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La
respuesta al deseo:
¿evolución o retroceso? *
(parte II)
Lo que nos dice la Ciencia
Dice
la ciencia que después de toda una serie de recombinaciones
celulares1, cada vez más complejas y variadas, la vida
y los diferentes seres vivos fueron apareciendo y evolucionando.
Hasta una piedra está llena de energía, de vida…
Todo es vida, todo se aleja de la muerte. El agua, el sol,
los árboles….ya eran la vida, antes que apareciera
el ser humano, pero eran “la vida”, en un estado
concreto de evolución y consciencia.
Y se suele percibir, a través de los libros, una especie
de descanso en todo ese enorme proceso evolutivo cuando aparece
el hombre sobre la tierra, al más genuino estilo bíblico2
: pero todo indica, entre otras cosas el deseo, que aún
no estamos acabados. No hubo tal descanso.
El big-bang –fuera como fuera, y por el motivo que
fuera- empezó y no ha terminado. La simple observación
de la realidad nos lo dice con certeza. Esa gran explosión
miraba ya hacia las fases últimas, aún por llegar,
de nuestra evolución; el alfa miraba hacia la omega,
el principio llevaba inscrito el final… o más
bien “su finalidad”, aún por lograr3 . No
veo razones para imaginar (me sitúo de nuevo al nivel
de la opinión personal) un principio y final absolutos
de la humanidad, sino más bien para intuir4 un antes
de esta forma de vida, y un novedoso final tras la clara progresión
lineal y evolutiva que lleva la historia del hombre5 . Otras
propuestas existenciales conciben la historia como una sucesión
de tiempo no lineal sino circular. Nietzsche, por ejemplo,
fue un gran defensor de esta teoría. La historia y
las creencias religiosas que defienden esta circularidad,
demuestran las consecuencias dañinas de la misma: en
el círculo no hay salida para el hombre, el cual se
encuentra preso de un tiempo y una historia ante los cuales
sólo cabe la aceptación total. Ningún
cambio le compete al hombre, que sólo ha de dar el
beneplácito a todo lo que sucede, y eso de la forma
más radicalmente acrítica.
Así por ejemplo, sabemos de ciertas “castas”
inferiores en zonas hinduistas, sumidas pasivamente ante su
realidad, por haber entendido que cualquier acción
para salir de ello les ocasionará grandes males en
vidas posteriores. Esta situación es potenciada por
las clases altas, cómodamente adaptadas a la “suerte”
que les tocó vivir, y a la cual sólo ellas tienen
derecho. En la concepción circular del tiempo el hombre
acepta su miseria, bloqueando cualquier creatividad y crecimiento
humanos. Me identifico totalmente con la propuesta lineal
genuinamente cristiana, donde el hombre toma las riendas y
el protagonismo de la historia, y entiende que ésta
es el producto de todos sus pensamientos y acciones. Aquí
el hombre, miseria y muerte, ha sabido sin embargo descubrir
sus más profundos manantiales de vida. Por eso el ser
humano también llega a gozar y maravillarse de sus
grandes logros, impulsado por la esperanza en un tiempo mejor,
que no somete al hombre, sino que está al servicio
de él.
Aquellas primeras células siguen combinándose
de mil maneras nuevas cada día, cada época,
lentamente, consiguiendo en cada impulso nuevas “cualidades”
para el ser humano y la vida en general. Intuyo que esa evolución,
en los últimos tiempos, ha dado un viraje sin precedentes:
es evolución “consciente”.
Mirando la historia de la humanidad, sus fases y mentalidades,
como ya he mencionado, es fácil percibir que dichas
recombinaciones no afectan sólo a lo físico6
, sino también a lo espiritual y lo mental.
Lo que fuimos en cada momento, lo que somos, sirve para un
breve lapso de tiempo; siempre tuvimos una misteriosa
instancia inscrita en nuestro ser que nos hizo “ir a
más”. El ser humano prehistórico
no era “igual de persona” que el actual. Pero
este proceso continuo es a base de un esfuerzo inenarrable,
porque aunque en parte es físico y automático
(implícito), se halla inmerso sin embargo en la mencionada
tensión a que nuestra voluntad está
sometida, por unos genes que aún evocan el
pasado, o lo peor, pero en cuyo presente se advierte la necesidad
de un nuevo futuro, o de algo mejor.
Esa división tridimensional que es el ser humano,
le convierte en un ser confuso, engañado por un pasado
que ya no vale, (aunque fue imprescindible) pero con una clara
resistencia hacia el futuro, hacia un nuevo despertar, para
el cual hay que quitarse continuamente “el traje viejo”
al que estamos cómodamente adaptados.
La maravillosa materia que fuimos y que aún somos,
parece ser nuestro soporte más primario, el digno trampolín
hacia el hombre nuevo, que ya no sólo es materia, sino
ser.
Lo vemos en los mitos, pero también en Pablo y su
Libro de los Hechos, cuando nos habla de forma lúcida
en sus escritos del “ya, pero todavía no, del
Reino7” : ¿no está hablando de lo mismo,
en realidad, aunque saliéndose de la mera materialidad
que somos, y teniendo en cuenta todas nuestras dimensiones
personales? Sin datos científicos, sin la perspectiva
histórica y evolutiva que nosotros disfrutamos actualmente,
él intuyó –tras su experiencia particular-
que tenemos “una potencia de más”,
pero una “debilidad hacia lo menos”.
Una acomodación a lo pasado, por miedo quizá
a lo novedoso, que sin embargo parece ser ineludible, superando
nuestra voluntad y comprensión; convirtiéndonos
en hombres deseantes… permanentemente insatisfechos.
El todo nos desborda (algunos lo llaman El Otro, la fusión
total, Dios, el Nirvana…., da igual: es todo, es lo
uno… y nos supera, no lo conseguimos) y a la vez lo
ansiamos, porque tiene eco en nuestro interior (no sé
si porque YA fue real, o porque DEBE LLEGAR a ser).
Y vamos despertando poco a poco a nuevas formas, a mayor
lucidez, en un continuo despertar. Y en ese despertar, que
no es sin dolor ni sensación de estar en falta, hay
una tendencia a devorar algo, a absolutizar algo. El
deseo genérico a menudo se concreta –para
engañarnos- en unos planes personales excesivamente
valorados, o en un objeto o un trabajo, tal vez en alguna
persona… No menos veces tenemos la sensación
de querer “devorar” a cuantas más personas
mejor (en alguno de sus aspectos, y a través de múltiples
estrategias personales).
Los nombres del amor
El deseo es pasión: aquí, en Occidente, donde
el absurdo y la negligencia están muy bien vistos y
casi son obligatorios, llamamos “amor”
a cualquier tipo de sentimiento con él relacionado.
No cayeron en tal banalidad los antiguos pueblos orientales,
ni tampoco los judíos, que supieron matizar el sentimiento
amoroso de manera magistral. Se cuidaron mucho de usar stergo
para el amor que se profesan los familiares, los parientes;
un sentir gozoso y relativamente fácil, que surge con
natural espontaneidad de la sangre común; Filos,
o fileo denominaba el amor amistoso, ese de la confianza
tranquila, y casi maternal o paternal (de hecho, a veces se
mezclaba un poco con la última acepción del
término que expondré), se trataba también,
por tanto, de un grato sentir, una agradable experiencia.
En tercer lugar: Eros, que remitía
al amor pasional y posesivo. Ese amor que sienten los amantes,
o los que quisieran amarse; que les invita a gozar mutuamente
de sus cuerpos, buscando la propia satisfacción. Finalmente
hablaban del amor ágape: la perla entre los
amores. El ágape quiere la felicidad del otro,
de todos; y no precisamente a través de nuestros cánones
personales, aunque a veces éstos sean de gran utilidad.
Ágape no tiene por qué implicar un sentimiento
–no necesariamente, aunque no lo excluye—y sin
embargo es el amor por excelencia, el de mayor calidad
y consecuencias; aquél de finura superior. No en vano
fue utilizado por los autores evangélicos, aunque de
esto nadie hable, por lícita ignorancia. No es por
tanto un imposible el clásico “amor a los enemigos”,
recordemos que ágape no necesariamente implica sentimiento
por el otro. Es un amor “conveniente”,
un amor que frena la “lógica” de nuestra
venganza o nuestros rencores. Ágape es el amor que
rompe –por fin—una posible cadena de males existentes,
o que no crea una nueva. Ágape no adultera el equilibrio,
mirando los deseos egoístas, por muy justificados que
a veces pudieran parecer. Este amor podría
unir en la paz a todos los habitantes del planeta, porque
lo que es al individuo, es a la colectividad. Ágape
actúa el bien, por encima de sentimientos y pasiones;
también para los animales y la naturaleza, que sustenta
nuestra vida. No está lejos, este amor, del sacrificio.
Este amor no cae en los períodos de desierto, los anda
y sobrevuela, y no excluye a los otros tres –que sin
duda habrá que armonizar— sino que los sustenta
y revaloriza, ya que stergo, eros y filos, sin ágape,
están sujetos a vicisitudes y graves inconvenientes,
presos de su contingencia e inestabilidad.
Y surge la pregunta ética ¿por qué
no? ¿Por qué no puedo devorar al otro, a lo
otro, a los otros….
La castración y el psicoanálisis
Es en esa permanente sensación de castración,
que dicen los psicoanalistas, donde yo veo la esencia de la
evolución consciente y cualitativa, que camina hacia
lo mejor.
Cuando surge el conflicto entre seres humanos, es porque
el deseo se ha avocado a la maldad; al haber totalizado la
parte, se ha perdido la perspectiva global de la vida, que
sin embargo recordamos o deseamos, y porque se ha perdido
el sentido, mirando sólo hacia el pasado… fantaseando
lo peor, no en sentido moral alguno, sino por ser freno al
progreso, que es ineludible, pese a todas las dificultades.
El deseo sano, el que se deja interpelar por el futuro,
es a menudo deseo sacrificado, que por diversas razones –puras
opciones en libertad- se aventura a dar el doloroso paso de
la desinstalación, tras el cual sin embargo
un nuevo horizonte aparece, cada vez más libre y pleno.
Ningún ser humano lo ha logrado, pero sí experimentamos
multitud de signos parciales que hablan de ese estado superior.
El psicoanálisis y todas las teorías modernas,
pretenden (y consiguen) liberar al hombre de aquellas leyes
impuestas, es decir, aquéllas que han sido interiorizadas
sin haber sido sometidas al propio razonamiento individual.
Cuando somos pequeños, necesitamos las normas como
un primer paso en nuestras relaciones personales, pues no
disponemos de capacidad para actuar sin hacernos daño
o correr cientos de peligros.
Del mismo modo, las leyes y dogmas supuestamente religiosos,
han sido el soporte de actuación para una humanidad
globalmente niña y adolescente: nos dice Pablo, en
su lenguaje peculiar, que La ley ha sido nuestro pedagogo
hasta Cristo8 .
Pero esa humanidad, ahora comienza a ser joven… y se
ha cuestionado todo. Y un “algo” que desconocemos
nos empuja hacia destinos cada vez más lúcidos,
por eso dice el mismo autor que ahora actuamos no por ley
sino por el espíritu….
Es decir: es en libertad, no es por temor o por obediencia
ciega, o porque tengamos que comprar el amor de un dios tirano,
por lo que buscamos y descubrimos unos valores éticos
objetivos.
No es por miedo por lo que no nos concedemos todas
las peticiones de nuestro deseo… sino porque
caminamos con un ímpetu irrefrenable hacia algo totalmente
distinto, a una especie de falsa involución de ese
“big-bang” a todos los niveles, tras la cual volveremos
a lo uno, al amor, a la paz o ausencia de deseo, que o bien
fue y se perdió, o bien estaba en potencia desde el
origen.
Tal vez cuando soportamos la llamada castración, damos
el mayor signo de evolución que poseemos, y quizá
ese sea el punto de encuentro entre la visión a veces
inmanente de las teorías psicológicas o científicas,
y la mirada trascendente de la que habla el saber humano más
arcaico.
* Olga Rivas
Diplomada en Magisterio
Licenciada en Ciencias de las Religiones
2007
1-No deja de ser un acto de fe en la ciencia
–lícito, por supuesto, como tantos otros actos
de fe- creer que toda una serie de células muertas,
se recombinaron dando lugar a vida. En mi opinión,
en lo referente al origen de la vida, hay lugar razonable
para interpretaciones no meramente científicas e inmanentes.
2-Génesis 2, 2
3-Tiempo nuevo donde según Israel
el hombre ya no dirá “quiero”.
4-No olvidemos a la intuición como
medio de acceso al conocimiento.
5-Aunque actualmente desechamos los datos
sencillos de la vida, pensemos por ejemplo en el estado puro
que llega un niño a este mundo, o en toda la naturaleza
y su misterio, y en todas las incógnitas que tiene
el hombre a cerca de su propia vida… Hay un “porqué”
que nos precede… Hay al menos un lugar para la duda
y la pregunta.
6-Uso físico y espiritual para entendernos
por los conceptos, sin que simpatice, como ya he dicho, con
tal división, sino con una simple diferenciación
7-Cf. Libro de los Hechos.
8-Gal 3, 24. A partir de Cristo, dirá
este autor que ya no somos esclavos, sino Hijos. Entiéndase,
en lenguaje actual, que no es la ley la que motiva nuestros
buenos actos, sino nuestra consciente libertad hacia lo bueno,
alejándonos a su vez del relativismo que hoy impera.
Léase toda la Carta a Los Gálatas y la férrea
oposición del judaísmo –amante de la ley
pura- frente a la libertad que Pablo proclamaba. Libertad
olvidada por los seguidores posteriores, que convirtieron
un mensaje sin ley, en toda una dogmática “religión”
en el sentido actual del término.
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