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por el Lic. Norberto Inda
Partimos de la idea de que el vínculo es la estructura fundante de la subjetividad.
Que es una trama intersubjetiva la que tramita el pasaje del prematuro que vio
la luz al sujeto con cierto grado de autonomía. Sujeto sujetado al orden del inconciente,
del parentesco y de la lengua. A esto se suma, complejizándolo, el hecho de nacer
en una bi-partición planetaria que divide a los seres humanos en mujeres y varones.
Tan universal como el tabú del incesto, como pre-condición de la cultura. Soporte,
límite y organizador de nuestra subjetividad, las determinaciones de lo masculino
y lo femenino producen lugares psíquicos, relacionalidades conflictivas, no reductivas
a las diferencias sexuales.
Particularmente en este fin del milenio, donde todos los valores y las identidades
se cuestionan, se fragilizan, caen, ser mujer o varón no es lo que era.
El sistema sexo género puede tornarse un articulador valioso entre subjetividad
y cultura, sexualidad y narcisismo, ideales y comportamientos. Y por ende, ampliar
el arsenal psicoterapéutico en la clínica individual, vincular y en los tratamientos
sexológicos.
Desde hace décadas, los estudios de la mujer vienen
cuestionando el lugar asignado a mujeres y varones, problematizando los saberes
legitimados, al develar las bases androcéntricas de los discursos sociales.
Estos desarrollos ponen el énfasis, por ejemplo en el carácter histórico, socio-cultural
de las representaciones existentes sobre los géneros en contra de toda perspectiva
escencialista, a-histórica, regida por una legalidad inmutable. Como decía Simone
de Beauvoir no se nace mujer, se adviene a serlo. Y esto
es absolutamente extensible al varón.
En este marco, las determinaciones de género, articuladas con la etnia, clase
social, edad, constituyen una referencia obligada para la comprensión del psiquismo.
Por eso, en este enfoque contextual debiéramos hablar de femineidades y masculinidades,
así en plural. Se puede ser mujer o varón de muchas maneras.
El psicoanálisis ha penetrado el relato de muchos saberes. Y también de nuestra
representación de lo humano. Sus desarrollos metapsicológicos, clínicos son
determinados a la hora de trabajar con subjetividades en ámbitos uni o multipersonales.
Pero que en la determinación de lo femenino y lo masculino pareciera que la
fuerte concepción falocéntrica se torna obstáculo. Como si la impronta Edípica
que delimita los destinos de la pulsión y la diferencia de los sexos tuviera
una fuerza de impregnación tan definitoria que no admitiera revisión.
El sistema sexo-género es un campo de problemáticas. Su abordaje, necesariamente
interdisciplinario. Ahora bien, el enorme trabajo teórico, político que sobre
la prescriptiva genérica y sus consecuencias realizan las feministas, no se
vio acompañado de una tarea similar por parte de los varones. Los Mens
Studies están emergiendo más recientemente y como a la zaga de la explosión
femenina.
Resulta extraño esto, porque cuando uno de los componentes de un sistema cambia,
el sistema todo se ve involucrado. Probablemente, la asimilación entre hombre
y ser humano produjo un grado de generalización tal que tras la fachada del
HOMBRE que queda en posición de ideal- resultan borradas, invisibilizadas
las particularidades de cada varón en su singularidad deseante.
Nada más relacional que la vinculación entre los géneros. Si el efecto mariposa
en su versión popular dice que el aleteo de una mariposa en el mar
de la China puede provocar un tornado en Nueva York, hay que ser muy
ciego para no darse cuenta que las prácticas teóricas, políticas y cotidianas
de las mujeres involucran absolutamente a los varones. El pensamiento complejo
destaca, entre otros postulados, que las partes de un todo complejo solo adquieren
sentido en la interacción de sus propiedades y por relación a la organización
total.
EL GÉNERO
En 1955 Money traslada la palabra género de la
gramática a la medicina, advirtiendo la sobresignificación que pesaba sobre
el término sexualidad. Stoller R. desde el campo del psicoanálisis corrobora
los hallazgos de Money: la fijeza que adquiere el sentimiento de ser nene o
nena una vez establecida dicha categorización. Y afirma:
Bajo el sustantivo GÉNERO se agrupan los
aspectos psicológicos, sociales y culturales de la femineidad-masculinidad,
reservándose SEXO para los componentes biológicos, anatómicos y para el intercambio
sexual en sí.
Aquí incluye una enorme casuística de casos de
ambigüedad anatómica con relación a trastornos genéricos. Y también los llamados
transexuales primarios cuya anatomía normal- no fue calificada o promovida
por sus criadores primarios. Ambos observables, sin embargo enfatizan la fuerza
decisiva de la creencia, del deseo, del fantasma en la determinación del género.
Y coinciden con la idea freudiana de un cuerpo erógeno, cuya anatomía no es
necesariamente, su destino.
Stoller introduce entre naturaleza y cultura un tercer término, período
crucial en el que el deseo y asignación de un sexo, imprimen un sello
a la identidad de género que difícilmente pueda revertirse pasados los tres
años. Es el tiempo pre-edípico de Freud. Pero a diferencia de éste, Stoller
afirma la existencia de una protofemineidad para mujeres y varones, consecuencia
de una relación fundadora con la madre. Por ello la constitución de la masculinidad
presenta dificultades especiales. El niño deberá hacer una fuerte formación
reactiva para desligarse de esa identificación y del miedo a la pasividad. El
concepto de género se vuelve un articulador importante del sistema narcisista
yo-ideal-ideal del yo. Estas estructuras, como el superyo tendrán recorridos
diferenciales en ambos géneros.
Así, el complejo Edípico reorganiza el deseo sexual, no a la identidad de género,
ya instalada.
Estas consideraciones le hacen sostener una serie de proposiciones que modifican
conceptos anteriores:
1. Los aspectos de la sexualidad que caen bajo
el dominio del género son determinados escencialmente por la cultura. Este proceso
comienza con el nacimiento y forma parte de la estructuración del psiquismo.
La madre es el agente cultural privilegiado, luego el padre y la familia, la
sociedad continúan ese proceso.
2. Las fuerzas biológicas reforzarán o perturbarán una identidad de género ya
estructurada por el intercambio deseante.
3. La identificación como operación psíquica, daría cuenta de la organización
de la identidad de género.
4. Este núcleo genérico se establece antes de la etapa fálica. La angustia de
castración y la envidia del pene complejizarán esa estructura.
5. La madre constituye para la nena y el varón un ideal temprano de género.
El desarrollo psicosexual es más complicado para el varón en cuanto al género,
pues la identificación con la madre no promueve su masculinidad. Debe desidentificarse
de ella y buscar activamente la identificación con los hombres.
Esto vuelve más inteligible esa lógica reactiva que caracteriza las modalidades
de la masculinidad tradicional: los varones suelen definirse por no ser ni niños,
ni mujeres, ni homosexuales. Buena parte de las conductas habitualmente ligadas
a la masculinidad (temeridad, riesgo, sobreexigencia, hiperactividad) pueden
resignificarse bajo esta luz.
El género es una categoría compleja y multiarticulada
que comprende:
1. Asignación de género: la rotulación que hacen médicos y familiares
del recién nacido con relación a su anatomía.
2. Núcleo de identidad: es el esquema ideo-afectivo más primitivo
y que genera el sentimiento subjetivo de ser mujer o varón.
3. Rol de género: conjunto de expectativas acerca de los comportamientos
sociales apropiados para ellas y ellos. Fuertemente normatizada, contiene valores
dicotómicos y es diferente en distintas sociedades y se modificaron con el tiempo.
Pueden estereotiparse, confundirse con esencias y su no-asunción generar distintas
formas de rechazo.
4. Expectativa de género: en relación con lo anterior, se esperan conductas
propias de mujeres o varones.
Como vemos, los elementos del sistema sexo-género
se caracterizan por su grado de relacionalidad. Se esperan conductas propias
de mujeres o varones y así nombrar a alguien como perteneciente a una clase.
Durante el embarazo, con frecuencia, se desea un determinado sexo, además de
un futuro hijo. El uso creciente de los tests durante la gestación sin
que medie indicación por riesgo- lo demuestra.
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