pero luego me asusté y en cada encuentro con mi
marido finjo tenerlo". Es derivada por su psicoterapeuta y refiere
en la entrevista sexológica que está "dispuesta a todo para curarse
porque estoy en una etapa que ni me estimulo a solas y mi esposo algo sospecha".
Tiene en su corta vida tres separaciones, dos tratamientos abandonados y haber
comenzado arquitectura, inglés, decoración de interiores, veterinaria, administración
de empresas y marketing de ventas, sin terminar ninguno de esos estudios. A
pesar de no presentar antecedentes de masturbación, la terapeuta sexual le indica
que intentase en su domicilio- explorarse sus genitales a lo que ella
no pone reparos... pero no concurre nunca más. Argumentará luego en otro tratamiento:
"eso iba contra mis principios religiosos... yo estaba dispuesta a todo,
pero no a tanto".
Caso 6: se trata
de un matrimonio no consumado que consulta porque según el relato de ambos-
el marido ha tenido un romance extraconyugal y amenaza con separarse. Están
casados desde hace 5 años y ella ni tolera la mínima visión de los genitales.
El marido reitera que se va a separar. En el curso del tratamiento el terapeuta
le muestra un dibujo de los genitales externos femeninos en un libro de Anatomía,
ante lo cual ella hace un desmayo en la consulta. Se decide medicarla con un
ISRS. En la quinta sesión ya separada del marido- ella expresa que se
siente más confiada y se plantea, por primera vez, la concurrencia a un ginecólogo
para un control; en esa sesión ella expresa "ahora entiendo lo que perdí
por mis actitudes; por suerte sé que lo puedo cambiar y lograr lo que tanto
anhelo: poder tener relaciones sexuales normales y llegar a tener un hijo".
Tras estos enunciados deserta del tratamiento sin ningún tipo de explicación
ni de dar la posibilidad de analizar los aspectos transferenciales que allí
surgieran.
Creo que uno
de los posibles detonantes de deserción podría ser el furor
curandi por parte de los terapeutas y un dejarse apurar
por "el enorme deseo de curarse" que los
fóbicos anuncian casi sistemáticamente en el comienzo de toda
terapia. Una paciente mía, durante la primera entrevista psicoterapéutica,
me planteó que deseaba concurrir cuatro veces por semana.
Yo le contesté: "con dos sería suficiente". Luego
confesaría que el mismo día que pidió la entrevista conmigo
lo había hecho con otra terapeuta, para decidirse por el que
"mejor lo comprendiera".
Posibilidades terapéuticas
Una manera de pensar el tratamiento
de un paciente con características fóbicas sería pensarlo en etapas. Cada una
de ellas presentará distintas dificultades y posibilitará determinadas intervenciones
y no otras, en la medida que la capacidad de tolerar la angustia lo vaya permitiendo.
Una etapa fundamental de todo tratamiento, sea psicoterapéutico o sexológico,
sería el de crear una alianza de trabajo. En esta etapa de creación del vínculo
terapéutico el fóbico nos irá probando para ver si somos amenazantes para su
mundo, si seremos confiables. En este sentido, siempre nos someterá a una prueba,
no dejará nada por escrutar: el encuadre, las condiciones del contrato, la personalidad
y hasta el sexo del terapeuta. Es un paciente que, al enfrentarnos, se encuentra
tanto con amenazas de encierro como de abandono, y seremos para él, desde la
primera entrevista, tanto un objeto protector como un objeto peligroso (3).
Es un paciente que viene pero no
sabe si podrá seguir, no sabe si tendrá horas libres o dinero para pagar las
sesiones o, más marcadamente, no sabe "si se tiene que tratar"
porque a lo mejor la solución está "en otro tipo de tratamiento"
(psicoanálisis, psicofármacos, cirugía, inyecciones hormonales, el urólogo,
el ginecólogo).
Quizás no sería prudente decirle
que "se debe tratar", sino que él siente esa contradicción entre tratarse
y no hacerlo, ya que si le decimos que se tiene tratar su angustia claustrofóbica
puede hacerlo desertar, pero si le decimos que no es tan importante que se trate,
se angustiará por sentir que lo abandonamos. En esta fase sería conveniente
trabajar hasta elaborar sutiles zonas de transición entre lo que es posible
y necesario y lo que no lo es. Aún los aspectos en desacuerdo pueden ser compartidos
y para eso puede ser bueno hablar de lo que no se habla y de cómo se habla.
Se podrá, en ciertos casos, anticipar
la aparición de posibles resistencias: "quizás Ud. en el curso del tratamiento
sienta ganas de dejarlo" o "es posible que presente serias negativas
a venir aquí" o "comprendo que hablar de su sexualidad y hacer tal
o cual tarea no sea cosa fácil y tal vez a Ud. no le convenga, por distintas
razones, cambiar sus hábitos sexuales" o enunciados similares.
En el caso concreto de las Terapias
Sexuales podríamos aproximarnos al núcleo del conflicto de una manera gradual
a través de técnicas o tareas más bien neutras: enseñarle a relajarse, suministrarle
información general, pedirle que lea algún libro o solicitarle algún examen
complementario, y no dejarnos seducir cuando nos dice "cúreme rápido,
indíqueme alguna medicación... por favor, confío en Ud. y me entrego totalmente"
(en este mensaje encubrirá también un "no sé si debo entregarme
totalmente a Ud. y quisiera que lo hagamos lentamente porque si no, me angustio").
En una segunda etapa, ya consolidada
una alianza de trabajo que le permita al paciente confiar en nosotros haciéndonos
depositarios de esa angustia que lo cercena, podremos ir reconociendo y trabajando
sobre las pautas vinculares y su peculiar inserción en el mundo de las relaciones
donde está inmerso y con las dificultades que reconoce en otros pero no en sí
mismo. En cierta manera dirá: "no me animo a pensar que todo esto me pasa
a mí". Es como la anécdota de un colega que, en un ateneo clínico, donde
se presentaba un caso de neurosis fóbica exclamó: "yo eso no lo veo
patológico... incluso a mí me pasa muchas veces". En esta etapa se
puede ir aproximando al paciente a esa zona temida que es su sexualidad, construyendo
condiciones para reconocerla y asumirla como tal.
Una vez indagadas las creencias
y el nivel del conflicto, las intervenciones podrán incluir al otro, no como
posibilidad simbólica, sino como realidad concreta. La dificultad será también
con alguien presentizado y corporizado y no sólo con un fantasma que reaviva
su angustia de castración. Ahora el fóbico entenderá lo que dice Fiorini: sus
defensas estaban instaladas para defenderlo de la amenaza de castración, pero
en la práctica cotidiana son la ejecución de sus verdaderas castraciones, ya
que son las maneras de funcionar que lo condenan (3).
Aquí es importante valorarle los
aspectos progresivos: si no pudo ser penetrada por su novio es porque, por lo
menos, consiguió uno y pudo acostarse con él; si llegó tarde a la sesión al
menos vino para disculparse; si no cumplió del todo con las prescripciones por
lo menos lo intentó. Dejemos que ellos propongan nuevos caminos y no intentemos
imponerle un modelo único de tratamiento con el supuesto que esa es la exclusiva
manera de tratarse. Aferrarnos, salvo por incapacidad o inseguridad nuestra,
a una técnica estandarizada y universal para todo tipo de pacientes es algo
que hoy no se puede sostener. De allí la importancia de plantear el contrato
en términos flexibles, ya que muchos tratamientos fracasan por la rigidez de
los mismos.
No todos pueden tolerar la misma
frecuencia o intensidad de las sesiones ni las tareas como indican los libros.
Los fóbicos pueden trabajar muy intensamente una sesión y luego faltar dos semanas
seguidas o volver a la siguiente y decir que no pudieron hacer las tareas porque
parecía todo "muy mecánico". O venir puntualmente a todas las
sesiones pero con las tareas hechas por la mitad o con un material tan trabado
que resulta casi como una ausencia.
En los comienzos del tratamiento
la tendencia es la de delegar la necesidad en el terapeuta: éste es el que está
interesado en que la paciente logre su orgasmo o el que quiere que el paciente
se case. Él está de visita, asomándose al tratamiento para ver que pasa
y de qué se trata. Aunque no logre la erección desde hace meses y la mujer "quiere
que se vaya de la casa", igual dirá: "¿Ud. cree que necesito
tratarme?". Otra paciente con dudas vocacionales entre tres carreras
distintas, con agorafobia y temores a la penetración, me decía: "¿entonces
Ud. dice que yo necesito hacer psicoterapia?".
Un caso paradigmático lo vemos
en el varón virgen. La persistencia en el estado virginal involuntario no es
fácil para el varón por las presiones sociales que pesan sobre él y lo que a
veces vemos es que sobrellevan una gran carga de ansiedad que la canalizan por
vía masturbatoria; también pueden acentuarse los rasgos narcisísticos debido
a que se trata de personas que se cierran en sí mismas terminando muchas veces
en un aislamiento todavía más amplio: evaden las reuniones sociales, no van
a bailar, esquivan el trato con las mujeres, abrumados por la cantidad de complejos
y traumas que desencadena una involuntaria y prolongada virginidad (5).
Un muchacho me contaba en la consulta: "no me podía imaginar allí desnudo,
haciéndolo...sentía que no sabría cómo hacerlo, por dónde empezar, me imaginaba
torpe, inexperto y para colmo de males la chica se iba a reír de mí".
Puedo citar el caso de alguien
que me consultó diciendo: "quiero hacer terapia porque teniendo 28 años
nunca pude hacer el amor". Llevábamos unas cinco sesiones cuando se
animó a dar el paso. A la siguiente sesión apareció con otra cara, con otro
humor, mucho más extravertido. Recuerdo que dijo: "esto es maravilloso,
me saqué un peso de encima, antes me sentía limitado, perdedor, poco viril;
ahora veo el mundo distinto". Por supuesto que el mundo era el mismo,
sólo que él había cambiado su percepción.
El varón virgen viene a la consulta
con distintos argumentos: los comentarios que comienza a escuchar en el trabajo
o en la casa: ¿por qué no tenés novia?... ¿por qué no vas con chicas?...
¿no será medio raro?; porque aparece una mujer que le gusta y no quiere
perderla por la incomodidad que su fobia le provoca al tener intimidad con ella
(son los célebres casos de los cuales Freud decía que "cuando aman no
pueden desear y cuando desean no pueden amar"); por miedo a "caer
en la homosexualidad", o dado que se va quedando solo ya que sus amigos
se van casando. Es común cuando dicen: "tengo miedo a no tener la erección
y fracasar...y ¿si eyaculo antes de penetrar?" Otros varones vírgenes
afirman: " no encaro a las chicas porque la tengo muy pequeña y se van
a burlar de mí" o "temo hacerle daño y lastimarla con la penetración
...¿y si cuando voy no sé qué hacer o si no encuentro dónde?...seguro que voy
quedar como un ridículo, se van a dar cuenta que soy un debutante, ¡a esta edad!"
Muchos de estos miedos los disfrazan
con racionalizaciones de todo tipo: "no era tan linda, a mí me gustan
las morochas...no tenía suficientes senos...no era inteligente...era demasiado
intelectual...era baja...demasiado alta para mí...la veía y me decía: ¿qué hago
con esta mujer? no es mi ideal...me gusta pero sé que con ella no va a andar,
es demasiado complicada...es muy simple y elemental". Cuando, en la
consulta, uno rastrea algo más se evidencia que son meras justificaciones que
le sirven para poner una distancia. Algunos, a posteriori, lo definirán bien:
"en el fondo tenía miedo de engancharme".
Un paciente joven,
de unos 23 años, fue muy claro al enumerar los temores y aprensiones
que él, siendo virgen, imaginaba ante el primer encuentro
sexual. Con palabras claras y rotundas pudo realizar un condensado
de situaciones que he visto en diferentes varones. Me decía:
"Cuando pienso en hacer el amor por primera vez también
pienso en las desventajas que podría tener, en los aspectos
negativos, que serían:
-
que yo no le guste
-
que no pase nada
-
sentir un miedo paralizante
-
quedar como un tonto, como un incapaz
-
que no me guste la persona, la situación
o el hecho de hacerlo con una mujer
-
que se burle de mi cuerpo y de lo
que yo haga
-
no saber manejar mis miedos
-
que todo sea muy frío, que no tenga
deseos y que yo no sienta placer
-
no lograr la erección, que no pueda
terminar y que no pueda ni sepa hacerla gozar
-
no poder colocarme el profiláctico
-
que me duela
-
de sentirme vulnerable si ella supiera
que soy virgen
-
que crea que soy homosexual
-
no saber qué hacer y que ella me
controle como a un chico
-
que sienta rechazo y, más grave aún,
que me sienta rechazado."
Creo que en este largo enunciado
él había expuesto en forma dramática todos los miedos que lo embargaban y que,
repito, son comunes a muchos de los varones vírgenes (5). Luego de
un proceso terapéutico comenzó a visualizar las posibles ventajas de enfrentar
la situación: "Empiezo a pensar que si pudiera debutar eso me haría
sentir bien frente a ella, sentiría que le gusto y no me daría vergüenza. Si
todo saliera bien podría repetirlo y, aumentando mi autoestima, me vería más
masculino. Ya no me sentiría tan tonto y eso levantaría mi ánimo."
Uno de los casos donde se visualiza una fobia compartida
por la pareja es en el llamado matrimonio no consumado. Esta disfunción se caracteriza
porque la pareja, conviviente o no, luego de un cierto tiempo que ha sido fijado
arbitrariamente en seis meses, no ha podido practicar el coito con penetración
vaginal. Algunos prefieren hablar de parejas no consumadas puesto que se puede
dar en novios o concubinos. A veces es uno de los dos miembros el que aparenta
estar "enfermo", otras veces son ambos. Él puede tener dificultades
en la erección o ella padecer vaginismo. Ella puede tener una verdadera fobia
a ser penetrada y él ser un eyaculador precoz que eyacula antes de penetrar.
O ambos padecer un deseo sexual inhibido. Los trastornos pueden alternarse en
el tiempo o ser concomitantes, pero siempre se mantienen de a dos. Por ejemplo:
cuando ella quiere, él no logra la erección; cuando él la logra, ella presenta
una contracción de los músculos de la vagina; si ella pudo relajarse y vencer
la fobia, él presenta una eyaculación a porta (antes de la penetración
vaginal). El miedo los invade: a la maternidad o paternidad, al embarazo, a
ser desgarrada o lastimada, a sufrir, a dañar o ser dañado en los genitales
(claras fantasías castratorias), incluso se detectan fantasías de caer en la
prostitución. No se pude hablar de causas en general ya que se ve cada caso
de la pareja en particular pero hay factores psicológicos o psiquiátricos, familiares,
educacionales, religiosos y del vínculo en sí mismo. Por supuesto puede haber
factores orgánicos en algunas impotencias o en las llamadas dispareunias (coito
doloroso) que no se pueden dejar sin resolver. Debemos aclarar que este sistema
de interacción de la pareja se mantiene entre ambos y no porque uno de los dos
sea el "culpable"; quizás les cabe lo que decía Sartre: "semivíctimas
y semicómplices". Uno de los desencadenantes del pedido de ayuda, que
pueden motorizar los cambios, suele ser el deseo de tener hijos o cuando alguno
de los dos cónyuges amenaza con separarse (es causa de anulación civil y religiosa
del matrimonio) o simplemente porque ambos, o uno de ellos, siente que esa relación
no puede seguir así.
Contra lo que podría pensarse, muchas de estas
parejas tienen todo tipo de juegos sexuales, con orgasmos incluidos, lo que
no pueden es realizar la penetración vaginal: allí está jugada la escena temida.
Esta disfunción de la pareja se presenta en casi un 2% de los matrimonios.
No olvidemos que en un mundo de supuestos triunfadores
sexuales ellos se sienten como verdaderos fracasados: han tenido que soportar
las bromas correspondientes sobre la luna de miel y la familia o los amigos
les recuerdan siempre la tardanza en la llegada de los hijos teniendo que mentir
casi todo el tiempo sobre su condición. He tenido casos de mujeres que nunca
iban al ginecólogo o de aquellos que haciendo psicoterapia ni se lo contaban
al analista.
Algunos casos serán ilustrativos: "estoy
casada desde hace dos años, mi esposo no tiene erecciones y no soy penetrada,
yo me casé para tener un hijo, ¿qué hago?"... "Con mi esposa llevamos
tres años de matrimonio y nos queremos mucho, pero todavía no pude penetrarla
y eso nos atormenta a ambos, estoy en tratamiento psicológico, lo mismo que
mi mujer pero no hemos podido resolverlo, nos sentimos como dos monstruos enfermos
ya que es una situación muy rara". "Cuando mi marido quiere introducir
yo siento un cierto dolor y molestia y lo rechazo, me amenaza de que si no me
curo va a pedir la anulación del matrimonio, siento que soy un caso patológico
pero yo no lo hago a propósito".
Hay casos en que la aversión sexual (entendida
como la persistente o recurrente extrema aversión, o la evitación, de todo o
casi todo contacto sexo-genital con la pareja sexual) (6) es tan
marcada que a veces les impide tocarse o besarse configurando un clásico paradigma
de complementación disfuncional manteniendo así el equilibrio durante años;
ellos lo categorizan acertadamente: "somos como dos hermanitos"
(enunciado que puede tener una doble lectura: el vínculo des-erotizado o el
miedo incestuoso que paraliza). Si bien ellos piensan que es algo muy grave
y vergonzante y que nunca podrán solucionarlo la realidad nos marca que con
las llamadas terapias sexuales que son terapias focalizadas de la pareja, de
resolución sintomática y cortas (10 a 15 sesiones) sumadas en algunos casos
a la medicación antifóbica o con los nuevos tratamientos para la impotencia
(prostaglandinas, sildenafil) y para la eyaculación precoz, se logran resultados
francamente notables en un breve lapso de tiempo. El principal obstáculo, aunque
parezca paradójico, es el miedo al cambio, el miedo al éxito: justamente aquella
escena más deseada es también para ellos la más temida, la más amenazante.
Abordaje farmacológico
En los últimos años, la psicofarmacología
nos ha abierto un campo nuevo en el abordaje de los cuadros fóbicos, los trastornos
obsesivos compulsivos y las crisis de pánico. Mas no siempre será posible, necesario
o conveniente, la articulación de su uso en el curso de una psicoterapia sexológica.
Este punto creo que sería necesario desarrollarlo ampliamente en otro artículo
pero en forma sucinta señalaré que en ciertos cuadros de eyaculación precoz,
fobias a la penetración, vaginismo (definido como la persistente o recurrente
contracción involuntaria de los músculos circunvaginales interfiriendo la relación
sexual (6), llegando a impedir la penetración peneana e inclusive
la digital) y matrimonios no consumados, incluso en parafilias, debemos medicarlos.
En general, lo hacemos en el lapso de la duración de la terapia y los más utilizados
son algunos tricíclicos (clorimipramina) o inhibidores de recaptación de la
serotonina (fluoxetina, paroxetina, sertralina) combinados, a veces, con el
alprazolán o clonazepán.
En las fobias, desórdenes de pánico
y TOC que presenten alteraciones en la función o en las conductas sexuales (en
este caso también se intenta su uso en las parafilias) se pueden indicar los
ISRS (o la clomipramina, en otros casos) conociendo en estos casos, al
igual que con los IMAO, que pueden dar retardo orgásmico, disminución de la
libido o disfunciones eréctiles- y ahora los NaSSA (mirtazapina), (7)
(8) dentro de los lineamientos que correspondan para esos cuadros, combinando
o no con benzodiazepinas. En los casos puntuales del vaginismo y el matrimonio
no consumado pueden existir distintos abordajes según se planteen los plazos
del contrato terapéutico: puede ser un tratamiento medicamentoso combinado con
Terapia Sexual durante tres meses o medicar -cuando en ambos casos sea indispensable-
durante 15 a 30 días y luego realizar todo el plan de tratamiento intensivo
en uno o dos días. En disfunciones erectivas asociadas con depresión se podrá
intentar con un antidepresivo de otra serie diferente que no produzcan trastornos
en la erección, como la mirtazapina, la tianeptina, el nefazodone y el trazodone
-que bloquea los receptores periféricos alfa1 adrenérgicos tanto como los 5HT2,
y posee un cierto efecto dopaminérgico- o incluso el Bupropión; en el caso del
trazodone en dosis de 50-100 mg por día, a veces asociado con 15 mg de yohimbina:
aumentaría el deseo (en ambos sexos) y facilitaría la respuesta erectiva; si
bien se describe, como efecto secundario severo, la aparición de priapismo usualmente
en los primeros 28 días -incluso con dosis menores a 150 mg por día-, nosotros
no hemos detectado la aparición de este síntoma adverso con su uso. (7)
En la eyaculación precoz se pueden
usar los ISRS, especialmente en aquellos donde es casi a porta y eso
le impide la penetración, o cuando es difícil o improbable llevar a cabo
un tratamiento de Terapia Sexual planificada por motivos diversos: distancia,
negativa del paciente a realizarla, bajo nivel de insight. Particularmente
quiero dejar sentado que, en la eyaculación precoz, las dosis que utilizamos
en nuestro Centro Médico Sexológico son menores a las indicadas en los ataques
de pánico o en las depresiones. El efecto sinérgico de la combinación entre
Terapia Sexual y medicación tiene altos niveles de resolución; en cambio, en
los tratamientos puramente psicofarmacológicos de la eyaculación precoz vemos
un rebrote sintomático cuando se interrumpe el fármaco. En general no pasamos
de 10-20 mg de fluoxetina, 25-50mg de sertralina, o 15-50 mg de clormipramina,
preferentemente en el rango menor. Y siempre tratamos de suspender en forma
gradual cuando se dan por terminado los tratamientos sexológicos que, como es
conocido, suelen ser breves (7) (8). En algunos casos, no obstante,
no es necesario el uso de psicofármacos tanto como sí lo es en cuadros psicóticos
o depresivos mayores que consultan por problemáticas sexuales.
Respecto a la disfunción eréctil
ahora disponemos de un novedoso fármaco, el citrato de sildenafil que inhibe
la fosfodiesterasa específica tipo V (PDE5) para la guanosin monofosfato cíclica
-GMPc-, isoenzima predominante en el cuerpo cavernoso (7) (9) ; relajaría
el músculo cavernoso, mediado por el óxido nítrico, permitiendo el aumento de
la irrigación sanguínea inhibiendo la degradación de la GMPc por la PDE5 lo
que permite mayor rapidez para lograr la erección, mejor rigidez y más duración
de la misma. Nuestra experiencia clínica nos muestra que la tumescencia peneana
aparece unos 45-60 minutos luego de una dosis oral única lejos de la ingesta
alimentaria (de 25 mg, 50 mg o 100mg) de sildenafil, con resultados satisfactorios
que van de un 65% al 89.6% de los varones estudiados (tanto en los cuadros psicogénicos
como en los orgánicos) y con leves y escasos efectos secundarios. La conjunción
sinérgica de Terapias Sexuales y sildenafil se muestra como la más efectiva
para la resolución de fobias sexuales del varón cuando se manifiestan como disfunciones
eréctiles.
Posibles niveles de intervención
Siguiendo los trabajos de Mom,
Héctor Fiorini nos hace ver cómo estos pacientes tienden a establecer un equilibrio
sobre la base de una tendencia a anular y recrear distancias, límites y espacios,
tanto temporales como geográficos (3). Estas regulaciones van creando
una distancia óptima que nunca será estable. El paciente la va gestando a través
de evitaciones y acercamientos, ambigüedades, olvidos, ausencias, bloqueos y
distintos grados de compromisos.
Fiorini habla de tres ecuaciones
que nos permitirían entender este mundo fóbico de manera esquemática, pero con
bastante utilidad práctica:
La primera nos dice que: el monto
del contacto y de la comunicación del paciente consigo mismo y con nosotros
es inversamente proporcional al tiempo de ese contacto. Es decir, que si está
en un momento de intenso contacto con una problemática que reconoce como propia
es posible que ese tiempo tenga que ser breve, y si está lejos de la problemática
que lo angustia o del contacto con nosotros, podrá ser más prolongado. Luego
de una semana donde se comprometió mucho en la sesión o en las tareas, veremos,
y no nos asustemos por ello, un cierto bloqueo en su producción.
La segunda ecuación podría enunciar
que: la intensidad del contacto y de la comunicación con sus relaciones y con
nosotros es inversamente proporcional a la distancia física o geográfica. Así
se explica que el paciente está mejor con nosotros o más enamorado de su novia
o mejor con su madre cuando está entre las sesiones o los encuentros. Un paciente,
cada vez que la novia le preguntaba "¿me querés?", se ruborizaba
quedando en silencio, pero si el mismo diálogo se daba por teléfono eso mismo
no le ocurría. Es el que viene a la sesión diciendo que en la semana estuvo
pensando en lo que habló en la sesión pero ahora, delante de mí, plantea que
no cumplió con ninguna de las consignas.
La tercera sostiene que: la intensidad
del contacto y de la comunicación por el reconocimiento de ese contacto que
se ha establecido mantienen una constante. Si ha trabajado intensamente en una
sesión o vino movilizado por alguna tarea que realizó o si hubo un material
onírico muy rico, el paciente desconoce haber trabajado intensamente o se olvida
del sueño o le resta utilidad a la tarea. Es uno de los momentos más frustrantes
para nosotros y que puede despertar nuestra ira: esto nos puede llevar a vernos
impelidos a apresurar cada vez más las intervenciones: más interpretaciones,
más tareas, más medicación. Es el conocido "mucho más de lo mismo",
de que nos habla Weatzlawicz. Fiorini nos sugiere que sería pertinente marcarle
esos dos términos de polaridad: que participa, pero después viene y dice que
no fue así, que algo lo emocionó pero que después tiende a negarlo.
Si al comienzo dirá: "¿quiero
tratarme o no quiero?", "¿quiero o no tener relaciones sexuales?",
"no sé si esta carrera me gusta", en el curso del tratamiento
podrá decir: "me doy cuenta de que ando mal", "a veces siento
que tengo miedo", "la carrera me gusta pero me cuesta tanto...".
Esto es importante tenerlo en cuenta: reconocer los progresos del paciente,
ya que estamos más preparados para interpretar, señalar o definir los aspectos
regresivos o disfuncionales que los progresivos o satisfactorios. Puede ser
que la tarea no la haya hecho bien -siempre deja una ventana para escaparse
y no comprometerse del todo-, pero además de remarcarle lo que no pudo hacer,
también puede ser necesario señalarle lo que sí logró realizar. Una mujer, quien
no había consumado su matrimonio, no toleraba la visión ni el roce de los genitales
de su marido; luego de un ejercicio de masajes nos refiere que no pudo tocarlos,
pero que los había mirado detenidamente habiéndole parecido "todo negro
y más bien feo". Pues bien, por lo menos pudo mirarlos por primera
vez. Como en aquella parábola de Umberto Eco, cuando decía que los primeros
relatores que vieron un unicornio feo y brutal (presumiblemente un rinoceronte)
luego lo fueron transformando, con el tiempo y la distancia, en un animal grácil
y bello.
Estas regulaciones que maneja el
paciente para lograr su distancia óptima nos muestra a alguien que "está
siempre viajando", en movilidad constante. Nosotros, como terapeutas, debemos
poder tolerar esas distancias y reconocer que este tipo de personas que están
con nosotros pero no, que trabajan pero luego dicen no reconocer ese esfuerzo,
nos exponen a frustraciones y a consecuentes sentimientos agresivos hacia ellos.
No debemos perder de vista que un tratamiento se va dando como algo procesal
y no puntual, teniendo en cuenta el conjunto de esos movimientos que van avanzando
en un encadenamiento de progresiones y regresiones. Si sabemos esperar el paciente
sabrá entenderse y comprender sus propias dificultades (alguien afirmaba que
muchos pacientes se curan si nosotros no hacemos cosas para impedirlo), nos
sabrá guiar a través de sus desfiladeros, de sus murallas, de los anchos ríos
que, a veces, interpone entre él y nosotros. Así, como nos decía el mayor poeta
norteamericano, si no lo encontramos en cierto espacio, no deberíamos descorazonarnos;
si no está en una parte, busquemos en otra, seguro que en algún lugar el paciente
espera por su curación.
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Editorial Grijalbo, Barcelona, 1985.
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1979.
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psicopatológicas y su abordaje técnico en psicoterapias. Conferencia
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-
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Sapetti, A.: Los varones que
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Br J Urol 78:257-261, 1996.
Dr. Adrián Sapetti.
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