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TRÍOS EN SEXUALIDAD

Para conocer sobre los triángulos amorosos consentidos por parejas que gustan de introducir a una tercera persona en sus vínculos eróticos.

 


Ana, 40 años: Las relaciones sexuales con mi pareja son buenas, pero tengo fantasías de relaciones con dos hombres. ¿Esto se practica en alguna parte del mundo? ¿Es una perversión? ¿En nuestro país especialmente?

Carlos, 32 años: ¿Es beneficioso incluir un tercero en las relaciones sexuales? Nosotros lo hicimos y nos sentimos bien.

Luciano, 38: Me gusta ver a mi mujer teniendo relaciones sexuales con otro hombre o con otra mujer. ¿Esto es algo que se considera anormal?

 

Vamos a referirnos a aquellos que comparten su pareja con un tercero, lo que se dio en llamar ménage à trois, consistiendo en que una pareja incluye a otro varón u otra mujer para que mire como la pareja tiene relaciones sexuales o comparta el sexo con alguno de ellos o con los dos, pudiendo darse una de las variantes o varias de ellas.

Es lógico suponer que hay una combinación de voyeurismo (ver como la pareja hace el amor con un tercero y excitarse así), exhibicionismo cuando quieren que el tercero los mire o relaciones homoeróticas cuando lo hace la mujer con otra mujer o un varón con otro.

La inclusión del tercero no debe verse como aquella relación de infidelidad cuando un miembro de la pareja tiene otra relación pues acá el factor excitante es gozar ambos miembros de la pareja con el tercero en cuestión.

Cuando esto se convierte en una condición excluyente y siempre necesaria para la excitación puede constituir una parafilia, en este caso llamada troilismo (del francés trois= tres).

En esta época de ideología monogámica floreciente los triángulos amorosos y la infidelidad se han extendido largamente. Una de las grandes hipocresías sociales es que mucha gente dice en público que es monógama y fiel, pero mantiene relaciones extramatrimoniales en forma clandestina.

Si bien una relación amorosa deseable o permanente contiene en su seno numerosos núcleos conflictivos, uno de los más importantes sería el que se da por una parte cuando hay disminución, temporal o definitiva, del deseo sexual y, por la otra, con el crecimiento de la ternura por la pareja.

Efectivamente, en toda pareja, tarde o temprano, con mayor o menor frecuencia, aparecen períodos de débil atracción sensual, o de ausencia total de deseo. Es un hecho de experiencia sobre el cual ningún precepto moral o religioso hace efecto, ya que el interés sexual no admite órdenes.

Todas las personas se encuentran expuestas a nuevos estímulos sexuales que parten de personas distintas a la pareja actual. Estos estímulos son neutralizados en la buena etapa de la relación y estos deseos son desechados por la satisfacción de la relación existente.

Pero cuando el deseo para con otros se hace más acuciante, reacciona sobre la relación establecida, acelerando la debilitación del deseo y también la disminución del placer en el acto. La relación sexual se vuelve día a día más una costumbre y un deber que una fuente de goce.

Entonces, el adulterio o las fantasías aparecen tanto como un factor desequilibrante del matrimonio, como un estabilizador de éste, ya que muchas personas mantienen sus matrimonios gracias a las relaciones paralelas.

La infidelidad en el caso del varón es, en cierta manera, promovida y aceptada socialmente, pero no sucede lo mismo con la mujer. Por otra parte, las mujeres son educadas desde la infancia en la imposición de que no se debe tener relaciones más que con un solo hombre, siempre por amor y, si es posible, llegar virgen al matrimonio.

Wilheilm Reich decía que la razón inconsciente podría resumirse en esta ecuación: “mi madre ha soportado su horrible matrimonio toda su vida, yo debo pues, hacer otro tanto”. Los aspectos ideológicos de la institución matrimonial se expresan a través de las prescripciones religiosas de que dure de por vida y de que se mantenga en el marco de una monogamia estricta.

Pero, los seres humanos igual se escapan de estas ataduras externas a través de la infidelidad, los tríos, las fantasías, las parejas abiertas, las prácticas swingers o la masturbación.

Hay quien trata de probar que el matrimonio monogámico es un fenómeno natural, casi biológico, "innato" al ser humano, negando así toda evolución y todo cambio de formas sexuales.

Pero, cuando las condiciones materiales lo exigen, la sociedad cambia su ideología: después de la guerra de los 30 años la población europea quedó diezmada; en 1650 la Dieta de Nüremberg promulga un decreto de abolición de la monogamia: “Puesto que las necesidades del Santo Imperio Romano exigen que se reemplace la población diezmada por la guerra, el hambre y la enfermedad, todo varón tendrá derecho, durante los próximos 10 años, a desposar a dos mujeres”.

El reacomodamiento de la mujer en la escala productiva, tanto en las sociedades capitalistas como en las socialistas, con los cambiantes roles que esto implica, también ha producido una crisis en la sociedad patriarcal. Actualmente, una mujer que satisface sus necesidades sexuales con más de un varón no es considerada como una prostituta o con un "carácter infantil", sino que simplemente se asume que no se conforma con la prescripción impuesta por la moralidad convencional.

La obligación de fidelidad que el marido impone a su esposa tiene también motivos individuales: el miedo de un rival, para colmo de un rival más viril, o bien el miedo de ser públicamente señalado como un "cornudo".

La infidelidad de una esposa muestra ante la gente que el marido no ha sabido hacer respetar sus derechos de propietario, quizá también que no ha sido lo bastante varonil en el terreno sexual como para retener a su mujer. Como dijimos antes, es sabido que muchos matrimonios, en etapas de crisis, consiguen compensarse y recuperar el deseo, a pesar de las leyes y de la moral autoritaria, a partir de la infidelidad conyugal.

Hay quien postula mecanismo edípicos puestos en juego en los triángulos aunque podríamos teorizar siguiendo a Freud que, en toda relación sexual, hay por lo menos cuatro en la cama, aludiendo a la presencia fantasmática de la constelación edípica, representando así que siempre uno se conecta con sus vínculos primarios familiares en cada elección erótica.

Si bien muchas parejas llevan a cabo estas relaciones triangulares
nadie debería aceptar este tipo de prácticas si lesiona su
voluntad, integridad o incluso su físico.

* Dr. Adrián Sapetti, médico psiquiatra, sexólogo clínico, autor del libro “Confesiones íntimas. Historias reales de sexo y pasión” (Ediciones B, 2009).