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Condicionantes
de la cultura
Cuando
nacemos, niños y niñas, los primeros estímulos son táctiles
extragenitales -incluso antes que la actividad succionadora-,
sea de la madre, el padre o la enfermera. Muchas veces, es
lo que perdemos tempranamente, sobre todo de nuestros padres:
las caricias, los masajes que nos daban por todo el cuerpo,
los "mimitos". Siempre recuerdo algo que nos decía
el maestro Escardó cuando cursábamos Pediatría: "el eczema
infantil es una enfermedad por falta de caricias".
Sabemos que
la piel se origina de la misma raíz embriológica que el cerebro
con lo cual la dermis no sólo es una cubierta sino algo donde
se reciben las sensaciones afectuosas, agresivas o dolorosas.
O sea que, salvo los condicionantes de la cultura, no hay
nada que impida a los varones disfrutar de las caricias. Es
cierto que los varones han privilegiado los estímulos visuales,
al punto que el voyeurismo
es una parafilia típicamente masculina; las mujeres le dan
suma importancia a lo táctil, a las caricias, masajes, mimos
y besos; pero creo que es algo que está en proceso de cambio:
hay mujeres que ven desnudos masculinos en shows y films "hardcore"
y varones que disfrutan sobremanera de masajes eróticos.
Muchos varones
acusan a sus mujeres (sobre todo en quienes están en la década
de los 50 o más) de que son "pasivas", que no los
buscan y que no los estimulan en la zona genital, que
no les hacen la fellatio (estimulación oral genital al varón)
ni quieren cambiar de posiciones.
Pero también convengamos que los varones son muy falocéntricos
y pretenden que ellas vayan directamente "al grano"
y, antes de empezar un mínimo cortejo, suponen que tienen
que estimularlos genitalmente, cosa que a las damas no siempre
les agrada; es como si sintieran: "¡lo único que existe
es su pene erecto!". Esto se ve claramente en varones
con disfunción eréctil que están observando todo el tiempo si la erección
("la primma donna assoluta")
llega, cuán rígida es y, si no aparece, ni se acuerdan de
la mujer que tienen al lado. He visto que, en casos de impotencias,
muchas veces, a ellas les molestaba más el olvido que hacían
de su presencia que el hecho de la tan mentada erección. Hay
quienes se quejan de que muchas mujeres son bruscas porque
succionan el pene de una manera mecánica o les tocan los genitales
de modo torpe y rudo. Quizás, en realidad, tampoco sepan cómo
hacerlo de otra manera, pero la brusquedad es más común observarla
entre los varones.
La
omnipotencia de los varones
Los varones
tienen muy arraigada la idea de que todo tiene que ser espontáneo
("ella tenía que adivinar, que saber lo que me gusta")
pues todo viene programado de fábrica y ellos, por supuesto,
de sexo ¿qué tienen que aprender?
Es bastante
común que cuando decimos que lean algún libro sobre sexualidad,
algunos exclaman: "¿qué más puedo aprender yo, qué me
pueden enseñar sobre sexo?". Omnipotencia, que le dicen.
A lo cual les respondo: "¡qué suerte que tienen!, porque
yo, que escribí varios libros y leí muchos más, sigo leyendo
y no termino de informarme y sorprenderme". Por otro
lado sienten que si explicitan: "me gusta esto y lo otro",
sería una señal de debilidad; son las mujeres las que piden,
nosotros -a lo sumo - exigimos. Creo que el no decir ciertas
cosas lleva a fracasos, malentendidos, confusiones o, más
simplemente, a no poder descubrir nuevas formas y zonas de
placer.
Los
tabúes
Además de
la zona genital hay otras de alto nivel sensitivo - erótico:
región anal, glúteos, pezones, cuello, detrás de las orejas,
manos y dedos, ingle y cara interna de muslos, piernas, en
fin diría que todo el mapa del cuerpo humano. Aunque parezca
obvio, muchas veces hay un gran olvidado que es el beso: hay
varones que descuidan esto como estimulación erógena con su
pareja y muchas mujeres se quejan de que ellos "no las
besan en los labios".
Muchos no
aceptan que su pareja heterosexual los estimule en la zona
anal (¿temor a que les guste y eso despierte fantasías homosexuales?),
los bese en las nalgas o en las tetillas. Cuando se lo permiten
disfrutan plenamente logrando altos picos pasionales. En una
célebre escena de "El Satiricón", del escritor romano
Petronio, el personaje Encolpio ejemplifica este temor: cuando
está decaído e impotente recurre a una sacerdotisa y ésta
le aconseja ser penetrado con un "olisbos" (falo
de cuero) untado con aceite de oliva mientras siendo, a la
vez, azotado con ramas de ortiga. Encolpio huye aterrado,
curándose (de espanto) ante tal proposición.
Hay puntos
en el cuerpo, descriptos por los orientales, que no coinciden
siempre con las zonas anatómicas de los occidentales y que,
digitopuntura o caricias mediante, excitarían a varones y
mujeres. Por ejemplo veía, en mi viaje por China,
los que hacían masajes en los pies, con todo un mapa en ellos
donde se describían distintos puntos erógenos.
El máximo
tabú, como dije antes, es la famosa zona anal y glútea, y
suelen ser reacios a adoptar un rol pasivo (yo creo
que no es tan pasivo) de dejarse acariciar, tocar, palpar
o ser besados salvo en zonas "permitidas": genitales,
boca, cara. Pensemos que muchos varones mayores de 45 no se
hacen controles prostáticos por no dejarse realizar
el tacto rectal, sin pensar que, con ese estudio, dan lugar
a que los urólogos descarten patología benigna o maligna de
la próstata, y en esto la prevención es fundamental.
El
cerebro: ese gran órgano sexual
Explicaba
antes que la piel y mucosas comunican con el cerebro: hay
una vía somática y otra erógena, al punto que si se corta
está última (operaciones, cirugía, bloqueo emocional incluso)
se percibe el contacto pero no hay representación cortical
erógena. Esto ocurre en los casos, p.ej., de impotencia
y anorgasmia donde se siente el tacto pero no hay placer. Los pacientes
lo describen bien cuando dicen : "es como si tuviera
el cuerpo partido en dos, como si hubiera una desconexión
con mi mente". Claro que el cerebro procesa, produce,
genera y recibe toda la información: sin él no hay placer,
no hay erotismo posible, no hay amor ni pasión. Al punto que
uno puede erotizar distintas zonas del cuerpo y las más diversas
prácticas, que varían en los seres humanos. El cerebro da
la singularidad sexual, el sello distintivo, le da color y
emoción. Observemos que podemos ser tocados de la misma manera
por diferentes personas pero no sentir la misma sensación.
Se acerca esta mujer, me da una beso, me toca la mano y me
derrito, "no sé más quien soy"; viene otra, hace
lo mismo y no siento absolutamente nada. Es el aparato psíquico
que da la respuesta emocional diferente, singular, personal,
inefable. Amén de ello sabemos que en el cerebro está representado
todo el esquema corporal y existen zonas del placer allí alojadas.
Hay personas que tienen dificultad para recibir, dar y disfrutar
de las cosas placenteras y a eso, en psicología, se lo llama
"anhedonia" (como contrario a lo hedónico = culto
por el placer y el goce) y se deben a cuadros psicológicos
claros y definidos.
Algo que nos
muestra esto con claridad es el mecanismo de acción del Viagra:
para que actúe tienen que desencadenarse las primeras fases
de la respuesta sexual: deseo, estímulos (visuales, táctiles,
sonoros, fantasías, recuerdos) y una vez que se segregaron
sustancias en la etapa de excitación el sildenafil comienza
a actuar en los cuerpos cavernosos del pene, de manera eficaz
y segura, favoreciendo la erección e impidiendo que ésta se
pierda. Y eso hace que este novedoso fármaco -citrato de sildenafil-,
verdadera revolución en los tratamientos de la disfunción eréctil (ahora también estamos investigando
su uso en las mujeres) actúe de una manera fisiológica. No
es como dicen algunas mujeres: "ahora se va a excitar
con la pastilla y no conmigo". No es así: se excitará
con ella y por ella, necesitando desplegar las artes del juego
amatorio; recién entonces el Viagra
actuará de una manera poderosa. Pero el cerebro es el que
tiene la primera orden, la primera y última palabra (pues
es allí donde se percibe lo placentero del orgasmo). Reivindiquemos
entonces, con loas y alabanzas, al gran órgano sexual que
es nuestro tan preciado y querido cerebro.
DR.
ADRIÁN SAPETTI, psiquiatra y sexólogo.
Autor de "Los varones que saben amar", Editorial Galerna.
Director del Centro
Médico de Sexología
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