El amor antes del amor

por la Licenciada Karina Pueyo

Antonio Berni - "El examen"I

“Fue amor el primero que concibió de todos los dioses”
El Banquete

“Mercucio: ¡Sois un enamorado! Pedidle a Cupido os preste sus alas y remontaos con ellas hasta las cumbres.
Romeo: ¡Caigo agobiado bajo la carga abrumadora del amor!
Mercucio: ¡Aplastareis al amor con vuestro peso! Es mucha opresión para tan tierno ser.
Romeo: ¿Tierno ser, el amor? Demasiado áspero, demasiado rudo, demasiado violento y pincha como el abrojo.
Mercucio: Si el amor es áspero con vos, sed vos áspero con él, si os pincha, pinchadle y acabad por rendirle”.

La bibliografía del amor es extensa: han escrito sobre él poetas, teólogos, místicos, médicos, filósofos y psicoanalistas. Sin embargo, los sucesos cruciales del siglo XX en lo atinente al amor han sido los descubrimientos de Freud y el desarrollo del psicoanálisis. Luego de tanto pintar al amor, si Freud no hubiese advenido a su descubrimiento del inconsciente, no hubiésemos tenido ninguna posibilidad de conocer el amor. Su descubrimiento nos permite enterarnos de la existencia de un pasaje desde las relaciones hegelianas del amo y el esclavo a, entregarle a alguien que no conozco, algo que no tengo. Algo así como escribir un poema, algo que no tengo entrego al mundo.

Para el amor, lo importante no es ser amado. El hombre se desarrolla verdaderamente cuando ama. Se han dicho muchas cosas sobre el amor. Según la filosofía, por ejemplo, “es la inclinación sexual bajo todas sus formas y en todos sus grados”, “apropiación del objeto amado”, “amar es necesitar”, “el sujeto renuncia a sí mismo en beneficio del objeto amado”, “el amante absorbe al ser amado o viceversa, amar es ser amado”.

De todos los filósofos, fue Platón quien se ocupó más del amor. Este asimiló necesidad a pobreza. Todo aquel que necesita ser amado se empobrece. Todo aquel que desea amar, considera el amor como verdadero valor. Rico es aquel que opone a todo lo que no anda en el amor, la afirmación de lo que él vale. Para amar de otro modo, Romeo debió no estar enamorado. Al menos Romeo y Julieta hubiesen contado la historia. Como dijo Nietzsche, “afirmo el primer encuentro en su diferencia, quiero su regreso, no su repetición, digo al otro: recomencemos”.

En El Banquete, Sócrates se pregunta muy acertadamente: “¿Es por su naturaleza el amor de tal clase que sea amor de algo o de nada?, ¿Desea el amor aquello de lo que es amor?, ¿es acaso al poseer lo que desea y ama, cuando desea y ama, o es al no poseerlo?”

Es decir, lo que desea, desea aquello de que esta falto y no lo desea si esta provisto de ello. Esto es lo necesario del amor. Alguien siempre imagina que el amor es el amado y no el amante. Por eso parece bello el amor, pues lo amable es lo bello. En cambio el amante es diferente. El amante de las cosas bellas solo desea que lleguen a ser suyas. El verdadero amante es aquel que renuncia a su objeto, a poseerlo. No hay nada bello sino lo verdadero y sólo lo verdadero merece amarse. El amor no se contenta con un sentimiento recíproco. La certidumbre de ser amado no puede consolar de la privación de aquello a que se ama. Siempre en el entrecruzamiento de sus miradas de deseo se anuncia un ser futuro, la creación de un nuevo ser, que son acaso ellos mismos.

“Romeo: De ella debe aprender a brillar la luz de las antorchas, su hermosura parece que pende del rostro de la noche como una joya inestimable en la oreja de un etíope.
Julieta: Mi único amor, nacido de mi único odio.”

Elección rigurosa que no retiene más que lo único le quita el carácter universal del amor. Morir juntos de amarse por no soportar el abismo donde me desvanezco sin morir, ahí donde puedo decir: enfrente, ni yo, ni tu, ni muerte, nadie más a quien hablar. La muerte liberada del morir.

“Julieta: Oh, daga bienhechora, esta es tu vaina, enmohécete aquí y dame la muerte”.

II

“Había un hombre muy rico, que poseía rebaños de ovejas y de ganado, y había una pobre muchacha, que poseía sólo un corderito que comía en su mano y bebía en su taza. Tu eres ese rico, rico de todos los tesoros de la tierra; y yo la pobre jovencita rica sólo de mi amor. Tú me lo quitaste, gozaste de él; y cuando te dio la gana sacrificaste ese poco que yo poseía, pero no supiste sacrificar nada de lo tuyo. Había un hombre rico, que poseía rebaños de ovejas y de ganado, y había una pobre muchacha, que no poseía más que su amor”.

Lo que leemos en S. Kierkegaard no es más que una dramática muy común en los enamorados de todos los tiempos. El amor es esa manifestación irrepetible de una lejanía y por eso es inagotable la letra que intenta apresarlo. El amor entre la vida y la muerte es el romance por excelencia, entonces, ¿por qué durar es mejor que arder?

Cuando amo soy a la vez feliz e infeliz. Triunfar o fracasar en el amor siempre tiene un sentido pasajero. Una carta de amor que no envío, soy único testigo de mi locura, lo que el amor desnuda en mí.

Cuando el enamorado encuentra al otro, hay deslumbramiento hasta que ocurre algo donde el otro empieza a ser portador de una marca extraña. Es decir, sobre la figura perfecta del otro, como embalsamada, percibo de repente un punto de corrupción, dice Dostoievski.

Un gesto, una palabra, un objeto, algo surge de una región que jamás imaginé y que vincula bruscamente al ser amado con un mundo simple. Surge, entonces, una pregunta: ¿será vulgar el otro, a quien yo idealizaba tanto? Por un gesto apenas descubro en él otra raza, un contraritmo, una letra que falta en la bella frase del ser amado. El ruido de un desgarro en la envoltura lisa de la imagen. Cae la fascinación, hunde el dolor. Lo veo al otro en la simpleza de un mundo social.

Es por el lenguaje que todo se altera. En una palabra, escucho zumbar otro mundo, el mundo del otro. Veo desplegarse ante mí toda una escena, como decía  Proust, “por el ojo de la cerradura del lenguaje”. Una  blasfemia asciende bruscamente a los labios del sujeto y viene a romper la bendición del enamorado. Como si estuviera poseído por un demonio que habla por su boca de donde salen, como en los cuentos de hadas, no ya flores, sino sapos.

La palabra altera, permanentemente, los ritmos que creíamos establecidos para siempre. Si me animo a abismarme en ella, podré construir un mundo diferente. El otro, mantenido largo tiempo en el capullo de mi propio discurso, da a entender, por una palabra que se le escapa, los lenguajes a los que puede recurrir y que otros, que no soy yo, le prestan. Por lo tanto, el otro se me aparece sometido a un deseo, ese hombre rico, muy rico. Aparece el temor, en el enamorado, a perder al otro. Ahí es donde tiene que saber que la pérdida ya se ha producido desde el origen mismo del amor. No hay pérdida que temer.

En la pobre muchacha, que poseía sólo un amor y que luego se lo quitan, lo que rompe la armonía no es un deseo acabado, nombrado, dirigido, en tal caso estaría simplemente celoso. Es un deseo naciente, un impulso de deseo que detecto en el otro, sin que él mismo sea consciente de eso. Lo veo agitarse, multiplicarse en dirección de un tercero en suspenso (que parece ser lo más terrible), un extraño. Sorprendo, por decirlo así, al otro “en flagrante delito de inflación de sí mismo” (Flaubert).

Así, se ama el amor, no el objeto. Es mi deseo lo que deseo y si debo llorar alguna pérdida no es otra que la pérdida del amor.

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