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Sociabilidad
homosexual masculina durante la década de 1990
Comentarios y reflexiones sobre
el libro de Sívori, Horacio Federico. 2004. Editorial Antropofagia.
Buenos Aires. 119 pp.
Los personajes
que han descubierto la pasión o intuido el goce resultan a
menudo duramente castigados: mujeres que no se adaptan al
orden simétrico de la costumbre, hombres que buscan intensidad
en las sensaciones y los sentimientos con otros hombres, ambos
que no responden al mundo de lo conocido y nombrado.
En “Locas, chongos y gays”,
Sívori hace un aporte al estudio del tema de la homosexualidad
masculina en Argentina. Provee un preciso léxico del ambiente
homosexual, revisa el concepto de homosexualidad y especula
acerca del lugar de la generación de nombres y clasificación
de conductas e identidades en el ambiente gay. Por último,
nos permite una sutil aproximación a la interacción gay en
lugares públicos.
Como trabajo de tesis de la Maestría en el Departamento de Antropología
de la New York University el autor realizó esta
investigación etnográfica de la sociabilidad homosexual masculina
en los inicios de los 90, en su Rosario natal. Durante tres
meses, de mayo a agosto de 1992, frecuentó discotecas, bares
y lugares públicos del circuito del ‘yiro’ gay:
hizo observaciones, charló con los frecuentadores de los
diferentes sitios y realizó entrevistas con activistas del
movimiento gay, dueños de locales y otros personajes claves
de la sociabilidad gay rosarina de aquellos años.
Diversas sociedades
han atribuido significados radicalmente diferentes a prácticas
que a nuestro entender occidental moderno no dudaríamos en
clasificar de ‘homosexuales’. Halperín en “One
hundred years of homosexuality” (1990), se pregunta si
comparten la misma sexualidad: “1. el ‘pederasta’
de la Grecia Clásica, hombre casado que periódicamente
disfruta penetrando a un varón adolescente, 2. el/la ‘berdache’
varón adulto indio (nativo norteamericano) que desde su infancia
ha adoptado muchos de los atributos de una mujer y es regularmente
penetrado por el varón adulto con quien se ha casado en una
ceremonia pública sancionada socialmente, 3. el hombre y guerrero
de una tribu de Nueva Guinea, quien de los ocho a los quince
años ha sido inseminado oralmente todos los días por jóvenes
de más edad y que luego de años de inseminar oralmente a otros
más jóvenes que él, se casará con una mujer adulta y tendrá
hijos propios.”
¿Son estos hombres
homosexuales?, ¿qué comparten con el homosexual de nuestros
lares y nuestros días? A partir de allí, ¿a qué llamamos homosexualidad?
“La
distinción entre heterosexualidad y homosexualidad”, continúa
Halperín, “lejos de ser una forma fija e inmutable de una
sintaxis universal del deseo sexual, puede ser entendida como
un giro conceptual particular en el pensamiento acerca del
sexo y del deseo que ocurrió en ciertos sectores de la sociedad
europea noroccidental en los siglos XVII y XVIII.”
Sívori sostiene que las sociedades
modernas han desarrollado una serie de instrumentos de normalización
gracias a los cuales se segrega a determinadas categorías
de individuos (mujeres, homosexuales, pobres) y este desvío
es considerado como un destino personal. El deseo homoerótico
es una categoría de exclusión favorita tanto de los discursos
religiosos y jurídicos-morales, como médicos, que dieron
sustento ideológico a la constitución de los estados modernos.
Esta categoría ha sido ubicada entre las personalidades aberrantes
y es vista como una amenaza de decadencia moral.
En Argentina,
a pesar de cierta evolución reciente, la homosexualidad sigue
siendo una dimensión de la personalidad que constituye motivo
de estigmatización, discriminación y exclusión. En un contexto
tal, dice Pecheny en su artículo Identidades discretas:
“la capacidad de simular constituye un recurso de protección”
(En Arfuch, L. compilador. Identidades sujetos y subjetividades.
Editorial Prometeo. Buenos Aires. 2002).
Si la sexualidad
y las relaciones amorosas juegan un papel central en la génesis
y desarrollo de toda personalidad, en el caso de personas
homosexuales este papel está mediado permanentemente por el
secreto para ponerse al resguardo de eventuales actitudes
hostiles. El riesgo de descrédito al cual se ve sujeta una
identidad discriminada implica un control constante de la
presentación de sí y de la información acerca de la propia
persona. La propia homosexualidad es manejada como secreto.
En el capítulo II Sívori se refiere
al gerenciamiento del secreto en el ambiente homosexual, el
ambiente ‘entendido’ o simplemente ‘el ambiente’
como es llamado para referirse al círculo de los iniciados
que, aunque nunca antes se hayan visto se perciben de inmediato.
“En el ambiente, la capacidad de una persona de pasar
por ‘nada que ver’, es decir, de mantener una
compostura ‘normal’ (no afeminada) – especialmente
si podía ser construida como un don natural y no como una
habilidad adquirida – era evaluada como una ventaja
social, como un índice de prestigio que indicaba un estatus
de poder por sobre otras personas que carecían de dicha capacidad”
(:40). El valor de pasar inadvertido formaba parte del sentido
común gay rosarino de los años 90 y era la estrategia más
generalizada desde el ambiente hacia fuera. La norma era una
masculinidad discreta y distinguida, una homosexualidad en
lo posible invisible. La discreción masculina era considerada
como un valor de gran atractivo erótico, la exteriorización
flagrante de la inclinación homosexual, por el contrario,
de pésimo gusto.
Al levantar
el secreto e introducirse respetuosamente en los ámbitos de
la sociabilidad de varones gays, Sívori nos revela un mundo
donde las identidades y otras autodescripciones de estos hombres
que buscan intensidad en las sensaciones y los sentimientos
con otros hombres a menudo son contradictorias y no convencionales.
Surgen entonces las superposiciones de experiencia sexual
e identidad de género y las conexiones entre prácticas sexuales,
identidades sexuales y atributos de privilegio.
De principio a fin y de maneras
diversas Sívori señala la pluralidad de voces que conforman
la categoría ‘homosexual masculino’. El amplio
espectro de conductas, la variedad de identificaciones y recorridos
subjetivos que constituyen ese universo le permiten abrir
a discusión el concepto de ‘orientación sexual’,
considerándolo un recorte circunstancial y no una identidad
fija, esencial.
Las identidades son construidas
de maneras complejas a través de múltiples modos de articular
deseo, sociabilidad y prácticas y “el sentido que adquieren
en determinado contexto no se transfiere fácilmente a otros”
(:89)
En opinión del autor se ha sobreenfatizado
el papel de las conductas sexuales en la construcción de identidades
gays. Sívori desmonta un mito muy caro al decir del ambiente
‘no entendido’: las categorías de activo y pasivo.
Entre los hombres homosexuales dichas categorías se refieren
a lo que la persona hace o desea hacer sexualmente en una
relación sexual, no a lo que la persona “es”
más allá del contexto específico de esa relación sexual. Se
utilizan frecuentemente las expresiones “hacer de activo”
o “hacer de pasivo”. En los contextos más públicos de la interacción
gay “lo que se pone en juego no es la identidad del activo
y del pasivo, sino de la loca, la del chongo y la del gay,
construcciones que someten a aquellos roles a complejos juegos
de significación” (:89).
En el capítulo tercero, “dedicado
a un espacio dominado por el disimulo”, Sívori hace
un interesante aporte a la etnografía del sexo entre hombres
en lugares públicos. A través de las charlas con los frecuentadores
deja entrever, de una manera amena, su presencia en el circuito
del ‘yiro’ gay y nos permite acercarnos a estos
hombres que relatan glorias y miserias personales y se transmiten
experiencias y consejos mientras esperan un encuentro romántico
o erótico.
“Los infractores son mejores topógrafos”,
repara María Moreno en el prólogo a “Fiestas, baños y exilios”
(Rapisardi y Modarelli, 2001: 9). Es cierto, porque transforman
en puntos de placer los intersticios de la ciudad. El mapa
del yiro gay es invisible para quienes no participan. Tiene
lugar en su mayor parte de noche y en áreas de tránsito solitarias:
el baño de estación de trenes Rosario Norte, un pequeño bosque
entre la estación y el río Paraná, las calles aledañas a la
estación de ómnibus y el parque Independencia. Como espacio
heterogéneo resulta un ámbito privilegiado, a diferencia de
los bares y los boliches gays, para los participantes preocupados
por la posibilidad de ser descubiertos en sus excursiones
homosexuales. La participación se mantiene oculta, “el yiro
es a la vez el más generalizado de los contextos de interacción
del ambiente y el más devaluado entre los hombres homosexuales”
sostiene Sívori. Los hombres apelan a la estrategia del disfraz
o camuflan su actividad para protegerse del acoso policial.
Del diario de campo del autor,
una noche de mayo en el Parque Independencia, extractamos:
“…uno
de mis amigos de poco más de 40 años en 1992, vestido con
un equipo de rugby, salvo los botines que habían sido reemplazados
por zapatillas de tenis, encendía un cigarrillo negro tras
otro, mientras conversábamos y esperaba que apareciera una
presa para el yiro. Era obvio que no estaba allí para ventilar
sus pulmones.” (:64)
La camiseta y las medias distintivas
de un club de rugby le servían no sólo de camuflaje, “sino
que también operaban como marcas de estatus social y de virilidad
que eran capitalizadas a la hora de iniciar un contacto”.
En el mismo parque, un hombre
mayor, escondido detrás de unos árboles le muestra a Sívori
el pene erecto a modo de equívoca oferta de rol sexual activo.
En el capítulo
cuarto Sívori explora “El habla de las locas”.
Al analizar cómo un conjunto de terminología sexual y de género
es usado en el registro verbal de “las locas”
(“homosexuales asumidos” que dramatizan la mariconería
imitando y exagerando estereotipos femeninos) hace una contribución
al estudio del habla gay en Argentina.
“Las `locas´ se producen, en un
proceso análogo al que realizan las travestis, los transformistas
y las drag queens sobre sus cuerpos, `se montan´ en
el habla y también montan un contexto y una serie de objetos
de referencia” (:78). “Definen modos de auto representarse
individual y colectivamente alterando deliberadamente las
terminaciones de género de pronombres, sustantivos y adjetivos
de masculino a femenino. Las categorías del género alterado,
torcido, o desviado proliferan, invirtiendo el orden de la
dominación masculina, haciendo evidente la arbitrariedad de
los papeles e identidades de género” (: 81). Las voces
masculinas heterosexuales dejan de tener la palabra. Son “las
locas”, para Sívori, las que designan y nombran. Ellas
abren líneas de fuga, intercalan el femenino en el masculino,
trocan el activo y el pasivo, tuercen la convención. Reproducen
y enriquecen una cultura de resistencia ensortijando la gramática
del género.
El libro trasunta profundidad,
sobriedad y respeto. Deja, sin proponérselo, una conclusión
amarga: la construcción de identidades homosexuales masculinas
mantiene las relaciones jerárquicas entre géneros. La masculinidad
idealizada constituye el valor más alto; lo menos preciado:
lo que se acerca a lo femenino. Lo femenino en cuestión es
lo banal de las mujeres: afeites, gestos de vetustas divas
hollywoodenses, ropas provocativas, el chismorreo.
A pesar del ideal moderno cosmopolita
de relación igualitaria nuestro “Viril Occidente”
se mantiene firme, indeleble.
* Licenciada Graciela
Sikos, Bs. As. , 2005
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