|
(Esta carta fue escrita por un paciente
como parte de su terapia y, con datos cambiados, se publica
bajo la autorización de su autor como ejemplo esclarecedor
de la relación que un varón puede entablar con sus genitales)
Nunca pensé que iba a dirigirme a vos de
esta forma. Seguro que era algo que nos quedaba por hacer.
Lamento no poder escucharte más allá de lo que puedo suponer
yo, qué podrías sentir en ausencia de todas mis propias influencias.
Desde chico recuerdo que me preguntaba que si la única función
era la de hacer pis, porque las nenas (al menos eso
me decían) te tenían con otra forma. Vos y yo sabemos en qué
vamos a terminar en esta charla, y ojalá que nos
podamos poner de acuerdo, digo, por el bien de los dos.
Ya desde que éramos chiquitos, cerca de los 7 u 8 años, me
acuerdo que te frotaba contra la cama o te ponía en contacto
con alguna cosa que anduviera por ahí para ver qué se sentía.
Ahora los pibes de esa edad parecieran ser que tienen una
idea más clara de qué cosas deben pasarle por sus hormonas,
incluso antes de que esto ocurra.
Siempre me
molestó que te pegaras tanto a la bolsita, te
dije muchas veces que me molestaba, y por muchos años me acuerdo
que cuando me ponía el calzoncillo te colocaba para arriba
para que eso no sucediera. A veces me pregunto si fue por
ello que, en respuesta al trabajo que te daba, te quedaste
petisón, como queriendo demostrarme que la gravedad
era necesaria para tu normal desarrollo. De todos modos, aunque
esta locura fuera cierta, ya es demasiado tarde.
Ese es un tema que todos nosotros nos preguntamos por qué
ocurre. Incluso llegué a pensar que aquellos muchachos que
parecían más seguros hacían que su desarrollo fuera más rápido
y mejor, algo así como si la timidez fuera una sustancia que
retarda el crecimiento, y tengo que admitir que si bien siempre
soñé con ser un tipo diferente nunca hice mucho por cambiar
en lo concreto. Pensaba que las cosas iban a darse por sí
solas, pero por lo que vemos, por lo menos en mi caso, nunca
fue así. Es más, ni me acuerdo bien cuando fue nuestra primera
masturbación
exitosa. Sí me acuerdo que fue con esa revista de mi hermano
en el baño de casa. ¡Estaba linda la morocha! Me acuerdo que
me sorprendió ver hasta dónde había ido aquel manchón blanco
que no terminaba incluso de entender cómo era.
Seguro que me estarás reprochando por qué en aquella época
no ejercitábamos más con mujeres de verdad. Digamos básicamente
que siempre fui un miedoso. Pero no es lo único. Desde chico
siempre pensé que eso que hacía estaba mal. Es más, que andar
con chicas era algo de gente grande, no sé de donde saqué
esa estupidez. Pero me parecía que los besos eran cosa de
pibes mayores de 20. De todas formas cuando llegó esa época
tampoco las cosas cambiaron mucho.
Cuando iba a bailar te acordarás que jamás levantamos
nada. Siempre me sentí (y me siento) ajeno a esos lugares.
La técnica de la parla no la tengo. Y antes era
todo mucho peor porque te acordarás que era gordo, y los complejos
eran los reyes de mis actos. Ni siquiera tenía bolas
(ya sé que te pertenecen más a vos que a mí, no hace falta
que me lo recuerdes) para comprarme ropa con la que me sintiera
más atractivo.
Ahora y antes de que me lo preguntes: ¿por qué no fui siquiera
con una prostituta? Ya sé que te tengo podrido con el tema
de cómo pensaba antes, la depresión
y todo eso. Pero siempre me dieron mucha lástima esas mujeres,
que por necesidad se dejan hacer cualquier mierda. ¡Cómo yo
iba a reivindicar semejante basura! Era como comprar un estéreo
robado, colaborando con el robo. ¿No me crees? Claro, piensas
que sólo son excusas. Puede ser que inconscientemente lo sean.
Porque aún hoy jamás fui a uno de esos lugares y ahora sí
te confieso que por miedo. Pero te doy mi palabra de que eso
era lo que yo pensaba. En realidad no es tan ajeno a la realidad,
pero los años me fueron permitiendo tolerar más las bostas
de este mundo que siempre quise modificar.
Cuando me tocó el servicio militar me acuerdo que uno de mis
miedos era que te vieran. Me avergonzaba de vos. Fláccido
eres muy chiquito. Y no voy a tolerar que me mandes a la mierda
porque sabes perfectamente que más allá de mis complejos las
apariencias mandan en todo este circo.
En esa época realmente me sentía mal. Ya era demasiado evidente
que no era un tipo normal. Los fines de semana no tenía coartada.
No tenía amigos ni con quien salir. De dónde sacar una influencia
positiva. Alguien con quien perpetrar cualquier cosa. Tenía
20 años, y todavía no conocía el cuerpo de una mujer. El monstruo
se me hizo enorme. Escribo esto, y me da la sensación
de que si te hubiera visto más normal me hubiera
animado más a ciertas experiencias. Pero debo admitirte que
mi pasividad tampoco te ayudó. No sé, creo que siempre voy
a tener la duda si es que te comportas sanamente, o si soy
yo que no te dejo trabajar. A veces quiero relajarme sin importarme
lo que hagas, pero no veo que por eso te muevas con más libertad.
Hoy por hoy creo que estamos transitando un buen camino, pero
a veces me pregunto si no es tarde. No quiero caer en esa
frase estúpida de recuperar el tiempo perdido. Los dos tenemos
29 y conocemos nuestras limitaciones. Quizás en otra época
hubiéramos podido aprovechar aquellas desaforadas hormonas
y haber iniciado un camino con menos espinas. Pero no es el
único tema en esta vida que no da segundas oportunidades.
Sí me gustaría tener la certeza de que los efectos del VIAGRA
sólo van a ser necesarios por un tiempo, pero los dos conocemos
bien las diferencias.
Cuando empecé a escribirte creí que iba a tener que reclamarte
más cosas. Pero la ficción de darte identidad sirvió para
que me animara a escribir, en definitiva que eres el propio
Guillermo y tu comportamiento es coherente con lo que hice
y no hice desde que estoy vivo.
Hay algo que sí quiero decirte, y es que en aquellos poquitos
momentos de felicidad, aunque más no fuera a tu forma, estuviste
conmigo, y sin vos, no hubieran sido posibles.
Guillermo, Bs. As., Argentina,
2001
volver
|