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por el Licenciado en Psicología Roberto
Rosenzvaig
(Artículo publicado en Revista Terapia Sexual, Vol. III (2),
2000, Sao Paulo, Brasil)
Vicisitudes
de la unión amorosa
Las parejas se unen por distintas razones, algunas
inconfesables, pero mayoritariamente por aquello que llaman amor, y en este
vínculo se supone que debieran emerger sentimientos tiernos, sin embargo, la
pareja es el lugar donde habitualmente surgen sentimientos hostiles, por ello
es que se demanda el control de la agresión en la convivencia, en un proceso
de aprendizaje que nace desde la tolerancia hacia al otro, el cual debe ser
admitido como un otro significativo y diferente.
La razón para que esto suceda es bastante comprensible,
y se relaciona con la construcción de la convivencia, que nunca es completamente
sencilla, porque pone en juego dos proyectos, conscientes e inconscientes en
torno a un ideal de pareja, y a los soportes materiales, además de los emocionales,
que esta pareja debiera proveer a cada uno de los integrantes. Digo que hay
dos proyectos, porque uno puede ser explícito, e incluye los acuerdos acerca
de lo que la relación puede ser en el presente y en el futuro, además de lo
que cada uno desea de la unión. El segundo remite a las idealizaciones inconscientes
y no verbalizadas e incluye las expectativas subjetivas de lo que debe proporcionar
la relación de pareja.
Hay personas que se sienten rápidamente decepcionadas en la convivencia, y crean
una idea irracional acerca de la traición creada por el otro, a partir de su
negativa a cumplir con un ideal de pareja que complete los anhelos fantaseados,
tales como seguridad, amor eterno, confianza, valoración, seducción, pasión;
en ese sentido las diferencias entre lo que cada uno desea y lo que se siente
que se obtiene pueden abrir una brecha, un estado de rabia sorda ante la terrible
injusticia cometida por ese otro, que simplemente no quiere otorgar la dosis
de amor, deseo y cuidados necesarios.
Las reacciones de estas personas ante la frustración por no obtener sus anhelos,
pueden orientarse hacia una violencia enmascarada, más adaptada a las reglas
sociales que la violencia explícita, que se expresa en el territorio de la intimidad
y que es comúnmente reservada como un secreto.
Se ha repetido hasta el cansancio el viejo estereotipo de que los varones buscan
principalmente sexo y discontinuidad y las mujeres amor y continuidad, y que
para ellas es la relación amorosa la que despierta su erotismo y se ubica como
condición previa a la entrega. Se ha señalado que los contenidos del imaginario
erótico femenino se expresan a través del placer, especialmente cuando está
vinculado a la proyección de la relación en un continuo afectivo-sensorial,
mientras que el imaginario erótico masculino se representaría a través de la
pornografía, especialmente de la llamada dura, donde la violencia se muestra
en forma directa, y el sometimiento hacia el falo se convierte en el tema central.
En este contexto, la violación, como forma extrema de sometimiento, sería la
manifestación del control masculino sobre la mujer, acción que poco tiene que
ver con el placer sexual en sí mismo, sino que expresa principalmente el goce
por someter y humillar. ¿Es entonces esta agresión un problema ligado a la expresión
de la sexualidad? ¿O al dominio, el control y el sometimiento?: donde el impulso
a subordinar y humillar a las mujeres forma parte probablemente de un aspecto
genérico de la psicología masculina, como señala Giddens, y el sexo sólo una
vía de acción directa en ese camino.
Las parejas tormentosas
Voy a tratar de analizar el fenómeno de la violencia
sexual en el marco de la pareja constituida, y un poco ex profeso, me colocaré
al margen de aquellas parejas que manifiestan en su vida cotidiana una interacción
física francamente violenta, abusivamente violenta diría; que conlleva un daño
objetivo, para ellos y para los que los rodean. Quisiera ir un poco más allá,
hacia otra estructura no tan manifiesta, ni evidente ante los ojos de los observadores
y de ellos mismos; un modo de interacción basado en una violencia más funcional
y adaptada a las reglas sociales, que se expresa en el territorio de la intimidad,
y que es guardada como un secreto. Estas parejas, que llamamos tormentosas,
parecen vivir un sordo y constante enfrentamiento, matizado por fogosos reencuentros,
donde la relación sexual ocupa un lugar de privilegio. Su interacción pone al
desnudo dos corrientes intensas de fuerzas: pasión y agresión.
En la vida cotidiana suelen ser irónicos, descalificadores, defensivos, anticipan
las intenciones negativas del otro antes de que se produzcan, recuerdan ofensas
históricas como si hubiesen ocurrido ayer. Viven como ofendidos simplemente
porque el otro no entiende sus necesidades, se los ve atrapados entre las polaridades
de la autonomía versus la simbiosis. Son codependientes en el sentido de que
su identidad personal aparece sin desarrollar, y por ello la buscan a través
de las acciones o necesidades de la pareja, pero al sumergir su yo en el otro,
se asemejan al ahogado que saca su cabeza a la superficie con desesperación
en busca de oxígeno para respirar, y no encuentran mejor forma de buscar la
autonomía que a través de la destrucción simbólica del otro y de la pareja.
Sus lazos son adictivos, por ello que adoptan formas simbióticas; estos individuos
necesitan la relación para desarrollar un sentido de seguridad que no pueden
conseguir de otra forma, pero simultáneamente evitan la apertura de sí mismos
al otro, que es la condición previa de la intimidad.
Fundamentos
La historia del encuentro entre dos personas que
evolucionan hacia una pareja implica referentes conscientes e inconscientes;
entre los primeros está el proyecto, lo que cada uno desea de la unión y lo
que ambos aceptan en términos de acuerdos explícitos sobre lo que la relación
puede ser. Pero por debajo de las expectativas visibles subyace el territorio
de las idealizaciones, inconscientes y no verbalizadas, que remiten a las estructuras
familiares (vinculares) internalizadas por cada individuo en su historia personal,
de las cuales dependen las expectativas acerca de lo que debe proporcionar la
relación de pareja. Unido a esto aparece también un ideal romántico que surge
del deseo de que la pareja persista como fue en aquel pasado glorioso del encuentro
pasional. Estos aspectos diferentes, pero relacionados, crean una idea irracional
a cerca de la traición que el otro pudo crear, a partir de la negativa a cumplir
con el ideal de pareja.
En lo que aquí llamamos parejas tormentosas hay una decepción profunda ante
la terrible injusticia cometida por el otro, creando un espacio vacío, un estado
de rabia sorda, que esconde la secreta fantasía de destruir ese estado actual,
para hacer renacer el fantasma del pasado; el espectro de un Otro (con mayúsculas),
que se supone, otorgaba la provisión de deseo, amor y cuidados necesarios. Digo
que este Otro es un fantasma porque probablemente jamás haya existido como un
ser real, sino como una ficción, una narración literaria que se hace carne;
porque lo importante no es solamente lo que uno desea (idealmente) sino la diferencia
entre lo que uno desea y lo que uno siente que obtiene.
La unión en pareja nunca se hace entre seres reales, porque eso que queremos
ver como realidad se establece a partir de las imágenes construidas del ser
que deseamos y que viene a cumplir una expectativa soñada desde la misma infancia.
Ese modo de entender el fenómeno se parece bastante a los cuentos que mostraban
una mujer siempre anhelante de su príncipe azul.
Es de una cierta manera nuestro objeto ideal proyectado sobre una pantalla,
por eso muchas veces los enamorados perciben atributos en el otro que nadie
más detecta, y que los demás sintetizan con la frase lapidaria yo no sé
qué le encuentra. Ese personaje oculto e idealizado, invisible a otros
ojos que no sean los propios, se obliga por su propia calidad de fantasma a
cumplir con designios y fantasías secretos, y si - como es lo más probable-
no lo hace, simplemente traiciona el ideal deseado. Y cuando se revela en su
verdadero ser se constituye en una pesadilla. Donde la exigencia al cumplimiento
del ideal se impone como alternativa única, se cumple el axioma político que
señala como la búsqueda de lo perfecto inhibe el encuentro de lo posible.
Llama poderosamente la atención en estas parejas, la sensación que no pueden
estar juntos, pero tampoco separados. Resulta común que en su historia, breve
o extensa, hayan intentado más de una vez separarse, luego de una serie de enfrentamientos
que culminan en el clásico ¡No te soporto más!. Las separaciones, que paradójicamente
otorgan una sensación de libertad, también son acompañadas de una sensación
de vacío, que aparentemente sólo el otro puede llenar. Así resuelven darse otra
oportunidad, la cual reinicia el ciclo de hostilidad, en medio de un clima de
inconformismo y desarmonía.
Su amor no es confluente, sino divergente.
A menudo hemos escuchado globalizar estas confrontaciones llamándolas luchas
por el poder, como si el poder fuese un atributo material o un trofeo
a conquistar. Lo correcto sería referirse a una lucha de fuerzas colocada en
un contexto de estrategias de dominación, donde la violencia gestual, verbal
y emocional, representa las armas del enfrentamiento. El sexo puede ocupar un
lugar privilegiado en este conflicto, y es evidente que el varón está mucho
mejor preparado socialmente para el ejercicio sistemático de la violencia sexual,
aunque este no sea un atributo de género excluyente.
Algunas tácticas utilizadas por los varones en
esta escalada son:
1. Celos, desconfianza y hostilidad frente a la
falta de deseo femenino, o a la resistencia por parte de la mujer a mantener
relaciones sexuales.
2. Burlas, críticas y descalificaciones a la sexualidad femenina en general,
y más específicamente a la de su mujer en particular.
3. Manipulación psicológica por la carencia de sexo.
4. Demandas de sexo después de una discusión violenta.
5. Acoso sexual.
6. Demandas de sexo con amenazas.
7. Práctica de caricias violentas o rechazadas por la compañera, durante la
relación sexual.
8. Violación intramarital (inicialmente nocturna).
9. Infidelidad explícita o mal encubierta.
Las mujeres, por su parte, no juegan aquí el papel
de laxas y pasivas heroínas románticas, sino que pueden actuar simétricamente,
devolviendo o sofocando la hostilidad del varón. Ellas pueden:
1. Descalificar la competencia masculina para suministrarles
placer.
2. Ausentarse conscientemente de la relación, haciéndolo evidente.
3. Generar impotencia (gran fantasma de la autoestima masculina)
4. Boicotear la escena amorosa a través de la ausencia completa de deseo o de
orgasmo.
5. Compararlo con experiencias anteriores.
6. Infidelidad explícita o mal encubierta.
El sexo en acción es utilizado aquí como una metáfora
de la agresión, como dice O. Kernberg, se recluta el amor al servicio de la
agresión, envuelto a veces en ropajes de pasión que señalan los más profundos
arrepentimientos. Los reencuentros y las nuevas oportunidades que se prometen
ambos, son ilusorias y transitorias, porque el destino de estas parejas está
en esa especie de infierno particular que han construido.
El poeta Gonzalo Rojas se asomó a ese infierno,
cuando en una fragmento de uno de sus poemas se pregunta:
¿QUÉ SE AMA CUANDO SE AMA?
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: Amor?
¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o ese sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta mis últimas raíces?
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