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Autor: Lic. Abel Sierra Madero.
Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS).
La Habana, Cuba.
“Los parias de
la nación”. Sodomitas, pederastas, lesbianas, travestis y discurso nacionalista

El 10 de abril de 1791 apareció en el Papel Periódico de La Habana
-periódico solitario entonces- un texto fundacional titulado “Carta crítica
del hombre muger”
[1]
de un incipiente carácter nacionalista e insertado en la red discursiva
y constitutiva de la sexualidad en la sociedad criolla, y quizás, sea el primero
en esbozar nociones de nacionalidad a través de un ordenamiento de las
costumbres sociales y prácticas sexuales.
La autoría del mismo se le atribuye al presbítero José Agustín Caballero
[2]
; lo cierto es que el documento se firma -según la costumbre- a través
de un seudónimo: El Amante del Periódico, que escandalizado con
algunos individuos –al parecer no muy masculinos- comienza por decir:
Poco se necesita
para conocer á donde va á parar mi discurso, quando su título (...), está indicando
que me contraigo á hablar del torpe y abominable vicio de la afeminación, antiguo
Bolero, ó enfermedad que á contaminado á una porción considerable de hombres
en nuestro País. No parece sino que mal hallados con el favor que les ha dado
la naturaleza, voluntariamente quieren desposeerse por sus caprichos estravagantes,
del privilegio que gozan, haciéndose indignos del honroso título de Hombres
(...) [Sic].
[3]
Si analizamos las unidades léxicas
que se utilizan en este discurso para definir a los homosexuales, vemos que
hay un trasfondo ideológico, considerando a las ideologías en un sentido amplio,
como el fundamento de nuestros juicios sociales. En el texto, El Amante
del Periódico hace una selección léxica siguiendo una estrategia muy clara;
se refiere de manera positiva al grupo a que pertenece (ingroup) y a
sus miembros -hombres heterosexuales-. Hace alusión al honor que significa pertenecer
al grupo, en fin. Por otra parte, describe en términos negativos (torpe, vicio,
abominable, enfermedad) a los travestidos y a los homosexuales
[4]
(outgroup). El discurso está estructurado mediante la estrategia
de la auto representación positiva y la representación negativa del otro. Estamos
en presencia de un discurso estructurado sobre la base de las categorías grupo-esquema,
y sus significaciones están en estrecha relación con determinadas interrogantes
que el propio grupo se plantea: ¿Quiénes somos nosotros? ¿Quiénes (no)
pertenecen a nosotros?- ¿Qué hacemos nosotros? ¿Cuáles son nuestras
actividades? ¿Qué se espera de nosotros? ¿Cuáles son las metas de estas
actividades? ¿Con qué grupos estamos relacionados: quiénes son nuestros
amigos y quiénes son nuestros enemigos?
[5]
O sea, a través de la “Carta…”, el sujeto que opina (El amante del Periódico)
se inscribe en una dialéctica de significados compartidos por el grupo (varones)
y en el ejercicio de crear opinión (verdadera o falsa) está negando al otro,
lo silencia.
La palabra afeminación es enunciada de un modo peyorativo y se utiliza
para caracterizar y criticar a los varones que asumen roles y atributos propiamente
femeninos; esto se debe a la rigidez con que se ven en esta sociedad los patrones
de género, enmarcados estrechamente en lo masculino y lo femenino, soslayando
cualquier otro tipo de identidad genérico-sexual. Por otra parte, se manifiesta
que estos individuos desperdician el favor y el privilegio que les ha dado la
naturaleza al haber nacido varones.
De esto se puede inferir que en esta sociedad los varones disfrutan de
ciertas prerrogativas de las que se excluye a las mujeres y a los homosexuales.
De esa forma se evidencian los criterios acerca del diformismo sexual, traspolados
a toda la red social. El fragmento que presento a continuación es aun más elocuente
de lo que acaba de decirse; en él se lee: “Dios nos libre quando el hombre dá
en afeminarse, que vestido de la condición femenina, es peor que la misma muger,
al paso de mounstruo que espanta(...)
[6]
[Sic].
O sea, a través de sus diferencias biológicas se les atribuyen a los
sexos características ideologizadas, contrapuestas y dicotómicas. De tal
punto de vista se deriva una concepción genérica politizada y encaminada a la
distribución de espacios y poderes de los sexos en la sociedad y a establecer
entre los mismos contractualmente relaciones, cuyo carácter dependerá de la
corriente ideológica predominante. Por otra parte, este proceso de sexuación
de sujetos conllevará necesariamente a la instauración de un sistema de valores
que determinará una “normalidad” natural y armónica. Su transgresión implica
la entrada al campo de los trastornos y las anormalidades. Así, ha quedado establecida
la supremacía de lo masculino por un lado, sobre lo femenino, andrógino y homosexual,
por otro. Estas categorías han sido concebidas como antagónicas y son consecuencia
de la cultura androcéntrica, patriarcal, sexista o como quiera llamársele.
Pero sigamos en el análisis de la “Carta crítica del hombre muger”. En
otra parte de la de la misma se señala lo siguiente:
Por puntos
se aumenta el número de los que quieren hacerse Mugeres en sus trages
y acciones con notable detrimento del estado y con gran dolor de los hombres
de juicio (...).Si se ofreciera defender á la Patria, qué tendríamos que esperar
en semejantes Ciudadanos o Narcisillos? ¿Podría decirse que estos tienen aliento
para tolerar las intemperies de la Guerra? ¿Cómo han de ser varones fuertes
y esforzados, decia Séneca, los que asi ostentan su ánimo mugeril y apocado?
Desengañémonos, el que se cria con músicas, bayles, regalos y deleites, forzosamente
genera en femeniles costumbres.
[7]
[Sic]
Lo que sentencia el autor es muy
elocuente. Estamos ante un discurso elaborado por un grupo (élite) que se plantea
el ordenamiento y diseño de una sociedad que está siendo pensada en términos
esencialmente masculinos, en la que es exaltada en todos los órdenes –mediante
un incipiente carácter nacionalista- la personalidad (masculina) nacional completa
y los valores de los sujetos que se consideran paradigmáticos, aunque
para este grupo élite la patria y la nación no rebasen aún los límites habaneros
ni tampoco dejen ellos de considerarse españoles. Al mismo tiempo, esta “nación”
es excluyente de las mujeres y los homosexuales. O sea, ni mujeres ni homosexuales
tienen cabida en la Patria porque sus actitudes apocadas van en detrimento del
Estado. La Patria necesita de hombres fuertes, esforzados y juiciosos para emprender
su desarrollo.
[8]
Ahora bien, si la homosexualidad masculina constituye en esta sociedad
un tema tabú, la homosexualidad femenina produce aún una alarma mayor. La imagen
de las mujeres homosexuales en nuestra cultura ha sido estereotipada; generalmente
se les concibe como mujeres hombrunas, varoniles, con carencia de dones femeninos.
Ellas renuncian supuestamente a los “roles fundamentales” asignados por
la sociedad, el de madres y esposas. No son pocas las críticas que reciben las
lesbianas. Es necesario señalar que en español no hay un término adecuado del
registro estándar para designarlas, a diferencia de los hombres, a quienes se
les denomina “homosexuales”. En realidad, este vocablo sirve para designar tanto
a varones como a mujeres, pero el uso lo ha restringido, principalmente, para
los primeros. En el caso de las mujeres, o se emplea el término culto, de cierto
carácter eufemístico, o, más frecuentemente, se utiliza algún vocablo –o expresión-
marcadamente vulgar y peyorativa
[9]
. Sobre ellas se ejerce un doble sexismo: primero, por su condición de mujeres
y además, por sus inclinaciones homosexuales.
En 1822, en la ciudad de Baracoa, ocurre algo que produce una gran conmoción
social; se abre un expediente criminal en la Comisión de Asuntos Políticos contra
una mujer por haber andado vestida con ropas masculinas y haber contraído y
consumado matrimonio con Juana de León, la cual aduce que años antes, en 1819:
(...) me solicitó
compromiso de matrimonio una criatura vestida de hombre, qe. se nomina Henrique
Faber y se titula profesor de cirugía y dice ser natural de los Cantones de
Suiza (...) el matrimonio á qe. me reduje atenida á las circunstancias de horfandad
y desamparo en qe. me veía, sin qe. me fuese posible sospechar los designios
de (...) Así fue qe. verificado nuestro enlace usó de mi persona de un modo
ese mounstruo artificial qe. entonces no pude comprender: pero con todas las
ocultaciones con qe. se manejaba en los primeros días qe. estubo á mi lado,
me hicieron sospechar por más qe. se exforsaba no pudo desvanecer mis inquietudes(...)
hasta qe. una vez en qe. creyendome dormida se desnudó, pude descubrirle los
pechos de una muger(...) los cuales concerbados ocultos bajo de un ceñidor ó
faja. Este descubrimiento qe. no esperaba, le obligó á hacerme una confesión
de su incapacidad pa. el estado conyugal: del instrumento de qe. se havia valido
para consumar su perversa maquinación; y aunque disfrazando siempre la verdadera
causa de su impotencia se humilló hasta el extremo de proponerme las ideas más
indignas de toda persona que conserva algun tanto de moralidad (...) me ofreció
desapareserse á fin de qe. nadie supiese de su paradero, ni el público llegase
á trascenderla (...) Este desempeño me pone ya en la necesidad de solicitar
la declaratoria de nulidad de mi matrimonio, y el castigo que merecen sus excesos
para que sirva de escarmiento y en lo susecibo no sacrifique á otra infeliz
como á mí haciendo escarnio de las más sagradas instituciones de nuestra augusta
religión, y del orden social(...)
[10]
[Sic]
Detengámonos por un instante en el
testimonio de Juana de León. O esta mujer es en extremo inocente o tonta -por
cierto que no lo que parece- o la mujer con quien se casó posee una
virilidad tal que en realidad parecía un hombre; por otra parte, no se puede
descartar la idea de que la primera tuviera inclinaciones homosexuales. Esperó
casi dos años para llevar a los tribunales a su esposo/a. Quizás Juana de León
pensaba sacar algún provecho de tal unión; recordemos que en estos casos, por
ser la homosexualidad un delito, se les embargaban los bienes a las personas
con esta tendencia y se les enviaba a la cárcel. Nótese que en el fragmento
se utilizan los calificativos “monstruo” y “perverso”; esto responde a que la
homosexualidad era considerada una perversión y desviación sexual; transciende,
incluso, hasta nuestros días; durante mucho tiempo la homosexualidad ha recibido
por parte de muchos médicos, psicólogos, sexólogos, historiadores, literatos,
entre otros, este tratamiento.
Al juicio comparecieron varios testigos, entre ellos un individuo que
nombrado Juan Antonio Gausandía, quien alegó que conocía que Enrique Fabert
era mujer, pues lo vio y examinó al quitarle los calzones en 1821, en una fiesta
en la cual:
(...) se embriagó
tanto que se recogió á un cuarto donde se tendió sobre unas tablas, dormido
(...) el qe. declara movido por la curiosidad por la vos que corría qe. era
manflorita
[11]
, lo descubrió y examinó y vio efectivamente qe. no era tal, sino una
muger perfecta y entera y tenia puesto un instrumento fingido qe. lo hacia parecer
hombre, hombre (...) qe. le quitó los calsones y lo registraron.”
[12]
[Sic].
En la audiencia se convocó a los
profesores de cirugía y medicina Bartolomé Segura, José Fernández y José de
la Caridad Ibarra para efectuar el reconocimiento de Fabert, quien en el momento
en se que iba a proceder a ello, suplica al tribunal que se suspendiera ese
acto, pues de buena fe confesaba que en realidad era mujer y que le parecía
innecesario su reconocimiento físico, pues su confesión espontánea le parecía
que allanaba las dificultades de la causa, a lo que el tribunal hizo caso omiso.
Los médicos manifiestan: “que el expresado Henrique se halla dotado de todas
las partes pudendas propias del sexo femenino, e igualmente acompañado los pechos
en estado de laxitud y relajación propia de una parte que ha sufrido una compreción
permanente ó como si hubiese parido y alimentado con ellos algún infante”.
[13]
[Sic]
La percepción ocular en aquellos tiempos era el medio de detectar la
“patología” homosexual. O sea, se contemplaba sólo a los homosexuales que tenían
una imagen y anatomía “indiscreta” que no podían ocultar. Esta es una de las
causas que históricamente ha llevado a confundir las categorías género y sexo.
Un hombre y una mujer que respondan a los cánones genéricos de acuerdo con la
época en que se enmarquen, pueden ser muy masculino y muy femenina respectivamente,
y sin embargo explotar sus respectivas sexualidades según estimen conveniente
ya sea de una forma heterosexual u homosexual, o ambas inclusive. La sexualidad
humana es tan diversa, tan amplia, que limitarla rígidamente dentro de
estos marcos, sería atentar contra el mismo ser humano, contra su propia naturaleza.
El nombre de la mujer travestida llevada a juicio es Enriqueta Fabert,
de 32 años de edad, viuda de Juan Bautista Renau, oficial francés muerto en
una batalla en la guerra contra Alemania. Según ella, la muerte de su esposo
la llevó a vestirse de hombre e irse a estudiar a París, donde se hizo cirujana.
Lo que ella expresó tiene sentido y es completamente veraz: de haberlo hecho
sin cambiar su identidad nunca hubiera podido ejercer la profesión, pues este
y otro tipo de profesiones, les estaban vedadas a las mujeres. En Cuba las mujeres
no tuvieron acceso a la universidad hasta 1887
[14]
, cuando mediante el decreto del 5 de junio de ese año, se les permitió
llegar a las aulas universitarias; por ello algunas mujeres se disfrazaron de
varón para conseguir tal objetivo.
Durante el proceso a que es sometida Enriqueta Fabert se dispone el embargo
de sus bienes y se le reduce a prisión. Las conclusiones del fiscal son muy
elocuentes:
"Si tratara
el ministerío de prolongar su alegato [el de Fabert] á la celebridad de la causa,
nunca concluiría pr. qe. ni nuestros códigos y autores criminalistas, se ve
tratada la materia, seguramente pr. qe. no fue posible, qe. la naturaleza produgese
una criatura como la Fabé, y asi es lo bastante la actuación, pa. aplicarle
la pena de doce años de obras públicas y destierro qe. señala el art. 688, cap.
5; part. 2ª. del código penal”.
[15]
[Sic].
Este abogado en su discurso señala
algo que es importante. Dice que las leyes y los legisladores no contemplan
esta materia, pues no se concibe que puedan existir, naturalmente, personas
de este tipo. No obstante, pide al tribunal nada menos que la pena de doce años
en prisión y destierro para una mujer que supuestamente tiene inclinaciones
hacia personas del mismo sexo. Esta actitud por parte de los códigos, de los
que elaboran esos códigos y del medio social en general, es producto de un miedo
extremo a abordar la sexualidad humana desde otra perspectiva que no sea la
de apuntalar los pilares de la pareja heterosexual, por lo que significa política
e ideológicamente. Es el miedo a que pueda verse resquebrajado el poder masculino,
a que se establezcan otras normas y conductas contrarias al orden social en
que el varón heterosexual desempeña un papel hegemónico.
* Lic. Abel Sierra Madero
sierramadero@yahoo.com
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del sexo - parte III y última
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[1]
Este texto es parte de una serie que incluye otros cuatro: “Nobleza
mal entendida”, “La educación de los hijos”, "La confusión en los trages”
y “Carta crítica de la vieja niña”. De los focos que suscitaron los
discursos constitutivos de la sexualidad durante este período, la prensa
periódica fue uno de los más significativos. A través de las máximas
morales y la crónica costumbrista fundamentalmente, las cuestiones
sexuales se convirtieron en un leit motiv de casi todos los periódicos y
folletos. Como se conoce, la prensa es un agente de socialización nada despreciable
y en la época a la que hago alusión, constituía el medio de comunicación
más importante, incluso, lo relativo a legislaciones coloniales se publicaba
en periódicos. La letra impresa -censurada por supuesto- fue un instrumento
clave en el diseño de la sexualidad que se quería para la nación.
[2]
El padre José Agustín Caballero pertenece a un pequeño grupo de hombres
de la oligarquía criolla marcados intelectualmente por la Encyclopédie
y la Ilustración y poseen una coherente concepción socioeconómica. Participan
en los círculos de poder tanto peninsulares como criollos y tienen una pragmática
proyección política canalizada a través de la vía reformista. Introducen
elementos diferenciadores entre lo español y lo criollo que más tarde devendrá:
lo cubano. Este grupo se conoce como la Ilustración Reformista y además
de Caballero, estaba integrado por Francisco de Arango y Parreño (el de
mayor lucidez política e intelectual), Nicolás Calvo de la Puerta, Joaquín
de Santa Cruz y Tomás Romay entre otros. La concepción de los ilustrados
cubanos -para garantizar entre otras cosas, su presencia en la política
colonial- se sustentaba en que los cambios debían ser resultado de la gestión
reformista dentro de las estructuras de poder de la Metrópoli, además, tenían
el criterio de que los proyectos económico-sociales solo podían ser llevados
a cabo mediante la alianza de la clase dominante insular y el poder colonial;
pero con una cierta autonomía, que permitiera en última instancia, la ruptura
con este en caso de contradicción de interesesPara más información véase:
Eduardo Torres Cuevas. “De la Ilustración reformista al reformismo liberal”.
En: Instituto de Historia de Cuba. Historia de Cuba, La Colonia, evolución
socioeconómica y formación nacional, La Habana, Editora Política,
1994,pp. 314-358.
[3]
Cintio Vitier, Fina García Maruz y Roberto Friol. La literatura
en el Papel Periódico de La Habana, La Habana, Letras Cubanas, p. 75.
[4]
Aunque utilizo el término homosexual, debo decir que el mismo no será
acuñado hasta 1869 por el médico húngaro Karl Benkert. A fines del siglo
XVIII y principios del XIX en Cuba se utiliza el término petimetres
para referirse a los homosexuales. El término llega a la Isla a través de
España. Se dice que comenzó a ser utilizado en la Metrópoli en el
siglo XVIII, en los tiempos en que el cortejo cumplió una función social
importante; cuando las señoras casadas sujetas al código del honor matrimonial
de tiempos anteriores, podían tener un “amigo” que asistiera a su tocador,
las acompañaran al teatro y a la iglesia, conversara con ellas, entre otras
cosas. La novedad del fenómeno residía en el hecho de que una mujer casada
conversara libremente con un hombre que no fuera el marido. El cortejo estuvo
generalizado en la primera mitad del siglo XVIII, no sólo en España sino
también en otros lugares, en Francia, por ejemplo. La Iglesia y los maridos
que pusieron resistencia al cortejo, trataron de desvirtuar a los hombres
que frecuentaban a sus esposas y se lanzaron a una cruzada contra estos,
los petimetres. Sus ataques estaban dirigidos a poner en duda la condición
de hombres de estos sujetos que se vestían, hablaban, gestualizaban de una
forma muy peculiar, podría decirse que diferente a los tradicionales.
La delicadeza y suavidad y en cierto modo la ambigüedad, con que trataban
a las mujeres hizo que tuvieran muchísima aceptación entre las féminas de
la clase media y alta, que mientras estuvo de moda el cortejo tuvieron
una cierta libertad; pero no por mucho tiempo. Las presiones de la Iglesia
y de los burgueses moralistas que pronto estarían prestos a tomar el poder
dieron un vuelco a la situación. Para más información véase Carmen
Martín Gaite. Usos amorosos del dieciocho en España, Madrid, siglo
XXI editores de España SA, 1972.
[5]
Team Van Dijk. En: Conferencia titulada “Las Relaciones entre ideología
y discurso”, dictada en el Instituto de Literatura y Lingüística el 18 de
diciembre de 2001.
[6]
Cintio Vitier, Fina García Maruz y Roberto Friol. Op. cit. p.
76. El subrayado es mío.
[8]
En Cuba, además de petimetres, a los homosexuales se les atribuyeron
otros calificativos de manera peyorativa y discriminatoria, utilizando muchas
veces la burla y la sátira para ello. Se les conocía como currutacos, pirracas,
señoritos de ciento en boca y señoritas de nuevo cuño, saltimbanquis, chisgaravises,
monuelos, monos, figurillas, liliputes, éticos, fletes, fletillos, pichones,
sietemesinos, mosca en leche, perita en un plato, niños góticos, pisaverdes,
usías, toninos, dandys de la high-life, lechuguinos, milflores, gomosos,
pollos, entre otros. Estos términos fueron tomados de Fernando Ortiz. Los
negros curros. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1986,p. 20.
[9]
A las mujeres homosexuales en el leguaje coloquial cubano se les denomina
tortilleras.
[10]
En: Archivo Nacional de Cuba (ANC). Fondo Asuntos políticos,
leg 20, exp 2. Por otra parte, en el Fondo Misceláneas de Expedientes
existe otro expediente, referido al destierro de Enriqueta Fabert. Para
más información véase: ANC, Fondo Misc, leg 3483; exp Bl.
[11]
El término correcto es hermafrodita. Del fr. hermafrodite. Que
tiene dos sexos. Dícese de la persona con tejido testicular y ovárico en
sus gónadas, lo cual origina anomalías somáticas que le dan la apariencia
de reunir ambos sexos. Aplícase a los vegetales cuyas flores reúnen en sí
ambos sexos, y también a estas flores. La canción de las hermafroditas se
puso en boga en la corte de Enrique III en Francia: “Yo no soy macho ni
hembra y sí estoy bien del sexo ¿Cúal de los dos debo escoger? Pero qué
importa a quien uno parece. Vale más tenerlos juntos, pus se recibe doble
placer”. Para más información véase: Pérez, Rincón, Héctor. Imágenes
del cuerpo, México DF, Fondo de Cultura Económica, 1992.
[12]
En: Archivo Nacional de Cuba (ANC). Fondo Asuntos políticos,
leg 20, exp 2. El subrayado es mío.
[14]
Este decreto estipulaba entre otras cosas la entrada al recinto
universitario de mujeres y mulatos.
[15]
En: ANC. Fondo Asuntos políticos, leg 20, exp 2.
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