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Por
la Lic. Karina Pueyo, psicoanalista.*
NOTA
DEL EDITOR: en fecha coincidente dos psicólogas argentinas me hicieron
llegar, en junguiana sincronicidad, sendos artículos sobre una temática
similar: la relación entre dolor y goce. Por ello me pareció interesante alojarlos
juntos y los relacioné, de alguna manera, con el trabajo que pueden leer en
la sección Para Colegas sobre "Sexualidad y muerte". En algunos momentos parecieran acordar
con aquello que nos decía Alphonse Donatien (1740-1814), más conocido como
el Marqués de Sade: "Sostuve mis extravíos con razonamientos, no me puse
a dudar... supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres...
No existe ninguna especie de sensación que sea más activa, más incisiva, que
la del dolor".
El dolor y su relación con
lo erótico nos plantea como psicoanalistas quizá los mismos interrogantes que
la histeria al médico. Dice Freud en Pulsiones y sus destinos : "Hemos oído expresar
la opinión de que una ciencia debe hallarse edificada sobre conceptos fundamentales
y precisamente definidos". Luego agregará que en realidad, ninguna ciencia,
ni aún la más exacta, comienza por tales definiciones sino que, más bien, consiste
en la descripción de fenómenos que luego son agrupados y ordenados. Mas, el
progreso del conocimiento no tolera la inalterabilidad de las definiciones.
También los conceptos fundamentales fijados en definiciones se modifican permanentemente.
En este sentido el psicoanálisis produce una verdadera apertura en el mundo
del pensamiento.
Dice Lacan en La ciencia y
la verdad : "No se trata de preguntarse si el psicoanálisis es o no una
ciencia, sino que debemos pensar al psicoanálisis como generador de un nuevo
concepto de verdad". Ya no como conocimiento del objeto sino como producción
del sujeto del Inconsciente. Una verdad que lejos de ser revelación es producto
de un proceso de trabajo. Esto no sólo es una nueva concepción de la verdad
sino que es una nueva concepción de la
vida del hombre.
Bajo las ciencias médicas,
el paciente es un sujeto de la Medicina, por lo tanto todos sus dolores están
justificados. Si ese mismo paciente se encuentra con un psicoanalista que le
proponga ser sujeto del Inconsciente, ese dolor que lo acosa ya no está justificado,
al menos, orgánicamente. El psicoanálisis crea en ese sujeto una inconsciencia,
algo que lo produce más allá de su voluntad. Por eso decimos que el psicoanálisis
produce un nuevo sujeto y tendrá, para trabajar, la rigurosidad de la palabra.
Un cuerpo no pesa, no duele,
siempre que esté comandado por las palabras. Freud siempre notaba en sus histéricas
que mientras hablaban no había dolor y se aparta de la Medicina cuando comienza
a preguntarse por los pensamientos que se enlazaban a los dolores, encontrando
los más tristes temores, los más ávidos deseos, es decir una sensación en el
cuerpo como símbolo de lo psíquico. Una pasión puesta para tropezar, con dolor,
con el límite de una imposible relación sexual. El dolor no como enfermedad
entonces sino como el resultado de la enfermedad que transcurre inconscientemente.
Formulo una primera hipótesis:
Para entender algo del dolor es necesario aliarlo con una idea erótica.
Con esta hipótesis he dado
un paso y tendré en cuenta durante todo el recorrido que en el momento de dar
un paso el deseo nos arroja fuera de nosotros. Algo llega de otro lado y se
presenta ante el sujeto que lo padecerá como dolor. Un lenguaje que se muestra.
La huella de una persistencia, una marca que ahora se orienta hacia el dolor.
Algo del goce se alcanza como real. Entonces, lo que falla es del orden del
encuentro. Algo llega pero en mal momento. Algo escapa al sujeto cada vez que
el sujeto cuenta su historia, pues tampoco podemos hablar de un origen, algo
que se originó allí y vino hasta acá, no es ese el tiempo que manejaremos. Queda
claro que este sujeto no es el de la conciencia inmerso en la realidad objetiva,
sino es alguien que se encuentra en el campo
del deseo. Un sujeto determinado desde el futuro y no desde el pasado.
En tanto estamos hablando del
sujeto psíquico se trata de la lógica del deseo, la lógica de lo real, ese espacio
abierto donde las combinaciones no tienen fin. Cito al respecto una frase del
poeta Octavio Paz: "lo erótico, una armonía con tal fuerza, que yo había
conocido hasta ahora únicamente en el dolor". O bien la novelista Rochefort
que dice: Poco a poco, desmantelada, avanzo por el país desconocido de
mi cuerpo y mido por mi dolor cuán lejos vivía de mí misma".
Veamos cómo comenzó Freud
en sus estudios sobre el dolor:
El sistema neuronal tiene la tendencia a fugarse del dolor, existe un límite
de eficiencia y pasado ese límite hay fracaso y el fenómeno equivalente a este
fracaso es el dolor. El dolor es la irrupción de grandes cantidades de energía
y cuando se presenta no hay obstáculo que pueda oponérsele, es un imperativo.
La causa desencadenante del dolor puede consistir, por un lado en un aumento
de cantidades de excitación, toda excitación tiende a convertirse en dolor a
medida que aumenta el estímulo.
Otros pensaron el dolor como
una de las pasiones más intensas. El sujeto, las más de las veces, parece considerarse
fuera de los movimientos de la pasión, pero jamás debemos representarnos al
ser humano fuera de estos movimientos. Los cuerpos nos son dados en la perspectiva
en la que históricamente adquirieron el sentido que tienen: su
valor erótico. Y siguiendo con la anterior hipótesis, digo: el órgano que duele se comporta como el órgano genital en el acto sexual.
Hay convulsión de la carne, ciega violencia que se reduce al desencadenamiento
que goza de ser ciego y de haber olvidado. La unidad del órgano se quiebra como
en una crisis sexual. El movimiento de la carne excede un límite. El sujeto
se invita a sí mismo a la danza cuyo ritmo es el desfallecimiento. El ser abierto
y en trance de dolor y goce asoma en su luz velada. Erotismo es interrogante
y se nos escaparía si no lo expusiera el lenguaje, pues sólo el lenguaje revela
el momento en que ya no rige. Allí donde el órgano al doler denuncia su mudez.
En la pasión hay perturbación, desorden, a veces tan grande que más que ser
algo de que se pueda gozar es casi doloroso. Hay una discontinuidad perturbada.
La discontinuidad es la forma, nos dice Lacan, en que aparece lo erótico, es
metonimia, el sujeto se capta siempre en un punto inesperado. En cambio el dolor
delimita territorio, algo de lo que nació
para deslizarse se condensa como dolor.
Aun
lo más doloroso tiene que ver con la satisfacción. Satisface algo que va
en contra de lo que podría satisfacerlo. Se satisface en el sentido de que cumplen
con lo que eso exige. El sujeto no se contenta con su estado, se queja, pero
en ese estado de tan poco contento, se contenta. El estado de satisfacción se
ha de rectificar a nivel de la pulsión. Por lo tanto es una satisfacción paradójica
pues entra en juego lo imposible, lo real. Y lo real aparece como obstáculo
al principio del placer, es decir a un equilibrio. Es el tropiezo, el mal encuentro
y este mal encuentro está a nivel de lo sexual. La
realidad del inconsciente es la realidad sexual y su nudo es el deseo. Para
hablar de sexualidad tenemos que entrar en el juego del significante para diferenciarla
de la sexualidad animal. El erotismo
es metáfora de la sexualidad animal. Erotismo no es lo mismo que sexualidad,
aquel se desvía del fin biológico de la sexualidad, la reproducción. El
erotismo es exclusivamente humano, variación incesante, en cambio los animales
se acoplan siempre de la misma manera. El hombre es el único ser vivo que no
dispone de una regulación fisiológica y automática de su sexualidad. Podemos
formular el erotismo como sublimación de lo sexual. En él una palabra que se
refiere a una cosa, puede pasar a referirse a otra cosa.
El sujeto en tanto habla comienza
a esbozar lo que a nivel del inconsciente participa del deseo. El inconsciente
son los efectos que ejerce la palabra sobre el sujeto, la dimensión donde el
sujeto se determina en el desarrollo de los efectos de la palabra, es decir
el inconsciente está estructurado como
un lenguaje. En la metonimia de la palabra encuentra su deseo cada vez más
dividido, pulverizado. El montaje a través del cual la sexualidad de este sujeto
que habla participa de la vida psíquica es la pulsión. La sexualidad sólo se
realiza mediante la operación de las pulsiones. Pulsiones que son siempre parciales
debido justamente al sistema homeostático, donde la sexualidad entra en juego
de esta manera. Y puede satisfacerse sin haber alcanzado el fin de la reproducción.
La meta de la pulsión parcial es solamente el regreso en forma de circuito.
Por ejemplo, una boca que no habla es la pulsión oral cerrándose sobre su satisfacción
y así sucesivamente. Es el movimiento circular que emana de las zonas erógenas
para retornar a ellas como a su blanco. Algo que funciona como zona erógena
tiene por misión ir en busca de algo que responde en el Otro. Estas zonas erógenas
son zonas originariamente referidas a la necesidad y se tornan erógenas cuando
algo distinto se estructura a partir de la necesidad misma. Las zonas erógenas,
es importante tenerlo en cuenta, son fuentes no sólo de placer sino también
de dolor. Tanto en el placer como en
el dolor el cuerpo se revela como autónomo y los lazos que parten de él
son ante todo lazos verbales. Lo pulsional esta allí dando cuenta de lo
que el ser sexuado pierde por ser sexuado. Es la relación con el significante
lo que hace surgir la relación del sujeto viviente con lo que pierde por tener
que pasar por el ciclo sexual para reproducirse.
A nivel de la pulsión el dolor
se trata de una violencia que ejerce el sujeto sobre sí mismo y además lo hace
para un tercero. El dolor en vías de ser para otro en los desfiladeros de la
sexualidad, que por estar en los juegos del significante, en tanto el sujeto
habla, la sexualidad está resquebrajada
por lo erótico. Se produce en el propio cuerpo el punto de partida y del
final de la pulsión.
Freud
se pregunta: ¿En qué momento vemos introducirse la posibilidad del dolor? Es
posible el dolor padecido pues se convierte el sujeto en sujeto de la pulsión.
Es el momento en que el lazo se ha cerrado, en que el Otro entró en juego, el
sujeto se toma como término de la pulsión. En ese preciso momento entra en juego
el dolor en la medida en que el sujeto lo padece del Otro. Al intervenir el
Otro el sujeto se da cuenta de que hay un goce más allá del principio del placer,
de que su deseo no es más que un rodeo para pescar el goce del Otro. Por lo
tanto la relación sexual queda expuesta al devenir del campo del Otro, allí
donde surge el primer significante y divide al sujeto en tanto determinado por
la palabra.
El forzamiento del principio
del placer por la incidencia de la pulsión parcial es lo que nos permite concebir
que las pulsiones parciales están instaladas en el límite del mantenimiento
de un equilibrio, de su captura por la figura velada que es la figura de la
sexualidad. La pulsión pone de manifiesto de que más allá del principio del
placer interviene otra realidad, presentifica la sexualidad en el inconsciente
y a la vez representa a la muerte. La pulsión no determina el objeto, se sostiene
mal, tiene que apoyarse y se apoya en los lugares donde nostálgicamente el cuerpo
recuerda que hubo un objeto. Como vemos el concepto de pulsión remite siempre
a la sexualidad. Cuando la boca sirve para besar, el objeto deja de ser total
y se constituye en objeto erótico. Cuando se erogenizan ciertas zonas
del cuerpo, significa la caída de la totalidad orgánica.
Así mismo para hablar del dolor,
la sexualidad en tanto contenido, no sirve como explicación. Importa la relación
de lo erótico con la sexualidad, es decir la determinación del sujeto en el
goce pues no hay sexualidad humana a excepción de la que subyace en el inconsciente.
No existe otro inconsciente que el sexual, si hay un inconsciente es porque
existe una sexualidad humana y por humana, erótica. Y el psicoanalista no debe
saber más que esto porque el sujeto del inconsciente se manifestará a través
de la metonimia, el deseo. No hay saber
sobre el sexo. Hay violencia del deseo.
Freud marca claramente una
tendencia masoquista en la vida humana. En Tres ensayos de una teoría sexual,
nos explica: "la excitación sexual nace de toda una serie de procesos internos
en cuanto la intensidad de los mismos sobrepasa determinados límites de cantidad"
y además que "todo proceso algo importante aporta algún componente a la
excitación sexual". También la excitación provocada por el dolor ha de
tener esa consecuencia. La excitación sexual en la tensión correspondiente al
dolor, es un mecanismo fisiológico infantil que tendría que desaparecer luego.
Sin embargo existen intentos del sujeto
en conservar siempre cierta medida de dolor. El componente erótico en el
dolor, brindado por el complejo de Edipo es la razón por la cual la destrucción
del individuo por sí mismo no tiene efecto sin una satisfacción libidinosa,
en tanto hombre y mujer articulados con su padre y madre constituyen la sexualidad
de todo hombre, de toda mujer. El neurótico
sufre y lo que no puede decir en palabras lo emana por todos los poros.
Pone en juego la realidad sexual del inconsciente, constituida, como dijimos,
por la pulsiones parciales, para decirnos que la relación sexual no existe,
es decir, que no tiene representación. Freud lo aprendió en su relación con
sus pacientes histéricas. La histérica recorta su cuerpo siempre en busca de
Eros, tanto que ella podría definirse como uno de los dispositivos neuróticos
del ordenamiento de las pulsiones. Un trazo de algo terminado hace tiempo. Manifestación
de un juego que ya está jugado. El dolor en la histeria aparece como una palabra
que falta, un cuerpo bajo todas sus formas. Hay encuentro fallido, queda sólo
la nostalgia. Muestra como herida la insatisfacción, herida, de deseo insatisfecho,
que no puede compensarse con ninguna satisfacción. Es el psicoanálisis el que
permitirá que se pregunte por su libertad en ser insatisfecho.
El
dolor lo encontramos también en el discurso amoroso. "Me duele el otro",
"me duele el corazón", es el dolor que produce el cuerpo del otro
y se le pide a la piel que responda. Como si hubieran dedos en la punta de las
palabras y viceversa. La antigüedad grecorromana conoció al amor, casi siempre
como pasión dolorosa y digna de ser vivida así. La doctrina platónica del amor
lo transformó en un erotismo contemplativo del que además estaba excluida la
mujer. Cuando en realidad la historia del amor desde el psicoanálisis, es inseparable
de la historia de la libertad de la mujer.
Hoy, a ocho siglos del amor
cortés y a partir del psicoanálisis el amor es subversivo. La pasión es inflexible
y no sabe de acomodos. No pudiendo separar el amor del erotismo ni el erotismo
de la sexualidad, con todo, el erotismo no es la actividad sexual del hombre
pues ésta puede no ser necesariamente erótica. Es erótica en la medida en que
recuerda un gran divorcio con lo animal. Ese abrazo hasta que los mismos cuerpos
lleguen a estorbar. Lo erótico requiere, de quien lo realiza, una sensibilidad
no menor que al dolor. Histéricamente el propio cuerpo produce el incidente.
Hasta las lágrimas de dolor connotan un fenómeno de excitación, se acelera el
corazón y la respiración, se eleva la presión. Hay una verdadera excitación
en el acceso de lágrimas.
Desde ya para concebir el amor
hay que referirse a otro tipo de estructura que la pulsional. Cuando se está
en la dialéctica de la pulsión lo que rige es siempre otra cosa. En el amor
se busca al otro como complemento, como la otra mitad. Es oblativo, sacrificial.
En la dialéctica de la pulsión hay búsqueda por parte del sujeto de esa parte
de sí perdida para siempre, donde eso perdido se instala por ser viviente, sexuado,
mortal. La flecha que parte hacia el blanco que es el otro en el amor, en el
campo de la pulsión esa misma flecha al blanco sólo cumple su función por emanar
de él y volver al sujeto, tal es su movimiento. Así también es necesario marcar
una frontera entre el amor y lo erótico. En el territorio del erotismo el encuentro
no tiene nada de reciprocidad. Un amor es siempre dos amores, el devenido y
el que deviene. La experiencia analítica sustituye la escena del amor único
por la idea de que la desproporción es una prueba de la veracidad del amor,
mostrará que el equilibrio es anti-humano.
Y los poetas
dicen que la continuidad de nuestra idea del amor todavía
espera su historia.
Bibliografía:
- Las lágrimas
de Eros, Georges Bataille
- El erotismo, Georges Bataille
- La llama doble, Octavio Paz
- El amor y occidente, Denis de Rougemont
- El reposo del guerrero, Christine Rochefort
- Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes
- Lo improbable, Ives Bonnefoy
- Obras Completas, Sigmund Freud
- Los cuatro conceptos fundamentales, Jacques Lacan
- Freud y Lacan, Oscar Massota
- Los destinos del placer, Piera Aulagnier
- El dolor de la histeria, David Nasio
- El segundo sexo, Simone de Beauvoir
*Lic. Karina
Pueyo, psicoanalista
e-mail: karitumi@hotmail.com
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