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¿Nunca
les pasó de repente tener la sensación de un cambio repentino
en el estado de ánimo? Como si todo tomara otro color, como
si saliera el sol después de un chaparrón,
como si todos los sonidos de la
calle se volvieran agradables, las caras de los transeúntes
amables, el mozo del bar simpático, ganas de comprar flores,
de cantar, de caminar casi bailando, de acariciar los niños
en los cochecitos, de tolerar mejor los perros...
Todo esto contrastando con otro
anterior, donde el despertarse es una desgracia, como si tuviéramos
que ir a la guerra, donde el café sabe mal, las tostadas tienen
olor a quemado, el locutor de la radio es un pesado, el plan
del día una tortura...como si estuviera nublado, lluvioso
y frío.
Muchas personas me contaron experiencias
similares. Sin saber porqué, tienen un pasaje de la alegría
a la tristeza o viceversa, notorio, repentino y sorprendente.
Y con consecuencias importantes. De acuerdo al “color
que perciben la vida”, trabajan distinto, se relacionan
distinto, leen el diario de otra manera, saludan con otra
cara y hasta el cuerpo lo sienten distinto.
La psiquiatría clásica maneja
un diagnóstico llamado bipolar para los pacientes que pasan
exageradamente de un estado depresivo a uno maníaco y sugieren
un abordaje con medicamentos para corregirlo, generalmente
el Litio.
Sin cuestionar ese abordaje cuando
el diagnóstico es adecuado, quiero referirme a una alternativa
de comprensión de estos estados de ánimo cambiantes.
Todas las escuelas psicológicas reconocen
que nuestro aparato psíquico tiene una historia dónde ha quedado
grabado todo lo vivido, lo recordemos o no. Tenemos el archivo
más completo que se pueda concebir, dónde una “filmadora
eficientísima” ha registrado todo y lo ha guardado en
distintos archivos, con distintas posibilidades de acceso
y “códigos de seguridad”.
Usaré una metáfora musical. Si
todas nuestras vivencias quedaran guardadas en un bandoneón,
ese instrumento que tiene una botonera a la izquierda y otra
a la derecha, podríamos imaginarnos que la presión sobre los
botones de cada lado, podrían evocarnos recuerdos distintos.
Y agrego en mi metáfora, que los botones podrían ser activados
no sólo por nosotros, sino por otros, o por innumerables circunstancias
ajenas a nuestra voluntad.
Así, un sueño grato, en el que
nos sentimos felices, reconocidos, valiosos, puede hacernos
despertar con el botón de las buenas vivencias activado, y
comenzar el día con alegría, energía, buen humor, tolerancia,
sensibilidad para disfrutar de cada circunstancia.
Pero no sólo en sueños se puede
activar el botón que nos conecta con las vivencias que valorizan
nuestra imagen. Un saludo cariñoso, una música que nos resulta
placentera, la amabilidad de alguien con quien nos cruzamos,
una buena noticia, una carta, un llamado telefónico. Son infinitas
las posibilidades porque son infinitas nuestra vivencias archivadas.
No creo necesario ejemplificar
demasiado lo que nos ocurre cuando por los mismos caminos,
se nos activan los botones del otro lado. Una mala noche,
un llamado criticándonos, una cara de reproche, un taxista
que nos maltrata, un cambio meteorológico no deseado. Nuestra
ubicación en el mundo con esta botonera apretada, nos hará
leer la realidad de otra manera, nuestra reacciones serán
distintas y nuestro cuerpo responderá de forma diferente.
La digestión, la respiración, la presión arterial, los movimientos,
estarán influenciados por “el color de la existencia”
que activaron los botones.
La complejidad de nuestra psique
rebasa enormemente la metáfora del bandoneón, pues nuestras
vivencias son infinitas, se han archivado con códigos absolutamente
personales y por lo tanto las activaciones de recuerdos se
realizan también de acuerdo a una codificación que es exclusiva
para cada uno.
Para muchas personas estos mecanismos
son desconocidos, así como los códigos de activación de sus
estados de ánimo.
El Dr. Antonio Guidano, psicólogo
italiano de la escuela cognitiva-posracionalista, relató en
una conferencia en Buenos Aires, que un paciente le contaba
que una mañana que se había despertado de mal humor, triste
y enojado, al salir a la calle se encontró con un conocido
que lo saludó amablemente y le alabó la corbata. En ese momento
el paciente registró un repentino cambio reconociéndose alegre,
optimista, hasta que de repente su interlocutor desvió la
mirada para saludar a otra persona. En ese momento, su ánimo
volvió a caer en el enojo y la tristeza. Trabajando en la
sesión de psicoterapia pudieron descubrir los botones que
le habían determinado los cambios de humor, de acuerdo a los
códigos con que el paciente tenía archivado sus recuerdos.
Todos tenemos riquísimos archivos,
con códigos y recuerdos guardados en niveles con distintas
posibilidades de acceso. Muchas veces un mal recuerdo reconocido
puede desactivarse con otro bueno, que no ha sido tenido en
cuenta.
La botonera de los buenos recuerdos
y posibilidades actuales es un recurso de gran valor para
salir de la trampa del resentimiento, la desvalorización y
la desesperanza.
Sugiero recurrir conscientemente
a ellos, no dejando pasar las múltiples posibilidades que
tenemos todos de disfrutar de la vida, sin excusarnos.
No perderse amaneceres, mirar
a los ojos a los otros, besarnos conscientes de lo que hacemos,
lo mismo al estrecharnos las manos en un saludo, al morder
una manzana, al sentir el agua de la ducha sobre nuestro cuerpo,
al morder un pan, al aplaudir y aplaudirnos cuando somos coherentes
con lo que pensamos y hacemos.
Quizás así podamos usar bien el
bandoneón de nuestra vida y lograr una melodía que como canta
Fito Páez nos ayude a lograr el “Dale alegría a tu corazón”.
* Lic. Jorge Miguel Brusca
Psicólogo
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