por
la psicóloga y socióloga Lic. Liliana Vazquez, Bs. As., 2001
vazbar@fibertel.com.ar
La
sala de espera de un Centro de Día en patologías del consumo sirvió azarosamente
de punto de partida para que un grupo de pacientes adictos, músicos en su
mayoría, conversaran de distintas cuestiones y produjeran testimonios sobre
su consumo a distintas sustancias mientras esperaban ser atendidos. El efecto
de estos testimonios y su eficacia en causarlos, para interrogarse cuestiones
esenciales con respecto a su adicción en los tratamientos, nos llevo a ''institucionalizar
este espacio'' con miras a la constitución de un taller participativo de orientación
y /o reflexión. Es un dispositivo que empezando con el objetivo de contención
de ellos mismos y sus familiares, paso a constituir una propuesta terapéutica
preventiva de reducción de daños o mejor dicho: ¿cómo producir un deslizamiento
que partiendo de lo terapéutico, y por qué no en su equívoco, alcance a situar
objetivos intermedios a la abstinencia para delimitar la prioridad en la prevención
del SIDA y la sobredosis
en los pacientes de esta comunidad?
La comunidad de los músicos comparte un imaginario
social que liga el consumo de distintas sustancias a la creación y por lo tanto
a la eficacia y las posibilidades laborales. El aumento del consumo de drogas
a partir de los años 50 pareció correr parejo con su omnipresencia en la música,
sobre todo en la pop y rock, y el erigir a la estrella de rock como modelo de
la nueva vida de los artistas y figura de los nuevos ideales sociales, droga
y música popular parecieron encontrar un punto de imbricación ligado al desarrollo
de los sueños y la distensión.
A la música para nuestros pacientes la debemos pensar como el exponente de su
mundo social, como un conjunto de prácticas, de valores, de significaciones.
Es en este mundo donde la droga interviene como un elemento más de su producción,
de tal modo que ocupa un lugar funcional: como ayuda para el trabajo, como medio
para soportarlo, a veces también como una forma de expresión que les permite
compatibilizar algunas contradicciones de sus proyectos musicales. A este lugar
lo podemos descubrir en la música a través del mensaje que describe sus efectos,
o por las biografías de algunos artistas que ponen en escena modelos de comportamiento
o formas de elección: tipo marginalidad o celebridad. Siempre su utilización
está ligada a escapar al destino por medio de la creación de sí o de una obra.
Los comentarios de nuestros pacientes relacionan el desarrollo, progreso e inclusive
la popularidad de algunas músicas a determinadas drogas. El consumo de drogas
es también un medio de consolidar un lugar y desprenderse de una rutina necesaria,
para soportar los avatares de los compromisos artísticos. También la utilizan
como droga de trabajo, y como tal no es droga sino remedio para pequeños malestares
físicos o contra la ansiedad, para poder hacer frente a la exigencia de subir
a un escenario o a la frustración de no poder hacerlo todavía.
Se suma que cada músico trae consigo su background de instrumentos para
los rituales de consumo y el medio musical está rodeado de contactos
que le proveen droga. La experiencia de las drogas parece brindarles la esperanza
de acceder al doble secreto de poder improvisar y de acceder al lenguaje musical
sin barreras.
La reducción de daños tiene su lugar a partir de demitificar estas imágenes
ilusorias de potencia musical - consumo - creación que, a veces, los lleva a
ostentar su adicción como una marca que los enorgullece. Frases como: ''Tomo
alcohol y merca (cocaína, Nota del Editor) para subir al escenario'' o ''Tomo
para componer, no sé si podría componer sin tomar'', son puestas al trabajo
grupal para tratar de producir sujetos que, al revisar sus conductas adictivas
a la luz de estas imágenes ilusorias, pasen de buscar un riesgo a calcularlo.
Trabajar sobre la asunción de responsabilidades y compromisos y sostenerlos,
a largo plazo, más allá de los vaivenes del éxito fugaz poniendo en marcha un
dispositivo que, utilizando las herramientas de su trabajo permita una salida
más sublimatoria que adictiva para la pulsión. Y esto hay que tenerlo en cuenta
porque las oscilaciones laborales fomentan puntos de vacío para esta salida
sublimatoria y la caída del ''soy músico'' al ''soy adicto porque
no triunfo'' se hace frecuente.
Este lento trabajo de desmitificación nos produce algunos interrogantes que
queremos ponerlos al debate. Por ejemplo: nos vemos confrontados con las realidades
del mercado musical actual, donde nuestros pacientes nos refieren que los grupos
musicales que hoy triunfan (únicos que venden muchos discos) llevan nombres
como Jala-Jala (que entre sus letras cuenta cómo escapan de la policía
para consumir), Yerba Brava, etc. Algunas letras del músico argentino
Charly García tal como No puedo dejar o Fito Páez tratando de rescatarlo
en Cable a Tierra nos hablan de lo mismo:
Si estás entre volver y no volver
Si ya metiste demasiado en tu nariz
Si estás como cegado de poder,
Tirate un cable a tierra.
En este sentido, la posibilidad del cable
a tierra, sería poder trabajar desde lo que se siente y lo que se hace
con el propósito de desanudar conflictivos transformando miedos y fantasías
en conductas de cuidado, esclareciendo prejuicios. Partiendo de la base, que
en su generalidad los adictos no cesan de demandar a las instituciones
y a sus especialistas, señalando la impotencia de aquel que ordena lo
que es bueno para él: la oferta o imposición de ideales sociales, promesas en
lo religioso, lo debido en lo jurídico, también reniegan de los amos que gustan
de posicionarse como canallas, enunciando la posibilidad de otros goces.
Y entrampan al otro entre la fascinación y el escándalo con
su forma de gozar absoluta con un objeto, caricaturizando a nuestra cultura
hedonista. Objeto de la "felicidad química" como lo definió
Umberto Eco; objeto "quitapenas" en el decir de Freud.
Por todo esto, se hace imprescindible producir nuevas modalidades de intervención
en estas problemáticas. Operadores teóricos (entre ellos el psicoanálisis) nos
permiten situarnos en la dirección de la cura y en la clínica, y
nos dan la posibilidad de pensar las distintas respuestas del sujeto con
relación a la adicción y a la infección por HIV/SIDA y también
de construir -exactamente desde allí- nuevos dispositivos institucionales de
intervención.
El modelo de Reducción de Daños nos permite conceptualizar una posición
alternativa y situar objetivos intermedios a la abstinencia, así como revisar
las dificultades derivadas de los ideales absolutos y masivos como
pivotes de los programas terapéuticos y /o preventivos. Esto no debe significar
que sea imposible que en la singularidad de cada caso se deje la droga, se produzca
la abstinencia. Como efecto, por "añadidura". No como condición, objetivo
o modelo. Es cuando no toda intervención tiene por objetivo final la abstinencia
que se permite la convivencia con la problemática de las drogas y esto da
la posibilidad de pensar la cura en el registro de lo posible.
No vamos a entrar en aproximaciones teórico-clínicas a las estructuras psicopatológicas,
pero entre las vicisitudes de un sujeto que no sabe y un sujeto que no
quiere saber o entre las de un sujeto que busca y un sujeto que
calcula los riesgos, los matices son infinitos. ¿Cómo aproximarnos a un
dispositivo preventivo cuando las variables demuestran ser tantas como
de casos se trate y nos puede encorsetar en lo terapéutico?
La cuestión está en considerar que ningún mensaje, así como ninguna estrategia,
puede ser para todos. Será para algunos. Transmitir o construir información
sobre los riesgos podrá posiblemente ser objeto de utilidad para
los que no saben de malestar o indiferencia, para los que no quieren
saber; de burla para los que buscan correr riesgos y de sorpresa para los que
los calculan. Que sirva al menos a algunos: ¿no fundamenta ya su utilización?
Freud, con su teoría de las pulsiones nos explicó la paradójica contradicción
entre lo que la civilización quiere evitar y lo que ella misma produce. Pero
si bien es falso que cada uno quiera su bien y trate de evitar el mal, también
es falso -como universal- su opuesto. Por tanto, sin caer en el lugar común
de tratar de racionalizar, educar o domesticar a la pulsión, sostenemos
que la información sobre los riesgos, no siendo suficiente, no deja de ser necesaria.
Y que si bien sus efectos en la subjetividad sólo podrán evaluarse caso por
caso, ciertos efectos sociales pueden anticiparse. Este es el desafío con esta
comunidad de músicos: soltarse de ciertos mitos y prejuicios y soportar que
existen márgenes de elección para el sujeto entre cuidarse y no cuidarse, en
el que algunos pueden situarse, a pesar de no haberlo podido hacer previamente
en el punto donde de consumir drogas se trataba. Anular ese margen es estereotipar
la problemática articulando adicción y desafío o intento de muerte, cuando en
el orden de la subjetividad puede ser vida.
Por lo tanto, los talleres tienen el sesgo de tener un desorden calculado, revelándonos
seres que al igual que cualquiera quieren otra cosa de lo que son o lo que viven,
que buscan a través de la música o de las drogas abrir un hueco en la rutina
que les duele. Se intenta, a través de estos talleres generar un espacio para
hacerles lugar. Hacer lugar a las preguntas, intentando situar un tiempo distinto
tolerable (parecido a veces al tiempo suspendido de la música) donde la simetría
del esfuerzo y sus resultados puedan practicarse, debatirse, en un compromiso
solidario que incluye la alteridad y las diferencias. En el decir del Dr. A.
Ariel: creo que el modo de abordar la verdad, con estos pacientes,
tiene que ver con volver a intentar, único elemento que atestigua que la vida
es un bella demora. La prisa y el apremio por obtener ya todo (éxito,
drogas, sexo) resultaron un punto de trabajo crucial en el taller, por lo tanto
el modelo de reducción de daños, nos ayuda a personalizar cada consumo y hacerlo
hablar tomando en cuenta la diversidad tanto de drogas como de las necesidades
humanas. Una de las frases dichas por un paciente: Hay diferencias,
nosotros hablamos, pensando en notas musicales, un flash se asemeja a nuestro
pensamiento, facilitó una posibilidad de entendernos, en tiempo y
palabras de manera distinta, y que nuestro discurso se adecuara a la particularidad
del grupo.
La intervención de pares demostró ser más eficaz que las nuestras, al promover
el trabajo conjunto para poder recrear formas de cuidado que puedan perdurar
propagarse a partir del compromiso solidario. Intentamos trasmitir el estado
de trabajo en el que nos encontramos, que partiendo de un encuentro espontáneo,
y pasando por el ofrecimiento de un espacio terapéutico, podría avanzar en el
futuro hacia un taller participativo de usuarios para la confección de mensajes
preventivos particulares a esa comunidad. Teniendo como objetivo cambios de
hábitos y costumbres para disminuir riesgos y el posible surgimiento de efectores
de salud propios de esa comunidad.
Cuando
grabamos agradezco no tener familia ni nadie de quién ocuparme; no tengo
noción ni de las horas ni del tiempo, quedo como suspendido, nos
decía un paciente homologando así los tiempos de la música y de la droga. |
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