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por el Licenciado en Psicología Roberto
Rosenzvaig
(Artículo publicado en Revista Terapia Sexual, Vol. III (2),
2000, Sao Paulo, Brasil)
No
nos une el amor,
sino el espanto.
Será por eso que te quiero tanto.
Jorge Luis Borges.
Cuando pensamos el fenómeno de la violencia, lo
primero que nos sorprende es su constancia a través de la historia humana. Lo
segundo su clara diferenciación en términos de género. Para algunos investigadores,
como Rianne Eisler, la violencia en tanto hecho institucionalizado sólo surge
en coincidencia con el origen del patriarcado, y es ejercida en forma sistemática
con una finalidad de apropiación y dominio, de modo constante y coherente por
la mitad masculina de la creación.
En un cierto sentido estas hipótesis guardan relación con las más clásicas de
F. Engels, quien señalaba la coincidencia entre las formas expoliadoras generadas
a través de la posesión de los instrumentos de producción, con el origen y consolidación
del patriarcado.
En el film 2001, Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, hay una
escena muy conocida que muestra a un ser antropomorfo, de rasgos simiescos,
cuando toma y utiliza un hueso que desde ese momento es simultáneamente un arma,
lanzándola al aire como expresión de su poder.
Esta expresión de violencia revela metafóricamente aquellos impulsos agresivos
que son parte constitutiva de la humanidad, anclados tanto en la biología profunda
de las hormonas androgénicas, como en la voluntad de poder. Un poder inicialmente
anárquico, al cual se opone la decisión de construcción de las sociedades organizadas,
que reclaman encadenar en reglas una violencia, que de otro modo hubiese puesto
en riesgo el orden al cual estas mismas sociedades querían someterse.
El deseo sexual representa a la perfección esa contraposición entre violencia
y orden, porque se expresa espontáneamente a través de la apropiación del objeto
que satisface el ansia y la necesidad, pero que finalmente deberá someterse
al imperio de la conciencia que modela y encausa los sentidos, hacia la instancia
subjetiva del goce, representada en la arquitectura del arte de amar.
Al intentar unir conceptos como la sexualidad, la violencia y el erotismo, no
como ideas separadas, lo que lo haría más sencillo, sino en su encuentro único
dentro de la relación amorosa, aparece la visión del erotismo como un fenómeno
específicamente humano, que puede ser entendido de distintas maneras: como
el arte dialogado del amor (M. Foucault), como metáfora de la sexualidad
(O. Paz), o más críticamente como una opción cuya principal finalidad es la
de transgredir el imperativo civilizatorio que deviene de las prohibiciones
y de la represión concomitante, hasta el punto que puede decirse que sin silencio
y sin prohibición no habría erotismo (H. Bataille), en su doble vertiente: amorosa
y agresiva. Orden o desorden, continuidad o ruptura. ¿Es Eros, Dios del amor,
sólo un rubicundo angelito inofensivo que dispara flechas? ¿O un verdadero hijo
del Kaos que inocula la pasión incontrolable allí donde golpea? Eros no es un
símbolo racional y apolíneo, sino dionisíaco. Su verdadero ser está en la ruptura
de la conciencia racional y en la entrega y el éxtasis más allá de las barreras
y los límites.
La sexualidad, como dispositivo de reglas, representa la continuidad ontológica,
el erotismo la profunda discontinuidad de la ruptura de la conciencia en un
acto único e irreversible, de allí que su única comparación literaria es con
la muerte o la pequeña muerte representada por el orgasmo.
Si es que se puede hablar de una fragmentación entre el ser natural y el ser
cultural, el erotismo representa la instancia de ruptura de la premisa reproductora,
para proyectarse en otra instancia de simbolización. A. Giddens ha nombrado
a este hecho históricamente determinante de las relaciones humanas como sexualidad
plástica.
En los principios de las sociedades humanas la simple apropiación de la hembra
(orden biológico reproductivo), tiene que haber sido la conducta predominante,
y en general violenta, en tanto que el macho imponía su voluntad, pero a medida
que las sociedades se ordenan y complejizan, el orden social demanda un protocolo
de acción. Y aunque la violencia del sometimiento seguirá siendo por siglos
el modo de ruptura que el macho instala en la relación de género, la violencia
de posesión tiene su límite, que está dado, en las sociedades arcaicas, por
la cohesión que lo femenino y maternal otorga al grupo, y en las sociedades
modernas por la necesidad masculina de ternura, aceptación y valoración por
parte de la mujer.
Las normas, tabúes y las regulaciones formales e informales apuntan a colocar
límites y afirman que en materia sexual no todo es posible ni está permitido.
Sin embargo el éxito verdadero de las regulaciones, sólo se produce cuando el
control de sí, fin último de la sociedad moderna, se ejerce internamente, pero
para que esto suceda la naturaleza tiene que ceder o modificarse a través de
la acción recursiva que la cultura produce sobre ella en el curso de siglos.
Los seres humanos no limitan la violencia sólo por las prohibiciones, o las
sanciones, sino principalmente por el descubrimiento de las relaciones afectivas,
de la ternura y el amor, aunque asumiendo -como lo afirmó el Marqués de Sade-,
que todo en la naturaleza contiene una dualidad: la capacidad para la creación,
tanto como para la destrucción. Somos, en este sentido, seres bicéfalos divididos
entre impulsos amorosos y agresivos, y proyectamos esta dualidad sobre nuestros
objetos de amor. La paradoja proviene de que nuestro ideal amoroso no integra
ambos aspectos, porque se sostiene sobre el arquetipo romántico, (que de ningún
modo es privativo de Occidente, sino que se expande como un modo de relación
universal). En el amor romántico, la ternura y los lazos tienden a primar por
sobre la pasión y su carácter predominantemente erótico. El amor romántico se
apoya sobre cuatro pilares: la idealización, la libertad, la igualdad y en la
continuidad; la pasión, en cambio, en la simbiosis, el instante y la compulsión.
Así el romance quedaría asociado -en un sentido muy amplio- a los impulsos amorosos,
mientras que la pasión a los impulsos agresivos.
Para entender en un nivel más concreto estas afirmaciones, coloquemos este análisis
en el campo de las relaciones amorosas, y de que modo, en ese espacio singular,
surge el desafío de integrar la ternura junto a la agresión como dos aspectos
diferentes de la relación. La ternura y la agresión son contempladas, en términos
generales, como dos fenómenos opuestos y mutuamente excluyentes. Sin embargo,
los seres humanos nos vemos obligados a integrar los impulsos amorosos y los
agresivos como parte de nuestro desenvolvimiento individual; ambos representan,
de un modo evidente, la ambigüedad frente a nuestros objetos de amor.
Es un aspecto constante de la evolución psicológica el hecho de que los procesos
de desarrollo de la persona implican duelos, dolor y rabia, porque cada paso
de crecimiento comporta ganancias, pero también pérdidas, y éstas últimas se
acompañan de frustración y sentimientos agresivos. La maduración individual
enseña a tolerar las inevitables emociones negativas que generan los vínculos
cercanos, especialmente los familiares, cuando no satisfacen todas las expectativas
ni los deseos.
La aceptación de las necesidades del otro en la convivencia, aún cuando no coincidan
con las propias, es un elemento clave de la vida en común, tanto sea en la vida
familiar o comunitaria en general. Ser tolerante representa aceptar que el otro
puede pensar o actuar en forma diferente a nuestra propia visión del mundo y
de las relaciones, sin que la diferencia se entienda como un ataque personal.
Así como el nivel de tolerancia a las diferencias es un indicador positivo del
grado de desarrollo de las sociedades, del mismo modo la tolerancia señala a
aquellas parejas capaces de construir una relación basada en el respeto de las
individualidades.
Pareciera que las personas están poco entrenadas para convivir con las diferencias,
tal vez porque mantienen una imagen idealizada de que las buenas relaciones
interpersonales se basan en un absoluto consenso, cuando lo más correcto es
lo inverso, es decir que las buenas relaciones, al fin y al cabo, se logran
a través del conflicto. Todos los organismos sociales, ya sean matrimonios,
familias, instituciones o naciones, se enfrentan a conflictos y crisis. Su vigor
y coherencia se refuerza a través de ellos cuando se los comprende como pasos
de crecimiento, y se admite la diferencia y aún el enfrentamiento como parte
este proceso.
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