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Ellos están muy enganchados, muy enamorados,
pero ni siquiera se han rozado la piel. Nunca se han visto,
ninguno de los dos sabe cómo mira el otro.
Dicen los que saben de comunidades e identidades
virtuales que así son los amores en Internet: asincrónicos,
sin cuerpo.
El amor virtual prescinde del sustento corporal,
el ciberespacio carece de cuerpos y por supuesto de olores
y sabores.
¿Una nueva histeria navega en el ciberespacio?
¿Eludir el cuerpo material en las relaciones eróticas,
significará la instauración de nuevas formas
de realización del deseo que traerán aparejadas
nuevas formas de satisfacción y su consecuente frustración?
¿Si dos personas mantienen una relación
digital sólida pueden desear, celar, gozar, excitarse?
La relación es real, porque lo virtual produce efectos
concretos. ¿Paradoja de nuestra modernidad?, ¿cuál
es el lugar enigmático de la sexualidad en el sujeto
de nuestro tiempo? Hay de hecho una nueva hipocresía
sobre el sexo que consiste en suponer que no hay ya nada misterioso
en la sexualidad, que todo lo que había que saber de
sustancial ya se sabe o puede llegar a saberse en el registro
del conocimiento objetivo. El deseo se instala entre los dos
términos introduciendo una falta necesaria para que
subsista tanto el amor como el goce. Sin esa falta no se puede
amar, y el goce se vuelve impotencia.
En esta coyuntura, el sujeto actual se queja de la fugacidad
de los vínculos de amor, vínculos efímeros,
o de la fugacidad del amor mismo como vínculo. “El
amor en los tiempos de Internet” está hecho de
fugacidad, de desplazamiento del objeto, siempre provisional.
Esto es un efecto paradójico de la pulsión que
se alimenta de este desplazamiento y de esta fugacidad cuando
el fantasma desfallece. El enigma del sexo es particular de
cada sujeto. No hay resolución universal de este enigma.
El psicoanálisis encuentra la lógica de este
enigma particular de cada sujeto en lo que llama “el
fantasma”, que es el modo en que cada uno construye,
fija un objeto para esa pulsión que no tiene un objeto
determinado. En el amor hay siempre un encuentro contingente,
azaroso, que se produce sin saberlo pero que permite un encuentro
con el Otro, con el fantasma del Otro que causa la elección.
Digamos que en la llamada “época de la globalización”
esta dimensión del amor como encuentro contingente
en el enigma entre los sexos parece que pasa por algunas dificultades.
Más bien existe la promesa de un goce prometido de
modo tan imperioso como fugaz en su experiencia.
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De esta manera cada vez hay menos espera
entre el deseo y la satisfacción. Ese intervalo es
tan corto que tiende a desaparecer o a hacerse instantáneo.
El modelo de Internet nos presenta esa metonimia, esa especie
de huida permanente del deseo en su instantaneidad. Casi parece
que no hay tiempo para comprender cuál es el deseo
que me habita, porque enseguida debe aparecer ya su satisfacción.
Y esta demanda se iguala así a lo que Freud había
definido en realidad como la pulsión, que es ella misma
una demanda instantánea de satisfacción, una
demanda que no admite espera, una demanda que el sujeto se
lleva ahí adonde vaya. Y sabemos que el propio síntoma
es definido por Freud como un intento en el sujeto de dar
una satisfacción sustitutiva a esa pulsión.
Ahora el deseo se fabrica por encargo. Y la estructura misma
del deseo lo permite.
Lacan advierte que lo que él llamo
la ciencia – o la técnica- colabora con todo
lo que viene ocurriendo, facilitando la dimensión del
hombre objeto, pasivo ante el derramamiento externo “de
máquinas extrañas y productos que no cesan de
modelar la subjetividad moderna”. También se
derrama en el interior de los cuerpos “por intermediación
de la química” para modificarlos y modificarnos
(llámense drogas o alucinógenos), para que uno
esté hoy invadido por maquinitas que trasportan la
voz muy lejos, desmultiplican las imágenes, las producen
de manera más que alucinada.
Todo eso permite constatar la fuerza del
flujo del derramamiento que la ciencia ejerce sobre nosotros
con sus objetos, flujo que nos lleva más allá
de los lugares que reconocemos como los de nuestra residencia,
más allá de lo que consideramos familiar.
Y me pregunto, si ese más allá
no es el espacio, indiscutiblemente imaginario, donde se produce
la “inquietante extrañeza”. De ser así,
¿cómo, y de qué manera, esta extrañeza
hace marca en el hombre de nuestros tiempos? Pareciera que
el hombre “metro-sexual” y el “tecno-sexual”,
son portadores de una sexualidad ortopédica, semblante
de liberación sexual, que ocultan el temor al encuentro
con el propio cuerpo y el del otro. Formas que rigen nuestro
“modo-de-habitar-nuestro-cuerpo”, nuestro modo
de pensar, son una respuesta. Recordemos que el hombre se
adapta a las situaciones extremas, convirtiéndolas
rápidamente en hábitos.
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Sabemos que el sexo es constitutivo de nuestra
subjetividad y la sexualidad es una construcción subjetiva
y social, por lo expuesto pareciera que la satisfacción
actual ya no responde obligatoriamente al presupuesto de la
penetración sino a encuentros sin cuerpos. Nuevas prácticas
sociales han creado nuevas representaciones, la masturbación,
tan despreciada hasta las postrimerías del siglo XX,
ha comenzado a mostrar sus virtudes en épocas de mediatización,
del encuentro con el cuerpo del otro. Para el imaginario actual,
las cosas comienzan a ser diferentes: se goza con la pantalla
erotizada del cine, la TV, la PC, con un ser desconocido,
y llegado el caso, hasta se puede concertar un encuentro real.
La falta de cuerpo, de piel, de contacto,
de olores y de cierta “onda” que únicamente
se produce de manera presencial, hoy es moneda corriente.
El chateo está atravesado por pulsiones masturbatorias.
El autoerotismo parece llamado a constituirse en la menos
riesgosa de las satisfacciones sexuales: no produce hijos
indeseados, no contagia virus y no se carga con todas las
obligaciones que exige el mantenimiento de una pareja real.
Pero tiene sus limitaciones.
Por su parte, la tecnociencia médica
-que tradicionalmente estuvo en contra de la masturbación-
ahora la acepta y la promueve. La fecundación in vitro
necesita masturbadores solitarios. Se los excita mediante
videos, revistas porno y juguetes sexuales esparcidos por
la aséptica sala de un centro especializado en inseminación
artificial. Se podría decir que la biotecnología
ha contribuido a elevar el nivel de aceptación social
de la masturbación. La ciencia, al hacerla partícipe
de su desarrollo, en cierto modo la ha legalizado.
En una cultura hiperindividualista, el sexo
individual no desentona. Máxime cuando la tecnociencia
le sirve como garantía y el mercado como estímulo.
Existen miles de personas que nacieron de la masturbación
de innumerables donantes. En la nueva configuración
de los mapas del amor pareciera estar la idea de que no consumar
con un objeto concreto es siempre desolador. Si el deseo no
tiene objeto y lo que imaginamos que es nuestro objeto de
deseo es en realidad una representación de algo inalcanzable,
podría ser que la representación del deseo,
actualmente, comience a ser el medio mismo.
Y en el medio de la navegación por
Internet, me topo con un sitio, donde además ni siquiera
necesito al otro virtual para ser: “Second
Life” es un mundo virtual, un simulacro
en términos de Jean Baudrillard, que ya cuenta con
millones de habitantes. A este pseudomundo se accede gracias
a un ordenador, una conexión a Internet y un sencillo
software que permite la creación de un “avatar”,
una identidad para desenvolverse y vivir esa segunda existencia.
El jugador o habitante de esta “virtualidad” elige,
puede entonces iniciar su andadura rodeado de otras identidades
creadas a la carta. Aunque pueda dudarse, con razón,
de que esta suerte de gran escenario virtual sea, en realidad,
una segunda vida, sí que parece representar características
de una sociedad posmoderna; o al menos, ser una metáfora
de la posmodernidad. El habitante de esta urbe futurista es,
por vocación, individualista, y su definición
identitaria se establece, fundamentalmente, a través
del consumo. Existe una moneda virtual, el Linden, que permite
proveerse de objetos, tierras e incluso casas, además
de acceder a productos de marca que ponen a la venta comercios
y tiendas virtuales. Para ganar su primer dinero, el ciudadano
novato se limita a sentarse en sillones públicos creados
a tal efecto y permanecer allí, inmóvil, durante
horas. Sin desplegar otra habilidad o talento que la más
absoluta de las quietudes, se gana una miseria de dinero-Linden
que, poco a poco, acumulado, contribuirá a que nuestro
“avatar” gane en estatus y prestigio virtual.
Ese “avatar” o “personaje”, que es
una simplona caricatura de nosotros mismos, existe en la medida
que consume, y supone una imagen. La sociedad de
“Second Life” es, en ese sentido,
una sociedad embrionaria, plagada de jóvenes, esculturales,
musculosos, que nunca se alimentan; no hay obesos; tampoco
nadie muere allí. Paradojas de la modernidad, sexualidad
sin cuerpos, posibilidad de recreación de seres virtuales.
“Paraísos artificiales” diría Baudelaire.
Y entre tanto espacio virtual, la metáfora
poética me devuelve el sentido eterno de la condición
humana. Borges escribió que “Toda poesía
es misteriosa; nadie sabe del todo lo que ha sido dado escribir.
La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconciencia
o, lo que es aún menos hermoso, de lo subconsciente;
los griegos invocaban la musa, los hebreos al Espíritu
Santo; el sentido es el mismo”. “El destino del
lenguaje del hombre es incierto. El hombre es una criatura
errante, su desobediencia dio origen al tiempo al que ahora
está sujeto. ¿Qué medios tiene para que
se atreva a tener la esperanza de redimirse, de liberarse
del tiempo y abolirlo? El mismo que se ha tenido desde los
tiempos remotos: la poesía, los ojos de Dios”.
* Licenciada Liliana Vazquez, Psicóloga,
Socióloga
www.aabra.com.ar
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