La respuesta al deseo: ¿evolución o retroceso?* (Parte I)
 

Introducción

El nacimiento de Venus, por Sandro Botticelli, h. 1485 (detalle)A través de estas líneas expondré una reflexión acerca de un concepto muy utilizado –aunque no en exclusiva- por la práctica y teoría psicoanalíticas: el deseo, el cual pondré en relación con el saber teológico y científico, a modo de paralelismo que me ayude a expresar si tales perspectivas tienen algún punto en común, o por el contrario están bajo la mayor de las oposiciones.

A menudo se utilizan los textos míticos y obras clásicas para ayudarnos a expresar conceptos actuales, y también porque aquella literatura contenía sin duda una sabiduría digna de atención. También son muy utilizadas las referencias a religiones animistas y orientales, que han captado a su vez un gran elenco de verdades. Sin embargo, desde mi formación específica, me permito utilizar como referencias explicativas los textos bíblicos, que debemos a Israel, sin duda un pueblo controvertido. Porque la Biblia, bebiendo en realidad de todo aquel saber mítico, hace gala sin embargo de un saber más “terrestre” y humanista, menos fantasioso, quizá también más  perfilado y acorde a nuestro tiempo. Aunque para esto, hay que leerla sin ningún concepto previo y a la luz de los hallazgos actuales.

Sólo trataré la literatura bíblica como lo que es objetivamente hablando: una biblioteca, la unión de toda una serie de libros provenientes de miles de autores que tuvieron su experiencia de vida desde aproximadamente el 10.000 a.d.C. hasta el 100 d.d.C.  Son textos históricos, los cuales han tolerado –con sorprendentes resultados- la crítica histórica y literaria más despiadada. Aclaro que la concepción histórica de estos autores no siempre se corresponde con los datos de los historiadores modernos (aunque sí a menudo) porque tan sólo pretendieron contar “sus historias y experiencias personales”, y no dejar unos datos más o menos matemáticos del tiempo y lugar en que vivieron. No compete a la literatura bíblica dar explicaciones científicas en el sentido actual, pero sabemos que no todo el Saber necesita ser confrontado por la ciencia, pues de ahí se derivan reduccionismos de la realidad tan dañinos como los mismos fundamentalismos religiosos.

En resumen, estos autores interpretan los signos de su tiempo y dan su interpretación de la vida. No son historiadores en el sentido actual.

No hay en este artículo, por tanto,  interpretación subjetiva alguna, y el más sólido de los ateos, podría escribir lo mismo sin faltar a la verdad. Porque es, tras la mencionada crítica de estos denominados tradicionalmente “textos sagrados”, donde la ciencia teológica más libre y avanzada (y por tanto más heterodoxa y silenciada) ha hecho emerger de entre todas esas narraciones su verdadero sentido, ocultado bajo el polvo de una mala y angustiosa “lectura” de la clásica Iglesia institucional [1] .

El deseo

Sabemos que es necesario tener delante de nosotros toda la historia de la humanidad, sus etapas, mentalidades y hallazgos de toda índole para que sea posible un mejor y mayor acercamiento a la verdad, a alguna verdad. Porque si consideramos a cualquier aspecto como “sólo parte”, lo convertimos de hecho en una especie de “todo” sobre el cual reflexionar, es ahí donde se suceden toda una serie de errores.

Me situaré, a modo de analogía, en ese hallazgo científico más o menos aceptado por todos, que es la teoría de la gran explosión o “big-bang”, la cual intenta explicar los orígenes de la expansión del universo (¿la infinita división?) en sus etapas más iniciales.

Sin entrar en tecnicismos, la teoría del “big-bang” viene a decir que una gigantesca masa previa (y subrayo lo de “una”, en el sentido de que estaba unida) pasó a conformar posteriormente –de forma evolutiva-  un recién estrenado espacio universal con sus sistemas agrupados de miles de planetas, estrellas, satélites y demás “porciones”, tras una inconmensurable explosión, que fue alejando todas las partes cada vez más, a miles de kilómetros y hacia todas las direcciones.

Puedo conjeturar que cada una de las partículas que fueron expulsadas a tan indecible velocidad, hacia el vacío más infinito y desconocido del universo, seguramente tendrían en sí el “recuerdo” de la masa original en que estuvieron una vez. O tal vez llevan impreso un sello de aquella unidad que ella misma fue, dejándola terriblemente inquieta… “dando vueltas”.

Sin duda el todo quedó inscrito en la parte, la cual no puede ser sin cierta “pena”, precisamente por ese motivo. La parte, aunque autónoma y en aparente plenitud, ha quedado como “en resta”, porque su recuerdo no la deja sola; por eso siempre lo sueña…

Del mismo modo, el deseo en el ser humano parece mirar hacia un todo perdido, creyéndolo ver en realidades parciales, como si de un falso oasis se tratara, del cual imaginamos que colmará por completo nuestra sed. Esos elementos parciales de la realidad, pueden llegar a ser absolutizados por cualquiera de nosotros, de lo cual deduzco –de forma subjetiva-  la sed de algo absoluto que nos es intrínseca.

Podríamos pensar, sin ser muy atrevidos, que en los niveles más profundos del ser humano, también palpita una especie de “big-bang”, de carácter espiritual [2] .

Todos deseamos, de eso no cabe duda. Unos lo percibimos de forma más consciente, y a otros les pasa más desapercibido, pero el deseo está. Esa permanente sensación de que siempre hay algo por hacer, algo por pensar, por sentir: bien porque no ha sido, bien porque fue y lo añoramos, dejando que se inmiscuya en el presente, al cual devora, en no pocas ocasiones.

En el budismo, la perfección suprema es “matar el deseo”. ¡Qué alejados de este sueño aparecen los hombres de la Biblia! [3] , incluidos aquéllos considerados santos. La Biblia está llena del tumulto y del conflicto de todas las formas del deseo.

Desde luego, está muy lejos de aprobarlas todas, y aun los deseos más puros deben experimentar una purificación radical, pero así es como adquieren toda su fuerza y dan a la existencia del hombre todo su valor.

Como raíz de todos los deseos del hombre, existe la indigencia esencial y su necesidad fundamental de poseer la vida en la plenitud y desarrollo de su ser. Ese dato de la naturaleza está dentro del orden, y es más: según los autores bíblicos Dios lo consagra:

No te prives del bien del día y no dejes pasar la parte de goce que te toca [4] .

El lenguaje de la Escritura, confirma esta presencia natural y este valor positivo del deseo.

Muchas comparaciones evocan los deseos más ardientes:

Como desea la cierva herida, las fuentes de las montañas… [5] , así te deseo yo…

Pero, como no podía ser de otra manera, esta literatura no deja de mencionar las perversiones que puede tener el deseo, porque, aun siendo algo esencial al hombre, y que no se puede desarraigar, puede ser para él una tentación permanente y peligrosa.

Es la humanidad –dijeron estos autores milenarios- quien está presa del pecado, que es como un deseo selvático pronto a saltar y que hay que mantener a raya con la fuerza. [6]

Esta historia del hombre, contada por el pueblo israelí, describe como nadie las funestas consecuencias que pueden tener todos aquellos deseos que el hombre arrastra. [7]

El deseo es un “todavía no” en el tiempo –a menudo ficticio e irreal- que no da descanso; o bien un “ya no” añorado con desesperación, de efectos no menos demoledores.

Es percepción de algo, pues si no, no se explica la clara inquietud que nos produce.

Si el deseo fuera persona tendría dos caras en sentido opuesto [8] : una miraría hacia el futuro, y la otra hacia el pasado, de ahí la tensión frustrante a la que esa “única” persona es sometida. Pero hablo de un pasado o un futuro, no siempre de forma literal o referida al tiempo, sino para aludir a cierta cualidad del ser humano: a lo que fuimos o somos,  y a lo que podemos llegar a ser.

No se sabe muy bien el tiempo del deseo: ¿es del pasado, o es del futuro? La impotencia para descubrir esto puede deberse a que el tiempo –dicen los expertos- es solo una percepción subjetiva de la humanidad, y en realidad no existe. Lo que sí es cierto es que ese deseo afecta por completo a “todos” nuestros presentes.

La persona por lo tanto, en cuanto que desea, mira la vida de forma dividida. Miramos, pues, de forma contrariada. El ser humano, si lo traducimos a tiempo, es una especie de división tridimensional [9] : porque ni pasado, ni presente, ni futuro la definen por completo, y ninguno de esos ejes la dejan descansar.

El deseo, según lo expuesto, puede movernos hacia delante, pero también puede ser freno, depende hacia qué sentido la persona dirija la mirada en cada momento.

* Olga Rivas
Diplomada en Magisterio
Licenciada en Ciencias de las Religiones
2007
Nota del editor: este artículo, por su extensión, se publicará en dos entregas.


[1] Lectura que no es la de toda la Iglesia actual. Desde el Concilio Vaticano II (1963-65), la teología católica ha ido abriendo sus brazos a todos estos hallazgos histórico-literarios y a la razón como herramienta imprescindible para vivir y comunicarse en el mundo actual. Es ella la que ha realizado y potenciado una interpretación objetiva y actual de los textos bíblicos. Hago notar, por tanto, que esta mentalidad libre y depurada de gran parte de la Iglesia actual, es desconocida al no ocupar jamás un lugar en los medios de comunicación, donde figuran normalmente ramas más tradicionales.

[2] Léase el término en sentido amplio y sin las connotaciones de división a que puede avocar si consideramos el espíritu como opuesto al cuerpo, penosa división que debemos en sus raíces a Platón, cuyos conceptos infectaron posteriormente de este dañino dualismo a todas las corrientes cristianas, debido a que este fenómeno histórico del cristianismo se desarrolló bajo la cultura Griega, inmersa totalmente en la filosofía platónica.

[3] Cf. para estos párrafos: Xavier LEÓN-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, 2001, Barcelona, Herder, 224-226.

[4] Sirácida 14, 14

[5] Sal, 42, 2

[6] Cf. Gn 4, 7, donde por la concesión a los caprichos del deseo, el mal puede acosarnos sin posibilidad de contenerlo.

[7] Cf. por ejemplo Dt 8, 1-5; Núm 11,4.34; 2 Sa 11, 2 ss, 1 Re 21….

[8] Sabemos que los sentidos opuestos tienen, sin embargo, una misma dirección. De ahí quizá la dificultad de ver quién está mejor o peor situado, pues aparentemente da igual…

[9] Así como es también triple su división existencial en cuerpo, mente y alma, y así como también ha sido captada la realidad “trinitaria” desde diversas concepciones religiosas o trascendentes sobre la vida.

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