Locas, chongos y gays*

"Querelle de Brest" - J. Cocteau - 1947Sociabilidad homosexual masculina durante la década de 1990

Comentarios y reflexiones sobre el libro de Sívori, Horacio Federico. 2004. Editorial Antropofagia. Buenos Aires. 119 pp.

Los personajes que han descubierto la pasión o intuido el goce resultan a menudo duramente castigados: mujeres que no se adaptan al orden simétrico de la costumbre, hombres que buscan intensidad en las sensaciones y los sentimientos con otros hombres, ambos que no responden al mundo de lo conocido y nombrado.

En “Locas, chongos y gays”, Sívori hace un aporte al  estudio del tema de la homosexualidad masculina en Argentina. Provee un preciso léxico del ambiente homosexual, revisa el concepto de homosexualidad y especula acerca del lugar de la generación de nombres y clasificación de conductas e identidades en el ambiente gay.  Por último, nos permite una sutil aproximación a la interacción gay en lugares públicos.

Como trabajo de tesis de la Maestría en el Departamento de Antropología de la New York University el autor realizó esta investigación etnográfica de la sociabilidad homosexual masculina en los inicios de los 90, en su Rosario natal. Durante tres meses, de mayo a agosto de 1992, frecuentó discotecas, bares y lugares públicos del circuito del ‘yiro’ gay: hizo observaciones, charló  con los frecuentadores de los diferentes sitios y realizó entrevistas con activistas del movimiento gay, dueños de locales y otros personajes claves de la sociabilidad gay rosarina de aquellos años.

Diversas sociedades han atribuido significados radicalmente diferentes a prácticas que a nuestro entender occidental moderno no dudaríamos en clasificar de ‘homosexuales’. Halperín en "One hundred years of homosexuality" (1990), se pregunta si comparten la misma sexualidad: “1. el ‘pederasta’ de la Grecia Clásica, hombre casado que periódicamente  disfruta penetrando a un varón adolescente, 2. el/la ‘berdache’ varón adulto indio (nativo norteamericano) que desde su infancia ha adoptado muchos de los atributos de una mujer y es regularmente penetrado por el varón adulto con quien se ha casado en una ceremonia pública sancionada socialmente, 3. el hombre y guerrero de una tribu de Nueva Guinea, quien de los ocho a los quince años ha sido inseminado oralmente todos los días por jóvenes de más edad y que luego de años de inseminar oralmente a otros más jóvenes que él, se casará con una mujer adulta y tendrá hijos propios.” 

¿Son estos hombres homosexuales?, ¿qué comparten con el homosexual de nuestros lares y nuestros días? A partir de allí, ¿a qué llamamos homosexualidad?

Tom of Findland, 1986"La distinción entre heterosexualidad y homosexualidad", continúa Halperín, "lejos de ser una forma fija e inmutable de una sintaxis universal del deseo sexual, puede ser entendida como un giro conceptual particular en el pensamiento acerca del sexo y del deseo que ocurrió en ciertos sectores de la sociedad europea noroccidental en los siglos XVII y XVIII."

Sívori sostiene que las sociedades modernas han desarrollado una serie de instrumentos de normalización gracias a los cuales se segrega a determinadas categorías de individuos (mujeres, homosexuales, pobres) y este desvío es considerado como un destino personal. El deseo homoerótico es una categoría de exclusión favorita tanto de los discursos religiosos y jurídicos-morales, como médicos, que dieron  sustento ideológico a la constitución de los estados modernos. Esta categoría ha sido ubicada entre las personalidades aberrantes y es vista como una amenaza de decadencia moral.

En Argentina, a pesar de cierta evolución reciente, la homosexualidad sigue siendo una dimensión de la personalidad que constituye motivo de estigmatización, discriminación y exclusión. En un contexto tal, dice Pecheny en su artículo Identidades discretas: "la capacidad de simular constituye un recurso de protección" (En Arfuch, L. compilador. Identidades sujetos y subjetividades. Editorial Prometeo. Buenos Aires. 2002).

Si la sexualidad y las relaciones amorosas juegan un papel central en la génesis y desarrollo de toda personalidad, en el caso de personas homosexuales este papel está mediado permanentemente por el secreto para ponerse al resguardo de eventuales actitudes hostiles. El riesgo de descrédito al cual se ve sujeta una identidad discriminada implica un control constante de la presentación de sí y de la información acerca de la propia persona. La propia homosexualidad es manejada como secreto.

En el capítulo II Sívori se refiere al gerenciamiento del secreto en el ambiente homosexual, el ambiente ‘entendido’ o simplemente ‘el ambiente’ como es llamado para referirse al círculo de los iniciados que, aunque nunca antes se hayan visto se perciben de inmediato. “En el ambiente, la capacidad de una persona de pasar por ‘nada que ver’, es decir, de mantener una compostura ‘normal’ (no afeminada) – especialmente si podía ser construida como un don natural y no como una habilidad adquirida – era evaluada  como una ventaja social, como un índice de prestigio que indicaba un estatus de poder por sobre otras personas que carecían de dicha capacidad” (:40).  El valor de pasar inadvertido formaba parte del sentido común gay rosarino de los años 90 y era la estrategia más generalizada desde el ambiente hacia fuera. La norma era una masculinidad discreta y distinguida, una homosexualidad en lo posible invisible. La discreción masculina era considerada como un valor de gran atractivo erótico, la exteriorización flagrante de la inclinación homosexual, por el contrario, de pésimo gusto.

Al levantar el secreto e introducirse respetuosamente en los ámbitos de la sociabilidad de varones gays, Sívori nos revela un mundo donde las identidades y otras autodescripciones de estos hombres que buscan intensidad en las sensaciones y los sentimientos con otros hombres a menudo son contradictorias y no convencionales. Surgen entonces las superposiciones de experiencia sexual e identidad de género y las conexiones entre prácticas sexuales,  identidades sexuales y atributos de privilegio.

De principio a fin y de maneras diversas Sívori  señala la pluralidad de voces que conforman la categoría ‘homosexual masculino’. El amplio espectro de conductas, la variedad de identificaciones y recorridos subjetivos que constituyen ese universo le permiten abrir a discusión el concepto de ‘orientación sexual’, considerándolo un recorte circunstancial y no una identidad fija, esencial.

Las identidades son construidas de maneras complejas a través de múltiples modos de articular deseo, sociabilidad y prácticas y “el sentido que adquieren en determinado contexto no se transfiere fácilmente a otros” (:89)

En opinión del autor se ha sobreenfatizado el papel de las conductas sexuales en la construcción de identidades gays. Sívori desmonta un mito muy caro al decir del ambiente ‘no entendido’: las categorías de activo y pasivo. Entre los hombres homosexuales dichas categorías se refieren a lo que la persona hace o desea hacer sexualmente en una relación sexual, no a lo que la persona “es" más allá del contexto específico de esa relación sexual. Se utilizan frecuentemente las expresiones "hacer de activo" o "hacer de pasivo". En los contextos más públicos de la interacción gay "lo que se pone en juego no es la identidad del activo y del pasivo, sino de la loca, la del chongo y la del gay, construcciones que someten a aquellos roles a complejos juegos de significación" (:89).

En el capítulo tercero, “dedicado a un espacio dominado por el disimulo”, Sívori hace un interesante aporte a la etnografía del sexo entre hombres en lugares públicos. A través de las charlas con los frecuentadores deja entrever, de una manera amena, su presencia en el circuito del ‘yiro’ gay y nos permite acercarnos a estos hombres que relatan glorias y miserias personales y se transmiten experiencias  y consejos mientras esperan un encuentro romántico o erótico.

"Los infractores son mejores topógrafos",  repara María Moreno en el prólogo a "Fiestas, baños y exilios" (Rapisardi y Modarelli, 2001: 9).  Es cierto, porque transforman en puntos de placer los intersticios de la ciudad.  El mapa del yiro gay es invisible para quienes no participan. Tiene lugar en su mayor parte de noche y en áreas de tránsito solitarias: el baño de estación de trenes Rosario Norte, un pequeño bosque entre la estación y el río Paraná, las calles aledañas a la estación de ómnibus y el parque Independencia. Como espacio heterogéneo resulta un ámbito privilegiado, a diferencia de los bares y los boliches gays, para los participantes preocupados por la posibilidad de ser descubiertos en sus excursiones homosexuales. La participación se mantiene oculta, "el yiro es a la vez el más generalizado de los contextos de interacción del ambiente y el más devaluado entre los hombres homosexuales" sostiene Sívori. Los hombres apelan a la estrategia del disfraz o camuflan su actividad para protegerse del acoso policial.

Del diario de campo del autor, una noche de mayo en el Parque Independencia, extractamos:

 “…uno de mis amigos de poco más de 40 años en 1992, vestido con un equipo de rugby, salvo los botines que habían sido reemplazados por zapatillas de tenis, encendía un cigarrillo negro tras otro, mientras conversábamos y esperaba que apareciera una presa para el yiro. Era obvio que no estaba allí para ventilar sus pulmones.” (:64)

La camiseta y las medias distintivas de un club de rugby le servían no sólo de camuflaje, “sino que también operaban como marcas de estatus social y de virilidad que eran capitalizadas a la hora de iniciar un contacto”.

En el mismo parque, un hombre mayor, escondido detrás de unos árboles le muestra a Sívori el pene erecto a modo de equívoca oferta de rol sexual activo.

En el capítulo cuarto Sívori explora “El habla de las locas”. Al analizar cómo un conjunto de terminología sexual y de género es usado en el registro verbal de “las locas” (“homosexuales asumidos” que dramatizan la mariconería imitando y exagerando estereotipos femeninos) hace una contribución al estudio del habla gay en Argentina.

"Las `locas´ se producen, en un proceso análogo al que realizan las travestis, los transformistas y las drag queens sobre sus cuerpos, `se montan´ en el habla y también montan un contexto y una serie de objetos de referencia” (:78). “Definen modos de auto representarse individual y colectivamente alterando deliberadamente las terminaciones de género de pronombres, sustantivos y adjetivos de masculino a femenino. Las categorías del género alterado, torcido, o desviado proliferan, invirtiendo el orden de la dominación masculina, haciendo evidente la arbitrariedad de los papeles e identidades de género” (: 81). Las voces masculinas heterosexuales dejan de tener la palabra. Son “las locas”, para Sívori, las que designan y nombran. Ellas abren líneas de fuga, intercalan el femenino en el masculino, trocan el activo y el pasivo, tuercen la convención. Reproducen y enriquecen una cultura de resistencia ensortijando la gramática del género.

El libro trasunta profundidad, sobriedad y  respeto. Deja, sin proponérselo, una conclusión amarga: la construcción de identidades homosexuales masculinas mantiene las relaciones jerárquicas entre géneros. La masculinidad idealizada constituye el valor más alto; lo menos preciado: lo que se acerca a lo femenino. Lo femenino en cuestión es lo banal de las mujeres: afeites, gestos de vetustas divas hollywoodenses, ropas provocativas, el chismorreo.

A pesar del ideal moderno cosmopolita de relación igualitaria nuestro “Viril Occidente” se mantiene firme, indeleble.

* Licenciada Graciela Sikos, Bs. As. , 2005

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