El sistema sexo - Género (Parte II)

por el Lic. Norberto Inda

"Lysistrata" - A. Beardsley - 1896 EL GÉNERO, LA CLÍNICA

Incluir el género como variable diagnóstica, clínica, supondrá necesariamente para el terapeuta revisar su propia trayectoria en tanto varón o mujer.  Además de los recorridos teóricos, visualizar su propia subjetividad sexuada como variable de escucha, de entendimiento.
Lo sepamos o no, todos portamos, transportamos, soportamos en automático comportamientos que se vinculan con representaciones de lo-que-es-ser-varón y de lo-que-es-ser-mujer. A menudo no conscientes o naturalizadas al modo de esencias.
El fenómeno del “mundo superpuesto” (Puget J. - Wender  L.) definido como las zonas comunes a analista y pacientes que obturan un rescate analítico, sintomal de los tramos coloquiales, de “sentido común” que aparecen en las sesiones. Sentido común en su doble acepción: irrelevante y común, compartido. La naturalización de rasgos como cualidades fijas, propias de varones y mujeres es un ejemplo que invisibiliza sentidos como lo que no merece aclararse.

El “mundo superpuesto” se acentúa en los encuadres multipersonales, por la ilusión de realidad, por el cara a cara, por el diálogo cuasi-social. En el dispositivo de pareja el otro puede hacer tope a un contenido determinado, puede decir que no. Pero también puede ingresar a un pacto, a una complicidad que refrenda la propuesta.

Fernando: ¿Cómo no estabas?, ¡llegué y no estabas!
Lucila: Tuve que subir a la terraza... ¡había viento!

La respuesta de Lucila confirma la legalidad de la protesta de Fernando. Debe estar en el lugar que él le asigna. Y se definiría como alguien sin autonomía, al servicio pleno de su esposo. Ambos, él con su ira, ella con su aceptación, refrendan atributos del rol genérico. Al casarse, él la conminó a dejar de trabajar afuera, quería que se ocupara de la casa. Lucila “no debe subir” y así él podrá mantener su lugar de proveedor. Él se asegura que alguien lo espere siempre y ella pasa de doméstica a ama de casa. Por cierto esta interacción puede decodificarse como una dupla sometedor/sometido. Acá ponemos la mira en rasgos genéricos que en la cotidianeidad de la pareja arquitecturan una habitualidad, un consenso que se escucha a-críticamente y que también puede alienar la escucha analítica.

Damián tiene 24 años. Relata que estando en una discoteca se acercó a transar con una mujer. Pero al hacerlo, advierte que ella esta con otro muchacho. Se dirige a éste y le dice: Disculpame, flaco”. Esto ocurre en 1994, Damián es alguien muy actualizado, sin embargo, espontáneamente tipifica a la chica como una posesión del varón. La identidad de género que alimenta el ideal viril de Damián produce en lo intersubjetivo ese diálogo de hombre a hombre. Y de no mediar alguna advertencia, de la mujer, del terapeuta, reforzará un sentimiento de masculinidad que los ideales familiares sociales sembraron allá lejos y hace tiempo.
La familia provee significaciones a través de formas discursivas y lugares en los vínculos. Las posiciones conyugales no solo arman categorías sobre qué es una mamá o qué es un papá, también lo que es esperable de una mujer y un hombre. Estos intercambios, a través de transformaciones, adquieren a nivel intrasubjetivo, la categoría de fantasías que organizaban el mundo representacional y relacional. Hablamos de la construcción de subjetividades amasada por expectativas, roles genéricos e ideales identificatorios y también formas del abordaje psicoterapéutico que apunten a la de-construcción de los procesos identificatorios, defensivos que organizaron una dad identidad.
En ocasiones, estas determinaciones genéricas hacen ruido, pero en otro lugar:

“Carmen admite que se le fueron las ganas del sexo. Está deprimida. Saúl protesta porque tiene en ella un hijo bobo. Ella consulta con frecuencia a su hermana, contadora, sobre sus decisiones. También lo hizo antes de casarse. Saúl se enferma: cuadros hipertensivos y enterogastritis. Carmen se vuelve activa, lo cuida y decide.”

Es Carmen un ejemplo de “feminismo espontáneo”? Saúl, un varón que legaliza la pasividad de vez en cuando, enfermando? Y ambos, ¿qué combinatoria sostienen?
La conflictiva de una pareja está sobredeterminada. Tiene que ver con los acuerdos fundantes, con los malentendidos, con las respectivas estructuras familiares inconcientes, con la inacabable elaboración de la castración. Sin duda, pero en esta constelación etiológica, qué espacio ocupa la determinación genérica, además? Y si es así, el ideal de género encausa el narcisismo de Saúl? Y la pasividad de Carmen? Tan obediente a las pautas que le dieron de chica. Su depresión, la más frecuente de las dolencias femeninas, cómo empalma con la hiperactividad de Saúl? ¿Cuál es el margen en el que las expectativas de género contribuyen a sostener este vínculo poco satisfactorio?
Al interior de una pareja, los aspectos penetrantes, receptivos, autoritarios, tiernos pueden ser ejercidos por cualquiera de los miembros. Recordemos la “identificación recíproca” (Ferenczi). Lo que vale preguntarse es cuántos malestares son atribuibles también a los que “cumplen” con las tareas “propias” de mujeres y varones. Y que generan creencias, hábitos, instituciones, sistemas cognitivos al modo en que Foucault define al poder: “una fuerza que produce cosas, induce placeres, forma saber como una red productiva que atraviesa el cuerpo social”.

Álvaro y Marcia se casaron en segundas nupcias. De sus matrimonios anteriores, él tiene dos hijas (19 y 14 años) y ella un hijo de 18 años. Con un intervalo de cuatro meses debieron enfrentar una situación similar: el hijo de Marcia alquiló un departamento de veraneo con tres amigas y un amigo. Y la hija mayor de Álvaro decidió irse en carpa con dos amigos.
La cuestión fue metabolizándose, con algunos nervios para Álvaro y bastante humor para Marcia. Aquel tuvo que digerir que su hijita cohabitara con hombres. Marcia confirmó la hombría de su hijo. Pero fue un verdadero laboratorio de asignación, expectativas, y roles de género. Si bien la ley del incesto es idéntica para mujeres y varones, la moral sexual cultural es diferente.
En una mediación por un divorcio que no termina de concretarse, dice el marido:

- Y, le traje a Manuel porque tenía fiebre, ¿quién lo iba a atender? (sino ella)
- ¿Por qué ella?

Esta pregunta puede abrir camino hacia:
1. Las ideas sobre lo que es propio que haga una mujer o un varón.
2. Lo compartido, lo naturalizado de estos supuestos.
3. El origen de los mismos, los aprendizajes familiares de estas personas, el entramado de sus propias parejas parentales
4. La autolimitación que hace este varón de su rol paterno.
5. Eventualmente, dar lugar a de-construir los lugares psíquicos que cada uno se asigna y asigna al otro.

La división sexual, o sexista, es un organizador psíquico (Kaes) que aporta un ordenamiento frente a lo desestructurado. Por eso, lo organizado como “mi ser hombre”, “mi femineidad” es tan resistente.
El rol de género limita el repertorio representacional-conductal, pero es también un andamiaje del ser, o del pertenecer a una clase.
Dice Kaes que las representaciones sociales son pre-significaciones, predisposiciones utilizables por el sujeto para representarse. Afirma: “tienen una función de sostén activo (desde lo preconciente) de la representación, constituyen esquemas mentales y dispositivos, son como montajes de una función normativa” y “son las condiciones posibles donde el discurso singular se encuentra realizado en la representación social”.
Pero para ello debe mediar una transcripción elaborativa, de manera que las formaciones transubjetivas, como los ideales de género, puedan sintetizarse con otras determinaciones, para lograr un proyecto personal. Kaes habla de la posición ideológica como resultado de la abolición subjetiva, que sería como una defensa contra la mentalización.
Dice J. Marquez que nacemos personas y rápidamente nos colocan en algún colectivo sexista: mujeres o varones, y a partir de ahí comienza un sistemático adoctrinamiento sobre lo que conviene a cada uno: juguetes, prácticas, inclinaciones, afectos, estudios, oficios. El proceso de construcción social de la masculinidad por ejemplo, supone:
- reducir las diferencias entre los varones; homogeneización.
- aumentar las diferencias que nos separan de las mujeres: lógica dicotómica.
Ambas conclusiones no hacen más que ratificar la otredad uniforme que los varones asignarían a las mujeres, ocultando otra vez la diversidad subjetiva. Varones y mujeres ven recortadas sus vidas en lo corporal, la identidad, en el trabajo, la sexualidad, en la expresión, en los horizontes de subjetivación.
Así, la política sexista, además de cercenar posibilidades, genera situaciones paradojales: si bien las formulaciones en salud mental prescriben el uso pleno de las capacidades funcionales, debiera acotar sus experiencias para no ser o sentirse puta. O un hombre debe arriesgar su vida, para sostener el ideal heroico. Y así podríamos seguir con los ejemplos. La determinación genérica se opone a la salud. El narcisismo y el género a la sexualidad, la autonomía al ideal.
Los “Men’s studies”, como antes los estudios de la mujer, están alentando el concepto de masculinidades, así en plural, para desarticular la idea de que se es varón de una manera determinada, dando lugar a la diversidad, contra el totalitarismo de las generalizaciones.
S. Bem trabaja el concepto de “androginia psicológica”, con relación a comportamientos determinados más con la eficacia, el logro de un propósito, que con la determinación genérica. Desde lo cotidiano “los hombres no lloran” o “las mujeres son las que deben criar a los hijos”, hasta el ejercicio de profesiones repartidas por géneros: maestras jardineras -siempre mujeres-, conductores de ómnibus, -siempre varones-, etc.
En este sentido, los divorcios tendrían la ocasión, o mejor, la obligación de poner en juego esta especie de androginia. Mamás-papás con los hijos. Varones-mujeres consigo mismos en el cuidado de la casa. Con su cotidianeidad. O volverse a casar inmediatamente para poner las cosas en “su lugar”. Una mujer que me cocine. Un hombre que me banque.
Y esto tiene un correlato en la forma de enfermarnos. Los estudios que cruzan patología con la variable género lo atestiguan. Y también las problemáticas asociadas a esas conductas. Como ejemplo, la depresión y los ataques de pánico son temas femeninos en una relación de 2 a 1. Lo opuesto ocurre en las consultas por impulsiones y conductas antisociales. Las perversiones son abrumadoramente masculinas. Simétrico a los trastornos ligados a la alimentación (bulimia–anorexia) más frecuentes en mujeres.

Como antes señalábamos, si cruzamos género con la variable edad, vemos que en la niñez, adolescencia y adultez, los trastornos tienen guarismos diferenciales relevantes.
En otro orden, los varones padecen accidentes, los producen y son arrestados seis a siete veces más que las mujeres. El suicidio en la juventud ocupa una relación tres veces mayor en los varones. Después de los 65 años es cinco veces mayor. Todo esto delata, como las formas de sexuación y construcción de subjetividades femeninas y masculinas producen formas particulares de vivir y de padecer.
Las vicisitudes de la resolución sexual, las identificaciones primarias y secundarias y los intentos de diferenciación ocurren en una cultura con representaciones jerárquicas determinadas de lo femenino y lo masculino. División binaria que produce que produce subjetividades y vínculos organizados al precio de la alienación, en que lo instituido no deja lugar a lo instituyente, la repetición a lo creativo, a costa de la potencialidad, de la complejidad subjetiva.

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