Ciberespacio: ¿una sexualidad sin cuerpos ?*

 

René Magritte - The Lovers, 1928
RENÉ MAGRITTE, LOS AMANTES, 1928

Ellos están muy enganchados, muy enamorados, pero ni siquiera se han rozado la piel. Nunca se han visto, ninguno de los dos sabe cómo mira el otro.

Dicen los que saben de comunidades e identidades virtuales que así son los amores en Internet: asincrónicos, sin cuerpo.

El amor virtual prescinde del sustento corporal, el ciberespacio carece de cuerpos y por supuesto de olores y sabores.

¿Una nueva histeria navega en el ciberespacio? ¿Eludir el cuerpo material en las relaciones eróticas, significará la instauración de nuevas formas de realización del deseo que traerán aparejadas nuevas formas de satisfacción y su consecuente frustración?

¿Si dos personas mantienen una relación digital sólida pueden desear, celar, gozar, excitarse? La relación es real, porque lo virtual produce efectos concretos. ¿Paradoja de nuestra modernidad?, ¿cuál es el lugar enigmático de la sexualidad en el sujeto de nuestro tiempo? Hay de hecho una nueva hipocresía sobre el sexo que consiste en suponer que no hay ya nada misterioso en la sexualidad, que todo lo que había que saber de sustancial ya se sabe o puede llegar a saberse en el registro del conocimiento objetivo. El deseo se instala entre los dos términos introduciendo una falta necesaria para que subsista tanto el amor como el goce. Sin esa falta no se puede amar, y el goce se vuelve impotencia.
 
En esta coyuntura, el sujeto actual se queja de la fugacidad de los vínculos de amor, vínculos efímeros, o de la fugacidad del amor mismo como vínculo. “El amor en los tiempos de Internet” está hecho de fugacidad, de desplazamiento del objeto, siempre provisional. Esto es un efecto paradójico de la pulsión que se alimenta de este desplazamiento y de esta fugacidad cuando el fantasma desfallece. El enigma del sexo es particular de cada sujeto. No hay resolución universal de este enigma.

El psicoanálisis encuentra la lógica de este enigma particular de cada sujeto en lo que llama “el fantasma”, que es el modo en que cada uno construye, fija un objeto para esa pulsión que no tiene un objeto determinado. En el amor hay siempre un encuentro contingente, azaroso, que se produce sin saberlo pero que permite un encuentro con el Otro, con el fantasma del Otro que causa la elección. Digamos que en la llamada “época de la globalización” esta dimensión del amor como encuentro contingente en el enigma entre los sexos parece que pasa por algunas dificultades. Más bien existe la promesa de un goce prometido de modo tan imperioso como fugaz en su experiencia.

De esta manera cada vez hay menos espera entre el deseo y la satisfacción. Ese intervalo es tan corto que tiende a desaparecer o a hacerse instantáneo. El modelo de Internet nos presenta esa metonimia, esa especie de huida permanente del deseo en su instantaneidad. Casi parece que no hay tiempo para comprender cuál es el deseo que me habita, porque enseguida debe aparecer ya su satisfacción. Y esta demanda se iguala así a lo que Freud había definido en realidad como la pulsión, que es ella misma una demanda instantánea de satisfacción, una demanda que no admite espera, una demanda que el sujeto se lleva ahí adonde vaya. Y sabemos que el propio síntoma es definido por Freud como un intento en el sujeto de dar una satisfacción sustitutiva a esa pulsión. Ahora el deseo se fabrica por encargo. Y la estructura misma del deseo lo permite.

Lacan advierte que lo que él llamo la ciencia – o la técnica- colabora con todo lo que viene ocurriendo, facilitando la dimensión del hombre objeto, pasivo ante el derramamiento externo “de máquinas extrañas y productos que no cesan de modelar la subjetividad moderna”. También se derrama en el interior de los cuerpos “por intermediación de la química” para modificarlos y modificarnos (llámense drogas o alucinógenos), para que uno esté hoy invadido por maquinitas que trasportan la voz muy lejos, desmultiplican las imágenes, las producen de manera más que alucinada.

Todo eso permite constatar la fuerza del flujo del derramamiento que la ciencia ejerce sobre nosotros con sus objetos, flujo que nos lleva más allá de los lugares que reconocemos como los de nuestra residencia, más allá de lo que consideramos familiar.

Y me pregunto, si ese más allá no es el espacio, indiscutiblemente imaginario, donde se produce la “inquietante extrañeza”. De ser así, ¿cómo, y de qué manera, esta extrañeza hace marca en el hombre de nuestros tiempos? Pareciera que el hombre “metro-sexual” y el “tecno-sexual”, son portadores de una sexualidad ortopédica, semblante de liberación sexual, que ocultan el temor al encuentro con el propio cuerpo y el del otro. Formas que rigen nuestro “modo-de-habitar-nuestro-cuerpo”, nuestro modo de pensar, son una respuesta. Recordemos que el hombre se adapta a las situaciones extremas, convirtiéndolas rápidamente en hábitos.
 
Sabemos que el sexo es constitutivo de nuestra subjetividad y la sexualidad es una construcción subjetiva y social, por lo expuesto pareciera que la  satisfacción actual ya no responde obligatoriamente al presupuesto de la penetración sino a encuentros sin cuerpos. Nuevas prácticas sociales han creado nuevas representaciones, la masturbación, tan despreciada hasta las postrimerías del siglo XX, ha comenzado a mostrar sus virtudes en épocas de mediatización, del encuentro con el cuerpo del otro. Para el imaginario actual, las cosas comienzan a ser diferentes: se goza con la pantalla erotizada del cine, la TV, la PC, con un ser desconocido, y llegado el caso, hasta se puede concertar un encuentro real.

La falta de cuerpo, de piel, de contacto, de olores y de cierta “onda” que únicamente se produce de manera presencial, hoy es moneda corriente. El chateo está atravesado por pulsiones masturbatorias. El autoerotismo parece llamado a constituirse en la menos riesgosa de las satisfacciones sexuales: no produce hijos indeseados, no contagia virus y no se carga con todas las obligaciones que exige el mantenimiento de una pareja real. Pero tiene sus limitaciones.



Por su parte, la tecnociencia médica -que tradicionalmente estuvo en contra de la masturbación- ahora la acepta y la promueve. La fecundación in vitro necesita masturbadores solitarios. Se los excita mediante videos, revistas porno y juguetes sexuales esparcidos por la aséptica sala de un centro especializado en inseminación artificial. Se podría decir que la biotecnología ha contribuido a elevar el nivel de aceptación social de la masturbación. La ciencia, al hacerla partícipe de su desarrollo, en cierto modo la ha legalizado.
 
En una cultura hiperindividualista, el sexo individual no desentona. Máxime cuando la tecnociencia le sirve como garantía y el mercado como estímulo. Existen miles de personas que nacieron de la masturbación de innumerables donantes. En la nueva configuración de los mapas del amor pareciera estar la idea de que no consumar con un objeto concreto es siempre desolador. Si el deseo no tiene objeto y lo que imaginamos que es nuestro objeto de deseo es en realidad una representación de algo inalcanzable, podría ser que la representación del deseo, actualmente, comience a ser el medio mismo.

Y en el medio de la navegación por Internet, me topo con un sitio, donde además ni siquiera necesito al otro virtual para ser: “Second Life” es un mundo virtual, un simulacro en términos de Jean Baudrillard, que ya cuenta con millones de habitantes. A este pseudomundo se accede gracias a un ordenador, una conexión a Internet y un sencillo software que permite la creación de un “avatar”, una identidad para desenvolverse y vivir esa segunda existencia. El jugador o habitante de esta “virtualidad” elige, puede entonces iniciar su andadura rodeado de otras identidades creadas a la carta. Aunque pueda dudarse, con razón, de que esta suerte de gran escenario virtual sea, en realidad, una segunda vida, sí que parece representar características de una sociedad posmoderna; o al menos, ser una metáfora de la posmodernidad. El habitante de esta urbe futurista es, por vocación, individualista, y su definición identitaria se establece, fundamentalmente, a través del consumo. Existe una moneda virtual, el Linden, que permite proveerse de objetos, tierras e incluso casas, además de acceder a productos de marca que ponen a la venta comercios y tiendas virtuales. Para ganar su primer dinero, el ciudadano novato se limita a sentarse en sillones públicos creados a tal efecto y permanecer allí, inmóvil, durante horas. Sin desplegar otra habilidad o talento que la más absoluta de las quietudes, se gana una miseria de dinero-Linden que, poco a poco, acumulado, contribuirá a que nuestro “avatar” gane en estatus y prestigio virtual.

Ese “avatar” o “personaje”, que es una simplona caricatura de nosotros mismos, existe en la medida que consume, y supone una imagen. La sociedad de “Second Life” es, en ese sentido, una sociedad embrionaria, plagada de jóvenes, esculturales, musculosos, que nunca se alimentan; no hay obesos; tampoco nadie muere allí. Paradojas de la modernidad, sexualidad sin cuerpos, posibilidad de recreación de seres virtuales. “Paraísos artificiales” diría Baudelaire.

Y entre tanto espacio virtual, la metáfora poética me devuelve el sentido eterno de la condición humana. Borges escribió que “Toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que ha sido dado escribir. La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconciencia o, lo que es aún menos hermoso, de lo subconsciente; los griegos invocaban la musa, los hebreos al Espíritu Santo; el sentido es el mismo”. “El destino del lenguaje del hombre es incierto. El hombre es una criatura errante, su desobediencia dio origen al tiempo al que ahora está sujeto. ¿Qué medios tiene para que se atreva a tener la esperanza de redimirse, de liberarse del tiempo y abolirlo? El mismo que se ha tenido desde los tiempos remotos: la poesía, los ojos de Dios”.

* Licenciada Liliana Vazquez, Psicóloga, Socióloga
                          www.aabra.com.ar

 

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